Capítulo 5 · Los trabajos y los días (2)

El juguete rabioso — Roberto Arlt · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 5 de 12 · 4024 palabras

Recuerdo la escena de ese día:

Como de costumbre, esa mañana don Gaetano fingió no verla, aunque se encontraba a tres pasos de él. Yo ví que el hombre inclinó la cabeza hacia cierto libro simulando leer el título.

Detenida, la mujer blanca permanecía inmóvil. Solo sus labios temblaban como tiemblan las hojas.

Después dijo con una voz que hacía grave cierta monotonía terrible.

—Yo era linda. ¿Que has hecho de mi vida?

Sobre su frente temblaron los cabellos como si pasara el viento.

Un sobresalto sacudió el cuerpo de don Gaetano.

Con desesperación que le hinchaba la garganta, ella le arrojó estas palabras pesadas, salitrosas.

—Yo te levanté... ¿Quién era tu madre...? sino una bagazza" que andaba con todos los hombres. ¿Que has hecho de mi vida vos...?

-María callate— respondió con voz cavernosa don Gaetano.

—Sí, quien te sacó el hambre y te vistió... yo...

"strunso"... yo te dí de comer y la mano de la mujer se levantó como si quisiera castigar la mejilla del hombre.

Don Gaetano retrocedió tembloroso.

Ella dijo con amargura en que temblaba un sollozo, un sollozo pesado de salitre.

—¿Que has hecho de mi vida... puerco? Estaba en mi casa como clavel en la maceta y no tenía necesidad de casarme con vos "strunso"...

Los labios de la mujer se torcieron convulsivamente, como si masticara un odio pegajoso, terrible.

Yo salí para echar a los curiosos del dintel del comercio.

—Déjalos,— Silvio me gritó imperativa,— que oigan quien es este sinvergüenza,— y redondos los ojos verdes, dando la sensación de que su rostro se aproximaba, como en el fondo de una pantalla, prosiguió más pálida.

—Si yo fuera diferente, si anduviera por ahí vagando, viviría mejor... estaría lejos de un marrano como vos. Callóse y reposó.

Ahora don Gaetano atendía a un señor de sobretodo, con grandes lentes de oro, cabalgando en la fina naríz enrojecida por el frío.

Exaltada por su indiferencia, pues el hombre debía estar habituado a esas escenas y prefería ser insultado a perder sus beneficios, la mujer vociferó:

—No le haga caso, señor, no vé que es un napolitano ladrón.

El señor anciano volvióse asombrado a mirar a la furia.—y ella:

—Le pide veinte pesos por un libro que costó cuatro—y como don Gaetano no volvía las espaldas, gritó, hasta que el rostro se le congestionó:

-Sí, sos un ladrón, un ladrón y le escupió su despecho, su asco.

El señor anciano dijo, calándose los lentes.

—Volveré otro día— y salió indignado.

Entonces doña María tomó un libro y bruscamente lo arrojó a la cabeza de don Gaetano, después otro y otro.

Don Gaetano pareció ahogarse de furor. De pronto arrancóse del cuello la corbata negra y arojóla al rostro de su mujer, luego se detuvo un momento como si hubiera recibido un golpe en las sienes y después echó a correr, salió hasta la calle, los ojos saltándole de las órbitas, y parándose en medio de la vereda, moviendo la rapada cabeza desnuda, señalándola como un loco a los transuntes, los brazos extendidos, le gritó con voz desnaturalizada por el coraje.

—Bestia... bestia... bestión...

Satisfecha se allegó a mí.

—Has visto como es. No vale... ¡canalla! te aseguro que a veces me dan ganas de dejarlo— y tornando al mostrador se cruzó de brazos permaneciendo abstraída, la cruel mirada fija en la calle.

De pronto.

—Silvio.

—Señora.

—¿Cuántos días te debe?

—Tres días contando hoy, señora.

—Toma,— y alcanzándome el dinero agregó.

—No le tengas fé, porque es un estafador... estafó a una Compañía de Seguros, si yo quisiera estaría en la cárcel.

Me dirigí a la cocina.

—¿Que te parece esto, Miguel...?

—El infierno, don Silvio. Que vida, ¡Dio Fetente!

Y el viejo amenazando la altura con el puño, exhaló un largo suspiro, después inclinó la cabeza sobre el fuentón y siguió mondando patatas.

