Después de lavar los platos, de cerrar las puertas y abrir los postigos, me recosté en el lecho porque hacía frío.
Sobre la tapia, el sol enrojecía oblicuamente los ladrillos.
Mi madre cosía en otra habitación, y mi hermana preparaba sus lecciones. Me dispuse a leer. Sober una silla, junto al respaldar del lecho, tenía las siguientes obras:
"Virgen y madre" de Luis del Val, "Electrotécnica" de Bahía y el Anticristo de Nietszche. La Virgen y Madre, cuatro volúmenes de 1.800 páginas cada uno, me lo había prestado una vecina planchadora.
Y cómodamente acostado, observé con displicencia Virgen y Madre. Evidentemente, hoy no me encontraba dispuesto a la lectura del novelón truculento y entonces decidido cogí la Electrotécnica y me puse a estudiar la teoría del campo magnético giratorio.
Leía despacio y con satisfacción. Pensaba, ya interiorizado de la complicada explicación acerca de las corrientes polifásicas.
Es síntoma de una inteligencia universal poder regalarse con distintas bellezas y los nombres de Ferranti y Siemens Nalshue, resonaban en mis oídos armoniosamente.
Pensaba.
—Yo también algún día podré decir ante un congreso de ingenieros: "Sí, señores... Las corrientes electromagné ticas que genera el sol, pueden ser utilizadas y condensadas". Qué bárbaro, primero condensadas, después utilizadas diablo, — ¿cómo podrían condensarse las corrientes electromagnéticas del sol?
Sabía por noticias científicas que aparecen en distintos periódicos, que Tesla, el mago de la electricidad, había ideado un condensador del rayo.
Así soñara hasta el anochecer, cuando en la habitación contigua escuché la voz de la señora Rebeca Naidath, amiga de mi madre.
—¡Ola! ¿cómo está, fran drodman ? ¿cómo está mi hijita?
Levanté la cabeza del libro para escuchar.
La señora Rebeca pertenecía al rito judío. Su alma era ruín porque su cuerpo era pequeño. Caminaba como una oca, y escudriñaba como un águila... Yo la detestaba por ciertas trastadas que me había hecho.
—¿Silvio no está? Tengo que hablarle. — En un santiamén estuvo en la otra habitación.
—¡Ola! ¿cómo le va frau , qué hay de nuevo?
—¿Tú sabes mecánica?
—Claro... Algo sé. ¿No le enseñaste, mamá, la carta de Ricaldoni?
Efectivamente, Ricaldoni me había felicitado por algunas combinaciones mecánicas absurdas que yo ideara en mis horas de vagancia.
La señora Rebeca dijo:
—Sí, ya la ví. Ya la ví. Toma — y alcanzándome un diario en cuya página su dedo de uña orlada de mugre, señalaba un aviso, comentó:
—Mi marido me dijo que viniera y te avisara. Lee.
Con los puños en las caderas, echaba el busto hacia mí. Se tocaba con un sombrerito negro, cuyas plumas desbarbadas colgaban lamentables. Sus pupilas negras me inspeccionaban irónicamente el rostro, y a momentos apar tando una mano de la cadera, se rascaba con los dedos la encorvada naríz.
Leí:
"Se necesitan aprendices para mecánicos de aviación. Dirigirse a la Escuela Militar de Aviación. Palomar de Caseros".
—Caramba qué linda noticia, frau , muchas gracias... ¿Pero habrá tiempo de ir hoy?
—Sí, tomas el tren a la Paternal, le dices al guarda que te baje en la Paternal, tomas el 88. Te deja a la puerta.
—Si, anda hoy Silvio, es mejor — indicó mi madre sonriendo esperanzada. Ponéte la corbata azul. Ya está planchada y le cosí el forro.
De un salto me planté en mi cuarto y en tanto me trajeaba, escuché la judía que narraba con voz lamentosa, una riña con su marido.
—¡Qué cosa fran drodman ! Vino borracho, bien borracho. Maximito no estaba, había ido a Quilmes a ver un trabajo de pintura. Yo estaba en la cocina, salgo afuera, y me dice mostrándome el uño así.
—La comida, pronto... ¿y el canalla de tu hijo porque no vino a la obra?
Qué vida frau , qué vida... Voy a la cocina y ligerito prendo el gas. Pensaba que si venía Maximito iba a suceder un bochinche, y temblaba frau .
