Capítulo 8 · El juguete rabioso (2)

El juguete rabioso — Roberto Arlt · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 8 de 12 · 4001 palabras

Y terminó agregando.

—Vd. tiene que estudiar, estudiar mucho si quiere ser algo.

Yo pensaba, sin atreverme a decirlo.

—Como estudiar si tengo que aprender un oficio para ganarme la vida.

Proseguía.

—Estudie muchas matemáticas; lo que le falta a Vd. es la base, discipline el pensamiento, aplíquelo al estudio de las pequeñas cosas prácticas, y entonces podrá tener éxito en sus iniciativas.

—¿Le parece, mi Capitán?

—Si Astier, Vd. tiene condiciones innegables, pero estudie, Vd. cree que porque piensa lo ha hecho todo, y pensar no es nada más que un principio.

Y yo salía de allí, estremecido de gratitud hacia ese hombre que conocía serio y melancólico y que a pesar de la disciplina tenía la misericordia de alentarme.

Eran las dos de la tarde del cuarto día de mi ingreso en la Escuela Militar de Aviación.

Estaba tomando mate cocido en compañía de un pelirrojo apellidado Walter, que con entusiasmo conmove dor me hablaba de una chacra que tenía su padre, un alemán de las cercanías del Azul.

Decía el pelirrojo con la boca llena de pan.

—Todos los inviernos carneamos tres chanchos para la casa. Los demás se venden. Así a la tarde cuando hacía frío, entraba y me cortaba un pedazo de pan, después con el Ford me iba a recorrer...

—Drodman, venga — me gritó el Sargento.

Detenido frente a la cuadra me observaba con seriedad inusitada.

—Ordene, mi sargento.

—Vístase de particular y entrégueme el uniforme porque Vd. está de baja.

Le miré atento.

—¿De baja?

—Sí, de baja.

—¿De baja, mi sargento? — temblaba todo al hablarlo.

El sub-oficial me observó apiadado. Era un provinciano de procederes rectos, y hacía pocos días había recibido el brevet de aviador.

—Pero si yo no he cometido ninguna falta mi sargento, Vd. lo sabe bien.

—Claro que lo sé... Pero que le voy a hacer... la orden la dió el Capitán Marquez.

—¿El capitán Marquez? Pero eso es absurdo... El capitán Marquez no puede dar esa orden... ¿No habrá equivocación?

—Así es, en el detall me dijeron Silvio Drodman Astier... Aquí no hay otro Drodman Astier que Vd., creo, ¿no? así que es Vd., no hay vuelta de hoja.

—Pero esto es una injusticia mi sargento.

El hombre frunció el ceño y en voz baja confidenció:

—¿Qué quiere que le haga?, claro que no está bien.. creo... no, no lo sé... me parece que el Capitán tiene un recomendado... así me han dicho... no sé si es verdad, y como ustedes no han firmado contrato todavía, claro, sacan y ponen al que quieren. Si hubiera contrato firmado no habría caso, pero como no está firmado, hay que aguantarse.

Dije suplicante.

—¿Y usted, mi sargento, no puede hacer nada?

—Y que quiere que haga amigo. ¿Que quiere que haga? si yo soy igual a Vd., se vé cada cosa.

El hombre me compadecía.

Le dí las gracias, y me retiré con lágrimas en los ojos.

En el detall me informaron:

—La orden es del Capitán Marquez.

—Y no se le puede ver.

—No está el Capitán.

—Y el capitán Bossi.

—El Capitán Bossi no está.

En el camino, el sol de invierno teñía de una lúgubre rojidez el tronco de los eucaliptus.

Yo caminaba hacia la estación.

De pronto ví en sendero al Director de la Escuela.

Era un hombre rechoncho, de cara mofletuda y colorada como la de un labriego. El viento le movía la capa sobre las espaldas, y hojeando un infolio respondía brevemente al grupo de oficiales que en círculo le rodeaba.

Alguien debió comunicarle lo sucedido pues el teniente coronel levantó la cabeza de los papeles, me buscó con la mirada y encontrándome, me gritó con voz destemplada.

—Vea amigo, el Capitán Marquez me habló de Vd. Su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sinó brutos para el trabajo.

