Capítulo 11 · Judas Iscariote (2)

El juguete rabioso — Roberto Arlt · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 11 de 12 · 4004 palabras

La fila comienza en los puestos de pescadores, con los cestos ocres manchados por el rojo de los langostinos, el azul de los pejerreyes, el achocolatado de los mariscos, la lividez plomiza de los caracoles y el blanco zinc de las merluzas.

Los perros rondan arrebatándose el triperío de desecho, y los mercaderes con los velludos brazos desnudos y un delantal que les cubre el pecho, cogen, a pedido de las compradoras, el pescado por la cola, de una cuchillada le abren el vientre, con las uñas le hurgan hasta espinazo destripándolo, y después de un golpe seco lo dividen en dos.

Más allá las mondongueras raen los amarillentos mondongos en el estaño de sus mostradores, o cuelgan de los ganchos inmensos hígados rojos.

Diez gritos monótonos repiten:

—Peejerreeye fresco... fresco señora.

Otra voz grita.

—Aquí... aquí está lo bueno. Vengan a ver esto.

Pedazos de hielo cubiertos de aserrín rojo se derriten a la sombra lentamente encima el lomo de los pescados encajonados.

Entrando, preguntaba en el primer puesto.

—¿El Rengo?

Con las manos apoyadas en la cadera, inflado el delantal sucio sobre el vientre, los feriantes gritaban con voces gangosas o chillonas.

—Rengo, vení Rengo — y porque le estimaban, al llamarle se reían con gruesas carcajadas, más el Rengo reconociéndome desde lejos, para gozar de su popularidad caminaba despacio, cojeando ligeramente. Cuando frente a un puesto encontraba a alguna criada conocida, se tocaba el ala del sombrero con el cabo del rebenque.

Detenido charlaba, chariaba sonriendo, mostrando los torcidos dientes en una perenne sonrisa picaresca; de pronto se iba guiñando al soslayo un ojo a los peones de carniceros, que con los dedos de las manos le hacían obscenos gestos.

—Rengo...ché Rengo... vení — gritaban de otro lado.

El pelafustán volvía su cara angulosa a un costado, diciendo que aguardáramos, y a fuerza de codo se abría paso entre las mujeres apeñuscadas frente a los puestos, y las hembras que no le conocían, las viejas codiciosas y regañonas, las jóvenes mujeres biliosas y avaras, las mozuelas linfáticas y pretenciosas, miraban con desconfianza agria, con fastidio mal disimulado, esa cara triangular enrojecida por el sol, bronceada por la desvergüenza.

Era un bigardón a quien agradaba tocar el trasero de las mujeres apiñadas.

—Rengo... vení Rengo.

El Rengo gozaba de su popularidad. Además como a todos los grandes personajes de la historia, le agradaba tener amigas, saludarse con las vecinas, bañarse en esta atmósfera de chirigota y grosería que entre comerciante bajo y comadre pringosa se establece de inmediato.

Cuando hablaba de cosas sucias, su cara roja resplandecía como si la hubieran lardado con tocino, y el círculo de mondongueras, verduleros y vendedoras de huevos se regocijaba de la inmundicia con que les salpicaba las chuscadas del jaquetón.

Llamaban:

—Rengo... vení Rengo y los fornidos carniceros, los robustos hijos de napolitanos, toda la barbuda suciedad que se gana la vida ficando miserablemente, toda la chusma flaca y gorda, aviesa y astuta, los vendedores de pescado y de fruta, los carniceros y mantequeras, toda la canalla codiciosa de dinero se complacía en la granujería del Rengo, en la desvergüenza del Rengo, y el Rengo olímpico, desfachatado y "milonguero", semejante al símbolo de la feria franca, en el pasaje sembrado de tronchos, berzas y cáscaras de naranja, avanzaba contoneándose, y prendida a los labios esta canción obscena:

Era un pelafustán digno de todo aprecio. Habíase acogido a la nob profesión de cuidador de carros, desde el día que le quedó un esguince en una pierna a consecuencia de la caída de un caballo. Vestía siempre el mismo traje, es decir un pantalón de lanilla verde, y un saquito que parecía de torero.

Se adornaba el cuello que dejaba libre su elástico negro, con un pañuelo rojo. Grasiento sombrero aludo le sombreaba la frente y en vez de botines calzaba alpargatas de tela violeta, y adornadas de arabescos rosados.