¡Dios mío! Ligerito le traigo el sartén con hígado y huevos fritos en manteca. Porque a él no le gusta el aceite. Y lo hubiera visto, Fran abre los ojos grandes, frunce la naríz y me dice:
—Perra, esto está podrido — y eran frescos los huevos, frau , fresquitos. Pum. Tiró el sartén con todo a la pared...
—¡Qué vida frau , qué vida...! Toda la cama mojada de huevos y manteca. Yo corrí hasta la puerta y él se levantó, agarró los platos y los tiraba contra el suelo. Que vida. Hasta la hermosa sopera, ¿se acuerda frau ?, hasta la hermosa sopera se rompió.
Yo tenía miedo y como me fuí, él vino y pum, pum, se daba tremendos puñetazos en el pecho... ¡Que cosa horrible! y me gritó, cosas que nunca frau me gritó:—Cochina, quiero lavarme las manos con tu sangre.
Se oía suspirar profundamente a la señora Naidath.
Los percances de la mujer me divertían. En tanto hacía el lazo de mi corbata, me imaginaba sonriendo al grandulón de su marido, un canoso polaco, con naríz de cacatúa, vociferando tras de doña Rebeca.
El señor Josias Naidath, era un hebreo más generoso que un Etman del siglo de Sobiesky. Hombre raro. Detestaba los judíos hasta la exasperación, y su antisemitismo grotesco se exteriorizaba en un léxico fabuloso por lo obsceno. Natural, su odio era colectivo.
Amigos especuladores le habían engañado muchas veces, pero no quería convencerse de ello y en su casa, para desesperación de la señora Rebeca, siempre podían encontrarse inmigrantes alemanes gordos y aventureros de miserable traza, que se hartaban en torno de la mesa con chucrut y salchicha, y que reían con gruesas carcajadas, moviendo los inexpresivos ojos azules.
El judío les protegía hasta que encontraban trabajo, valiéndose de las relaciones que como pintor y franemasón tenía. Algunos le robaron; hubo un pillastre que del día a la noche desapareció de una casa en refacción llevándosele escaleras, tablones y pinturas.
Cuando el señor Naidath, supo que el sereno, su protegido, se había despedido en tal forma, puso el grito en el cielo. Parecía el dios Thor enfurecido... más no hizo nada.
Su esposa era el prototipo de la judía avara y sórdida.
Recuerdo que cuando mi hermana era más pequeña, estaba un día de visita en su casa. Con candidez admi raba un hermoso ciruelo cargado de fruta en sazón, y como es lógico, apetecía la fruta la pedía con palabras tímidas.
Entonces la señora Rebeca la respondió.
—Hijita... Si tenés ganas de comer ciruela podés comprar toda la que quieras en el mercado.
—Sírvase el té, señora Naidath.
La judía continuaba narrando lamentosamente:
—Después me gritaba, y todos los vecinos oían, frau ; me gritaba:
Hija de carnicero, judía, judía cochina, protectora de tu hijo. Como si él no fuera judío, como si Maximito no fuera su hijo.
Efectivamente, la señora Naidath y el cernícalo de Maximito, se entendían admirablemente para engañarlo al francmasón, y sonsacarle dinero que gastaban en tonterías, complicidad de la que era sabedor el señor Naidath, y que solo mentándola, le sacaba de sus casillas.
Maximito, origen de tantas desavenencias, era un badulaque de veinticinco años, que se avergonzaba de ser judío y tener la profesión de pintor.
Para disimular su condición de obrero, vestía como un señor, gastaba lentes, y de noche antes de acostarse se untaba las manos con glicerina.
De sus barrabasadas, yo conocía algunas sabrosísimas.
Cierta vez cobró clandestinamente un dinero debitado por un hostelero a su padre. Tendría entonces veinte años y sintiéndose con aptitudes de músico, invirtió el importe en una arpa magnífica y dorada. Maximito explicó, por sugerencia de su madre, que había ganado unos pesos con un quinto de lotería y el señor Naidath no dijo nada, pero escamado miró de reojo el arpa, y los culpables temblaron como en el paraíso Adan y Eva cuando les observó Jehová.
