Capítulo 87

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 87 de 143 · 529 palabras

El Cruzado se fue despacio, enhebrándose por la rueda de charros y boyeros que, sin apearse de las monturas, bebían a la puerta del bochinche: Inmóvil el gesto de su máscara verdina, huraño y entenebrecido, con taladro doloroso en las sienes, metiose en las grescas y voces del real, que juntaba la feria de caballos. Cedros y palmas servían de apoyo a los tabanques de jaeces, facones y chamantos. Se acercó a una vereda ancha y polvorienta, con carros tolderos y meriendas: Jarochos jinetes lucían sus monturas en alardosas carreras, terciaban apuestas, se mentían al procuro de engañarse en los tratos. Zacarías, con los pies en el polvo, al arrimo de un cedro, calaba los ojos sobre el ruano que corría un viejo jarocho. Tentándose el cinto de las ganancias, hizo seña al campero:

--¿Se vende el guaco?

--Se vende.

--¿En cuánto lo ponés, amigo?

--Por muy bajo de su mérito.

--¡Sin macanas! ¿Querés vos cincuenta bolivianos?

--Por cada herradura.

Insistió Zacarías con obstinada canturía:

--Cincuenta bolivianos, si querés venderlo.

--¡No es pagarlo, amigo!

--Me estoy en lo hablado.

Zacarías no mudaba de voz ni de gesto: Con la insistencia monótona de la gota de agua, reiteraba su oferta. El jarocho revolvió la montura, haciendo lucidas corvetas:

--¡Se gobierna con un torzal! Mirale la boca y verés vos que no está cerrado.

Repitió Zacarías con su opaca canturía:

--No más me conviene en cincuenta bolivianos. Sesenta con el aparejo.

El jarocho se doblaba sobre el arzón sosegando al caballo con palmadas en el cuello. Compadreó:

--Setenta bolivianos, amigo, y de mi cuenta las copas.

--Sesenta con la silla puesta, y me dejás la reata y las espuelas.

Animose el campero, buscando avenencia:

--¡Sesenta y cinco! ¡Y te llevas, manís, una alhaja!

Zacarías posó el saco a los pies, se desató el cinto y, sentado en la sombra del cedro, contó la plata sobre una punta del poncho. Nubes de moscas ennegrecían el saco, manchado y viscoso de sangre. El perro, con gesto legañoso, husmeaba en torno del caballo. Desmontó el jarocho. Zacarías ató la plata en la punta del poncho y, demorándose para cerrar el ajuste, reconoció los corvejones y la boca del guaco: Puesto en silla cabalgó probándolo en cortas carreras, obligándole de la brida con brusco arriende, como cuando se tira al toro la mangana. El jarocho, en la linde de la polvorienta estrada, atendía al escaramuz, sobre las cejas la visera de la mano. Zacarías se acercó, atemperando la cabalgada:

--Me cumple.

--¡Una alhaja!

Zacarías desató la punta del poncho, y en la palma del campero, moneda a moneda, contó la plata:

--¡Amigo, nos vemos!

--¿No vos caminarés mero mero sin mojar el trato?

--Mero mero, amigo. Me urge no dilatarme.

--¡Vaya chance!

--Tengo que restituirme a mi pago. Queda en palabra que trincaremos en otra ocasión. ¡Nos vemos, amigo!

--¡Nos vemos! Compadrito, cuidame vos del ruano.

El real de la feria tenía una luminosa palpitación cromática. Por los crepusculares caminos de tierra roja ondulaban recuas de llamas, piños vacunos, tropas de jinetes con el sol poniente en los sombreros bordados de plata. Zacarías se salió del tumulto, espoleando, y se metió por Arquillo de Madres.

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