Con un látigo que nunca abandonaba recorría rengueando de un lado a otro la fila de carros, para hacer guardar compostura a los caballos que por desaburrirse se mordisqueaban ferozmente.

El Rengo además de cuidados, tenía sus cascabeles de ladrón, y siendo "macró" de afición no podía dejar de ser jugador de hábito. En substancia, era un pícaro afabilísimo, del cual se podía esperar cualquier favor y también alguna trastada.

El decía haber estudiado para jockey, y haberle quedado ese esguince en la pierna porque de envidia los compañeros le espantaron el caballo un día de prueba, pero yo creo que no había pasado de ser bostero en alguna caballeriza.

Eso sí, conocía más nombres y virtudes de caballos que una beata santos del martirologio. Su memoria era un almanaque de Ghota de la nobleza bestial. Cuando hablaba de minutos y segundos se creía escuchar a un astrónomo, cuando hablaba de sí mismo y de la pérdida que había tenido el país al perder un jockey como él, uno sentíase tentado a llorar.

¡Que vago!

Si iba a verle, abandonaba los puestos donde conferenciaba con ciertas barraganas, y cogiéndome de un brazo decía a vía de introito:

—Pasá un cigarrillo, que... — y encaminándonos a la fila de carros, subíamos al que estaba mejor entoldado para sentarnos y conversar largamente.

Decía:

—Sabés, lo amuré al turco Salomón. Se dejó olvidada en el carro una pierna de carnero, lo llamé al Pibe (un protegido) y le dije: Rajando esto a la pieza.

Decía:

—El otro día se viene una vieja. Era una mudanza, un bagayito de nada…... Y yo andaba seco... seco... Un mango le digo, y agarro el carro del pescador.

Que trotada hermano. Cuando volví eran las nueve y cuarto, y el matungo sudado que daba miedo. Agarro y lo seco bien, pero el gayego debe haber junado porque hoy y ayer se vino una punta de veces a la fila, y todo para ver si estaba el carro. Ahora cuando tenga otro viaje le meto con el de la mondonguera — y observando mi sonrisa agregó:

—Hay que vivir ché, date cuenta: la pieza diez mangos, el domingo le juego una redoblona a Su Majestad, Vasquito y la Adorada... y Su Majestad me mandó al brodo, — mas reparando en dos vagos que estaban rondando con disimulo en torno de un carro al extremo de la fila, puso el grito en el cielo:

—¿Ché, hijos de una gran p... que hacen ahí? — y enarbolando el látigo fué corriendo hacia el carro. Después de revisar cuidadosamente los arneses se volvió rezongando.

—Estoy arreglado si me roban un cabezal o unas riendas.

En los días lluviosos acostumbraba a pasar las mañanas en su compañía.

Bajo la capota de un carro el Rengo improvisaba estupendas poltronas con bolsas y cajones. Sabíase donde estaba porque bajo el arco del toldo se escapaban nubes de humo. Para entretenerse, el Rengo cogía el mango de un látigo y como si fuera una guitarra, entornaba los ojos, chupaba con más energía el cigarrillo y con voz arrastrada, a momentos hinchada de coraje, en otros doliente de voluptuosidad, cantaba:

Tengo un bulín más, "shofica", Que da las once antes de hora, Y que yo se lo alquilé; Y que yo se lo alquilé, Para que afile ella sola.

Con el sombrero sobre la oreja, el cigarro huméandole bajo las narices, y la camiseta entreabierta sobre el pecho tostado, el Rengo parecía un ladró y a veces solía decirme:

—¿No es cierto, ché Rubio, que tengo pinta de "chorro"?

Sinó, contaba en voz baja, entre las largas humaradas de su cigarro, historias del arrabal, recuerdos de su niñez transcurrida en Caballito.

Eran memorias de asaltos y rapiñas, robos en pleno día, y los nombres de Cabecita de Ajo, el Inglés, y los dos hermanos Arévalo, estaban continuamente trabados en estos relatos.

Decía el Rengo con melancolía:

—¡Sí, me acuerdo! Yo era un pibe. Siempre estaban en la esquina de Méndez Andes Bella Vista, recostados en la vidriera del almacén de un gallego. El gallego era un "gil". La mujer dormía con otros y tenía dos hijas en la vida. ¡Si me acuerdo! Siempre se estaban ahí, tomando el sol y jodiendo a los que pasaban. Pasaba alguno de rancho y no faltaba quien gritaba:

—¿Quien se comió la pata e'chancho?

