Capítulo 3 · Los ladrones (3)

El juguete rabioso — Roberto Arlt · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 3 de 12 · 2013 palabras

Se presentó con el semblante desencajado, gruesas gotas de sudor le perlaban la frente.

—Ahí viene un hombre... Entró recién... apaguen.

Enrique lo miró atónito y máquinalmente apagó la linterna; yo, espantado, recogí la barra de hierro que no recuerdo quien había abandonado junto al escritorio. En la oscuridad me ceñía la frente un cilicio de nieve.

El desconocido trepaba a la escalera y sus pasos eran inciertos.

Repentinamente el espanto llegó a su colmo y me transfiguró.

Dejaba de ser el niño aventurero; se me envararon los nervios, mi cuerpo era una estatua ceñuda rebalsando de instintos criminales, una estatua erguida sobre los miembros tensos, agazapados en la comprensión del peligro.

—¿Quién será?— suspiró Enrique.

Lucio le respondió con el codo.

Ahora le escuchábamos más próximo, y sus pasos retumbaban en mis oídos, comunicando la angustia del tímpano atentísimo al temblor de la vena.

Erguido, con ambas manos sostenía la palanca encima de mi cabeza, presto para todo, dispuesto a descargar el golpe... y en tanto escuchaba, mis sentidos discernían con prontitud maravillosa el caríz de los sonidos, persiguiéndolos en su origen, definiendo por sus estructuras el estado psicológico del que los provocaba.

Con vértigo inconsciente analizaba:

—Se acerca... no piensa... si pensara no pisaría así... arrastra los pies... si sospechara no tocaría el suelo con el taco... acompañaría el cuerpo en la actitud... siguiendo el impulso de las orejas que buscan el ruido y de los ojos que buscan el cuerpo, andaría en punta de piés... y él no sabe... está tranquilo.

De pronto una enronquecida voz, cantó allí abajo, con la melancolía de los borrachos:

Maldito el día que te conocí ay macarena, ay macarena.

—Ha sospechado... nó... pero sí... nó... a ver; y creí que mi corazón se agrietaba, con tanta fuerza arrojaba la sangre en las venas.

Al llegar al pasillo, el desconocido rezongó nuevamente:

—Enrique— susurré —Enrique...

Nadie me respondió.

Con una agria hediondez de vino, trajo el viento el ruido de un eructo.

—Es un borracho— sopló en mi oreja Enrique. Si viene lo amordazamos.

El intruso se alejaba arrastrando los pies, y desapareció al final del corredor. En un recodo se detuvo, y le escuchamos forcejear en el picaporte de una puerta que cerró estrepitosamente tras él.

—¡De buena nos libramos!

—Y vos Lucio... ¿que estás tan callado?

—De alegría, hermano, de alegría.

—¿Y cómo lo viste?

—Estaba sentado en la escalera; aquí te quiero ver. Zás, de pronto siento un ruido, me asomo y veo la puerta de fierro que se abre. Te la "voglio dire". ¡Qué emoción!

—Mirá si el tipo se nos viene al humo.

—Yo lo "enfrío"— dijo Enrique.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Que vamos a hacer. Irnos, que es hora.

Bajamos en puntillas sonriendo. Lucio llevaba el paquete de las lámparas. Enrique y yo dos pesados bultos de libros. No se por qué, en la oscuridad de la escalera pensé en el resplandor del sol, y reí despacio.

—¿De que te reís? preguntó malhumorado Enrique.

—No sé, —¿No encontraremos ningún "cana"?

—Nó, de aquí a casa no hay.

—Ya lo dijiste antes.

—¡Además con esta lluvia!

—¡Caramba!

—¿Qué hay ché Enrique?

—Me olvidé de cerrar la puerta de la biblioteca. Dame la linterna.

Se la entregué, y a grandes pasos Irzubeta desapareció.

Aguardándole, nos sentamos sobre el mármol de un escalón.

Temblaba de frío en la oscuridad. El agua se estrellaba rabiosamente contra los mosaicos del patio. Involuntariamente se me cerraron los párpados, y por mi espíritu resbaló en un anochecimento lejano, el semblante de imploración de la amada niña, inmóvil, junto al álamo negro. Y la voz interior, recalcitrante, insistía:

—¡Te he querido Eleonora! ¡Ah! si supieras cuanto te he querido!

Cuando llegó Enrique, traía unos volúmenes bajo el brazo.

—¿Y eso?

—Es la Geografía de Malte Brun. Me la guardo para mi

—¿Cerrastes bien la puerta?

—Sí, lo mejor que pude.

—¿Habrá quedado bien?

—No se conoce nada.

