Capítulo 70

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 70 de 143 · 783 palabras

Entró Melquíades, dependiente y sobrino del gachupín. Conducía una punta de chamacos, que sonaban las pintadas esquilas de fúnebres barros que se venden en la puerta de las iglesias por la fiesta de los Difuntos. Melquíades era chaparrote, con la jeta tozuda del emigrante que prospera y ahorra caudales. La tropa babieca, enfilada a canto del mostrador, repica los barros:

--¡Hijos míos! ¡Qué esperanza! ¡Idos a darle la murga a vuestra mamasita! ¡Que os vista los trajes de diario! ¡Melquíades, no debiste haberles relajado la moral, autorizándoles esta dilapidación de sus centavitos! ¡Muy suficiente una campanita para los cuatro! Entre hermanos bien avenidos, así se hace. Vayan a su mamá, que les mude los trajecitos.

Melquíades recadó la tropa, metiéndola por la escalerilla del piso alto:

--Don Celes Galindo les ha regalado los esquilones.

--¡Muy buena reata! Niños, a vuestra mamita, que os los guarde. Representan un recuerdo y debéis conservarlos para el año que viene y los sucesivos. ¡No sean rebeldes!

Melquíades, al pie de la escalerilla, vigilaba que el hato infantil subiese sin deterioro de los trajes nuevos. El arrastrarse por los escalones quedábase para el atuendo de diario. Melquíades insistió, ponderando la largueza de Don Celes:

--Son los barros de más precio. Bajo Arquillo de Madres puso en fila a los chamacos y les mandó elegir. Como pendejos, se fueron a los más caros. Don Celes sacó la plata y pagó sin atenuante. Me ha recomendado que usted no falte a la junta de notables en el Casino Español.

--¡Los esquiloncitos! ¡Ya estoy pagando el primer rédito! Me nombrarán de alguna comisión, tendré que abandonar por ratos el establecimiento, posiblemente me veré incluido para contribuir... De tales reuniones siempre sale una lista de suscripción. El Casino está pervirtiendo su funcionamiento y el objetivo de sus estatutos. De centro recreativo se ha vuelto un sacadineros.

--¡Está revolucionada la Colonia!

--¡Con razón! Desmonta el solitario de esa tumbaguita. Hay que desfigurarla.

Melquíades, sentado al pie del mostrador, buscaba en el cajón los alicates.

--“El Criterio” viene opuesto al cierre de cantinas que tramitan las Representaciones Extranjeras.

--¡Como que se vejan los intereses de muchos compatriotas! Los expendios de bebidas están autorizados por las leyes, y pagan muy buena matrícula. ¿Ha vertido alguna opinión Don Celestino?

--Don Celes se guía por que todo el comercio de españoles se haga solidario, y cierre en señal de protesta. Para eso es la junta de notables en el Casino.

--¡Qué esperanza! Esa opinión no puede prevalecer. Acudiré a la junta y haré patente mi disentimiento. Es una orientación nociva para los intereses de la Colonia. El comercio cumple funciones sociales en todos los países, y los cierres, cuando la medida no es general, solo ocasionan pérdida de clientes. El Ministro de España, si llegado el caso, se conforma al cierre de los estipendios de bebidas, se hará, de cierto, impopular con la Colonia. ¿Cómo respira Don Celestino?

--No mentó el tópico del Ministro.

--La junta de notables debía concretarse a fijar la actuación de ese loco de verano. Necesita orientaciones, y si se niega a recibirlas, aleccionarle, solicitando por cable la destitución. Para un fin tan justificado yo me suscribiría con una cuota.

--¡Y cualquiera!

--¿Por qué no lo haces tú, so pendejo?

--Ponga usted en mi cabeza el negocio, y verá si lo hago.

--¡Siempre polémico, Melquíades! ¡Siempre polémico!... Pues un cable resolvería la situación tan fregada del Ministro. ¡Un sodomita, comentado en todos los círculos sociales, que horita tiene al crápula en la cárcel!

--Ya le han dado suelta. A quien merito se llevaban los gendarmes es a la Cucaracha. ¡Menuda revolución va armando!

--Esa gente escandalosa no debía estar documentada por el Consulado. Cucarachita, con el trato tan inmoralísimo que sostiene, denigra el buen nombre de la Madre Patria.

--No le ha caído mal pleito a la tía Cucaracha. Parece complicada en la evasión del Coronel Gandarita.

--¿El Coronel Gandarita evadido? ¡Deja esa tumbaga! ¡Vaya un compromiso! ¿Evadido de Santa Mónica?

--¡Evadido cuando iban a prenderle esta madrugada en el congal de Cucarachita!

--¡Fugado! ¡La gran chivona me hizo pendejo! ¡Deja los alicantes! ¡Fugado! El Coronel Gandarita era un descalificado y tenía que verse en este trance. ¡Vaya el viajecito que me pintó la chola fregada! ¡Melquíades, ese solitario ha pertenecido al Coronel Gandarita! ¡Un lazo que a última hora me tira ese briago! ¡Me sacó nueve soles!

Sonreía, cazurro, Melquíades:

--¡Vale quinientos!

Avinagrose el honrado gachupín:

--¡Un cuerno! Perderé la plata, si no quiero verme chingado. Horita me largo a denunciar el hecho en la Delegación de Policía. Posiblemente me exigirán la presentación de la tumbaguita y hacer el depósito.

Cabeceaba considerando el poco fundamento del mundo y sus prosperidades y fortunas.

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