Como el dueño de la casa nos aumentara el alquiler, nos mudamos de barrio, cambiándonos a un siniestro caserón de la calle Cuenca al fondo de Floresta.
Dejé de verlos a Lucio y Enrique, y una agria tiniebla de miseria se enseñoró de mis días.
Cuando cumplí los quince años, cierto atardecer mi madre me dijo:
—Silvio, es necesario que trabajes.
Yo que leía un libro junto a la mesa, levanté los ojos mirándola con rencor. Pensé: trabajar, siempre trabajar. Pero no contesté.
Ella estaba de pié frente a la ventana. Azulada claridad crepuscular incidía en sus cabellos emblanquecidos, en la frente amarilla, rayada de arrugas, y me miraba oblicuamente, entre disgustada y compadecida, y yo evitaba encontrar sus ojos.
Insistió comprendiendo la agresividad de mi silencio.
—Tienes que trabajar, entiendes. Tu no quisistes estudiar. Yo no te puedo mantener. Es necesario que trabajes.
Al hablar apenas movía los labios delgados como dos tablitas. Escondía las manos en los pliegues del chal negro que modelaba su pequeño busto de hombros caídos.
—Tienes que trabajar, Silvio.
—¿Trabajar, trabajar de qué? Por Dios... ¿Qué quiere que haga?... ¿que fabrique el empleo...? Bien sabe usted que he buscado trabajo.
Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: la certeza de la propia inutilidad.
Mas ella insistía como si fueran ésas sus únicas palabras.
—¿De qué?... a ver ¿de qué...?
Maquinalmente se acercó a la ventana, y con un movimiento nervioso arregló las arrugas de la cortina. Como si le costara trabajo decirlo.
—En "La Prensa" siempre piden...
—Sí, piden lavacopas, peones... ¿quiere que vaya de lavacopas?
—No, pero tenés que trabajar. Lo poco que ha quedado alcanza para que termine Lila de estudiar. Nada más. ¿Qué querés que haga?
Bajo la orla de la saya enseñó un botín descalabrado y dijo:
—Mira qué botines. Lila para no gastar en libros tiene que ir todos los días a la biblioteca. ¿Qué querés que haga, hijo?
Ahora su voz era de tribulación. Un surco oscuro le hendía la frente desde el ceño hasta la raíz de los cabellos, y casi le temblaban los labios.
—Está bien, mamá, voy a trabajar.
Cuánta desolación. La claridad azul remachaba en el alma la monotonía de toda nuestra vida, cavilaba hedionda, taciturna.
Desde afuera oíase el canto triste de una rueda de niños:
La torre en guardia. La torre en guardia. La quiero conquistar.
Suspiró en voz baja.
—Que más quisiera que pudieras escribir.
— Eso no vale nada.
—El día que Lila se reciba y tú publiques...
La voz era mansa, con tedio de pena.
Habíase sentado junto a la máquina de coser, y en el perfil, bajo la fina línea de la ceja, el ojo era un cuévano de sombra con una chispa blanca y triste. Su pobre es palda encorvada, y la claridad azul en la lisura de los cabellos dejaba cierta claridad de témpanos.
—Cuando pienso... — murmuró.
—¿Estás triste mamá?
—No, — contestó.
De pronto.
—Quieres que lo hable al señor Naydath. Puedes aprender a ser decorador. ¿No te gusta el oficio?
—Es igual.
—Sin embargo ganan mucho dinero...
Me sentí impulsado a levantarme, a cogerla de los hombros y zamarrearla, gritándole en las orejas.
—¡No hable de dinero, mamá, por favor...!¡No hable... cállese...!
Comprendió mi silencio agrio, y el alma se le cayó a los piés. Quedóse alelada, más pequeña, y sin embargo estremecida del rencor que aún le gritaba por mis ojos.
—¡No hable de dinero, mamá, por favor... no hable... cállese...!
Estábamos allí, inmóviles de angustia. Afuera de la ronda de chicos aún cantaba con melodía triste:
La torre en guardia. La torre en guardia. La quiero conquistar.
—Y así es la vida, y cuando yo sea grande y tenga un hijo, también le diré: "Tienes que trabajar. Yo no te puedo mantener". Así es la vida. Un ramalazo de frío me sacudía en la silla.