Pasaron los días, en tanto que Maximito tañía el arpa y la vieja judía se regocijaba. Estas cosas suelen suceder. La señora Rebeca decía a sus amistades que Maximito tenía grandes condiciones para arpista, y la gente después de admirar el arpa en un rincón del comedor, decía que sí.
Sin embargo, a pesar de su generosidad, el señor Josías era un hombre prudente ciertas veces, y pronto se hizo cargo por qué trapacería era dueño del arpa el magnánimo Maximito.
En esta circunstancia, el señor Naidath que tenía una fuerza espantosa, estuvo a la altura de las circunstancias, y como recomienda el salmista, habló poco y obró mucho.
Era sábado, pero el señor Josías, importándole un ardite el precepto mosaico, a vía de prólogo sacudió dos puntapiés al trasero de su mujer, cogió a Maximito del cuello y después de quitarle el polvo lo condujo a la puerta de calle, y a los vecinos que en mangas de camisa se divertían inmensamente con el barullo, desde la ventana del comedor les arrojó el arpa a las cabezas.
Esto ameniza la vida, y por eso la gente decía del judío.
—¡Ah! el señor Naidath.. es una muy buena persona.
Terminado de acicalarme, salí.
—Bueno, hasta luego Fran, saludos a su esposo y a Maximito.
—¿No le das las gracias? — interrumpió mi madre.
—Ya se las dí antes
La hebrea levantó los ojillos envidiosos de las rebanadas de pan untadas de manteca y con flojedad me estrechó las manos. Ya reaccionaban en ella los deseos de verme fracasado en mis gestiones.
Anochecido, llegué a El Palomar.
Al preguntarle por él, un viejo que fumaba sentado en un bulto, bajo el farol verde de la estación, con un mínimo gasto de gestos, me indicó el camino entre las tinieblas.
Comprendí que me las había con un indiferente, no quise abusar de su parquedad, y sabiendo casi tanto como antes de interrogarle, le dí las gracias y emprendí el camino.
Entonces el viejo me gritó.
—Diga, niño, ¿no tiene diez centavos?
Pensé no beneficiarlo, más reflexionando rápidamente, me dije que si Dios existía podría ayudarme en mi empresa como yo lo hacía con el viejo y no sin secreta pena me acerqué para entregarle una moneda.
Entonces el andrajoso fué más explícito. Abandonó el bulto y con el tembloroso brazo extendido hacia la obscuridad señaló.
—Vea niño... siga derechito, derechito y a la izquierda está el casino de los oficiales.
Caminaba.
El viento removía los follajes resecos de los eucaliptus, y cortándose en los troncos y los altos hilos del telégrafo, silbaba ululante.
Cruzando el fangoso camino, palpando los alambres de los cercos para guiarme en la obscuridad, a pasos prudentes, y cuando lo permitía la dureza del terreno rápidos, llegué al edificio que el viejo ubicara a la izquierda con el nombre de Casino.
Indeciso me detuve. ¿Llamaría? Tras de las barandas del chalet,, frente a la puerta, no había ningún soldado de guardia.
Subí tres escalones, y audazmente así pensaba entonces me interné en un estrecho corredor de madera, material de que estaba construído todo el edificio, y me detuve frente a la puerta de una oblonga habitación, cuyo centro ocupaba una mesa.
En derredor de ella, tres oficiales, uno recostado en un sofá junto al trinchante, otro de codos en la mesa, y un tercero con los pies en el aire, pues apoyaba al respaldar de la silla en el muro, conversaban con displicencia frente a cinco botellas de colores distintos.
—¿Que quiere Vd.?
—Me he presentado, señor, por el aviso...
—Ya se llenaron las vacantes.
Objeté, sumamente tranquilo, con una serenidad que me nacía de la poca suerte.
—Caramba, es una lástima, porque yo que soy medio inventor; me hubiera encontrado en mi ambiente.
—¿Y que ha inventado Vd? Pero entre, siéntese habló un capitán incorporándose en el sofá.
Respondí sin inmutarme.
—Un señalador automático de estrellas fugaces, y una máquina de escribir en caracteres de imprenta lo que se le dicta. Aquí tengo una carta de felicitación que me ha dirigido el físico Ricaldoni.
No dejaba de ser curioso esto para los tres oficiales aburridos, y de pronto comprendí que les había interesado.
