Zacarías se movió hacia la mustia pareja. El ciego, cerciorado de que la niña no leía el papel, lo guardaba en el cartapacio de hule negro. La cara del lechuzo tenía un gesto lacio, de cansina resignación. La niña le alargaba su plato al perro de Zacarías. Insistió Velones:
--¡Domiciano nos ha fregado! Sin Domiciano, Taracena estaría regentando su negocio y podría habernos adelantado la plata, o salido garante.
--Si no lo rehusaba.
--¡Ay, hija, déjame un rajito de esperanza! Si me lo autorizases, pediría una botella de chicha. ¡No me decepciones! La llevaremos a casa y me inspiraré para terminar el vals que dedico a Generalito Banderas.
--¡Taitita, querés vos poneros trompeto!
--Hija, necesito consolarme.
Zacarías levantó su botella y llenó los vasos de la niña y el ciego:
--Jalate no más. La cabrona vida solo así se sobrelleva. ¿Qué se pasó con la chinita? ¿Fue denunciada?
--¡Qué chance!
--¿Y la denuncia la hizo el gachupín chingado?
--Para no comprometerse.
--¡Está bueno! Al Señor Peredita dejátelo vos de mi mano.
Cargó el saco y se caminó, con el perro a la vera, el alón de la chupalla sobre la cara.