Ahora, mirándola, observando su cuerpo tan mezquino, se me llenó el corazón de pena.
Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura parda y el cielo metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni caminar podía, y ella flagelada por las sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los caminos, llevándome en sus brazos, calentán. dome las rodillas con el pecho, estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo mezquino, y pedía a las gentes para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le secaba la boca, y de su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el sueño para atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de míseras ropas, tan pequeña y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi sueño.
¡Pobre mamá! Y hubiera querido abrazarla, hacerle inclinar la emblanquecida cabeza en mi pecho, pedirle perdón de mis palabras duras, y de pronto en el prolongado silencio que guardábamos, le dije con voz vibrante:
—Sí, voy a trabajar, mamá.
Quedamente.
—Esta bien, hijo, esta bien... y otra vez la pena honda nos selló los labios.
Afuera, encima la sonrosada cresta de un muro, res plandecía en lo celeste un fúlgido tetragrama de plata.
Don Gaetano tenía su librería, mejor dicho su casa de compra y venta de libros usados, en la calle Lavalle al 800, un salón inmenso, atestado hasta el techo de volúmenes.
El local era más largo y tenebroso que el antro de Trofonio.
Donde se miraba había libros: libros en mesas forma. das por tablas encima de caballetes, libros en los mostradores, en los rincones, bajo las mesas y en el sótano.
Anchurosa portada mostraba a los transeuntes el contenido de la caverna, y en los muros de la calle colgaban volúmenes de historias para imaginaciones vulgares, la novela de Genoveva de Brabante y Las Aventuras de Musolino. Enfrente, como en un colmenar, la gente rebullía por el atrio de un cinematógrafo, con su campanilla repiqueteando incesantemente.
Al mostrador, junto a la puerta, atendía la esposa de don Gaetano, una mujer gorda y blanca, de cabello castaño y ojos admirables por su expresión de crueldad verde.
—No está Don Gaetano.
La mujer me señaló un grandulón que en mangas de camisa miraba desde la puerta el ir y venir de las gentes. Anudaba una corbata negra al cuello desnudo, y el pelo ensortijado sobre la frente tumultosa, dejaba ver entre sus anillos la punta de las orejas. Era un bello tipo, con su reciedumbre y piel morena, más bajo las pestañas hirsutas, los ojos grandes y de aguas convulsas, causaban desconfianza.
El hombre cogió la carta donde me recomendaban, la leyó, después, entregándola a su esposa, quedóse examinándome.
Gran arruga le hendía la frente, y por su actitud acechante y placentera adivinábase el hombre de natural desconfiado y trapacero a la par que meloso, de azucarada bondad fingida y de falsa indulgencia en sus gruesas carcajadas.
—¿Así que vos antes trabajastes en una librería?
—Sí, patrón.
—¿Y trabaja mucho el otro?
—Bastante.
—Pero no tiene tanto libro como acá, ¿eh?
—Oh, claro, ni la décima parte.
Después a su esposa.
—¿Y Mosiú no vendrá más a trabajar?
La mujer con tono áspero.
—Así son todos estos piojosos. Cuando se matan hambre y aprenden a trabajar, se van.
Dijo, y apoyó el mentón en la palma de la mano, mostrando entre la manga de la blusa verde un trozo de brazo desnudo. Sus ojos crueles se inmovilizaron en la calle transitadísima. Incesantemente repiqueteaba la campanilla del biógrafo, y un ravo de sol adentrado entre dos altos muros, iluminaba la fachada obscura del edificio de Dardo Rocha.
—¿Cuánto querés ganar?
—Yo no sé... Vd. sabe...
—Bueno, mirá... Te voy a dar un peso y medio, y casa y comida, vas estar mejor que un príncipe, eso sí — y el hombre inclinaba su greñuda cabeza — aquí no hay horario... la hora de más trabajo es de ocho de la noche a once...
—¿Cómo; a las once de la noche?
—Y que más quiere, un muchacho como vos estar hasta las once de la noche mirando pasar lindas muchachas. Eso sí, a la mañana nos levantamos a las diez.
Recordando el concepto que don Gaetano le merecía al que me recomendara, dije:
—Está bien, pero como yo necesito la plata, Vd. todas las semanas me va a pagar.