Ahora cruzaba las calles de Buenos Aires, con estos gritos adentrados en el alma.

—¡Cuando mamá lo sepa! — Involuntariamente me la imaginaba diciendo con acento cansado.

—Silvio... pero no tienes lástima de nosotros que no trabajas... que no quieres hacer nada.

Mira los botines que llevo, mira los vestidos de Lila todos remendados, ¿que piensas, Silvio, que no trabajas?

Calor de fiebre me subía a las sienes, olíame sudoroso, tenía la sensación de que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena hondísima, toda clamorosa.

Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente sorda... y súbitamente todo se me rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad.

—¿Que será de mí?

En ese instante, sobre el alma, el cuerpo me pesaba como un traje demasiado grande y mojado.

—¿Que será de mí?

Ahora, cuando vaya a casa mamá quizás no me diga nada. Con gesto de tribulación abrirá el baúl amarillo, sacaré el colchón, pondrá sábanas limpias en la cama y no dirá nada. Lila en silencio me mirará como reprochándome.

—Que has hecho Silvio — y no agregará nada.

—¿Que será de mí?

¡Ah! es menester saber las miserias de esta vida puerca, comer el hígado que en la carnicería se pide para el gato, y acostarse temprano para no gastar el petróleo de la lámpara!

Otra vez me sobrevino el semblante de mamá, relajado en arrugas por su vieja pena; pensé en la hermana que jamás profería una queja de disgusto y sumisa al destino amargo empalidecía sobre sus libros de estudio, y el alma se me cayó entre las manos. Me sentía arrastrado a detener a los transeúntes, a cojer de las mangas del saco a las gentes que pasaban y decirles: Me han echado del ejército así, porque sí, comprenden Vds.? Yo creía poder trabajar... trabajar en los motores, componer aeroplanos... y me han echado así... porque sí.

Me decía.

—Lila, ¡ah!, Vds. no la conocen, Lila es mi hermana; yo pensaba, sabía que podríamos ir alguna vez al biógrafo, en vez de comer hígado, comeríamos sopa con verdura, saldríamos los domingos, la llevaría a Palermo. Pero ahora...

No es una injusticia, ¿digan ustedes? no es una injusticia...

Yo no soy un chico. Tengo diez y seis años. Por qué me echan. Iba a trabajar a la par de cualquiera, y ahora...

¿Que dirá mamá? ¿Que dirá Lila? Ah, si Vds. la conocieran. Es seria; en el Normal saca las mejores clasificaciones. Con lo que yo ganara comerían mejor en casa. Y ahora, ¿que voy a hacer yo...?

Noche ya, en la calle Lavalle, cerca al Palacio de Justicia me detuve frente a un cartel:

"Piezas amuebladas por un peso".

Entré al zaguán iluminado débilmente por una lamparilla eléctrica, y en una garita de madera aboné el importe. El dueño, hombre gordo, en mangas de camiseta a pesar del frío, me condujo a un patio lleno de macetas pintadas de verde, y señalándome al mucano le gritó:

—Félix, éste a la 24.

Miré arriba. Aquel patio era el fondo de un cubo, cuyas caras lo formaban los muros de cinco pisos de habitaciones con ventanas cubiertas de cortinas. A través de algunos vidrios veíanse las paredes iluminadas, otras esta ban obscuras, y no sé de donde partía bulla de mujeres, risas reprimidas, y ruido de cacerolas.

Subíamos por una escalera en caracol. El mucamo, un granuja picado de viruelas con delantal azul, me precedía arrastrando el plumero, cuyas plumas desbarbadas barrían el suelo.

Por fin llegamos. El pasillo, como el zaguán, estaba débilmente iluminado.

El mucamo abrió la puerta, y encendió la lámpara.

Le dije:

—Mañana me despierta a las cinco, no se olvide.

—Bueno, hasta mañana.

Extenuado por la pena y las cavilaciones me dejé caer en un lecho.

La pieza: dos camas de hierro cubiertas de colchas azules con borlitas blancas, un lavabo de hierro barnizado y una mesita imitación caoba. En un ángulo, el cristal del ropero, espejaba la puerta tablero.

Perfume acre flotaba en el aire confinado entre los cuatro muros blancos.

