—De poco nos servirá este energúmeno dije a Enrique; más como aportaba el entusiasmo del neófito a la reciente cofradía, su decisión entusiasta, ratificada por un gesto rocambolesco, nos esperanzó.
Ahora bien, como es de rigor no podíamos carecer de local donde reunirnos y le denominamos, a propuesta de Lucio que fué aceptada unánimemente, el "Club de los Caballeros de Media Noche".
Dicho club estaba en los fondos de la casa de Enrique, frente a una letrineja de muros negruzcos y revoques desconchados, y consistía en una estrecha pieza de madera polvorienta, y de cuyo techo de tablas pendían largas telas de araña. Arrojados por los rincones había montones de títeres inválidos y despintados, herencia de un titiritero fracasado amigo de los Irzubeta, cajas diversas con soldados de plomo atrozmente mutilados, hediondos bultos de ropa sucia, y cajones atiborrados de revistas viejas y periódicos.
La puerta del cuchitril se abría a un patio oscuro de ladrillos resquebrajados, que en los días lluviosos rezumaban fango.
—¿No hay nadie ché?
Enrique cerró el enclenque postigo por cuyos vidrios rotos se veían grandes rulos de nubes de estaño.
—Están adentro charlando.
Nos ubicamos lo más buenamente posible. Lucio ofreció cigarrillos egipcios, formidable novedad para nosotros, y con donaire encendió la cerilla en la suela de sus zapatos. Dijo después:
—Vamos a leer el Diario de Sesiones.
Para que nada faltara en el susodicho club, había también un Diario de Sesiones en el que se consignaban los proyectos de los asociados, y también un sello, un se- llo rectangular que Enrique fabricó con un corcho y en el que se podía apreciar el emocionante espectáculo de un corazón perforado por tres puñales.
Dicho diario se llevaba por turno, el final de cada acta era firmado, y cada rúbrica llevaba su sello corres- pondiente.
Allí podían leerse cosas como éstas:
Propuesta de Lucio . -- Para robar en el futuro sin necesidad de ganzúa, es conveniente sacar en cera virgen los modelos de las llaves de todas las casas que se visiten.
Propuesta de Enrique . -- También se hará un plano de la casa de donde se saquen prueba de llaves. Dichos planos se archivarán con los documentos secretos de la Orden y tendrán que mencionar todas las particularida- des del edificio para mayor comodidad del que tenga que operar.
Acuerdo general de la Orden . -- Se nombra dibujan- te y falsificador del Club al socio Enrique.
Propuesta de Silvio . -- Para introducir nitrogliceri- na en un presidio, tómese un huevo, sáquesele la clara y la yema y por medio de una jeringa se le inyecta el ex- plosivo.
Si los ácidos de la nitroglicerina destruyen la cáscara del huevo, fabríquese con algodón pólvora una camiseta. Na- die sospechará que la inofensiva camiseta es una carga ex- plosiva.
Propuesta de Enrique . -- El Club debe contar con una biblioteca de obras científicas para que sus cofrades puedan robar y matar de acuerdo a los más modernos pro- cedimientos industriales. Además, después de pertenecer tres meses al Club, cada socio está obligado a tener una pistola Browning, guantes de goma y 100 grs. de clorofor- mo. El químico oficial del Club será el socio Silvio.
Propuesta de Lucio .—Todas las balas deberán estar envenenadas con ácido prúsico y se probará su poder tóxico cortándole de un tiro la cola a un perro. El perro tiene que morir a los 10 minutos.
—Ché Silvio.
—¿Que hay?, dijo Enrique.
Pensaba una cosa. Habría que organizar clubs en todos los pueblos de la República.
—No, lo principal—interrumpí yo—está en ponernos prácticos para actuar mañana. No importa ahora ocuparnos de macanitas.
Lucio acercó un bulto de ropa sucia que le servía de otomana. Proseguí.
—El aprendizaje de ratero tiene esta ventaja: darle sangre fría a uno, que es lo más necesario para el oficio. Además la práctica del peligro contribuye a formarnos hábitos de prudencia.
Dijo Enrique: Dejémonos de retóricas y vamos a tratar un caso interesante. Aquí, al fondo de la carnicería (la pared de la casa de Irzubeta era medianera respecto a dicho fondo) hay un gringo que todas las noches guarda el auto y se va a dormir a una piecita que alquila en un caserón de la calle Zamudio. Que te parece Silvio, que le evaporemos el magneto y la bocina?