—Qué, ¿tiene desconfianza?
—No señora, pero como en mi casa necesitan y somos pobres... Vd. comprenderá...
La mujer volvió su mirada ultrajante a la calle.
—Bueno — prosiguió don Gaetano, veníte mañana a las diez al departamento, vivimos en la calle Esmeralda, — y anotando la dirección en un trozo de papel me la entregó.
La mujer no respondió a mi saludo. Inmóvil, la mejilla posando en la palma de la mano y el brazo desnudo apoyado en el lomo de los libros, fijos los ojos en el frente de la casa de Dardo Rocha, parecía el genio tenebroso de la caverna de los libros.
A las nueve de la mañana me detuve en la casa donde vivía el librero. Después de llamar, guareciéndome de la lluvia, me recogí en el zaguán.
Un viejo barbudo, envuelto el cuello en una bufanda verde y la gorra hundida hasta las orejas salió a recibirme.
—¿Que quiere?
—Yo soy el nuevo empleado.
—Suba.
Me lanzé por el vano de la escalera, sucia en los peldaños.
Cuando llegamos al pasillo, el hombre dijo:
—Espérese.
Tras los vidrios de la ventana que daba a la calle, frente a la balconada, veíase el achocolatado cartel de hierro de una tienda. La llovizna resbalaba lentamente por la convexidad barnizada. Allá lejos, una chimenea entre dos tanques, arrojaba grandes lienzos de humo al espacio pespunteado por agujas de agua.
Repetíanse los nerviosos golpes de campana de los tran vías, y entre el "trolley" y los cables vibraban chispas violetas; el cacareo de un gallo afónico venía no sé de donde.
Súbita tristeza me sobrecogió al enfrentarme al aban dono de aquella casa.
Los cristales de las puertas estaban sin cortinas, los postigos cerrados.
En un rincón del hall, en el piso cubierto de polvo, había olvidado un trozo de pan duro, y en la atmósfera flotaba olor a engrudo agrio: cierta hediondez de suciedad harto tiempo húmeda.
—Miguel — gritó con voz desapacible la mujer desde adentro.
—Va, señora.
—¿Está el café?
El viejo levantó los brazos al aire y cerrando los puños se dirigió a la cocina por un patio mojado.
—Miguel.
—Señora.
—¿Dónde están las camisas qeu trajo Eusebia?
—En el baúl chico, señora.
—Don Miquel — habló socarronamente el hombre.
—Diga Don Gaetano.
—¿Cómo le va don Miquel?
El viejo movió la cabeza a diesta y siniestra, levantan de desconsoladamente los ojos al cielo.
Era alto, flaco, carilargo, con barba de tres días en las flácidas mejillas y expresión lastimera de perro huído en los ojos legañosos.
—Don Miquel.
—Diga don Gaetano.
—Andá a comprarme un Avanti.
El viejo se marchaba.
—Miguel.
—Señora. —Traete medio kilo de azúcar a cuadritos, y que te la dé bien pesada.
Una puerta se abrió, y salió don Gaetano prendiéndose la bragueta con las dos manos y suspendido del encrespado cabello sobre la frente, un trozo de peine.
—¿Que hora son?
—No sé.
Miró al patio.
—Puerco tiempo — murmuró, y después comenzó a peinarse.
Llegado don Miguel con el azúcar y los toscanos, don Gaetano dijo:
—Traete la canasta, después te llevás el café al negocio y encasquetándose un grasiento sombrero de fieltro tomó la canasta que le entregaba el viejo y dándomela, dijo:
—Vamos al mercado.
—¿Al mercado?
Tomó mi frase al vuelo.
—Un consejo ché Silvio. A mi no me gusta decir dos veces las cosas. Además comprando en el mercado uno sabe lo que come.
Entristecido salí tras él con la canasta, una canasta impúdicamente enorme, que golpeándome las rodillas con su chillonería hacía más profunda, más grotesca la pena de ser pobre.
—¿Queda lejos el mercado?
—No hombre, acá en Carlos Pellegrini — y observándome caricontecido dijo:
—Parece que tenés vergüenza de llevar una canasta.
