Husmea el perro en torno del maguey culebrón, y bajo la techumbre de palmas engresca el crío, que pide la teta, puesto de pie, al flanco de la madre. Zacarías aseñó a la mujer para que se llegase:
--¡Me camino con el patrón!
Apagó la voz la chinita:
--¿Compromiso grande?
--Esa pinta descubre.
--Recuerda, si te dilatas, que no me dejas un centavo.
--¡Y qué hacerle, chinita! Llevas a colgar alguna cosa.
--¡Como no lleve la frazada del catre!
--Empeñas el relojito.
--¡Con el vidrio partido, no dan un boliviano!
El Cruzado se descolgaba el cebollón de níquel, sujeto por una cadena oxidada. Y antes que la chinita, adelantose a tomarlo el Coronel de la Gándara:
--¡Tan bruja estás, Zacarías!
Suspiró la comadre:
--¡Todo se lo lleva el naipe, mi jefecito! ¡Todo se lo lleva la ciega ofuscación de este hombre!
--¡Sí que no vale un boliviano!
El Coronelito voltea el reloj por la cadena, y con risa jocunda lo manda al cenagal, entre los marranos:
--¡Qué valedor!
La comadre aprobaba mansamente. Había velado el tiro con el propósito de ir luego a catearlo. El Coronelito se quitó una sortija:
--Con esto podrás remediarte.
La chinita se echó por tierra, besando las manos al valedor.