Capítulo 10 · Judas Iscariote (1)

El juguete rabioso — Roberto Arlt · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 10 de 12 · 4027 palabras

Monti era un hombre activo y noble, excitable como un espadachín, enjuto como un hidalgo. Su penetrante mirada no desmentía la irónica sonrisa del labio fino, sombreado por sedosas hebras de bigote negro. Cuando se encolerizaba enrojecíansele los pómulos y su labio temblaba hasta el hundido mentón.

El escritorio y depósito de papel de su comercio, eran tres habitaciones que alquilaba a un judío peletero, y dividido de la hedionda trastienda del hebreo por un corredor siempre lleno de chiquillos pelirrojos y mugrientos.

La primera pieza era algo así como escritorio y exposición de papel fino. Sus ventanas daban a la calle Rivadavia, y los transeuntes al pasar veían correctamente alineadas desde la vereda en una estantería de pino tea, resmas de papel salmón, de color verde, azul y rojo, rollos de papel impermeable, veteado y duro, bloques de papel de seda y papel llamado de manteca, cubos de etiquetas con polícromas flores, mazos de papel floreado, de superficie rugosa y estampados búcaros pálidos.

En el muro azulado, una estampa del golfo de Nápoles lucía el esmalte azul del mar inmóvil en la costa parda, sembrada de cuadritos blancos: las casas.

Allí, cuando Monti estaba de buen humor cantaba con limpia y entonada voz, "A mare chiario che se de una puesta".

Me agradaba escucharle. Lo hacía con sentimiento; se comprendía que cantando evocaba parajes y momentos de ensueño transcurridos en su patria.

Cuando Monti me recibió de corredor a comisión, entregándome un muestrario de papeles clasificados por su calidad y precio, dijo:

—Bueno, ahora a vender. Cada kilo de papel son tres centavos de comisión.

¡Duro principio!

Recuerdo que durante una semana caminé seis horas por día, inútilmente. Aquello era inverosímil. No vendí un kilo de papel en el trayecto de cuarenta y cinco leguas. Desesperado entraba a verdulerías, a tiendas y almacenes, rondaba los mercados, hacía antesala a farmacéuticos y carniceros, pero inútilmente.

Unos me enviaban lo más cortesmente posible al diablo, otros decíanme, pase la semana que viene, otros argüían: "Yo ya tengo un corredor que hace tiempo me sirve", otros no me atendían, algunos opinaban que mi mercadería era excesivamente cara, varios demasiado ordinaria, y algunos raros, demasiado fina.

A mediodía, llegado al escritorio de Monti, me dejaba caer en una pilastra formada de resmas de papel y permanecía en silencio, atontado de fatiga y desaliento.

Mario, otro corredor, un gandul de diez y seis años, alto como un álamo, todo piernas y brazos, se burlaba de mis estériles diligencias.

¡Era truhán el tal Mario! Parecía un poste de telégrafo rematando en una cabeza pequeña, cubierta de un fabuloso bosque de cabellos crespos. Caminaba a trancos enormes, con una cartera de cuero rojo bajo el brazo. Cuando llegaba al escritorio tiraba la cartera a un rincón, y se sacaba el sombrero, un hongo redondo, tan untado de gra sa, que con él pudiera lubrificarse el eje de un carro. Vendía endiabladamente mucho y siempre estaba alegre.

Hojeando una libreta mugrienta leía en alta voz la larga lista de pedidos recogidos, y dilatando su boca de ballenato se reía hasta mostrar el fondo rojo de la garganta y dos hileras de dientes saledizos. Para simular que la alegría le hacía doler el estómago se lo cogía con ambas manos.

Por encima del casillero de la escribanía, Monti nos observaba sonriendo irónico. Abarcaba su amplia frente con la mano, se restregaba los ojos como disipando preocupaciones y nos decía después:

—No hay que desanimarse, diávolo. Quiere ser inventor y no sabe vender un kilo de papel. — Luego indicaba.

—Hay que ser constante. Toda clase de comercio es así. Hasta que a uno no lo conocen no quieren tener trato. En un negocio le dicen que tienen. No importa. Hay que volver hasta que el comerciante se habitúe a verlo y acabe por comprar. Y siempre "gentile", porque así es — y cambiando de conversación, agregaba:

—Venga esta tarde a tomar café. Charlaremos un rato.