—¿Pero a qué vienen estos burdeles?

—Yo no sé... no tienen hijos... él no sirve...

—Miguel.

—Diga, señora.

La voz estridente ordenó:

—No hagas comida, hoy no se come. A quien no le gusta que se mande a mudar.

Fué el golpe de gracia. Algunas lágrimas corrieron por el ruinoso semblante del viejo famélico.

Pasaron unos instantes.

—Silvio.

—Señora.

Tomá, son cincuenta centavos. Te vas a comer por ahí —y arropándose los brazos en los repliegues de la pañoleta verde, recobró su fiera posición habitual. En las mejillas lividas dos lágrimas blancas resbalaban lentamente hacia la comisura de su boca.

Conmovido murmuré:

—Señora...

Ella me miró, y sin mover el rostro, sonriendo con una sonrisa convulsiva por lo extraña, dijo.

—Andá y te volvés a las cinco.

Aprovechando la tarde libre resolví ir a verlo al se ñor Vicente Timoteo Souza, a quien había sido recomenda de por un conocido que se dedicaba a las ciencias ocultas y demás artes teosóficas.

Presioné el llamador del timbre y permanecí mirando la escalera de mármol, cuya alfombra roja retenida por caños de bronce, mojaba el sol a través de los cristales de la pesada puerta de hierro.

Reposadamente descendió el portero trajeado de negro.

—¿Qué quiere?

—¿El señor Souza está?

—¿Quien es Vd.?

—Astier.

—As...

—Sí, Astier... Silvio Astier.

—Aguarde, voy a ver— y después de examinarme de piés a cabeza desapareció tras la puerta del recibimiento, cubierta de luengas cortinas blanco-amarillas.

Esperaba afanado, con angustia, sabedor que una re solución de aquel gran señor llamado Vicente Timoteo Souza podía cambiar el destino de mi mocedad infortunada. Nuevamente la pesada puerta se entreabrió, y solemne, me comunicó el portero.

—El señor Souza dice que se allegue dentro de media hora.

—Gracias... gracias... hasta luego y me retiré pálido. Entré en una lechería próxima a la casa y sentándome junto a una mesa pedí al mozo un café.

—Indudablemente, pensé si el señor Souza me recibe es para darme el empleo prometido.

—No continué no tenía razón en pensar mal de Souza... vaya a saber todas las ocupaciones que tenía para no recibirme.

¡Ah el señor Vicente Timoteo Souza!

Fuí presentado a él una mañana de invierno por el teósofo Demetrio, que trataba de remediar mi situación.

Sentados en el hall, alrededor de una mesa tallada, de ondulantes contornos, el señor Souza, brillantes las des cañonadas mejillas y las vivaces pupilas tras los espejuelos de sus quevedos, conversaba. Recuerdo que vestía un velludo deshabillé" con alamares de madreperla y bocamangas de nutria, especializando su cromo del "rastaquer" que por distraerse puede permitirse la libertad de conversar con un pobre diablo.

Hablábamos, y refiriéndose a mi posible psicología, decía.

—Remolinos de cabello, carácter indócil... cráneo aplanado en el occipucio, temperamento razonador... pulso trémulo, índole romántica...

El señor Souza volviéndose al teósofo impasible, dijo:

—A este negro lo voy a hacer estudiar para médico. ¿Qué le parece Demetrio?

El teósofo sin inmutarse.

—Está bien... aunque todo hombre puede ser útil a la humanidad por más insignificante que sea su posición social.

—Je, je; Vd. siempre filósofo— y el señor Souza volviéndose a mí dijo:

—A ver... amigo Astier, escriba lo que se le ocurra en este momento.

Vacilé; después anoté con un precioso lapicero de oro que deferente el hombre me entregó.

"La cal hierve cuando la mojan".

—¿Medio anarquista, eh? Cuide su cerebro amiguito... cuídelo, que entre los 20 y 22 años va a sufrir un surmenage".

Como ignoraba, pregunté.

—¿Qué quiere decir "surmenage"?

—Es un ataque de locura pasajera.

Palidecí. Aún ahora cuando lo recuerdo, me avergüenzo.

—Es un decir— reparó —todos nuestros sentimientos es conveniente que sean dominados, y prosiguió:

—El amigo Demetrio me ha dicho que ha inventado Vd. no sé que cosas.