—¿Sabés que es grave?
—No hay peligro ché. Saltamos por la tapia. El carnicero duerme como una piedra. Eso sí, hay que ponerse guantes.
—¿Y el perro?
—¿Y para que lo conozco yo al perro?
—Me parece que se va a armar una bronca.
—¿Que te parece Silvio?
—No me gusta.
—Pero date cuenta que sacamos más de cien mangos por el magneto.
--El negocio es lindo pero vidrioso.
—¿Te decidís vos Lucio?
—¿La prensa?... y claro... me pongo los pantalones viejos, no se me rompa el "jetra"...
—¿Y vos Silvio?
—Yo rajo en cuanto la vieja duerma.
—¿Y a que hora nos encontramos?
—Mirá ché Enrique. El negocio no me gusta.
—¿Por qué?
—No me gusta. Van a sospechar de nosotros. Los fondos... El perro que no ladra... si a mano viene dejamos rastros... no me gusta. Ya sabés que no le hago ascos a nada, pero no me gusta. Es demasiado cerca y la yuta" tiene olfato.
—Entonces no se hace.
Sonreímos como si acabáramos de sortear un peligro.
Así vivíamos días de sin par emoción, gozando el dinero de los latrocinios, aquel dinero que tenía para nosotros un valor especial y hasta parecía hablarnos con expresivo lenguaje.
Los billetes de banco parecían más significativos con sus imágenes coloreadas, las monedas de níquel tintineaban alegremente en las manos que jugaban con ellas juegos malabares. Sí, el dinero adquirido a fuerza de trapacería se nos fingía mucho más valioso y sutil, impresionaba en una representación de valor máximo, parecía que susurraba en las orejas un elogio sonriente y una picardía incitante. No era el dinero vil y odioso que se abomina porque hay que ganarlo con trabajos penosos, sinó dinero agilísimo, una esfera de plata con dos piernas de gnomo y barba de enano, un dinero truhanesco y bailarín, cuyo aroma como el vino generoso arrastraba a divinas francachelas.
Nuestras pupilas estaban limpias de inquietud, osaría decir que nos nimbaba la frente un halo de soberbia y audacia. Soberbia de saber que al conocerse nuestras acciones hubiéramos sido conducidos ante un Juez de Instrucción. Sentados en torno de la mesa de un café, a veces departíamos:
—¿Qué harías vos ante el Juez del Crimen?
—Yo, respondía Enrique — le hablaría de Darwin y de Le Dantéc (Enrique era ateo).
—¿Y vos Silvio?
-Negar siempre aunque me cortaran el pescuezo.
—¿Y la goma?
Nos mirábamos espantados. Teníamos horror de la goma", ese bastón que no deja señal visible en la carne; el bastón de goma conque se castiga al cuerpo de los ladrones en el Departamento de Policía cuando son tardíos en confesar su delito.
Con ira mal reprimida respondí:
—A mí no me cachan. Antes matar.
Cuando pronunciábamos esa palabra los nervios del rostro distendíanse, los ojos permanecían inmóviles, fijos en una ilusoria hecatombe distante, y las ventanillas de la naríz se dilataban aspirando el olor de la pólvora y de la sangre.
—Por eso hay que envenenar las balas—repuso Lucio.
—Y fabricar bombas — continué. — Nada de lástima. Hay que reventarlos, aterrorizar a la "cana". En cuanto están descuidados, balas... A los jueces, mandarles bombas por correo...
Así conversábamos en torno de la mesa del café, sombríos y gozosos de nuestra impunidad ante la gente, ante la gente que no sabían que éramos ladrones, y un espanto delicioso nos apretaba el corazón al pensar con que ojos nos mirarían las nuevas doncellas que pasaban, si supieran que nosotros tan atildados y jóvenes, éramos ladrones... ladrones...!
Próximamente a las doce de la noche me reuní en un café con Enrique y Lucio a ultimar los detalles de un robo que pensábamos efectuar.
Escogiendo el rincón más solitario, ocupamos una mesa junto a una vidriera.
Menuda lluvia picoteaba el cristal en tanto la orquesta desgarraba la postrera brama de un tango carcelario.
—¿Estás seguro Lucio que los porteros no están?
—Segurísimo. Ahora hay vacaciones y cada uno tira por su lado.
Tratábamos nada menos que de despojar la biblioteca de una escuela.
Enrique, pensativo, apoyó la mejilla en una mano. La visera de la gorra le sombreaba los ojos.
Yo estaba inquieto.