Cierta noche en la calle Rojas entré en una farmacia. El farmacéutico, bilioso sujeto picado de viruelas, examinó mi mercadería, después habló y parecióme un angel por lo que dijo:

—Mándeme cinco kilos papel de seda surtido, veinte kilos de papel parejo especial, y hágame veinte mil sobres, cada cinco mil con este impreso: "Acido bórico", "Magnesia calcinada", "Cremor tártaro", "Jabón de campeche". Eso sí, el papel tiene que estar el lunes bien temprano aquí.

Estremecido de alegría anoté el pedido, saludé con una reverencia al seráfico farmacéutico y me perdí por las ca lles. Era la primera venta. Había ganado quince pesos de comisión.

Entré al mercado de Caballito, ese mercado que siempre me recordaba los mercados de las novelas de Carolina Invernizio. Un obeso salchichero con cara de vaca, a quien había molestado inútilmente otras veces, me gritó al tiempo de enarbolar su cuchillo sobre un bloque de tocino.

—Ché, mandáme doscientos kilos recorte especial, pero mañana bien temprano, sin falta a treinta y uno.

Había ganado cuatro pesos, a pesar de rebajar un centavo por kilo.

Infinita alegría, dionisíaca alegría inverosímil, ensanchaba mi espíritu hasta las celestes esferas... y entonces, comparando mi embriaguez con la de aquellos héroes daannunzianos que mi patrón criticaba por sus magníficos empaques, pensé.

Monti es un idiota.

De pronto sentí que apretaban mi brazo, volvíme brusco, y me encontré frente a Lucio, aquel insigne Lucio que formaba parte del Club de "Los Caballeros de Media Noche".

Nos saludamos efusivamente. Después de la noche azarosa no le había vuelto a ver, y ahora estaba frente a mí sonriendo y mirando como de costumbre a todos lados. Reparé que estaba bien trajeado, mejor calzado y enjoyado, luciendo en los dedos imponentes anillos de oro falso y una piedra pálida en la corbata.

Había crecido, era un recio pelafustán disfrazado de dandy. Complemento de esa figura de jaquetón adecentado, era un fieltro aludo, hundido graciosamente sobre la frente hasta las cejas. Fumaba en boquilla de ámbar, y como hombre que sabe tratar a los amigos, después de los pri meros saludos me invitó a tomar un "bock" en una cervecería próxima.

Sentados ya, y habiendo sorbido su cerveza de un sólo trago, el amigo Lucio dijo con voz enronquecida:

—¿Y de qué trabajas vos?

—¿Y vos?... te veo hecho un dandy, un personaje...

Le torció la boca una sonrisa.

—Yo... yo me he acoplado.

—Entonces vas bien... has progresado enormemente... pero como yo no tengo tu suerte, soy papelero... vendo papel.

—¡Ah! vendés papel, ¿por alguna casa?

—Sí, para un tal Monti que vive en Flores.

—¿Y ganas mucho?

—Mucho no, pero para vivir...

—¿Así que te regenerastes?

—Claro.

—Yo también trabajo.

—¡Ah, trabajas!

—Sí, trabajo, ¿a que no sabes de qué?

—No, no sé.

—Soy agente de Investigaciones.

—¡Vos!... ¿agente de investigaciones? ¡vos!

—Sí, ¿por qué?

—No, nada, ¿así que sos agente de investigaciones?

—¿Por qué te extraña?

—No... de ninguna manera... siempre tuvistes aficiones... desde chico...

—Ranún.. pero mirá, ché, Silvio, hay que regenerarse; así es la vida, la "struggle for life" de Darwin...

—¡Que te has vuelto erudito!, ¿con que se come eso?

—Yo me entiendo, ché, esa es la terminología ácrata; así que vos también te regeneraste, trabajás y te va bien.

—Arregular, como decía el vasco; vendo papel.

—¿Te has regenerado entonces?

—Parece.

—Muy bien; otro medio, mozo... otros dos medios quería decir, disculpá, ché.

—¿Y que tal es ese trabajo de investigaciones?

—No me preguntés ché Silvio, son secretos profesionales; pero hablando de bueyes perdidos, ¿te acordás de Enrique?

—¿Enrique Irzubeta?