Por los cristales de la mámpara, penetraba gran claridad solar, y un súbito recuerdo de miseria me entristeció de tal forma que vacilé en responderle, pero con voz amarga lo hice.

—Sí, algunas cositas... un proyectil señalero... un contador automático de estrellas...

—Teoría... sueños...—me interrumpió restregándose las manos—yo lo conozco a Ricaldoni y con todos sus inventos no ha pasado de ser un simple profesor de física. El que quiere enriquecerse tiene que inventar cosas prácticas, sencillas.

Me sentí laminado de angustia.

Continuó.

—El que patentó el juego del diábolo, ¿sabe Vd. quien fué?... un estudiante suizo, aburrido de invierno en su cuarto. Ganó una barbaridad de pesos, igual que ese otro norteamericano que inventó el lápiz con gomita en un extremo.

Calló, y sacando una petaca de oro con un florón de rubíes en el dorso, nos invitó con cigarrillos de tabaco rubio.

El teósofo rehusó inclinando la cabeza, yo acepté. El señor Souza continuó.

—Hablando de otras cosas. Según me comunicó el amigo aquí presente, Vd. necesita un empleo.

—Sí señor, un empleo donde pueda progresar, porque donde estoy...

—Si... si... ya sé, la casa de un napolitano... ya sé... un sujeto. Muy bien, muy bien... creo que no habrá inconvenientes. Escríbame una carta detallándome todas las particularidades de su carácter, francamente y no dude de que lo puedo ayudar. Cuando yo prometo cumplo.

Levantóse del sillón con negligencia.

Amigo Demetrio... mayor gusto... venga a verme pronto que quiero enseñarle unos cuadros. Joven Astier, espero su carta,— y sonriendo agregó.

—Cuidadito con engañarme.

Una vez en la calle dije entusiasmado al teósofo:

Que bueno es el señor Souza... y todo por Vd.... muchas gracias.

—Vamos a ver... vamos a ver.

Dejé de evocar, para preguntar que hora era al mozo de la lechería.

—Dos menos diez.

—¿Qué habrá resuelto el señor Souza?

En el intervalo de dos meses habíale escrito frecuentemente encareciéndole mi precaria situación, y después de largos silencios, de breves esquelas que no firmaba, y escritas a máquina, el hombre dineroso se dignaba recibirme.

—Sí, ha de ser dándome un empleo, quizás en la administración municipal, o en el gobierno. Si fuera cierto, que sorpresa para mamá,— al recordarla, en esa lechería con enjambres de moscas volando en torno de pirámides de alfajores y pan de leche, ternura súbita me humedeció los ojos.

Arrojé el cigarrillo y pagando lo consumido me dirigí a la casa de Souza.

Con violencia latían mis venas cuando llamé.

Retiré inmediatamente el dedo del botón del timbre, pensando:

—No vaya a suponer que estoy impaciente para que me reciba, y eso le disguste.

¡Cuánta timidez hubo en el circunspecto llamado! Parecía que al apretar el botón del timbre, quería decir.

—Perdóneme si lo molesto, señor Souza... pero tengo tanta necesidad de un empleo...

La puerta se abrió.

—El señor— balbucié.

—Pase.

De puntillas subí la escalera tras el fámulo. Aunque las calles estaban secas, en el quitabarros del dintel había frotado la suela de mis botines para no ensuciar nada allí.

En el vestíbulo nos detuvimos. Estaba obscuro.

El criado junto a la mesa ordenó los tallos de unas flores en su búcaro de cristal.

Se abrió una puerta, y el señor Souza compareció en traje de calle, centelleante la mirada tras los espejuelos de sus quevedos.

—¿Quién es Vd.?— me gritó con dureza.

Desconcertado repliqué:

—Pero señor, yo soy Astier...

—No lo conozco, señor, no me moleste más con sus cartas impertinentes. Juan, acompáñelo al señor.

Después volviéndose cerró fuertemente la puerta tras sus espaldas.

Y otra vez más triste, bajo el sol, emprendí el camino hacia la caverna.

Una tarde, después que se insultaron hasta enronquecer, la mujer de don Gaetano, comprendiendo que éste no abandonaría el comercio como otras veces, resolvió marcharse.