Volví el rostro a la pared. Con lápiz, algún durmiente había diseñado un dibujo obsceno.

Pensé

—Mañana me iré a Europa, puede ser... — y cubriéndome la cabeza con la almohada, rendido de fatiga me dormí. Fué un sueño densísimo, a través de cuya obscuridad se deslizó esta alucinación:

En una llanura de asfalto, manchas de aceite violeta brillaban tristemente bajo un cielo de buriel. En el zenit otro pedazo de altura era de un azul purísimo. Dispersos sin orden, se elevaban por todas partes cubos de portland.

Unos eran pequeños como dados, otros altos y voluminosos como rascacielos. De pronto del horizonte hacia el zenit se alargó un brazo horriblemente flaco. Era amarillo como un palo de escoba, los dedos cuadrados se extendían unidos.

Retrocedí espantado, pero el brazo horriblemente flaco se alargaba, y yo esquivándolo me empequeñecía, tropezaba con los cubos de portland, me ocultaba tras ellos; espiando, asomaba el rostro por una arista y el brazo delgado como el palo de una escoba, con los dedos envarados, estaba allí, sobre mi cabeza, tocando el zenit.

En el horizonte la claridad había menguado, quedando fina como el filo de una espada.

Allí asomó el rostro.

Era un pedazo de frente abultada, una ceja hirsuta, y después un trozo de mandíbula. Bajo el párpado arrugado estaba el ojo, un ojo de loco. La cornea inmensa, la pupila redonda y de aguas convulsas. El párpado hizo un guiño triste...

—Señor, eh, diga señor.

Me incorporé sobresaltado.

—Se ha dormido vestido, señor.

Con dureza miré a mi interlocutor.

—Cierto, tiene razón.

El muchacho se retiró unos pasos.

—Como vamos a ser compañeros de pieza esta noche, me permití despertarlo. ¿Está disgustado?

—No, ¿por qué? — y después de restregarme los ojos, incorporándome, me senté al borde del lecho. Le observé:

El ala de un hongo negro le sombreaba la frente y los ojos. Su mirada era falsa, y el resplandor aterciopelado de ella parecía tocar la propia epidermis. Tenía una cicatriz junto al labio, cerca de la barbilla, y sus labios tumidos, demasiado rojos, sonreían en su cara blanca. El sobretodo exageradamente ceñido, modelaba las formas de su cuerpo pequeño.

Bruscamente le pregunté:

—¿Que hora es?

Con urgencia tomó su reloj de oro.

—Las once menos cuarto.

Somnoliento yo vacilaba allí. Ahora miraba con desaliento mis botines opacos, donde se habían roto los hilos de un remiendo dejando ver un trozo de media por la hendidura.

En tanto el adolescente colgó su sombrero en la percha, y con un gesto de fatiga arrojó los guantes de cuero encima de una silla. Volví a mirarle de reojo, pero aparté la vista de él porque vi que me observaba.

Vestía irreprochablemente, y desde el rígido cuello almidonado, hasta los botines de charol con polainas color de crema, se reconocía en él al sujeto abundante en dinero.

Sin embargo no sé porque se me ocurrió:

—Debe tener los piés sucios.

Sonriendo con sonrisa mentirosa volvió el rostro y un mechón de su cabellera se le desparramó por la mejilla hasta cubrirle el lóbulo de una oreja. Con voz suave y examinándome al soslayo con su mirada pesada, dijo.

—Parece que está cansado Vd. ¿nó?

—Sí, un poco.

Quitóse el sobretodo cuyo forro de seda brilló en los dobleces. Cierta fragancia grasienta se desprendía de su ropa negra, y repentinamente inquieto lo consideré; después sin conciencia de lo que le decía, le pregunté.

—¿No tiene la ropa sucia Vd.?

El otro me adivinó en el sobresalto, más atinó la respuesta.

—¿Le ha hecho daño que lo despertara así?

—No, ¿porque me iba a hacer mal?

—Es decir, joven. A algunos les hace daño. En el internado tenía un amiguito que cuando lo despertaban bruscamente le daba un ataque de epilepsia.

—Un exceso de sensibilidad.

—Sensibilidad de mujer, diga Vd., ¿no le parece, joven?