—Si.

—De Irzubeta sólo sé que después que nos separamos, ¿te acordás...?

—Como no me voy a acordar.

—Después que nos separamos supe que Grenuillet los pudo desalojar y que se fueron a vivir a Villa del Parque, pero a Enrique no lo ví más.

—Cierto; Enrique se fué a trabajar a una agencia de autos en el Azul.

—¿Y ahora sabés donde está?

—Estará en el Azul, qué embromar.

—No, no está en el Azul, está en la cárcel...

—¿En la cárcel?

—Como yo estoy acá, él está en la cárcel.

—¿Que hizo?

—Nada ché, la struggle for life... la lucha por la vida quiere decir, es un término que le aprendí a un gallego panadero que le gustaba fabricar explosivos, ¿vos no fabricas explosivos? no te enojés, como eras tan aficionado a las bombas de dinamita...

Irritado de sus preguntas insidiosas le miré con fijeza.

—¿Estás por meterme preso?

—No, hombre, ¿por qué? ¿no se te puede dar una broma?

—Es que parece que querés sonsacarme algo.

—Pucha... que rico tipo sos, ¿no te regenerastes ya?

—Bueno, ¿qué decías de Enrique?

—Te voy a contar: una hazaña gloriosa entre nosotros, una cosa notable.

Resulta, ahora no me acuerdo si era en la agencia del Chevrolet o del Buick, donde Enrique estaba de empleado, que le tenían confianza... bueno, para engatusar siempre fué maestro ése. El trabajaba en el escritorio, no sé como, el caso es que del talonario de cheques robó uno y lo falsificó en seguida por cinco mil novecientos cincuenta y tres pesos. ¡Lo que son las cosas!

La mañana que piensa ir a cobrarlo, el dueño de la agencia le da dos mil cien pesos para depositar en el mismo banco. Este loco se embolsa la plata, va al garage de la agencia, saca un auto, y tranquilamente se presenta al Banco, presenta el cheque, y ahora es lo raro, en el Banco le pagaron el cheque falsificado.

—¡Lo pagaron!

—Es increíble, ¡que falsificación sería! Bueno, él siempre tuvo aptitudes. ¿Te acordás cuando falsificó la bandera de Nicaragua?

—Sí, desde chico sirvió... pero seguí.

—Bueno, le pagaron... ahora andá a saber si Enrique estaba nervioso: sale con el coche, a dos cuadras del mercado en un cruce, se lleva por delante un sulky... y tuvo suerte, la vara lo único que hizo fué romperle un brazo, si lo agarra un poco más al medio le atraviesa el pecho.

Quedó desmayado. Lo llevan a un sanatorio, dá la casualidad que el dueño de la agencia supo en seguida el accidente, y se fué al sanatorio como gato al bofe. El hombre le pide al médico las ropas de Enrique porque debía haber dinero o una boleta de depósito... date cuenta la sorpresa del tipo... en vez de sacar una boleta le encuentra ocho mil cincuenta y tres pesos. En eso Enrique reacciona, le pregunta de donde son esos miles, y no supo que contestar; van al Banco y allí en seguida se enteraron de todo.

—Es colosal.

—Increíble. Yo leí toda la crónica de eso, en "El Ciudadano", un diario de allí.

—¿Y ahora está preso?

—A la sombra, como él decía... pero andá a saber el tiempo que lo han condenado. Tiene la ventaja de ser menor de edad, y además la familia conoce a gente de influencia.

—Es curioso: va a tener un gran porvenir el amigo Enrique.

—Envidiable. Con razón que lo llamaban El Falsificador.

Después callamos. Recordaba a Enrique. Me parecía volver a estar con él, en la covacha de los títeres. En el muro rojo, el rayo de sol, iluminaba su demacrado perfil de adolescente soberbioso.

Con voz enronquecida Lucio comentó.

—La struggle for life, ché, unos se regeneran y otros caen; así es la vida... pero me voy, tengo que tomar servicio... si querés verme acá tenés mi dirección — y me entregó una tarjeta.

Cuando después de una aparatosa despedida, me encontré lejos, sólo en las calles iluminadas, todavía en mis oídos sonaba su enronquecida voz:

—La struggle for life, ché... unos se regeneran... otros caen... ¡así es la vida!

