Metíase, vergonzante, por la puerta del honrado gachupín, la pareja del ciego lechuzo y la niña mustia. La niña detuvo al ciego sobre la cortinilla roja de la mampara vidriera. Musitó el padre:
--¿Con quién es el pleito?
--Una indita.
--¡Hemos venido en mala sazón!
--¡Pues y quién sabe!
--Volveremos luego.
--Y hallaríamos el mismo retablo.
--Pues esperemos.
El empeñista se adelantó, hablándoles:
--Pasen ustedes. Supongo que traerán los atrasitos del piano. Son ya tres plazos los que me adeudan.
Murmuró el ciego:
--Solita, explícale la situación y nuestros buenos deseos al Señor Pereda.
Suspiró, redicha, la mustia:
--Nuestro deseo es cumplir y ponernos al corriente.
Sonrió el gachupín con hieles judaicas:
--El deseo no basta, y debe ser acompañado de los hechos. Están ustedes muy atrasados. A mí me gusta atender las circunstancias de mis clientes, aun contrariando mis intereses: Esa ha sido mi norma y volverá a serlo, pero con la revolución, todos los negocios marchan torcidos. ¡Son muy malas las circunstancias para poder relajar las cláusulas del contrato! ¿Qué pensaban abonar horita?
El ciego lechuzo torcía la cabeza sobre el hombro de la niña:
--Explícale nuestras circunstancias, Solita. Procura ser elocuente.
Murmuró, dolorosa, la chicuela:
--No hemos podido reunir la plata. Deseábamos rogarle que esperase a la segunda quincena.
--¡Imposible, cholita!
--¡Hasta la segunda quincena!
--Me duele negarme. Pero hay que defenderse, niña, hay que defenderse. Si no cumplen me veré en el dolor de retirarles el pianito. Acaso para ustedes represente una tranquilidad quitarse la carguita de los plazos. ¡Todo hay que mirarlo!
El ciego se torcía sobre la chicuela:
--¿Y perderíamos lo entregado?
Encareció con mieles el empeñista:
--¡Naturalmente! Y aún me cargo yo con los transportes y el deterioro que representa el uso.
Murmuró, acobardado, el ciego:
--Alargue usted el plazo a la segunda quincena, Señor Peredita.
Tornó a su encarecimiento meloso el empeñista:
--¡Imposible! ¡Me estoy arruinando con las complacencias! ¡Ya no puede ser más! ¡He puesto fechos al corazón para no verme fregado en el negocio! ¡Si no tengo nervio, entre todos me hunden en la pobreza! Hasta mañanita puedo alargarles el plazo, más, no. Vean de arreglarse. No pierdan aquí el tiempo.
Suplicó la niña:
--¡Señor Peredita, dilate su plazo a la segunda quincena!
--¡Imposible, primorosita! ¡Qué más quisiera yo que poder complacerte!
--¡No sea usted de su tierra, Señor Peredita!
--Para mentar a mi tierra, límpiate la lengua contra un cardo. No amolarla, hijita, que si no andáis con plumas, se lo debéis a España.
El ciego se doblaba rencoroso, empujando a la niña para que le sacase fuera:
--España podrá valer mucho, pero las muestras que acá nos remite son bien chingadas.
El empeñista azotó el mostrador con el rebenque:
--Merito pónganse en la banqueta. La madre patria y sus naturales estamos muy por encima de los juicios que pueda emitir un roto indocumentado.
La mustia mozuela, con acelero, llevábase al padre por la manga:
--Taitita, no hagas una cólera.
El ciego golpeaba en el umbral con el hierro del bastón:
--Este judío gachupín nos crucifica. ¡Te priva del pianito cuando marchabas mejor en tus estudios!