—¿Así que su amiguito era un hiperestésico? Pero vea ché, haga el favor, abra esa puerta, porque yo me asfixio. Que entre un poco de aire. Hay olor a ropa sucia aquí.

El intruso frunció ligeramente el ceño... Se dirigió a la puerta, pero antes de llegar a ella unas cartulinas le cayeron del bolsillo del saco al suelo.

Apresurado se inclinó para recogerlas, y me acerqué a él.

Entonces ví: eran todas fotografías del hombre y la mujer en las distintas formas de la cópula.

El rostro del desconocido estaba purpurino. Balbució.

—No sé .como están en mi poder, eran de un amigo.

No le respondí.

De pié junto a él miraba con obstinación terrible un grupo. El dijo no sé que cosas. Yo no le escuchaba. Miraba alucinado una fotografía terrible. Una mujer postrada ante un faquin innoble, con gorra de visera de hule elástico negro arrollado sobre el vientrey un Volví el rostro al mancebo.

Ahora estaba pálido, las pupilas voraces dilatadísimas, y en los párpados ennegrecidos rebrillante una lágrima. Su mano cayó sobre mi brazo.

—Déjame aquí, no me eches.

—Entonces Vd.... vos sos...

Arrastrándome me empujó al borde del lecho y se sentó a mis piés.

—Sí, soy así, me da por rachas.

Su mano se apoyaba en mi rodilla.

—Me dá por rachas.

Era profunda y amarga la voz del adolescente.

—Si soy así... me da por rachas. — Una pena miedosa temblaba en su voz. Después su mano cogió mi mano y la puso de canto sobre su garganta para apretármela con el mentón. Habló en voz muy baja, casi un soplo.

—¡Ah! si hubiera nacido mujer. ¿Por qué será así esta vida?

En las sienes me batían las venas terriblemente.

El me preguntó.

—¿Cómo te llamas?

—Silvio.

—¿Decíme Silvio, no me despreciás?... pero nó... vos no tenés cara... ¿cuántos años tenés?

Enronquecido le contesté:

—Diez y seis... ¿pero estás temblando?...

—Si... querés... querés vamos...

De pronto le ví, si, le ví... En el rostro congestionado le sonreían los labios... sus ojos también sonreían con locura... y súbitamente, en la precipitada caída de sus ropas, ví ondular la puntilla de una camisa sucia sobre la cinta de carne que en los muslos dejaban libres largas medias de mujer.

Lentamente, como en un muro blanqueado de luna, pasó por mis ojos el semblante de imploración de la niña inmóvil junto a la verja negra. Una idea fría — si ella supiera lo que hago en este momento — me cruzó la vida.

Más tarde me acordaría siempre de aquel instante.

Retrocedí huraño, y mirándolo le dije despacio.

—Andáte.

—¿Qué?

Más bajo aún, le repetí.

—Andáte.

—Pero...

—Andate bestia. ¿Qué hicistes de tu vida...? ¿de tu vida...?

—No... no seas así...

—Bestia... ¿Qué hicistes de tu vida? — y yo no atinaba a decirle en ese instante todas las altas cosas, preciosas y nobles que estaban en mí, y que instintivamente rechazaban su llaga.

El mancebo retrocedió. Encogía los labios mostrando los colmillos, luego se sumergió en su lecho, y mientras yo vestido entraba a mi cama, él con los brazos en aza bajo la nuca y comenzó a cantar.

"Arroz con leche me quiero casar".

Lo miré oblicuamente, luego sin cólera, con una serenidad que me asombraba le dije:

—Si no te callás te rompo la naríz.

—¡¿Qué?!

—Sí, te rompo la naríz.

Entonces volvió el rostro a la pared. Una angustia horrible pesó en el aire confinado. Yo sentía la fijeza con que su pensamiento espantoso cruzaba el silencio. Y de él sólo veía el triángulo de cabello negro recortando la nuca, y después el cuello blanco, redondo, sin acusar los tendones.

No se movía, pero la fijeza de su pensamiento se aplastaba... se modelaba en mí... y yo alelado permanecía rígido, caído en el fondo de una angustia que se iba solidificando en conformidad. Y a momentos lo espiaba con el rabillo del ojo.

De pronto su colcha se movió y quedaron al descubierto sus hombros, sus hombros lechosos que surgían del arco de puntilla que sobre las clavículas le hacía la camisa de batista...