—El del rancho — contestaba otro. ¡Si eran unos "grelunes"! En cuanto te "retobabas" te "fajaban". Me acuerdo. Era la una. Venía un turco. Yo estaba con un matungo en la herrería de un francés que había frente al boliche. Fué en un abrir y cerrar de ojos. El rancho del turco voló al medio de la calle, quiso sacar el revólver, y zás, el Inglés de un castañazo lo volteó. Arévalo "cachó" la canasta y Cabecita de Ajo el cajón. Cuando vino el "cana", solo estaba el rancho y el turco que lloraba con la naríz revirada.

El más desalmado fué Arévalo. Era lungo, moreno y tuerto. Tenía unas cuantas muertes. La última que hizo fué la de un cabo. Estaba ya con la captura recomendada.

Lo "cacharon" una noche con otros muchos de la vida en un cafetín que había antes de llegar a San Eduardo. Lo registraron y no llevaba armas. Un cabo le pone la cadena y se lo lleva. Antes de llegar a Bogotá, en lo obscuro, Arévalo saca una faca que tenía escondida en el pecho bajo la camiseta y envuelta en papel de seda, y se la enterró hasta el mango en el corazón.

El otro cayó seco, y Arévalo rajó; fué a esconderse en la casa de una hermana que era planchadora, pero al otro día lo "cacharon". Dicen que murió tísico de la paliza que le dieron con la "goma".

Así eran las narraciones del Rengo. Monótonas, obscuras y sanguinosas. Terminadas sus historias antes de que fuera la hora reglamentaria para deshacerse la feria, el Rengo me invitaba:

—Vení Rubio ¿vamos a requechar?

—Vamos.

Con la bolsa al hombro, el Rengo recorría los puestos, y los feriantes sin necesidad de que él les pidiera, gritábanle.

—Vení Rengo, tomá — y él recogía grasa, huesos carnudos; de los verduleros, quien no le daba un repollo le daba patatas o cebollas, las hueveras un poco de manteca, las mondongueras un chirlo de hígado, y el Rengo jovial, con el sombrero inclinado sobre una oreja, el látigo a la espalda, y la bolsa en la mano, cruzaba soberbio como un rey ante los mercaderes, y hasta los más avaros y hasta los más viles no se atrevían a negarle una sobra, porque sabían que él podía perjudicarles en distintas formas.

Terminado decía:

—Vení a comer conmigo.

—No, que en casa me esperan.

—Vení, no seas otario, hacemos un bife y papas fritas. Después le meto a la viola, y hay vino, un vinito San Juan que da las doce antes de hora. Me compré una damajuana, porque plata que no se gasta se "escolaza"...

Bien sabía porque el Rengo insistía que almorzara con él. Necesitaría consultarme acerca de sus inventos, — porque sí, — el Rengo con toda su vagancia tenía ribetes de inventor; el Rengo que según propio decir se había criado "entre las patas de los caballos", en sus horas de siesta compaginaba dispositivos e invenciones para despojar de su dinero al prójimo. Recuerdo que un día, explicándole los prodigios de la galvanoplastía, el Rengo quedóse tan admirado que durante muchos días trató de persuadirme para que instaláramos en sociedad una fábrica de moneda falsa. Cuando le pregunté de donde sacaría el dinero, repuso:

—Yo conozco a uno que tiene plata. Si querés te lo hago conocer y nos arreglamos.

—Y vamos o no vamos.

—Vamo. Súbitamente el Rengo dirigía una mirada investigadora en redor, para gritar después con voz desapacible.

—Pibee!

El Pibe, que estaba riñendo con otros vagos de su calaña, reaparecía.

No tenía diez años de edad, y menos de cuatro piés de estatura, pero en su rostro romboidal como el de un mogol, la misera y toda la experiencia de la vagancia habían lapidado arrugas indelebles.

Tenía la naríz chata, los labios belfos, y además era enormemente cabelludo, de una lana rizada y tupida entre cuyos aros desaparecían las orejas. Todo este cromo aborigen y sucio, se ataviaba con un pantalón que le llegaba hasta los tobillos, y una blusa negra de lechero vasco.

