Se detuvo y volvió a sentarse, avizorado por el cuchicheo de la pareja lechuza:
--¿No alargará su plazo el Señor Peredita?
--¡Poco hay que esperar, mi viejo!
--Sin el enojo con la chinita hubiera estado más contemplativo.
Zacarías, con la chupalla sobre la cara y el costal en las rodillas, amusgaba la oreja. El ciego se había sacado del bolsillo un cartapacio de papelotes y registraba entre ellos, como si tuviese vista en el luto de las uñas:
--Vuelve a leerme las condiciones del contrato. Alguna cláusula habrá que nos favorezca.
Alargábale a la chamaca una hoja con escrituras y sellos:
--¡Taitita, cómo soñamos! El gachupín nos tiene puesto el dogal.
--Repasa el contrato.
--De memoria me lo sé. ¡Perdidos, mi viejo, como no hallemos modo de ponernos al corriente!
--¿A cuánto sube el devengo?
--Siete pesos.
--¡Qué tiempos tan contrarios! ¡Otras ferias siete pesos no suponían ni tlaco! ¡La recaudación de una noche como la de ayer superaba esa cantidad por lo menos tres veces!
--¡Yo todos los tiempos que recuerdo son iguales!
--Tú eres muy niña.
--Ya seré vieja.
--¿No te parece que insistamos con un ruego al Señor Peredita? ¡Acaso exponiéndole nuestros propósitos de que tú cantes lueguito en conciertos!... ¿No te parece bien volver a verle?
--¡Volvamos!
--Lo dices sin esperanza.
--Porque no la tengo.
--¡Hija mía, no me das ningún consuelo! ¡El Señor Peredita también tendrá corazón!
--¡Es gachupín!
--Entre los gachupines hay hombres de conciencia.
--El Señor Peredita nos apretará el dogal, sin compasión. ¡Es muy ruin!
--Reconoce que otras veces ha sido más deferente... Pero estaba muy tomado de cólera con aquella chinita, y no debía fallarle razón cuando la pusieron a la sombra.
--¡Otra que paga culpas de Domiciano!