Salió hasta la calle Esmeralda y volvió del departamento con un lío blanco. Después, para perjudicar al marido que tarareaba insultante un "couplet" a la puerta de la caverna, se dirigió a la cocina y nos llamó a Dio Fetente y a mí. Me ordenó pálida de rabia.

—Sacá esa mesa, Silvio.— Tenía los ojos más verdes que nunca, y dos manchas de carmín en las mejillas. Sin cuidarse de que el borde de su pollera se ensuciaba en la humedad del cuchitril, inclinábase aderezando los enseres que se llevaría.

Yo, tratando de no mancharme de grasa, retiré la mesa, una tabla pringosa con cuatro patas podridas. Allí preparaba sus bodrios el lacerado Dio Fetente.

Dijo la mujer.

—Poné las patas para arriba.

Comprendí su pensamiento. Quería convertir el trasto en una angarilla.

No me equivoqué.

Dio Fetente barrió con la escoba del fondo de la mesa, muchas telas de araña. Y después de cubrirla con un repasador, la mujer depositó en las tablas un bulto blanco, las ollas rellenadas de platos, cuchillos y tenedores, ató con un piolín el calentador Primus a una pata de la mesa y congestionada de trajinar, dijo viendo casi todo terminado.

—Que se vaya a comer a la fonda ese perro.

Acabando de arreglar los paquetes, Dio Fetente inclinado sobre la mesa, parecía un cuadrumano con gorra, y yo con los brazos en jarras cavilaba pensando donde don Gaetano se proporcionaría nuestra magra pitanza.

—Vos agarrá adelante.

Dio Fetente, resignado, cogió el borde del tablero... y yo también.

—Caminá despacio— gritó la mujer cruel.

Tumbando una pila de libros pasamos frente a don Gaetano.

—Andate puerca... ándate— vociferó él.

Ella rechinó los dientes con furor.

—Ladrón... mañana va a venir el Juez— y entre dos gestos de amenaza nos alejamos.

Eran las siete de la tarde y la calle Lavalle estaba en su más babilónico esplendor. Los cafés a través de las vidrieras veíanse abarrotados de consumidores, en los atrios de los teatros y cinematógrafos aguardaban desocupados elegantes, y los escaparates de las casas de modas con sus piernas calzadas de finas medias y suspendidas de brazos niquelados, las vidrieras de las ortopedías y joyerías mostraban en su opulencia, la astucia de todos esos comerciantes alagando con artículos de malicia, la voluptuosidad de las gentes poderosas en dinero.

Los transeuntes se desarrimaban a nuestro paso, no fuera los mancháramos con la mugre que llevábamos.

Avergonzado, pensaba en la traza de pícaro que tendría; y para colmo de infortunio como pregonando su ignominia los cubiertos y platos tintineaban escandalosamente. La gente se detenía a mirarnos pasar, regocijada por el espectáculo. Yo no detenía los ojos en nadie, tan humillado me sentía, y soportaba, como la mujer gorda y cruel que rompía la marcha, las cuchufletas que nuestra aparición provocaba.

Varios fiacres nos escoltaban ofreciéndonos los cocheros sus servicios, pero doña María sorda a todos, caminaba adelante la mesa, cuyas patas se iluminaban al pasar frente a las vidrieras. Por fin los cocheros desistieron en su persecución.

A momentos Dio Fetente volvía a mí, su rostro barbudo sobre la bufanda verde. Gruesas gotas de sudor corríanle por las mejillas sucias, y en sus ojos lastimeros brillaba huidiza una perfecta desesperación canina. En la Plaza Lavalle descansamos. Doña María hizo depositar la angarilla en el suelo, y examinando escrupulosamente su carga, revisó el hatillo y acomodó las ollas cuyas tapas reaseguró con las cuatro puntas del repasador.

Lustradores de botas y vendedores de diarios habían hecho un círculo en torno nuestro. La prudente presencia de un agente de policía nos evitó posibles complicaciones y nuevamente emprendimos camino. Doña María iba a la casa de una hermana que vivía en las calles Callao y Viamonte.

A instantes volvía su rostro pálido, me miraba, una sonrisa leve le rizaba el labio descolorido y decía.

—¿Estás cansado, Silvio?— y su sonrisa aligerábame de vergüenza, era casi una caricia que aliviaba el corazón del espectáculo de su crueldad.

—¿Estás cansado, Silvio?