El Rengo le ordenó imperativamente.

—Agarrá eso.

El pibe se echó la bolsa a la espalda y rápidamente marchó.

Era criado, cocinero, mucamo y ayudante del Rengo.

Este lo recogió como se recoge un perro, y en cambio de sus servicios lo vestía y alimentaba; y el Pibe era fidelísimo servidor de su amo.

—Fijáte — me contaba — el otro día al abrir la cartera una mujer en un puesto se le caen cinco pesos. El Pibe los tapa con el pié y después los alza.

Vamos a casa y no había ni "medio" de carbón.

—Andá a ver si te fían.

—No hace falta — me contesta el loco, y pela los cinco mangos.

—Caramba, no es malo.

—Y de ahí para la "biaba". ¿Además no sabés lo que hace?

—Contá.

—¡Pero date cuenta!... Una tarde veo que sale. ¿Adónde vas? — le digo.

—A la Iglesia.

—Me caso, ¿a la Iglesia?

—"Manyá", y me empieza a contar que de la caja que hay metida en la pared a la entrada, para la limosna, había visto asomar la colita de un peso.

Resulta que lo habían entrado apretado, y él con un alfiler lo sacó. Y se había hecho un ganchito con un alfiler para ir a pescar dentro de la caja todos los pesos que haya. ¿Te das cuenta...

El Rengo se ríe, y si dudo que el Pibe haya inventado ese anzuelo, no dudo en cambio que sea el pescador, más no se lo digo, y palmoteándole en la espalda, exclamo:

—¡Ah, Rengo, Rengo...!

Y el Rengo se ríe con una risa que le tuerce los labios, descubriéndole los dientes.

Algunas veces en la noche. — Piedad, quien tendrá piedad de nosotros.

Sobre esta tierra quien tendrá piedad de nosotros. Míseros, no tenemos un Dios ante quien postrarnos, y toda nuestra pobre vida llora.

¿Ante quien me postraré, a quien hablaré de mis espi nos y de mis zarzas duras, de este dolor que surgió en la tarde ardiente y que aún es en mí?

Que pequeñitos somos, y la madre tierra no nos quiso en sus brazos y henos aquí acerbos, desmantelados de impotencia.

¿Por qué no sabemos de nuestro Dios?

¡Oh! si El viniera un atardecer y quedamente nos abarcara con sus manos las dos sienes.

¿Que más podíamos pedirle? Echaríamos a andar con su sonrisa abierta en la pupila y con lágrimas suspendidas de las pestañas.

Un día jueves a las dos de la tarde, mi hermana me avisó que un individuo estaba a la puerta esperándome.

Salí, y con la consiguiente sorpresa, encontré al Rengo, más decentemente trajeado que de costumbre, pues había reemplazado su pañuelo rojo, por un modesto cuello de tela, y a las floreadas alpargatas las sustituía un flamante par de botines.

—Hola, vos por acá...

—¿Estás desocupado, Rubio?

—Sí,¿por qué?

—Entonces salí, tenemos que hablar.

—Como nó, esperame un momento — y entrando, rápidamente me puse el cuello, cogí el sombrero y salí. De más está decir que inmediatamente sospeché algo, y aunque no podía imaginarme el objeto de la visita del Rengo, resolví estar en guardia.

Una vez en la calle examinando su semblante reparé que tenía algo importante que comunicarme, pues observábame a hurtadillas, mas me retuve en la curiosidad, limitándome a pronunciar un significativo.

—¿Y...?

—Hace días que no venís por la feria — comentó.

—Sí... estaba ocupado... ¿Y vos?

El Rengo tornó a mirarme. Como caminábamos por una vereda sombreada, dióse a hacer observaciones acerca de la temperatura; después habló de la pobreza, de los trastornos que le traían los cotidianos trabajos; también me dijo que en la semana última le habían robado un par de riendas, y cuanto agotó el tema, deteniéndome en medio de la vereda, y cogiéndome de un brazo lanzó este exabrupto:

—¿Decíme, ché Rubio, sos de confianza o no sos?

—¿Y para preguntarme esto me has traído hasta acá?

—¿Pero sos o no sos?

—Mirá Rengo, decime, me tenés fé.

—Sí.. yo te tengo... pero decí, ¿se puede hablar con vos?

—Claro hombre.