—A ver, tome asiento me indicó uno de los tenientes examinando mi catadura de piés a cabeza. Explíquenos sus famosos inventos. ¿Como se llamaban?
—Señalador automático de estrellas fugaces, señor oficial.
Apoyé mis brazos en la mesa, y miré con mirada que me parecía investigadora, los semblantes de líneas duras y ojos inquisidores, tres rostros curtidos de dominadores de hombres, que me observaban entre curiosos e irónicos. Y en aquel instante, antes de hablar, pensé en los héroes de mis lecturas predilectas y la catadura de Rocambole, del Rocambole con gorra de visera de hule y sonrisa canalla en la boca torcida, pasó por mis ojos incitándome al desparpajo y a la actitud heroica.
Confortado, segurísimo de no incurrir en errores, dije:
—Señores oficiales, ustedes sabrán que el selenio conduce la corriente eléctrica cuando está iluminado; en la obscuridad se comporta como un aislador.
El señalador no consistiría nada más que en una célula de selenio, conectada con un electro—imán. El paso de una estrella por el retículo de selenio, sería señalado por un signo, ya que la claridad del meteoro, concentrada por un lente cóncavo, pondría en condiciones de conductor al selenio.
—Está bien. ¿Y la máquina de escribir?
—La teoría es la siguiente. En el teléfono el sonido se convierte en una onda electromagnética.
Si medimos con un galvanómetro de tangente la intensidad eléctrica producida por cada vocal y consonante, podemos calcular el número de amperios vueltas, necesarios para fabricar un teclado magnético, que responderá a la intensidad de corriente de cada vocal.
El ceño del teniente acentuóse.
—No está mala la idea, pero Vd. no tiene en cuenta la dificultad de crear electroimanes que respondan a alteraciones eléctricas tan ínfimas, y eso sin contar las variaciones del timbre de voz, el magnetismo remanente; otro problema muy serio y el peor quizá, que las corrientes se distribuyan por sí mismas en los electroimanes correspondientes ¿Pero tiene Vd. allí la carta de Ricaldoni?
El teniente se inclinó sobre ella; después entregándola a otro de los oficiales me dijo.
—¿Ha visto Vd.? Los inconvenientes que yo le planteo, también los señala Ricaldoni. Su idea en principio es muy interesante. Yo lo conozco a Ricaldoni. Ha sido mi profesor. Es un sabio el hombre.
—Sí, bajito, gordo, bastante gordo.
—¿Quiere servirse un vermouth? -- me ofreció el capitán sonriendo.
—Muchas gracias, señor. No tomo.
—Y de mecánica ¿sabe algo?
—Algo. Cinemática... Dinámica... Motores a vapor y explosión; también conozco los motores de aceite crudo. Además, he estudiado química de los explosivos, que es una cosa interesante.
—También. ¿Y qué sabe de explosivos?
—Pregúnteme Vd. — repliqué sonriendo.
—Bueno, a ver ¿que son fulminantes?
Aquello tomaba visos de un examen, y echándomelas de erudito, respondí.
—El capitán Cundill, en su Diccionario de Explosivos, dice que los fulminatos son las sales metálicas de un ácido hipotético llamado fulminato de hidrógeno. Y son simples o dobles.
—A ver, a ver: un fulminato doble.
—El de cobre, que son cristales verdes producidos haciendo hervir fulminato de mercurio que es simple, con agua y cobre.
—Es notable lo que sabe este muchacho. ¿Qué edad tiene Vd?
—Diez y seis años, señor.
—¿Diez y seis años?
—Sí, señor.
—¿Se da cuenta, capitán? Este joven tiene un gran porvenir. ¿Que le parece que le hablemos al capitán Marquez? Sería una lástima que no pudiera ingresar.
—Indudablemente — y el oficial del cuerpo de ingenieros se dirigió a mí.
—Pero ¿dónde diablos ha estudiado Vd. todas esas cosas?
—En todas partes señor. Por ejemplo, voy por la calle y en una casa de mecánica veo una máquina que no conozco. Me paro, y me digo estudiando las diferentes partes de lo que miro: esto debe funcionar así y así, y de be servir para tal cosa. Después que he hecho mis deducciones, entro al negocio y pregunto, y créame señor, raras veces me equivoco. Además tengo una biblioteca regular, y si no estudio mecánica, estudio literatura.