Lucio, miraba en torno con la satisfacción de un hombre para quien la vida es amable. Para convencerme de que no existía ningún peligro frunció los superciliares y confidencialmente me comunicó por décima vez:
—Yo sé el camino. ¿Que te preocupás? No hay más que saltar la verja que dá a la calle y al patio. Los porteros duermen en una sala separada del tercer piso. La biblioteca está en el segundo y al lado opuesto.
—El asunto es fácil, eso es de cajón — dijo Enrique — el negocio sería bonito si uno pudiera llevarse el Diccionario Enciclopédico.
—¿Y en qué llevamos 28 tomos? Estás loco vos... a menos que llames a un carro de mudanzas.
Pasaron algunos coches con la capota desplegada y la alta claridad de los arcos voltaicos, cayendo sobre los árboles, proyectaba en el afirmado largas manchas temblorosas. El mozo nos sirvió café. Continuaban desocupadas las mesas en redor, los músicos charlaban en el palco, y del salón de billares llegaba el ruido de tacos conque algunos entusiastas aplaudían una carambola complicadísima.
—¿Vamos a jugar un tute arrastrado?
—Déjate de tute, hombre.
—Parece que llueve.
—Mejor — dijo Enrique — estas noches agradaban a Montparnase y a Tenardhier. Tenardhier decía: Más hizo Juan Jacobo Roussean. Era un ranún el Tenardhier ése, y esa parte del caló es formidable.
—¿Llueve todavía?
Volví los ojos a la plazoleta.
El agua caía oblicuamente, y entre dos hileras de árboles el viento la ondulaba en un cortinado gris.
Mirando el verdor de los ramojes y follajes ilumi. nados por la claridad de plata de los arcos voltaicos, sentí, tuve una visión de grutas en parques estremecidos en una noche de verano, por el rumor de la fiestas pleheya. y de los cohetes rojos reventando en lo azul. Esa evocación inconsciente me entristeció.
De aquella última noche azarosa, conservo lúcida memoria.
Los músicos desgarraron una pieza que en la pizarra tenía el nombre de "Kiss me"
En el ambiente vulgar, la melodía onduló su ritmo trágico y lejano. Diría que era la voz de un coro de emigrantes pobres en la sentina de un trasatlántico mientras el sol se hundía en las pesadas aguas verdes.
Recuerdo cómo me llamó la atención el perfil de un violinista de cabeza socrática y calva resplandeciente. En su naríz cabalgaban anteojos de cristales ahumados y se reconocía el esfuerzo de aquellos ojos cubiertos, por la forzada inclinación del cuello sobre el atril.
Lucio me preguntó:
—¿Seguís con Eleonora?
—No, ya cortamos. No quiere ser más mi novia.
—¿Por qué?
—Porque sí.
La imagen adunada al langor de los violines me penetró con violencia. Era un llamado de mi otra voz, a la mirada de su rostro sereno y dulce. ¡Oh! cuánto me había extasiado de pena su sonrisa ahora distante, y desde la mesa, con palabras de espíritu la hablé de esta manera, mientras gozaba una amargura más sabrosa que una voluptuosidad.
—¡Ah! si yo hubiera podido decirte lo que te quería, así con la música del "Kiss me"... disuadirte con este llanto... entonces quizá... pero ella me ha querido también... ¿no es verdad que me quisiste, Eleonora?
—Dejó de llover... salgamos.
—Vamos.
Enrique arrojó unas monedas en la mesa. Me preguntó:
—¿Tenés el revólver?
—Si.
—¿No fallará?
—El otro día lo probé. La bala atravesó dos tablones de albañil.
Irzubeta agregó:
—Si va bien en ésta me compro una Browning; pero por las dudas traje un puño de fierro.
—¿Está despuntado?
—No, tiene cada púa que dá miedo.
Un agente de policía cruzó el herbero de la plaza hacia nosotros.
Lucio exclamó en voz alta, lo suficiente para ser escuchado del polizonte:
—¡Es que el profesor de Geografía me tiene rabia, ché, me tiene rabia!
Cruzada la diagonal de la plazoleta, nos encontramos frente a la muralla de la escuela, y allí notamos que comenzaba a llover otra vez.
Rodeaba el edificio esquinero una hilera de copudos plátanos, que hacía densísima la obscuridad en el triángulo. La lluvia musicalizaba un ruido singular en el follaje.
Alta verja mostraba sus dientes agudos uniendo los dos cuerpos de edificio, elevados y sombríos.