—Mirá, entonces entremos allá, vamos a tomar algo — y el Rengo encaminándose al despacho de bebidas de un almacén, pidió una botella de cerveza al lavacopas, nos sentamos a una mesa en el rincón más obscuro, y después de beber, el Rengo dijo, como quien se descarga de un gran peso.

—Tengo que pedirte un consejo, Rubio. Vos sos muy "centífico". Pero por favor ché... te recomiendo Rubio.

Le interrumpí.

—Mirá Rengo, un momento. Yo no sé lo que tenés que decirme, pero desde ya te advierto que sé guardar secretos. No pregunto ni tampoco digo.

El Rengo depositó su sombrero encima de la silla. Cavilaba aún, y en su perfil de gavilán la irresolución mental movíale ligeramente por reflejo los músculos sobre las mandíbulas. En sus pupilas ardía un fuego de coraje, después mirándome reciamente, se explicó.

—Es un golpe maestro, Rubio. Diez mil mangos por lo menos.

Le miré con frialdad, esa frialdad que proviene de haber descubierto un secreto que nos puede beneficiar inmensamente, y repliqué para inspirarle confianza:

—No sé de que se trata, pero es poco.

La boca del Rengo se abrió lentamente.

—Te pa-re-ce po-co. Diez mil mangos lo menos, Rubio... lo menos.

—Somos dos insistí.

—Tres — replicó.

—Peor que peor.

—Pero la tercera es mi mujer — y de pronto sin que me explicara su actitud, sacó una llave, una pequeña llave aplastada y poniéndola encima la mesa dejóla allí abandonada. Yo no la toqué.

Concentrado le miraba a los ojos, él sonreía como si la locura de un regocijo le ensanchara el alma, a momentos empalidecía; bebió dos vasos de cerveza uno tras otro, enjugóse los labios con el dorso de la mano y dijo con una voz que no parecía suya.

—¡Es linda vida!

Sin apartar los ojos de él, dije.

—Sí, la vida es linda, Rengo. Es linda. Imaginate los grandes campos, imaginate las ciudades del otro lado del mar. Las hembras que nos seguirían; nosotros cruzaríamos como grandes "bacanes" las ciudades al otro lado del mar.

—¿Sabés bailar, Rubio?

—No, no sé.

—Dicen que allí los que saben bailar el tango se casan con millonarias... y yo me voy a ir, Rubio, me voy a ir.

—¿Y la plata?

Me miró con dureza, después una alegría le demudó el semblante, y en su rostro de gavilán se dilató una gran bondad.

—Si supieras como la he "laburado" Rubio. ¿Ves esta llave? Es de una caja de fierro. — Introdujo la mano en un bolsillo, y sacando otra llave más larga, continuó:

—Esta es la de la puerta del cuarto donde está la caja. La hice en una noche, Rubio, meta lima. "Laburé" como un negro.

—¿Te las trajo ella?

—Sí, la primera hace un mes que la tengo hecha, la otra la hice antiyer. Meta esperarte en la feria, y vos que no venías.

—¿Y ahora?

—¿Querés ayudarme? Vamos a media. Son diez mil mangos, Rubio. Ayer los puso en la caja.

—¿Cómo sabés?

—¿Y me dás la mitad?

—Sí, a medias ¿te animás?

—Fué al Banco. Trajo un mazo bárbaro. Ella lo vió y me dijo que todos eran colorados.

Me incorporé bruscamente en la silla, fingiendo estar poseído por el entusiasmo.

—Te felicito Rengo, lo que pensaste es maravilloso.

—¿Te parece Rubio?

—Ni un maestro hubiera planeado como vos lo has hecho este asunto. Nada de ganzúa. Todo limpio.

—¿Cierto, eh...?

—Limpio hermano. A la mujer la escondemos.

—No hace falta, ya tengo alquilada una pieza que tiene sótano; los primeros días la "escabullo" ahí. Después vestida de hombre me la llevo para el Norte.

—¿Querés que salgamos, Rengo?

—Sí, vamos...

La cúpula de los plátanos nos protegía de los ardores del sol. El Rengo meditando, dejaba humear su cigarrillo entre los labios.

—¿Quién es el dueño de la casa? — le pregunté.

—Un ingeniero.

—¡Ah! ¿es ingeniero?

—Sí, pero batí, Rubio, ¿te animás?

—Porque no... sí, hombre... ya estoy aburrido de caminar vendiendo papel.

