No pensaba. Mi entendimiento se embotó en un rencor cóncavo, cuya concavidad día por día, hacíase más amplia y cubricante. Así se iba retobando mi rencor.
Me dieron una campana, un cencerro. Y era divertido ¡vive Dios! mirar un pelafustán de mi estatura, dedicado a tan bajo menester. Me estacionaba a la puerta de la caverna en las horas de mayor tráfico en la calle, y sacu día el cencerro para llamar a la gente, para hacer volver la cabeza a la gente, para que la gente supiera que allí se vendían libros, hermosos libros... y que las nobles histo rias y las altas bellezas, había que mercarlas con el hom bre solapado o con la mujer gorda y pálida. Y yo sacu día el cencerro.
Muchos ojos me desnudaron lentamente. Vi rostros de mujeres que ya no olvidaré nunca más. Vi sonrisas que aún me gritan su befa en los ojos...
!Ah! cierto es que estaba cansado... ¿más no está escrito?: "ganarás el pan con el sudor de tu frente".
Y fregué el piso, pidiendo permiso a deliciosas doncellas para poder pasar el trapo en el lugar que ellas ocupaban con sus piececitos, y fuí a la compra con una cesta enorme; hice recados... Posiblemente, si me hubieran escupido a la cara, me limpiara tranquilo con el revés de la mano.
Cayó sobre mí una obscuridad cuyo tejido se espe. saba lentamente. Perdí en la memoria los contornos de los rostros que yo había amado con recogimiento lloroso; tuve la noción de que mis días estaban distanciados entre sí por largos espacios de tiempo... y mis ojos se secaron para el llanto.
Entonces repetí palabras que antes habían tenido un sentido pálido en mi experiencia.
—Sufrirás— me decía— sufrirás... sufrirás... sufrirás...
—Sufrirás... sufrirás...
—Sufrirás...— y la palabra se me caía de los labios.
Así maduré todo el invierno infernal.
Una noche, fué en el mes de Julio, precisamente en el momento que don Gaetano cerraba la puertecilla de la cortina metálica, doña María recordó que se había olvidado en la cocina un atado de ropa que trajera esa tarde la lavandera. Entonces dijo:
—Ché Silvio vení, vamos a traerla.
Mientras don Gaetano encendía la luz, la acompañé. Recuerdo con exactitud.
El bulto estaba en el centro de la cocina, sobre una silla. Doña María dándome las espaldas, cogió la oreja de trapo del bulto. Yo al volver los ojos ví unos carbones encendidos en el brasero. Y en aquel brevísimo intervalo pensé:
—Eso es...— y sin vacilar, cogiendo una braza, la arrojé a un montón de papeles que estaba a la orilla de una estantería cargada de libros, mientras doña María se ponía a caminar.
Después don Gaetano hizo girar la llave del conmutador, y nos encontramos en la calle.
Doña María miró el cielo constelado.
—Linda noche... va a helar...— Yo también miré a lo alto.
—Sí, es linda la noche.
Mientras Dio Fetente dormía, yo, incorporado en mi yacija, miraba el círculo blanco de luz que por el ojo de buey se estampaba en el muro desde la calle.
En la obscuridad yo sonreía libertado... libre... definitivamente libre, por la conciencia de hombría que me daba mi acto anterior. Pensaba, mejor dicho, no pensaba, añudaba delicias.
—Esta es la hora de las "cocottes".
Una cordialidad fresca como un vaso de vino, hacíame fraternizar con todas las cosas del mundo, a esas horas despiertas. Decía.
—Esta es la hora de las muchachitas... y de los poetas... pero que ridículo soy... y sin embargo yo te besaría los piés Vida, si yo te besaría los piés.
—Vida, Vida, que linda que sos Vida... ¡ah! ¿pero vos no sabés? yo soy el muchacho... el dependiente... sí, de don Gaetano... y sin embargo yo amo todas las cosas más hermosas de la Tierra... quisiera ser lindo y genial... vestir uniformes resplandecientes.. y ser taciturno... Vida, que linda que sos Vida... que linda... Dios mío, que linda que sos.
Encontraba placer en sonreír despacio. Pasé dos dedos en orqueta por las crispaciones de mis mejillas. Y el grasnido de las bocinas de los automóviles, se estiraba allá abajo, en la calle Esmeralda, como un ronco pregón de alegrías.
Después incliné la cabeza sobre mi hombro, y cerré los ojos, pensando.
—¿Qué pintor hará el cuadro del dependiente dormido, que en sueños sonríe porque ha incendiado la ladronera de su amo?
Después lentamente, se disipó la liviana embriaguez. Vino una seriedad sin ton ni son, una de esas seriedades que es de buen gusto ostentarla en los parajes poblados. Y yo sentía ganas de reírme de mi seriedad intespestiva, paternal. Pero como la seriedad es hipócrita, necesita hacer la comedia de la "conciencia" en el cuartujo, y me dije:
—Acusado... Vd. es un canalla... un incendiario... Vd. tiene bagaje de remordimiento para toda la vida... Vd. va a ser interrogado por la policía y los jueces y el diablo... póngase serio, acusado... Vd. no comprende que es necesario ser serio... porque va a ir a dar de cabeza en un calabozo.
Pero mi seriedad no me convencía. Sonaba tan a tacho de lata vacía. No, ni en serio podía tomar esa mistificación. Yo ahora era un hombre libre, y ¿que tiene que ver la seriedad con la libertad? Yo ahora era libre, podía hacer lo que se me antojara.. matarme si quería... pero eso era algo ridículo... y yo... yo tenía necesidad de hacer algo hermosamente serio, bellamente serio: adorar a la Vida. Y repetí:
—Sí, Vida.. vos sos linda Vida... ¿sabes? de aquí en adelante adoraré a todas las cosas hermosas de la Tierra... cierto... adoraré a los árboles, a las casas y a los cielos. adoraré todo lo que está en vos... además... decime Vida, ¿no es cierto que yo soy un muchacho inteligente?, ¿conocistes vos alguno que fuera como yo?
Después me quedé dormido.
El primero en entrar a la librería esa mañana, fué don Gaetano. Yo le seguí. Todo estaba como lo habíamos dejado. La atmósfera con un relente de moho, y allá en el fondo, en el lomo de cuero de los libros, una mancha de sol que se filtraba por el tragaluz.
Me dirigí a la cocina. La brasa se había extinguido, aún húmeda de agua, con la que hiciera un charco al lavar los platos Dio Fetente.
Y fué el último día que trabajé allí.