Ahora me dirigía a los comerciantes con el aplomo de un experto corredor, y la certeza de que no debían ser estériles mis fatigas, porque ya “había vendido” me aseguró en breve tiempo una clientela mediocre, compuesta de puesteros de feria, farmacéuticos a quienes hablaba del áci do pícrico y otras zarandajas, libreros y dos o tres almala gente de menos provecho y la más taimada paceneros, ra mercar.

Con el objeto de no perder el tiempo, había dividido las parroquias de Caballito, Flores, Vélez Sársfield y Villa Crespo, en zonas que recorría sistemáticamente una vez por semana.

Muy temprano dejaba el lecho, y a grandes pasos me dirigía a los barrios prefijados. De aquellos días conservo el recuerdo de un inmenso cielo resplandeciente sobre horizontes de casas pequeñas y encaladas, de fábricas de muros rojos, adornando los confines: surtidores de verdura, cipreses y arboledas en torno de las cúpulas blancas de la necrópolis.

Por las chatas calles del arrabal, miserables y sucias, inundadas de sol, con cajones de basura a las puertas, con mujeres ventrudas, despeinadas y escuálidas hablando en los dinteles y llamando a sus perros o a sus hijos, bajo el arco de cielo más límpido y diáfano, conservo el recuerdo fresco, alto y hermoso.

Mis ojos bebían ávidamente la serenidad infinita, extática en el espacio celeste.

Llamas ardientes de esperanza y de ensueño envolvíanme el espíritu, y de mí brotaba una inspiración tan feliz de ser cándida, que no acertaba a decirla con palabras.

Y más y más me embelesaba la cúpula celeste, cuanto más viles eran los parajes donde traficaba. Recuerdo...

¡Aquellos almacenes, aquellas carnicerías del arrabal!

Un rayo de sol iluminaba en lo obscuro las bestias de carne rojinegra colgadas de ganchos y de sogas junto a los mostradores de estaño. El piso estaba cubierto de aserrín, en el aire flotaba el olor de sebo, enjambres negros de moscas hervían en los trozos de grasa amarilla, y el carnicero impasible aserraba los huesos, machacaba con el dorso del cuchillo las chuletas... y afuera... afuera estaba el cie lo de la mañana, quieto y exquisito, dejando caer de su azulidad la infinita dulzura de la primavera.

Nada me preocupaba en el camino, sinó el espacio, terso como una porcelana celeste en el confín azul, con la profundidad de golfo en el zenit, un prodigioso mar alto y quietísimo, donde mis ojos creían ver islotes, puertos de mar, ciudades de mármol ceñidas de bosques verdes y navíos de mástiles florecidos deslizándose entre armonías de sirenas hacia las feericas ciudades de la alegría.

Caminaba así, estremecido de sabrosa violencia.

Parecíame escuchar los rumores de una fiesta nocturna; en lo alto los cohetes derramaban verdes cascadas de estrellas, abajo reían los ventrudos genios del mundo, y los simios hacían juegos malabares en tanto que reían las diosas escuchando a la flauta de un sapo.

Con estos festivos rumores cantando en las orejas, con aquellas visiones bogando ante los ojos, disminuía las distancias sin advertirlo.

Entraba a los mercados, conversaba con "puesteros", vendía o discutía con los clientes disconformes de las mercaderías recibidas. Solían decirme sacando debajo el mostrador unas virutas de papel que podrían servir para fabricar serpentinas.

—¿Y con estas tiras de papel que quiere envolver Vd.?

Yo replicaba.

—Oh, el "recorte" no va a ser grande como un lienzo. De todo hay en la viña del Señor.

Estas razones espaciosas no satisfacían a los mercaderes, que tomando por testigos a sus cofrades, juraban no comprarme un kilo más de papel.

Entonces yo fingía indignarme, decía algunas palabras no evangélicas y con desparpajo entraba tras el mostrador, y comenzaba a revolver el bulto y a entresacar pliegos que con un poco de buena voluntad podían servir para amortajar una res.

—¿Y esto... por qué no enseñan ésto? Se creen Vdsque el recorte lo voy a elegir. Por qué no compran recorte especial.

Así eran las disputas con los individuos carniceros y ciudadanos vendedores de pescado, gente ruda, jaquetona y amiga de líos.