Siempre la misma vida: estarse reventando para nada, ¿decíme Rengo? tiene sentido esta vida. Trabajamos para comer y comemos para trabajar. "Minga" de alegría, "minga" de fiestas, y todos los días lo mismo Rengo, eso "esgunfia" ya.

—Cierto Rubio, tenés razón... así que te animás.

—Sí.

—Entonces esta noche damos el golpe.

—Tan pronto.

—Sí, él sale todas las noches. Va al Club.

—¿Es casado?

—No, vive solo.

—¿Lejos de acá?

—No. Una cuadra antes de Nazca. En la calle Bogotá. Si querés vamos a ver la casa.

—¿Es de altos?

—No, baja, tiene jardín al frente. Todas las puertasdan a la galería. Hay una lonja de tierra a lo largo.

—¿Y ella?

—Es sirvienta.

—¿Y quién cocina?

—La cocinera.

—Entonces tiene plata.

—Hay que ver la casa. ¡Tiene cada mueble adentro!

—¿Y a que hora vamos esta noche?

—A las once.

—¿Y va a estar ella sola?

—Sí, la cocinera en cuanto termina se va a su casa.

—¿Pero es seguro eso?

—Seguro. El farol está a media cuadra, ella va a dejar la puerta abierta, nosotros entramos y directo al escritorio, sacamos la "guita”, ahí mismo la partimos, y yo me la llevo para el refugio.

—¿Y la "cana"?

—La "cana"... la "cana" "cacha" a los que están prontuariados. Yo trabajo de cuidador de carros, además nos ponemos guantes.

—Querés un consejo, Rengo.

—Dos.

—Bueno, atendeme. Lo primero que tenemos que hacer es no dejarnos ver hoy por allá. Puede reconocernos algún vecino y nos mandan al "muere". Además no hay objeto, si vos conocés la casa. Perfectamente. Segundo: ¿A qué horas sale el ingeniero?

—Nueve y media a diez, pero podemos espiar.

—Abrir la caja es cuestión de diez minutos.

—Ni eso, si ya está probada la llave.

—Te felicito por la precaución... así que a las once podemos ir.

—Sí.

—¿Y dónde nos vemos nosotros?

—En cualquier sitio.

—No, hay que ser precavidos. Yo voy a estar en Las Orquideas a las diez y media. Vos entrás pero no me saludás ni nada. Te sentás en otra mesa, y a las once salimos, yo te sigo, entrás a la casa y entro yo, después cada uno que tire por su lado.

—En esa forma evitamos sospechas. Está bien pensado... ¿tenés revólver, vos?

—No.

De pronto el arma lució en su mano, y antes que lo evitara, la introdujo en mi bolsillo.

—Yo tengo otro.

—No hace falta.

—Nunca uno sabe lo que puede pasar.

—¿Y vos serías capaz de matar?

—Yo... la pregunta, ¡claro!

—¡Eh!

Algunas personas que pasaron nos hicieron callar. Del cielo celeste descendía una alegría que se filtraba en tristeza dentro de mi alma culpable. Recordando na pregunta que no le hice, dije:

—¿Y cómo sabrá ella que vamos esta noche?

—Le doy la seña por teléfono.

—¿Y el ingeniero no está de día en la casa?

—No, si querés le hablo ahora.

—¿De dónde?

—De esa botica.

El Rengo entró a comprar unas aspirinas, y poco después salió. Ya se había comunicado con la mujer.

Sospeché el enjuague, y aclarando, repuse.

—Vos contabas conmigo para este asunto, ¿nó?

—Sí, Rubio.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Ahora todo está listo.

—Todo.

—¿Tenés guantes, vos?

—Sí.

—Yo me pongo unas medias, es lo mismo.

Después callamos.

Toda la tarde caminamos al azar, perdido el pensamiento, sobrecogidos ambos por desiguales ideas.

Recuerdo que entramos a una cancha de bochas.

Allí bebimos, pero la vida giraba en torno nuestro como el paisaje en los ojos de un ebrio.

Imágenes adormecidas hacía mucho tiempo, semejantes a nubes se levantaron en mi conciencia, el resplandor solar me hería las pupilas, un gran sueño se apoderaba de mis sentidos y a instantes hablaba precipitadamente sin ton ni son.

El Rengo me escuchaba abstraído.

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