Un grito suplicante de mujer estalló en el pasillo al cual daba mi habitación.

—No... no... por favor... — y el sordo choque de un cuerpo sobre el muro, me arqueó el alma sobre el espan to primero, cavilé un instante, después salté del lecho y abrí la puerta en el preciso instante que la puerta de la pieza frontera se cerraba.

Me apoyé en el marco. De la vecina habitación, no surgía nada. Me volví y dejando la puerta abierta, sin mirar al otro, apagué la luz y me acosté...

En mí había ahora una seguridad potente. Encendí un cigarrillo y le dije a mi compañero de albergue.

—Ché ¿quien ten enseñó esas porquerías?

—Con vos no quiero hablar... sos un malo...

Me eché a reír, luego grave continué.

—En serio ché, ¿sabés que sos un tipo raro? ¡Que raro que sos! En tu familia ¿qué dicen de vos? ¿Y esta casa? ¿Te fijastes en esta casa?

—Sos un malo.

—Y vos un santo ¿nó?

—No, pero sigo mi destino... porque yo no era así antes ¿sabés? yo no era así...

—¿Y quien te hizo así entonces?

—Mi maestro, porque papá es rico. Después que aprobé cuarto grado, me buscaron un maestro que me preparara para el primer año del nacional. Parecía un hombre serio. Usaba barba, una barba rubia puntiaguda y lentes. Tenía los ojos casi verdes de azules. A vos te cuento todo eso porque...

—¿Y...?

—Yo no era así antes... pero él me hizo así... Después, cuando él se iba, yo salía a buscarlo a su casa. Tenía entonces catorce años. Vivía en un departamento de la calle Juncal. Era un talento. Fíjate que tenía una biblioteca grande como estas cuatro paredes juntas. También era un demonio, ¡pero cómo me quería! Yo iba a su casa, el mucamo me hacía pasar al dormitorio... fíjate que me había comprado todas las ropas de seda y vainilladas. Yo me disfrazaba de mujer.

—¿Cómo se llamaba?

—Para qué querés saber el nombre... Tenía dos cátedras en el nacional y se mató ahorcándose...

—¿Ahorcándose?

—Sí, se ahorcó en la letrina de un café... !pero qué sonso sos!... ja….. ja….. no te creas... son mentiras... ¿No es verdad que es bonito el cuento...?

Irritado, le dije:

—Vea ché, déjeme tranquilo; me voy a dormir.

—No seas malo, escuchame... que variable sos... no te vayas a creer lo de recién... te decía la pura verdad..cierto... el maestro se llamaba Próspero.

—¿Y Vd. ha seguido así hasta ahora?

—¿Y que iba a hacer?

—¿Cómo que iba a hacer? Porque no se va a lo de algún médico ... algún especialista en enfermedades nerviosas. Además ¿por qué es tan sucio?

—Si está de moda, a muchos le gusta la ropa sucia.

—Vd. es un degenerado.

—Sí, tenés razón... soy chiflado... pero qué querés... mirá... a veces estoy en mi dormitorio... anochece... querés creerme, es como una racha... siento el olor de las piezas amuebladas... veo la luz prendida entonces no puedo... es como si un viento me arrastrara y salgo... los veo a los dueños de amuebladas..

—¿A los dueños, para qué?

—Natural, eso de ir a buscar es triste; nosotras nos arreglamos con dos o tres dueños y en cuanto cae a la pieza un chico que vale la pena nos avisa por teléfono.

Después de un largo silencio su voz se hizo más entonada y seria. Diría que se hablaba a sí mismo, con toda su tribulación.

—¿Por qué no habré nacido mujer?... en vez de ser un degenerado... sí, un degenerado ..., hubiera sido muchacha de mi casa, me hubiera casado con algún hombre bueno y lo hubiera cuidado... y lo hubiera querido... en vez... así... rodar de "catrera" en "catrera", y los disgustos... esos atorrantes de chambergo blanco y zapatos de charol que te conocen y te siguen... y hasta las medias te roban.

¡Ah!, si encontrara alguno que me quisiera siempre, siempre.

—¡Pero Vd. está loco! ¿todavía se hace esas ilusiones?