—No, señora— y ella tornando a sonreír con una sonrisa extraña que me recordaba la de Enrique Irzubeta cuando se escurrió entre los agentes de policía, animosamente avanzaba camino.

Ahora íbamos por calles solitarias, discretamente iluminadas, con plátanos vigorosos al borde de las aceras, elevados edificios de fachadas hermosas y vitriales cubiertos de amplios cortinados.

Pasamos junto a un balcón iluminado.

Un adolescente y una niña conversaban en la penumbra; de la sala anaranjada partía la melodía de un piano.

Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y de congoja.

Pensé.

Pensé en que yo nunca sería como ellos... nunca viviré en una casa hermosa y tendré una novia de la aristocracia.

Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja.

—Ya estamos cerca, dijo la mujer.

Un amplio suspiro dilató nuestros pechos.

Cuando don Gaetano nos vió entrar a la caverna, le vantando los brazos al cielo, gritó alegremente.

—A comer al hotel, muchachos... ¿eh, te gusta don Miquel? después vamos por ahí. Cerrá, cerrá la puerta strunzo".

Una sonrisa maravillosamente infantil demudó la sucia cara de Dio Fetente.

Algunas veces en la noche.— Yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron al mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca con un grito.

Pensaba en las fiestas a que ellos asistieron, las fiestas de la ciudad, las fiestas en los parajes arbolados con an torchas de sol en los jardines florecidos, y de entre las ma nos se caía mi pobreza.

Ya no tengo ni encuentro palabras con que pedir mi sericordia.

Baldía y fea como una rodilla desnuda, es mi alma.

Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores.

A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pi rotécnicos, pero yo estoy aquí solo, agarrado por mi tierra de miseria como con nueve pernos.

Tercer piso, departamento 4, Charcas 1600. Tal era la dirección donde debía entregar el paquete de libros.

Extrañas y singulares son esas lujosas casas de depar tamentos.

Por fuera, con sus armoniosas líneas de metopas que realzan la suntuosidad de las comizas complicadas y so berbias y con sus ventanales anchurosos protegidos de cris tales ondulados, hacen soñar a los pobres diablos en ve rosímiles refinamientos de lujo y poderío, más por dentro la obscuridad polar de sus zaguanes profundos y solitarios, espantan el espíritu del amador de los grandes cielos ador nados de Walhallas de nubes.

Me detuve frente al portero, un atlético sujeto que me tido en su librea azul, leía con aires de suficiencia un pe riódico.

Como un cancerbero me examinó de piés a cabeza, des pués, satisfecho de comprobar hipotéticamente que yo no era ningún ladronzuelo, con una indulgencia que únicamente podía nacerle de la soberbia gorra azul con trancollín de oro sobre la visera, me dió permiso para entrar, dándome por toda indicación:

—El ascensor a la izquierda.

Cuando salí de la jaula de hierro, me encontré en un corredor obscuro, de cielorraso bajo.

Una lámpara esmerilada difundía su claridad mortecina por el mosaico lustroso.

La puerta del departamento indicado era de una sola hoja, sin cristales, y parecía por su pequeña y redonda cerradura de bronce, la puerta de una monumental caja de acero.

Llamé, y una criada de sayas negras y delantal blanco me hizo entrar a una salita tapizada de papel azul, surcada de lívidos floripones de oro.

A través de los cristales cubiertos de gasa moiré, penetraba una azulada claridad de hospital. Piano, niñerías, bronces y floreros, todo lo miraba. De pronto un delicadísimo perfume anunció su presencia, una puerta lateral se abrió y me encontré ante una mujer de rostro aniñado, liviana melenita encrespada junto a las mejillas, y amplio escote. Un velludo batón color cereza no alcanzaba a cubrir sus pequeñas chinelas blanco y oro.

—¿Qu y a t-il, Fanny?

—Quelques livres pour Monsieur...

—¿Hay que pagarlos?

—Están pagos.

—Qui..

—C'est bien. Donne le pourboire an garçon.

De una bandeja la criada cogió algunas monedas para entregármelas, y entonces le respondí.

—Yo no recibo propinas de nadie.