—¿Ché, y el curdelón ese? ¿Habrá cerrado con llave la puerta de calle?

La ocurrencia de Enrique fué acertada. La puerta cancel estaba entreabierta y salimos.

Un torrente de agua borbolleando, corría entre dos aceras, y menguada su furia, la lluvia descendía fina, compacta, obstinada. A pesar de la carga, prudencia y temor aceleraban la soltura de nuestras piernas.

—Lindo golpe.

—Sí, lindo.

—¿Que opinás, Lucio, que dejemos esto en tu casa?

—¿Y si va la "cana" a requisar?

—No digas estupideces, mañana mismo reducimos todo.

—¿Cuántas bombas traeremos?

—Treinta.

—Lindo golpe— repitió Lucio —¿y de libros?

—Más o menos yo calculé setenta pesos— dijo Enrique.

—¿Qué hora tenés Lucio?

—Deben ser las tres.

—¡Qué tarde!

No, no era tarde, más la fatiga, la angustia remota, las tinieblas y el silencio, los árboles goteando en nuestras espaldas enfriadas, todo ello hacía que la noche nos pareciera eterna, y dijo Enrique con melancolía:

—Sí, es demasiado tarde.

Estremecidos de frío y cansancio, entramos a la casa de Lucio.

—Despacio ché, no se despierten las viejas.

—¿Y dónde guardamos esto?

—Espérensen.

Lentamente giró la puerta en sus goznes. Lucio penetró a la habitación e hizo girar la llave del conmutador.

—Pasen ché, les presento mi bulín.

El ropero en un ángulo, una mesita de madera blanca, y una cama. Sobre la cabecera del lecho extendía sus retorcidos brazos piadosos un Cristo Negro, y en un marco, en actitud dolorosísima, miraba al cielorraso un cromo de Lida Borelli.

Extenuados nos dejamos caer en la cama.

En los semblantes relajados de sueño, la fatiga acrecentaba la oscuridad de las ojeras. Nuestras pupilas inmóviles permanecían fijas en los muros blancos, ora próximos, ora distantes, como en la óptica fantástica de la fiebre.

Lucio ocultó los paquetes en el ropero y pensativo sentóse en el borde de la mesa, cogiéndose una rodilla entre las dos manos.

—¿Y la Geografía?

—Me la llevo.

El silencio tornó a pesar sobre los espíritus mojados, sobre nuestros semblantes lívidos, sobre las entreabiertas manos amoratadas.

Me levanté sombrío, sin apartar la mirada del muro blanco.

—Dame el revólver, me voy.

—Te acompaño— dijo Irzubeta incorporándose en el lecho, y en la oscuridad nos perdimos por las calles sin pronunciar palabras, con adusto rostro y encorvadas espaldas.

Terminaba de desnudarme, cuando tres golpes frenéticos repercutieron en la puerta de calle, tres golpes urgentísimos que me erizaron el cabello.

Vertiginosamente pensé:

La policía me ha seguido... la policía... la policía... jadeaba el alma.

El golpe aullador se repitió otras tres veces, con más ansiedad, con más terror, con más urgencia.

Tomé el revólver y desnudo salté a la puerta.

No terminé de abrir la hoja y Enrique se desplomó en mis brazos. Algunos libros rodaron por el pavimento. —Cerrá, cerrá que me persiguen; cerrá Silvio habló con voz enronquecida Irzubeta.

Lo arrastré bajo el techo de la galería.

—¿Que pasa Silvio, que pasa?— gritó mi madre asustada desde su habitación.

—Nada... callate... un vigilante que lo corría a Enrique por una pelea.

En el silencio de la noche, que el miedo hacía cómplice de la justicia inquisidora, resonó el silbido del pito de un polizonte, y un caballo al galope cruzó la bocacalle. Otra vez el terrible sonido, multiplicado, se repitió en distintos puntos cercanos.

Como serpentinas cruzaban la altura, las clamantes llamadas de los vigilantes.

Un vecino abrió la puerta de calle, se escucharon las voces de un diálogo, y Enrique y yo en la oscuridad de la galería, temblorosos nos estrechábamos uno contra otro. Por todas partes los silbos inquietantes se prolongaban amenazadores, numerosos, en tanto que de la carrera siniestra para cazar al delincuente, nos llegaba el ruido de herraduras de caballos, los galopes frenéticos, las bruscas detenciones en el resbaladizo adoquinado, el retroceso de los polizontes. Y yo tenía al perseguido entre mis brazos, su cuerpo tembloroso de espanto contra mí, y una misericordia infinita me 'inclinaba hacia el adolescente quebrantado.