—¡Que sabés! Tengo un amiguito que hace tres años vive con un empleado del Banco Hipotecario... y como lo quiere...

—Pero eso es una bestialidad...

—Que sabés... si yo pudiera daría toda mi plata para ser mujer... una mujercita pobre... y no me importaría quedarme preñada y lavar ropa con tal que él me quisiera... y trabajara para mí...

Escuchándole, estaba atónito.

¿Quien era ese pobre ser humano que pronunciaba palabras tan terribles y nuevas?... ¿que no pedía nada más que un poco de amor?

Me levanté para acariciarle la frente.

—No me toqués — vociferó — no me toqués. Se me revienta el corazón. Andate.

Ahora estaba en mi lecho inmóvil, temeroso de que un ruido mío lo despertara para la muerte.

El tiempo transcurría con lentitud, y mi conciencia descentrada de extrañeza y fatiga recogía en el espacio el silencioso dolor de la especie.

Aún creía sentir el sonido de sus palabras... en lo negro su carita contraída de pena diseñaba un visaje de angustia, y con la boca resecada de fiebre exclamaba a lo obscuro.

—Y no me importaría quedarme "preñada" y lavar ropa con tal de que él me quisiera y trabajara para mí.

Quedarse "preñada". ¡Cuán suave se hacía esa palabra en sus labios:

—Quedarse preñada.

Entonces todo su mísero cuerpo se deformara, pero "ella" gloriosa de aquel amor tan hondo, caminara entre las gentes y no las viera, viendo el semblante de aquel a quien sometíase tan sumisa.

¡Tribulación humana! cuántas palabras tristes estaban aún escondidas en la entraña del hombre.

El ruido de una puerta cerrada violentamente me despertó. Encendí apresuradamente la lámpara. El adolescente había desaparecido, y su cama no conservaba la huella de ningún desórden.

Sobre el ángulo de la mesa, extendidos, había dos billetes de cinco pesos. Los recogí con avidez. En el espejo se reflejaba mi semblante empalidecido, la cornea surcada de hilos de sangre, y los mechones de cabello caídos en la frente.

Quedamente una voz de mujer imploró en el pasillo:

—Apúrate por Dios... que si lo saben.

Distintamente resonó el campanilleo de un timbre eléctrico.

Abrí la ventana que daba al patio. Una ráfaga de aire mojado me estremeció. Aún era de noche, pero abajo en el patio, dos criados se movían en torno de una puerta iluminada.

Salí.

Ya en la calle, mi enervamiento se disipó. Entré a una lechería y tomé un café. Todas las mesas estaban ocupadas por vendedores de diarios y cocheros. En el reloj colgado sobre una pueril escena bucólica, sonaron cinco campanadas.

De pronto recordé que toda esa gente tenía hogar, ví el semblante de mi hermana, y desesperado salí a la calle.

Otra vez se amontonaron en mi espíritu las tribulaciones de la vida, las imágines que no quería ver ni re cordar, y rechinando los dientes caminaba por las veredas obscuras, calles de comercios defendidos por cortinas metálicas y tableros de madera.

Tras esas puertas había dinero, los dueños de esos comercios dormirían tranquilamente en sus lujosos dormitorios y yo, como un perro andaba a la ventura por la ciudad.

Estremecido de odio, encendí un cigarrillo, y malignamente, arrojé la cerilla encendida encima de un bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico; una pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe como una tiniebla y yo eché a correr amenazado por su enorme puño.

En una casa de compra y venta del Paseo de Julio, compré un revólver, lo cargué con cinco proyectiles, y despues, saltando a un tranvía me dirigí a los diques.

Tratando de realizar mi deseo de irme a Europa, apresurado trepaba las escalerillas de cuerda de los transatlánticos, y me ofrecía para cualquier trabajo durante la travesía, a los oficiales que podía ver. Cruzaba pasillos, entraba a estrechos camarotes atestados de valijas, con sextantes colgados de los muros, cruzaba palabras con hombres uniformados, que volviéndose bruscamente cuando les hablaba, apenas comprendían mi solicitud y me despedían con un gesto malhumorado.

Por encima de las pasarelas se veía el mar tocando el declive del cielo y los velámenes de las barcas alejadísimas.

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