La otra chinita del crío al flanco, sale de un rincón de sombra, con cautela de blandas pisadas:
--¡Don Quintinito, no sea usted tan ruin! ¡Devuélvame la tumbaguita!
De una mano requiere el tapado, de la otra hace señal a la mustia pareja porque atienda y no se vaya. El empeñista azota el mostrador con el rebenque:
--¡Se me hace que vas a buscarte un compromiso, so pendeja!
--¡Vuélvame la tumbaguita!
--Tanicuanto regrese mi dependiente lo mandaré a entrevistarse con el legítimo propietario. Ten un tantito de paciencia, hasta cuando que haya sido evacuada la diligencia. Mi crédito debe serte muy suficientemente garante. En el entanto, la alhajita queda aquí depositada. Ponte, merito, en la banqueta y no me dejes aquí los piojos.
La chinita acude al umbral y, alborotada, reclama a la mustia pareja, que se ausenta con rezo de protestas y lástimas:
--¡Oigan no más! Atiendan al tanto de cómo este hombre me despoja.
El gachupín la llamó, revolviendo en el cajón de la plata:
--No seas leperona. Toma cinco soles.
--Guárdese la moneda y vuélvame la tumbaguita.
--No me friegues.
--Señor Peredita, usted no mide bien lo que hace. Usted se busca que venga con reclamaciones mi gallo. ¡Don Quintinito, sépase usted que tiene un espolón muy afilado!
El empeñista apilaba en el mostrador los cinco soles:
--Hay leyes, hay gendarmería, hay presidios y, en últimas resultas, hay una bala: Pagaré mi multa y libertaré de un pícaro a la sociedad.
--Patroncito, no le presuponga tan pendejo que se venga dando la cara.
--Cholita, recoge la moneda. Si merito, hechas las investigaciones que me exigen las leyes, hubiera lugar a darte más alguna cosa, no te será negada. Recoge la moneda. Si tienes alguna papeletita al vencimiento, me la traes luego luego, y procuraré de alargarte el plazo.
--¡Patroncito, no me vea chuela! Usted me da la tasa. El Coronel Gandarita se ha puesto impensadamente en viaje y deja algunas obligacioncitas. No lo piense más y ponga en el mostrador el cabal.
--¡Imposible, cholita! Te hago no más que el cincuenta por ciento de diferencia. La tasa, puedes verlo en el libro, son nueve soles. ¡Recibes más del cincuenta!
--Señor Peredita, no se coma usted los ceros.
--Vistas las circunstancias, te daré los nueve soles. ¡Y no me pudras la sangre! Si sale mentira tu cuento, me echo encima una denuncia del legítimo propietario.
Durante el rezo del honrado gachupín, la chinita arrebañaba del mostrador las nueve monedas, hacía el recuento pasándolas de una mano a otra, se las ataba en una punta del rebozo. Encorvándose, con el chamaco sobre el flanco, se aleja, galguera:
--¡Mi jefecito, usted condenará su alma!
--¡País de ingratos!
El empeñista colgó el rebenque de un clavo, pasó una escobilla por los cartapacios comerciales y se dispuso al goce efusivo del periodiquín que le mandaban de su villa asturiana. “El Eco Avilesino” colmaba todas las ternuras patrióticas del honrado gachupín. Las noticias de muertes, bodas y bautizos le recordaban de los chigres con músicas de acordeón, de los velorios con ronda de anisete y castañas. Los edictos judiciales, donde los predios rústicos son descritos con linderos y sembradura, le embelesaban, dándole una sugestión del húmedo paisaje: Arco iris, lluvias de invierno, sol en claras, quiebras de montes y verdes mares.