Caminando lentamente escudriñábamos en la sombra; después sin pronunciar palabra trepé por los barrotes, introduje un pié en el aro que eslabonaba cada dos lanzas, y de un salto me precipité al patio, permaneciendo algunos segundos en la posición de caído, esto es: en cuclillas, inmóviles los ojos, tocando con las yemas de los dedos las baldosas mojadas.
—No hay nadie ché— susurró Enrique que acababa de seguirme.
—Parece que no, ¿pero que hace Lucio que no baja? En las piedras de la calle escuchamos el choque acompasado de herraduras, después se oyó otro caballo al paso, y en las tinieblas el ruido fué decreciendo.
Sobre las lanzas de hierro, Lucio asomó la cabeza. Apoyó el pié en un travesaño y se dejó caer con tal sutileza que en el mosaico apenas crujió la suela de su calzado.
—¿Quien pasó ché?
—Un Oficial Inspector y un vigilante. Yo me hice el que esperaba el "bondi".
—Pongámonos los guantes, ché.
—Cierto, con la emoción se me olvidaba.
—Y ahora ¿a donde se vá? Esto es más oscuro que...
—Por aquí...
Lucio ofició de guía, yo desenfundé el revólver y los tres nos dirigimos hacia el patio cubierto por la terraza del segundo piso.
En la oscuridad se distinguía inciertamente una columnata.
Súbitamente me estremeció la conciencia de una supremacia tal sobre mis semejantes, que estrujando fraternalmente el brazo de Enrique, dije:
—Vamos muy despacio— e imprudentemente, abandoné el paso mesurado, haciendo resonar el taco de mis botines.
En el perímetro del edificio, los pasos repercutieron multiplicados.
La certeza de una impunidad absoluta contagió de optimista firmeza a mis camaradas, y reímos con tan estridentes carcajadas, que desde la calle oscura nos ladró tres veces un perro errante.
Jubilosos de abochomar el peligro a bofetadas de coraje, hubiéramos querido secundarlo con la clarinada de una fanfarria y la estrepitosa alegría de un pandero, despertar a los hombres, para demostrar que regocijo nos engrandece las almas cuando quebrantamos la ley y entramos sonriendo en el pecado.
Lucio marchaba encabezándonos, se volvió.
—Hago moción para asaltar al Banco de Nación dentro de algunos días.
—Vos Silvio abrís las cajas con tu sistema de arco voltaico.
—Bonnot desde el infierno debe aplaudirnos— dijo Enrique.
—Vivan los apaches Lacombe y Valet— exclamé.
—Eureka— gritó Lucio.
—¿Que te pasa?
El mancebo respondió:
—Ya está... ¿no te decía Lucio? si tienen que levantarte una estatua... ya está ¿sáben lo que es?
Nos agrupamos en torno de él.
—¿Se fijaron? ¿Te fijaste vos, Enrique en la joyería que está al lado del Cine Electra?... en serio ché, no te rías. La letrina del cine no tiene techo... me acuerdo lo más bien; de allí podríamos subir a los techos de la joyería. Se sacan unas entradas a la noche y antes de que termine la función uno se escurre. Por el agujero de la llave se inyecta cloroformo con una pera de goma.
—Cierto ¿sabés Lucio que será un golpe magnífico?... y quien va a sospechar de unos muchachos. El proyecto hay que estudiarlo.
Encendí un cigarrillo, y al resplandor de la cerilla descubrí una escalera de mármol.
Nos lanzamos escalera arriba.
Llegando al pasadizo, Lucio con su linterna eléctrica iluminó el lugar, un paralelógramo restringido, prolongado a un costado por oscuro pasillo. Clavado al marco de madera de la puerta, había una chapa esmaltada cuyos caracteres rezaban: Biblioteca .
Nos aproximamos a reconocerla. Era antigua y sus altas hojas, pintadas de verde dejaban el insterticio de una pulgada entre los zócalos y el pavimento.
Por medio de una palanca, se podía hacer saltar la cerradura de sus tornillos.
—Vamos primero a la terraza— dijo Enrique —las cornizas están llenas de lámparas eléctricas.
En el corredor encontramos una puerta que conducía a la terraza del segundo piso. Salimos. El agua chasqueaba en los mosaicos del patio, y junto a un alto muro alquitranado, el vívido resplandor de un relámpago descubrió una garita de madera, cuya puerta de tablas permanecía entreabierta.