Sin emabrgo el hombre honesto no tiene vergüenza de nada, siempre que sea trabajo.
Un dandy a quien rocé con la cesta me lanzó una mirada furiosa; un rubicundo portero uniformado desde temprano con magnífica librea y brandeburgos de oro, observóme irónico, y un granujilla que pasó, como quien lo hace inadvertidamente, dió un puntapié al trasero de la cesta, y la canasta de un rojo rábano, impúdicamente grande, me colmaba de ridículo.
¡ Oh ironía, y yo era el que había soñado en ser un bandido grande como Rocambole y un poeta genial como Baudelaire!
Pensaba.
—¿Y para vivir hay que sufrir esto...? todo esto... tener que pasar con una canasta al lado de espléndidas vidrieras...
Perdimos casi la mañana vagando por el Mercado del Plata.
¡Bella persona era don Gaetano!
Para comprar un repollo, o una tajada de zapallo, o un manojo de lechuga, recorría los puestos disputando en discusiones ruines piezas de cinco centavos a los verduleros, con quienes se insultaba en un dialecto que yo no entendía.
¡ Qué hombre! Tenía actitudes de campesino astuto, de gañan que hace el tonto responde con una chuscada cuando comprende que no puede engañar.
Husmeando pichinchas metíase entre fregonas y sirvientas a curiosear cosas que no debían interesarle, hacía de saludador arlequinesco, y en acercándose a los mostradores estañados de los pescadores examinaba las agallas de merluzas y pejerreyes, comía langostinos, y sin comprar tan siquiera un marisco, pasaba al puesto de las mondongueras, de allí al de los vendedores de gallinas, y antes de mercar nada, oliscaba la vitualla y manoseábala desconfiadamente. Si los comerciantes se irritaban, él les gritaba que no quería ser engañado, que bien sabía que ellos eran unos ladrones, pero que se equivocaban si le tomaban por tonto porque era tan sencillo.
Su sencillez era chocarrería, su estulticia vivísima granujería.
Procedía así:
Seleccionaba con paciencia desesperante un repollo o una coliflor. Estaba conforme puesto que pedía precio, pero de pronto, descubría otro que le parecí a más sazonado o más grande y ello era el motivo de la disputa entre el verdulero y Don Gaetano, ambos empeñados en robarse, en perjudicar al prójimo aunque fuere en un solo centavo.
Su mala fé era estupenda. Jamás pagaba lo estipulado, sinó lo que ofreciera antes de cerrar trato. Una vez que yo había guardado la vitualla en la cesta, don Gaetano se retiraba del mostrador, hundía los pulgares en el bolsillo del chaleco, sacaba y contaba, tornaba a recontar el dinero, y despectivamente lo arrojaba encima del mostrador como si hiciera un servicio al mercader, alejándose a prisa después.
Si el comerciante le gritaba, él respondía:
—Estate buono.
Tenía el prurito del movimiento, era un goloso visual, entraba en éxtasis frente a la mercadería por el dinero que representaba.
Acercábase a los vendedores de cerdo a pedirles precio de embutidos, examinaba codicioso las sonrosadas cabezas de cerdo, hacíalas girar despacio bajo la impasible mirada de los ventrudos comerciantes de delantal blanco, rascábase tras de la oreja, miraba con voluptuosidad los costillares enganchados a los hierros, las pilastras de tocino en lonjas, y como si resolviera un problema que le daba vueltas en el meollo, dirigíase a otro puesto, a pellizcar una luna de queso, o a contar cuántos espárragos tiene un mazo, a ensuciarse las manos entre alcachofas y nabos, y a comer pepitas de zapallo u a observar al trasluz los huevos y a deleitarse en los pilones de manteca húmeda, sólida, amarilla y aún oliendo a suero.
Aproximadamente a las dos de la tarde almorzamos. Don Miguel apoyando el plato en un cajón de kerosene, yo en el ángulo de una mesa ocupada de libros, la mujer gorda en la cocina y don Gaetano en el mostrador.
A las 11 de la noche abandonamos la caverna.
Don Miguel y la mujer gorda caminaban en el centro de la calle lustrosa, con la canasta donde golpeaban los trastos de hacer café, don Gaetano sepultas las manos en los bolsillos, el sombrero en la coronilla y un mechón de cabellos caídos encima de los ojos y yo tras ellos, pensaba cuán larga había sido mi primera jornada.
