Capítulo 45

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 45 de 143 · 248 palabras

Tecleaba un piano hipocondríaco, en la sala que nombraban Sala de la Recámara Verde. Como el mitote era en el patio, la sala agrandábase alumbrada y vacía, con las rejas abiertas sobre el azoguejo y el viento en las muselinas de los vidrios. El Ciego Velones --nombre de burlas-- arañaba lívidas escalas, acompañando el canto a una chicuela consumida, tristeza, desgarbo, fealdad de hospiciana. En el arrimo de la reja, hacían duelo, por la contraria suerte en los albures, dos peponas amulatadas: El barro melado de sus facciones se depuraba con una dulzura de líneas y tintas, en el ébano de las cabezas pimpantes de peines y moñetes, un drama oriental de lacres y verdes. El Ciego Velones tecleaba el piano sin luces, un piano lechuzo que se pasaba los días enfundado de bayeta negra. Cantaba la chicuela, tirante las cuerdas del triste descote, inmóvil la cara de niña muerta, el fúnebre resplandor de la bandejilla del petitorio sobre el pecho:

--¡No me mates, traidora ilusión! ¡Es tu imagen en mi pensamiento, una hoguera de casta pasión!

La voz lívida, en la lívida iluminación de la sala desierta, se desgarraba en una altura inverosímil:

--¡Una hoguera de casta pasión!

Algunas parejas bailaban en el azoguejo, mecidas por el ritmo del danzón: Perezosas y lánguidas, pasaban con las mejillas juntas por delante de las rejas. El Coronelito, más bruja que un roto, acompañaba con una cuerda en el guitarrón, la voz en un trémolo:

--¡No me mates, traidora ilusión!

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