A momentos la súbita claridad de un rayo descubría un lejano cielo violeta desnivelado de campanarios y techados. El alto muro alquitranado recortaba siniestramente con su catadura carcelaria, lienzos de horizonte. Penetramos a la garita. Lucio encendió otra vez su linterna.
En los rincones del cuartujo, estaban amontonadas bolsas de aserrín, trapos de fregado, cepillos y escobas nuevas. El centro lo ocupaba una voluminosa cesta de mimbre.
—¿Que habrá ahí dentro? Lucio levantó la tapa.
—Bombas.
—¿A ver?
Codiciosos nos inclinamos hacia la rueda luminosa que proyectaba la linterna. Entre el aserrín brillaban cristalinas esfericidades de lámparas de filamento.
—¿No estarán quemadas?
—No, las habrían tirado— más para convencernos, diligente examiné los filamentos en sus geometrías. Estaban intactos.
Avidamente robábamos en silencio, llenando los bolsillos, y no pareciéndonos suficiente cogimos una bolsa de tela, que también llenamos de lámparas. Lucio para evitar que tintinearan cubrió los intersticios de aserrín.
En el vientre de Irzubeta, el pantalón marcaba una protuberancia enorme. Tantas lámparas había ocultado allí.
—Míralo a Enrique, está preñado.
La chuscada nos hizo sonreír.
Prudentemente nos retiramos. Como lejanas campanillitas sonaban las peras de cristal.
Al detenernos frente a la Biblioteca, Enrique invitó:
—Mejor que entremos a buscar libros.
—¿Y con qué abrimos la puerta?
—Yo ví una barra de fierro en la piecita.
—¿Sabés que hacemos? Las lámparas las empaquetamos, y como la casa de Lucio es la que está más cerca, puede llevárselas.
El granuja barbotó:
—!M...! Yo solo no salgo... no quiero ir a dormir a la leonera.
¡La pecadora traza del granuja! Habíasele saltado el botón del cuello, y su corbata verde se mantenía a medias sobre la camisa de pechera desgarrada. Añadid a esto una gorra con la visera sobre la nuca, la cara sucia y pálida, los puños de la camisa desdoblados en torno de los guantes, y tendréis la desfachatada estampa de ese festivo masturbador injertado en un conato de reventador de pisos.
Enrique que terminaba de alinear sus lámparas, fué a buscar la barra de hierro.
Lucio rezongó.
—Que rana es Enrique, ¿no te parece? largarme de carnada a mi solo.
—No macaniés, de aquí a tu casa hay sólo tres cuadras, bien podrías ir y venir en cinco minutos.
—No me gusta.
—Ya sé que no te gusta... no es ninguna novedad que sos puro aspamento.
—¿Y si me encuentra un "cana"?
—Rajá; para qué tenés piernas.
Sacudiéndose como un perro de aguas entró Enrique. —¿Y ahora?
—Dame, vas a ver.
Envolví el extremo de la palanca en un pañuelo, introduciéndola en el resquicio, más reparé que en vez de presionar hacia el suelo debía hacerlo en dirección contraria.
Crujió la puerta, y me detuve.
—Apretá un poco más— chistó Enrique.
Aumentó la presión y renovóse el alarmante chirrido.
—Dejame a mí.
El empuje de Enrique fué tan enérgico, que el primitivo rechinamiento estalló en un estampido seco.
Enrique se detuvo... y permanecimos inmóviles... alelados.
—¡Que bárbaro!— protestó Lucio.
Podíamos escuchar nuestras anhelantes respiraciones. Lucio involuntariamente apagó la linterna y esto, adunado al espanto primero, nos retuvo en la posición de acecho, sin el atrevimiento de un gesto, con las manos temblorosas y extendidas.
Los ojos taladraban esa oscuridad; parecían escuchar, recoger los sonidos insignificantes y postreros. Aguda hiperestecia parecía dilatarnos los oídos y permanecíamos como estatuas, entreabiertos los labios en la expectativa.
—¿Que hacemos?— murmuró Lucio.
El miedo se quebrantó.
No sé que inspiración, me impulsó a decir a Lucio:
—Tomá el revólver, y andate a vigilar la entrada de la escalera, pero abajo. Nosotros vamos a trabajar.
—¿Y las bombas quien las envuelve?
—¿Ahora te interesan las bombas?... andá no te preocupés—y el gentil perdulario desapareció después de arrojar al aire el revólver y recogerlo en su vuelo con un cinematográfico gesto de apache.