—Cómo -- interrumpió el capitán ¿también literatura?
—Sí, señor, y tengo los mejores autores: Baudelaire, Dostoyeski, Baroja.
—Ché, ¿no será un anarquista, éste?
—No, señor Capitán. No soy anarquista. Pero me gusta estudiar, leer.
--Y que opina su padre de todo eso.
—Mi padre se mató cuando yo era muy chico.
Súbitamente callaron. Mirándome, los tres oficiales se miraron.
Afuera silbaba el viento, y en mi frente se ahondó más el signo de la atención.
El capitán se levantó y le imité.
—Mire amiguito, lo felicito, véngase mañana. Esta noche trataré de verlo al capitán Marquez, porque Vd. lo merece. Eso es lo que necesita el ejército argentino. Jóvenes que quieran estudiar.
—Gracias, señor.
—Mañana, si quiere verme, con el mayor gusto lo voy a atender. Pregunte Vd. por el capitán Bossi.
Grave de inmensa alegría me despedí.
Ahora cruzaba las tinieblas, saltaba los alambrados, estremecido de un coraje sonoro.
Más que nunca se afirmaba la convicción del destino grandioso a cumplirse en mi existencia. Yo podría ser un ingeniero como Edison, un general como Napoleón, un poeta como Baudelaire, un demonio como Rocambole.
Séptima alegría. Por elogio de los hombres, he gozado noches tan estupendas, que la sangre, en una muchedumbre de alegrías, me atropellaba el corazón, y yo creía, sobre las espaldas de mi pueblo de alegrías, cruzar los caminos de la tierra, semejante a un símbolo de juventud.
Creo que fuimos escogidos treinta aprendices para mecánicos de aeroplanos entre doscientos solicitantes.
Era una mañana gris. El campo se extendía a lo lejos áspero. De su continuidad verde gris se desprendía un castigo sin nombre.
Acompañados de un sargento pasamos junto a los hangares cerrados, y en la cuadra nos vestimos con ropa de fagina.
Lloviznaba, y a pesar de ello un cabo nos condujo a hacer gimnasia en un potrero situado tras de la cantina.
No era difícil. Obedeciendo a las voces de mando dejaba entrar en mí la indiferente extensión de la llanura.
Eso hipnotizaba el organismo, dejando independientes los trabajos de la pena.
Pensaba:
—Si ella ahora me viera ¿qué diría?
Dulcemente, como una sombra en un muro blanqueado de luna pasó toda ella, y en cierto anochecimiento lejano vi el semblante de imploración de la niña inmóvil junto al álamo negro.
—A ver si se mueve, recluta — me gritó el cabo.
A la hora del rancho, chapoteando en el barro, nos acercamos a las ollas hediondas de comida. Bajo los tachos humeaban los leños verdes. Apretujándonos extendíamos al cocinero los platos de lata.
El hombre hundía su cucharón en la bazofia, y un tridente en otra olla, luego nos apartábamos para devorar.
En tanto comía recordé a don Gaetano y a la mujer cruel. Y aunque no habían transcurrido, yo percibía in mensos espacios de tiempo entre mi ayer taciturno y mi hoy caviloso.
Pensé:
—Ahora que todo ha cambiado, ¿quién soy yo dentro del amplio uniforme?
Sentado junto a la cuadra, observaba la lluvia cayente a intervalos, y con el plato encima de las rodillas no podía apartar los ojos del arco de horizonte, tumultuoso a pedazos, liso como una franja de metal en otros y aleonado tan despiadadamente, que el frío de su altura en la caída penetraba hasta los huesos.
Algunos aprendices amontonados en la cuadra reían, y otros inclinados en una pileta para abrevar caballos se lavaban los piés.
Me dije.
—Y así es la vida, quejarse siempre de lo que fué. Con cuanta lentitud caían los hilos de agua. Y así era la vida.
Dejé el plato en tierra, para agrandar mis cavilaciones con estas ansiedades.
¿Saldría yo alguna vez de mi ínfima condición social, podría convertirme algún día en un señor, dejar de ser el muchacho que se ofrece para cualquier trabajo?
Pasó un teniente, y adopté la posición militar... Después me dejé caer en un rincón y la pena se me hizo más honda.