Subimos, y al llegar al pasillo don Gaetano me preguntó:
—¿Trajistes colchón, vos?
—Yo nó, ¿por qué?
—Aquí hay una camita, pero sin colchón.
—¿Y no hay nada con que taparse?
Don Gaetano miró en redor, luego abrió la puerta del comedor, encima de la mesa había una carpeta verde, pesada y velluda.
Doña María ya entraba al dormitorio cuando don Gaetano tomó la carpeta por un extremo y echándomela al hombro, malhumorado, dijo:
—Estate buono — y sin contestar a mis buenas noches me cerró la puerta en las narices.
Quedé desconcertado ante el viejo, que testimonió su indignación con esta sorda blasfemia: "¡Ah! Dío Fetente", luego echó a andar y le seguí.
El cuchitril donde habitaba el anciano famélico, a quien desde ese momento bauticé con el nombre de Dio Fetente, era un triángulo absurdo, empinado junto al te cho, con un ventanuco redondo que daba a la calle Esmeralda y por el cual se veía la lámpara de arco voltaico que iluminaba la calzada. El vidrio del ojo de buey estaba roto, y por allí se colaban ráfagas de viento que hacían bailar la lengua amarilla de una candela sujeta en una palmatoria al muro.
Arrimada a la pared había una cama de tijera, dos palos en cruz con una lona clavada en los travesaños.
Dio Fetente salió a orinar a la terraza, luego sentóse en un cajón, se quitó la gorra y los botines, arreglóse prolijamente la bufanda en torno del cogote y preparado para afrontar el frío de la noche, prudentemente entró en el catre, cubriéndose hasta la barba con las mantas, unas bolsas de arpillera rellenadas de trapos inservibles.
La mortecina claridad de la candela iluminaba el perfil de su rostro, de larga naríz rojiza, aplanada frente estriada de arrugas, y cráneo mondo, con vestigio de pelos grises encima de las orejas. Como el viento que entraba molestábale, Dio Fetente extendió el brazo, cogió la gorra y se la hundió sobre las orejas, luego sacó del bolsillo una colilla de toscano, la encendío, lanzó largas bocanadas de humo y uniendo las manos bajo la nuca, quedóse mirándome sombrío.
Yo comenzé examinar mi cama. Muchos debían haber padecido en ella, tan deteriorada estaba. Habiendo la punta de los elásticas rasgado la malla, quedaban éstos en el aire como tantásticos tirabuzones, y las grampas de las agarraderas habían sido reemplazadas por ligaduras de alambre.
Sin embargo no me iba a estar la noche en éxtasis, y después de comprobar su estabilidad, imitando a Dio Fetente, me saqué los botines, que envueltos en un periódico me sirvieron de almohada, me envolví en la carpeta verde y dejándome caer en el fementido lecho, resolví dormir.
Indiscutiblemente, era cama de archipobre, un deshecho de judería, la yacija más taimada que he conocido.
Los resortes me tundían las espaldas, parecía que sus puntas querían horadarme la carne entre las costillas, la malla de acero rígida en una zona se hundía desconsideradamente en un punto, en tanto que en otro por maravillas de elasticidad elevaba promontorios, y a cada movimiento que hacía el lecho gañía, chirriaba con ruidos estupendos, a semejanza de un juego de engranajes sin aceite. Además no encontraba postura cómoda, el rígido vello de la carpeta rascábame la garganta, el filo de los botines me entumecía la nuca, las espirales de los elásticos doblados me pellizcaban la carne. Entonces.
—Eh, diga, Dio Fetente.
Como una tortuga, el anciano sacó su pequeña cabeza al aire de entre la caparazón de arpilleras.
—Diga don Silvio.
—¿Que hacen que no tiran este camastro a la basura?
El venerable anciano poniendo los ojos en blanco me respondió con un suspiro profundo, tomando así a Dios de testigo de todas las iniquidades de los hombres.
—Diga Dio Fetente, no hay otra cama... aquí no se puede dormir...
—Esta casa es el infierno, don Silvio... el infierno — y bajando la voz, temeroso de ser escuchado.