Enrique abrió cautelosamente la puerta de la Biblioteca.
Se pobló la atmósfera de olor a papel viejo, y a la luz de la linterna vimos huir una araña por el piso encerado.
Altas estanterías barnizadas de rojo tocaban el cielorraso, y la cónica rueda de luz se movía en las obscuras librerías, iluminando estantes cargados de libros.
Majestuosas vitrinas añadían un decoro severo a lo sombrío, y tras de los cristales, en los lomos de cuero, de tela y de pasta, relucían las guardas arabescas y títulos dorados de los tejuelos.
Irzubeta se aproximó a los cristales.
Al soslayo le iluminaba la claridad refleja y como un bajo relieve era su perfil de mejilla rechupada, con la pupila inmóvil, y el cabello negro redondeando armoniosamente el cráneo hasta perderse en declive en los tendones de la nuca.
Al volver a mí sus ojos, dijo sonriendo:
—Sabés que hay buenos libros.
—Sí, y de fácil venta.
—¿Cuánto hará que estamos?
—Más o menos media hora.
Me senté en el ángulo de un escritorio distante pocos pasos de la puerta, en el centro de la biblioteca, y Enrique me imitó. Estábamos fatigados. El silencio del salón obscuro penetraba nuestros espíritus, desplegándolos para los grandes espacios de recuerdo e inquietud.
—Decime, ¿por qué rompiste con Eleonora?
—Que se yo. ¿Te acordás? Me regalaba flores.
—¿Y?
—Después me escribió unas cartas. Cosa rara. Cuando dos se quieren parece adivinarse el pensamiento, Una tarde de domingo salió a dar vuelta a la cuadra. No sé por qué yo hice lo mismo, pero en dirección contraria y cuando nos encontramos, sin mirarme alargó el brazo y me dió una carta. Tenía un vestido rosa té, y me acuerdo que muchos pájaros cantaban en lo verde.
—¿Qué te decía?
—Cosas tan sencillas. Que esperara... ¿te das cuenta? Que esperara a ser más grande.
—Discreta.
—Y que seriedad, ché Enrique! Si vos supieras. Yo estaba allí, contra el fierro de la verja. Anochecía. Ella callaba... a momentos me miraba de una forma... y yo sentía ganas de llorar... y no nos decíamos nada... ¿qué nos íbamos a decir?
—Así es la vida— dijo Enrique —pero vamos a ver los libros. ¿Y el Lucio ese? A veces me dá rabia. ¡Qué tipo vago!
—¿Dónde estarán las llaves?
—Seguramente en el cajón de la mesa.
Registramos el escritorio, y en una caja de plumas las hallamos.
Rechinó una cerradura y comenzamos a investigar.
Sacando los volúmenes los hojeábamos, y Enrique que era algo sabedor de precios decía:
—"No vale nada", o "vale".
—Las Montañas del Oro.
—Es un libro agotado. Diez pesos te lo dan en cualquier parte.
—Evolución de la Materia. De Lebón. Tiene fotografías.
—Me la reservo para mí— dijo Enrique.
—Rouquete. Química Orgánica e Inorgánica.
—Ponelo acá con los otros.
—Cálculo Infinitesimal.
—Eso es matemática superior, y debe ser caro, —¿Y esto?
—¿Cómo se llama?
—Charles Baudelaire. Su vida.
—A ver, alcanzá.
—Parece una bibliografía. No vale nada.
Al azar entreabría el volumen.
—Son versos.
—¿Qué dicen?
Leí en voz alta:
Yo te adoro al igual de la bóveda nocturna ¡oh! vaso de tristezas, ¡oh! blanca taciturna,
Eleonora — pensé — Eleonora.
y vamos a los asaltos vanos, como frente a un cadáver, un coro de gusanos.
—Ché, sabés que esto es hermosísimo. Me lo llevo para casa.
—Bueno, mirá, entanto que yo empaqueto libros, vos arreglate las bombas.
—¿Y la luz?
—Traétela aquí.
Seguí la indicación de Enrique. Trajinábamos silenciosos, y nuestras sombras agigantadas movíanse en el cielorraso y sobre el piso de la habitación, desmesuradas por la penumbra que ensombrecía sus ángulos. Familiarizado con la situación de peligro, ninguna inquietud entorpecía mi destreza.
Enrique en el escritorio acomodaba los volúmenes y echaba un vistazo a sus páginas. Yo con amaño había terminado de envolver las lámparas, cuando en el pasillo reconocimos los pasos de Lucio.