La cortina abomba su raso verde en el arco de la recámara: Brilla en el fondo, sobre el espejo, la pomposa cama del trato, y por veces todo se tambalea en un guiño del altarete. Suspiraba Lupita:
--¡Ánimas del Purgatorio! ¡No más, y qué sueño se me ha puesto! ¡La cabeza se me parte!
La tranquilizó el farandul:
--Eso se pasa pronto.
--¡Cuando yo vuelva a consentir que usted me enajene, van a tener pelos las tortugas!
El Doctor Polaco, desviando la plática, felicitó a la daifa con ceremonia de farandul:
--Es usted un caso muy interesante de metempsicosis. Yo no tendría inconveniente en asegurarle a usted contrata para un teatro de Berlín. Usted podría ser un caso de los más célebres. ¡Esta experiencia ha sido muy interesante!
La daifa se oprimía las sienes, metiendo los dedos con luces de pedrería por los bandos endrinos del peinado:
--¡Para toda la noche tengo ya jaqueca!
--Una taza de café será lo bastante... Disuelve usted en la taza una perla de éter, y se hallará prontamente tonificada, para poder intentar otra experiencia.
--¡Una y no más!
--¿No se animaría usted a presentarse en público? Sometida a una dirección inteligente, pronto tendría usted renombre para actuar en un teatro de Nueva York. Yo le garanto a usted un tanto por ciento. Usted, antes de un año, puede presentarse con diplomas de las más acreditadas Academias de Europa. El Coronelito me ha tenido conversación de su caso, pero muy lejano, que ofreciese tanto interés para la ciencia. ¡Muy lejano! Usted se debe al estudio de los iniciados en los misterios del magnetismo.
--¡Con una cartera llena de papel, aun no cegaba! ¡A pique de quedar muerta en una experiencia!
--Ese riesgo no existe cuando se procede científicamente.
--La rubia que a usted acompañaba pasados tiempos, se corrió que había muerto en un teatro.
--¿Y que yo estaba preso? Esa calumnia es patente. Yo no estoy preso.
--Habrá usted limado las rejas de la cárcel.
--¿Me cree usted con poder para tanto?
--¿No es usted brujo?
--El estudio de los fenómenos magnéticos no puede ser calificado de brujería. ¿Usted se encuentra libre ya del malestar cefálico?
--Sí, parece que se me pasa.
Gritaba en el corredor la madrota:
--Lupita, que te solicitan.
--¿Quién es?
--Un amigo. ¡No pasmes!
--¡Voy! De hallarme menos carente, esta noche la guardaba por devoción de las Benditas.
--Lupita, puede usted obtener un suceso público en un escenario.
--¡Me da mucho miedo!
Salió de la recámara con bulle-bulle de faldas, seguida del Doctor Polaco. Aquel tuno nigromante, con una barraca en la feria, era muy admirado en el congal de Cucarachita.