También agradábame en las mañanas de primavera "corretear" por las calles recorridas de tranvías, vestidas con los toldos del comercio. Complacíame el espectáculo de los grandes almacenes interiormente sombrosos, las queserías frescas como granjas con enormes pilones de manteca en los estantes, las tiendas con multicolores escaparates y señoras sentadas junto a los mostradores frente a livianos rollos de telas; y el olor a pintura en las ferreterías, y el olor a petróleo en las despensas, se confundía en mi sensorio como el fragante aroma de una extraordinaria alegría, de una fiesta universal y perfumada, cuyo futuro relator fuera yo.

En las gloriosas mañanas del Octubre, me he sentido poderoso, me he sentido comprensivo como un dios.

Si fatigado entraba a una lechería a tomar un refresco, lo sombroso del paraje, lo semejante del decorado, hacíame soñar en una Alhambra inefable y veía los cármenes de la Andalucía distante, veía los terruños empinados al pié de la sierra, y en lo hondo de los socavones la cinta de plata de los arroyuelos. Una voz mujeril acompañábase con una guitarra, y en mi memoria, el viejo zapatero andaluz reaparecía diciendo:

—José, zi era ma lindo que una rroza.

Amor, piedad, gratitud a la vida, a los libros y al mundo me galvanizaba el nervio azul del alma.

No era yo, sinó el dios que estaba dentro de mí, un dios hecho con pedazos de montaña, de bosques, de cielo y de recuerdo.

Cuando había vendido una cantidad suficiente de papel, emprendía el retorno, y como los kilómetros se hacían largos de recorrer a pié, placíame soñar en cosas absurdas, verbigracia, que yo había heredado setenta millones de pesos o en cosas de esa naturaleza. Se evaporaban mis quimeras, cuando al entrar al escritorio, Monti me comunicaba indignado:

—El carnicero de la calle Remedios devolvió el recorte.

—¿Por qué?

—Que se yo... dijo que no le gustaba.

—Mal rayo lo parta al tío ese.

Es indescriptible el sentimiento de fracaso que producía ese bulto de papel sucio, abandonado en el patio obscuro, con las ataduras renovadas, lleno de barro en los cantos, manchado de sangre y de grasa, debido a que el carnicero lo había revuelto despiadadamente con las manos pringosas.

Este género de devoluciones se repetía con demasiada frecuencia.

Previniéndome de posteriores incidentes solía advertir al comprador:

—Mire: el recorte son las sobras del papel parejo. Si quiere le mando recorte especial, son ocho centavos más por kilo pero se aprovecha todo.

—No importa ché — decía el matarife, mande el recorte — mas cuando se le entregaba el papel, pretendía que se les rebajara algunos centavos por kilo, o sino devolver los pedazos muy rotos, que sumando dos o tres kilos hacían perder lo ganado; o no pagarlo, que era perderlo todo...

Acontecían percances divertidísimos, por los que Monti y yo acabamos por echarnos a reír para no llorar de rabia.

Teníamos entre los clientes un chanchero que exigía se le entregaran los fardos de papel en su casa en un día por él determinado y a una hora prefijada, lo que era imposible; otro que devolvía la carga insultando al carrete ro, si no se le extendía un recibo en la forma estipulada por la ley, lo que era superfluo; otro que no pagaba el papel sinó una semana después que comenzaba a consumirlo.

No hablemos de la ralea de los feriantes turcos.

Si yo les pedía noticias de Al Motamid, no me comprendían o se encogían de hombros; cortando un pedazo de bofe para el gato de una comadre descarada.

Después para venderles había que perder una mañana, y eso con el objeto de enviar a distancias inverosímiles, en calles de suburbios desconocidos, un mísero paquete de veinticinco kilos, donde se ganaban setenta y cinco centavos.

El carretero, un hombre taciturno de cara sucia, al atardecer cuando regresaba con su caballo cansado y el papel que no se había entregado decía:

—Este no se entregó—y arrojaba el fardo al pavimento con gesto malhumorado — porque el carnicero estaba en los mataderos y la mujer dijo que no sabía nada y no lo quiso recibir. Este otro no vive en el número, porque allí es una fábrica de alpargatas. De esta calle no me supo dar razón nadie.

Nos deslenguábamos en reniegos contra esa chusma que no reconocía formalidades, ni compromisos de ningún género.