Lo arrastré hasta mi tugurio. Le castañeteaban los dientes. Tiritando de miedo, se dejó caer en una silla y sus azoradas pupilas engrandecidas de espanto se fijaron en la sonrosada pantalla de la lámpara.

Otra vez cruzó un caballo la calle, pero con tanta lentitud que creí se detendría frente a mi casa. Después, el vigilante espoleó su cabalgadura y las llamadas de los silbatos que se hacían menos frecuentes, cesaron por completo.

—Agua, dame agua.

Le alcancé una garrafa, y bebió ávidamente. En su garganta el agua cantaba. Un suspiro amplio le contrajo el pecho.

Después, sin apartar la inmóvil pupila de la pantalla sonrosada, sonrió con la sonrisa extraña e incierta de quien despierta de un miedo alucinante.

Dijo.

—Gracias, Silvio — y aún sonreía, ilimitadamen te anchurosa el alma en el inesperado prodigio de su salvación.

—Pero decime, ¿como fué?

—Mirá. Iba por la calle. No había nadie. Al doblar en la esquina de Sud América, me doy cuenta que bajo un foco me estaba mirando un vigilante. Instintivamente me paré, y él me gritó:

—¿Que lleva ahí?

Ni decirlo, salí como un diablo. El corría tras mí, pero como tenía el capote puesto no podía alcanzarme... lo dejaba atrás... cuando a lo lejos siento otro, venir a caballo... y el pito, el que me corría tocó pito. Entonces hice fuerza y llegué hasta acá.

—Has visto... ¡Por no dejar los libros en casa de Lucio!... ¡mirá si te "cachan"!

—Nos arrean a todos a la "leonera". ¿Y los libros? ¿No perdistes los libros por la calle?

—No, se cayeron ahí en el corredor.

Al ir a buscarlos tuve que explicarle a mamá.

—No es nada malo. Resulta que Enrique estaba ju gando al billar con otro muchacho y sin querer rompió el paño de la mesa. El dueño quiso cobrarle y como no tenía plata se armó una trifulca.

Estamos en casa de Enrique.

Un rayo rojo penetra por el ventanuco de la covacha de los títeres.

Enrique reflexiona en su rincón, y una arruga dilatada le hiende la frente desde la raíz de los cabellos al ceño. Lucio fuma recostado en un montón de ropa sucia y el humo del cigarrillo envuelve en una neblina su pálido rostro. Por encima de la letrineja, desde una casa vecina, llega la melodía de un vals desgranado lentamente en el piano.

Yo estoy sentado en el suelo. Un soldadito sin piernas, rojo y verde, me mira desde su casa de cartón desca. labrada. Las hermanas de Enrique riñen afuera con voz desagradable.

—¿Entonces...?

Enrique levanta la noble cabeza y mira a Lucio.

—¿Entonces?

Yo miro a Enrique.

—¿Y que te parece a vos, Silvio? — continúa Lucio.

—No hay que hacerle; dejarse de macanear, si no vamos a caer.

—Anteanoche estuvimos dos veces a punto.

—Sí, la cosa no puede ser más clara, — y Lucio por décima vez relee complacido un recorte de diario:

"Hoy a las tres de la madrugada el agente Manuel Carlés, de parada en la calle Avellaneda y Sud América, sorprendió un sujeto en actitud sospechosa y que llevaba un paquete bajo el brazo. Al intimarle alto, el desconocido echó a correr, desapareciendo en uno de los terrenos baldíos que hay en las calles inmediatas al lugar. La comisaría de la sección 38 ha tomado intervención".

—¿Así que el club se disuelve? — dice Enrique.

—No. Paraliza sus actividades por tiempo indeterminado — replica Lucio. No es programa trabajar ahora que la policía husmea algo.

—Cierto; sería una estupidez.

—¿Y los libros?

—¿Cuántos tomos son?

—Veintisiete.

—Nueve para cada uno... pero no hay que olvidarse de borrar con cuidado los sellos del Consejo Escolar...

—¿Y las bombas?

Con presteza Lucio replica:

—Miren ché, yo de las bombas no quiero saber ni medio. Antes de ir a reducirlas las tiro a la letrina.

—Sí, cierto, es un poco peligroso ahora.

Irzubeta calla.

—¿Estás triste ché Enrique?

Una sonrisa extraña le tuerce la boca; encógese de hombros y con vehemencia, e irguiendo el busto dice:

—Ustedes desisten, claro, no para todos es la bota de potro, pero yo aunque me dejen solo, voy a seguir.

En el muro de la covacha de los títeres, el rayo rojo ilumina el demacrado perfil del adolescente.

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