Con dureza la criada retrajo la mano, y entendió mi gesto la cortesana, creo que sí, porque dijo: trés bien, trés bien, et tu ne recoiz pas ceci? Y antes de que lo evitara, o mejor dicho, que lo acogiera en toda su plenitud, la mujer riendo me besó en la boca, y la vi aún cuando desaparecía riendo como una chiquilla por la puerta entornada.

Dio Fetente se ha despertado, y comienza a vestirse, es decir, a ponerse los botines. Sentado al borde del es mastro, sucio y barbudo, mira en redor con aire abu rrido. Alarga el brazo y coge la gorra, entrándosela en la cabeza hasta las orejas; luego se mira los piés, los piés encalzetados de groseras medias rojas, y después, hundiendo el dedo meñique en la oreja lo sacude rápidamente pro duciendo un ruido desagradable. Termina por decidirse y se pone los botines, después encorvado camina hacia la puerta del cuartujo, se vuelve, mira por el suelo, y hallando una colilla de cigarro la levanta, le sopla el polvo adherido y la enciende. Luego sale.

En los mosaicos de la terraza escucho como arrastra los piés. Yo me dejo estar. Pienso, no, no pienso, mejor dicho recibo de mi adentro una nostalgia dulce, un sufri miento más dulce que una incertidumbre de amor. Y re cuerdo la mujer que me dado un beso de propina.

Estoy colmado de imprecisos deseos, de una vaguedad que es como neblina, y adentrándose en todo mi ser, lo torna casi aéreo, impersonal y alado. Por momentos el re cuerdo de su fragancia, de la blancura de su pecho me atraviesa unánime, y sé que si me encontrara otra vez jun to a ella, desfallecería de amor; pienso que no me importaría que ha sido poseída por muchos hombres y que si me encontrara otra vez junto a ella, en esa misma sala azul, yo me arrodillaría en la alfombra, y pondría la cabeza sobre su regazo, y por el júbilo de poseerla y amarla, haría las cosas más ignominiosas y las cosas más dulces.

Y a medida que se destrenza mi deseo, reconstruyo los vestidos con que la cortesana se embellecerà, los sombreros armoniosos con que se cubrirá para ser más seductora, y la imagino junto a su lecho, en una semidesnudez más terrible que el desnudo.

Y aunque el deseo de mujer me surge lentamente, yo desdoblo los actos y preveo qué felicidad sería para mí un amor de esa índole, con riquezas y con gloria; imagino que sensaciones cundirían en mi organismo si de un día para otro, riquísimo, despertara en ese dormitorio con mi joven querida calzándose semidesnuda junto al lecho, como lo he visto en los cromos de los libros viciosos.

Y de pronto, todo mi cuerpo, mi pobre cuerpo de hombre pobre clama al señor de los Cielos.

—¡Y yo, yo Señor no tendré nunca una querida tan linda como esa querida que lucen los cromos de los libros viciosos!

Una sensación de asco, empezó a "encoraginar" mi vida dentro de aquel antro, rodeado de esa gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad. Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba las jetas y momentos hubo en que percibí dentro de la caja de mi cráneo, una neblina roja que se movía con lentitud.

Cierto cansancio terrible me aplastaba los brazos. Veces hubo en que quise dormir dos días con sus dos noches. Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba ensuciando, de que la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu, para excavar allí sus cavernas obscuras. Acostábame rabioso, despertaba taciturno. La desesperación me ensanchaba las venas, y sentía entre mis huesos y mi piel, el crecimiento de una fuerza antes desconocida a mis sen sorios. Así permanecía horas enconado, en una abstración dolorosa. Una noche doña María encolerizada me ordenó que limpiara la letrina porque estaba asquerosa. Y obe decí sin decir palabra. Creo que yo buscaba motivos, para multiplicar en mi interior una finalidad obscura.

Otra noche don Gaetano, riéndose, al querer yo salir, me puso una mano sobre el estómago y otra encima el pecho para cerciorarse de que no le robaba libros, llevándolos ocultos en esos lugares. No pude indignarme ni sonreír. Era necesario eso, sí eso; era necesario que mi vida, la vida que durante nueve meses había nutrido con pena un vientre de mujer, sufriera todos los ultrajes, todas las hu millaciones, todas las angustias.

Allí comenzó a quedarme sordo. Durante algunos me ses perdí casi la percepción de los sonidos. Un silencio afi lado, porque el silencio puede adquirir hasta la forma de una cuchilla, cortaba las voces en mis orejas.

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