En el futuro, ¿no sería yo uno de esos hombres que llevan cuellos sucios, camisas zurcidas, traje color vinoso, y botines enormes, porque en los piés le han salido callos y juanetes de tanto caminar, de tanto caminar solicitando de puerta en puerta trabajo en que ganarse la vida?
Me temblo el alma. ¿Que hacer, que podría hacer para triunfar, para tener dinero, mucho dinero? Seguramente no me iba a encontrar en la calle una cartera con diez mil pesos. ¿Que hacer entonces? Y no sabiendo si pudiera asesinar a álguien, si al menos hubiera tenido algún pariente rico a quien asesinar y responderme, comprendí que nunca me resignaría a la vida penuriosa que sobrellevan naturalmente la mayoría de los hombres.
De pronto se hizo tan evidente en mi conciencia la certeza de que ese anhelo de distinción me acompañaría por el mundo, que me dije:
—No me importa no tener traje, ni plata, ni nada — y casi con vergüenza me confesé:
—Lo que yo quiero, es ser admirado de los demás, elogiado de los demás. Que me importa ser un perdulario. Eso no me importa... Pero esta vida mediocre... Ser olvidado cuando muera, esto si que es horrible. !Ah, si mis inventos dieran resultado! Sin embargo algún día me moriré, y los trenes seguirán caminando, y la gente irá al teatro como siempre, y yo estaré muerto, bien muerto..muerto para toda la vida.
Un escalofrío me erizó el vello de los brazos. Frente al horizonte recorrido por navíos de nubes, la convicción de una muerte eterna espantaba mi carne. Apresurado, cogiendo el plato fuí a la pileta.
¡ Ah, si se pudiera descubrir algo para no morir nunca, vivir aunque fuera quinientos años!
El cabo que dirigía los ejercicios de intrucción, me llamó.
—Drodman, dice el capitán Marquez que vaya.
—En seguida, mi cabo 1°.
Durante el ejercicio, por intermedio del sargento, había solicitado permiso al capitán Marquez, con objeto de pedirle consejo acerca de un mortero de trinchera que había ideado, para arrojar proyectiles que permitieran destruir mayor cantidad de hombres, que los srapnells con sus explosivos.
Interiorizado de mi vocación, el capitán Marquez acostumbraba escucharme, y en tanto yo hablaba esquematizando en la pizarra, él, tras los espejuelos de sus lentes me miraba sonriendo con una sonrisa de curiosidad, de burla y de indulgencia.
Dejé el plato en la bolsa de servicio y rápidamente me dirigí al casino de oficiales.
Ahora estaba en su habitación. Junto al muro, un lecho de campaña, un estante con revistas y cursos de ciencias militares y clavado en la pared un tablero negro con su cajita llena de barras de tiza clavada en un ángulo.
El capitán me dijo:
—A ver, a ver como es ese cañón de trinchera. Diséñelo.
Cogí una tiza, e hice un croquis.
Comenzé.
—Vd. sabe, mi capitán que el inconveniente de los grandes calibres, son peso y tamaño de la pieza.
—Bien, y...
—Yo tengo imaginado un cañón de esta forma:
El proyectil de grueso calibre estaría perforado en el centro y en vez de estar colocado en un tubo que es el cañón, sería introducido en la barra de hierro como un anillo en el dedo, yéndose a encajar en la cámara donde explotaría el cartucho.
La ventaja de mi sistema, es que sin aumentar el peso del cañón, se aumenta enormemente el calibre del proyectil y la carga explosiva que puede llevar.
—Entiendo... Está bien... Pero Vd. debe saber esto:
De acuerdo con el calibre de los proyectiles, su peso y la clase del grano de pólvora, se calcula el grosor, diámetro y longitud del cañón.
Es decir, que a medida que la pólvora se va inflamando, el proyectil por presión de los gases avanza en el cañón, de forma que cuando ha llegado a la boca de éste, el explosivo ha rendido su máximum de energía.
En su invento ocurre todo lo contrario.
Se efectúa la explosión y el proyectil se desliza por la barra y los gases en vez de seguir presionándolo, se pierden en el aire, es decir, que si la explosión tiene que seguir actuando durante un segundo de tiempo, Vd. lo reduce a un décimo o a un milésimo. Es lo contrario. A mayor diámetro, menos uniformidad, más resistencia, a menos que Vd. haya descubierto una balística nueva, que es medio difícil.