—Esto es...la mujer... la comida... A Dio Fetente, que casa ésta.
El viejo apagó la luz y yo pensé.
—Decididamente, voy de mal en peor.
Ahora escuchaba el ruido de la lluvia sobre el zinc de la boharda.
De pronto me conturbó un sollozo sofocado. Era el viejo que lloraba, que lloraba de pena y de hambre. Y esa fué mi primera jornada.
Algunas veces en la noche. —Hay rostros de doncellas que hieren con espada de dulzura. Nos alejamos, el alma nos queda entenebrecida y sola, como después de una fiesta.
Realizaciones excepcionales... se fueron y no sabemos más de ellas, y sin embargo nos acompañaron una noche teniendo la mirada fija en nuestros ojos inmóvil... y nosotros heridos con espadas de dulzura, pensamos como sería el amor de esas mujeres con esos semblantes que se adentraron en la carne. Congojosa sequedad del espíritu, peregrina voluptuosidad áspera y mandadora.
Pensamos como inclinarían la cabeza hacia nosotros para dejar en dirección al cielo sus labios entreabiertos, como dejarían desmayarse del deseo sin desmentir la belleza del semblante un momento ideal, pensamos como sus propias manos trizarían los lazos del corpiño...
Rostros... rostros de doncellas maduras para las desesperaciones del júbilo, rostros que súbitamente acrecientan en la entraña un desfallecimiento ardiente, rostros en los que el deseo no desmiente la idealidad de un momento ¡como vienen a ocupar nuestras noches!
Yo me he estado horas contínuas persiguiendo con los ojos la forma de una doncella que durante el día me dejó en los huesos ansiedad de amor.
Despacio consideraba sus encantos avergonzados de ser tan adorables, su boca hecha tan sólo para los grandes besos; veía su cuerpo sumiso apegarse a la carne llamadora de su desengaño, e insistiendo en la delicia de su abandono, en la magnífica pequeñez de sus partes destrozables, la vista ocupada por el semblante, por el cuerpo joven para el tormento y para una maternidad, alargaba mi brazo hacia mi pobre carne, y hostigándola la dejaba acercarse al deleite.
En aquel momento don Gaetano volvía de la calle y pasó hacia la cocina. Miróme ceñudo más no dijo nada, y yo me incliné sobre el tarro de engrudo al tiempo que arreglaba un libro, pensando: va a haber tormenta.
Ciertamente, con intervalos breves, el matrimonio reñía.
La mujer blanca, inmóvil, apoyada de codos en el mostrador, las manos arrebujadas en los repliegues de la pañoleta verde, seguía los pasos del marido con ojos crueles. Don Miguel en la cocinita, lavaba platos en un fuentón grasiento. Las puntas de su bufanda rozaban los bordes del tacho y un delantal de cuadros rojos y azules atado a la cintura con un piolín, le defendía de las salpicaduras de agua.
Sabiendo lo que advendría, en cuanto yo pasaba por allí, sin retirar los velludos brazos del fuentón, volvía la cabeza y levantando al plafón sus pupilas, movíala en lo blanco, como diciendo:
¡Que casa ésta, Dio Fetente!
He de advertir que la cocina, lugar de nuestras expansiones, estaba enfrentada a una letrineja hedionda, y era un rincón de la caverna, tapiado a las espaldas de las estanterías.
Encima de una tabla sucia, apelmazados con sobras de verduras, había pequeños trozos de carne y patatas, con los que don Miguel confeccionaba la magra pitanza del medio día. Lo quitado a nuestra voracidad, era servido a la noche, bajo la forma de un guiso estrambótico. Y era Dio Fetente el genio y mago de ese antro hediondo. Y allí maldecíamos a nuestra suerte, y allí don Gaetano se refugiaba a veces para meditar sombrío en las dezasones que trae consigo el matrimonio.
El odio que fermentaba en el pecho de la mujer terminaba por estallar.
Bastaba un motivo insignificante, una nimiedad cualquiera.
Súbitamente la mujer envarada de un furor sombrío abandonaba el mostrador; y arrastrando las chancletas por el mosaico, las manos arrebujadas en su pañoleta, los labios apretados y los párpados inmóviles, buscaba al marido.