Otras veces, acaecía que Mario y yo recogíamos un pedido del mismo individuo y cuando se le enviaba lo encargado lo rechazaba, porque decía que había comprado la mercadería a un tercero que se la ofreció más barata. Algunos tenían la desvergüenza de decir que no habían encargado nada, y por lo general si no las había, inventaban las razones.

Cuando creía haber ganado sesenta pesos en una semana recibía sólo veinticinco o treinta.

Pero ¡y la gentecilla! los comerciantes de al por me nor, los tenderos y los farmacéuticos! ¡Cuánta quisquillosidad, qué de informaciones y exámenes previos!

Para comprar la insignificancia de mil sobres con el impreso de Magnesia o Acido Bórico, no lo hacían, sinó después de verlos frecuentemente y exigiendo de antemano que se les entregara muestra de papel, tipos de imprenta y al fin decían:

—Veremos, pásese la otra semana.

He pensado muchas veces que se podría escribir una filogenia y psicología del comerciante al por menor, del hombre que usa gorra tras el mostrador y que tiene el rostro pálido y los ojos fríos como láminas de acero.

¡Ah, porque no será suficiente exponer la mercadería!

Para vender hay que empaparse de una sutilidad “mercurial", escoger las palabras y cuidar los conceptos, adular con circunspección, conversando de lo que no se piensa ni cree, entusiasmarse con una bagatela, acertar con un gesto compungido, interesarse vivamente por lo que maldito si nos interesa, ser múltiple, flexible y gracioso, agradecer con donaire una insignificancia, no desconcertarse ni darse por aludido al escuchar una grosería, y sufrir, sufrir pacientemente el tiempo, los semblantes agrios o malhumorados, las respuestas rudas e irritantes, sufrir para poder ganar algunos centavos porque "así es la vida”.

Si en la dedicación se estuviera solo... mas hay que comprender que en el mismo lugar donde disertamos sobre la ventaja de entablar negocios con nosotros, han pasado muchos vendedores ofreciendo la misma mercadería en distintas condiciones a cual más ventajosa para el comerciante.

¿Cómo se explica que un hombre escoja a otro entre muchos, para beneficiarse beneficiándole?

No parecerá entonces exagerado decir que entre un individuo y el comerciante se han establecido vínculos materiales y espirituales, relación inconsciente o simulada de ideas económicas, políticas, religiosas y hasta sociales, y que una operación de venta, aunque sea la de un paquete de agujas, salvo perentoria necesidad, eslabona en sí más dificultades que la solución del binomio de Newton.

Pero, ¡si fuera ésto solo!

Además hay que aprender a dominarse, para soportar todas las insolencias de los burgueses menores.

Por lo general los comerciantes son necios astutos, individuos de baja extracción, y que se han enriquecido a fuerza de sacrificios penosísimos, de hurtos que no puede penar la ley, y adulteraciones que nadie descubre, o todos toleran.

El hábito de la mentira, arraiga en esta canalla acostumbrada al manejo de grandes o pequeños capitales y ennoblecidos por los créditos que les conceden una patente de honorabilidad, y tienen por eso espíritu de militares, es decir, habituados a tutear despectivamente a sus inferiores, así lo hacen con los extraños que tienen necesidad de aproximarse a ellos para poder medrar.

¡Ah! y como hieren los gestos despóticos de esos tahures enriquecidos, que inexorables tras las mirillas del escritorio anotan sus ganancias, como crispan en ímpetus asesinos esas jetas innobles que responden.

—Déjese de macanear, hombre, que nosotros compramos a casas principales.

Sin embargo se tolera, y se sonríe y se saluda... porque "así es la vida”.

A veces, terminando mi recorrido y si quedaba en camino, iba a echar un parrafito con el cuidador de carros de la feria de Flores.

Ella era como otras tantas.

Al fondo de la calle de casas con fachadas encaladas, cubierta por un océano de sol, ésta se presentaba inopinadamente.

El viento traía agrio olor de verduras, y los toldos de los puestos sombreaban los mostradores de estaño dispuestos paralelamente a la vereda, en el centro de la calzada.

Aún tengo al cuadro ante los ojos.

Se compone de dos filas.

Una formada por carniceros, vendedores de puerco, hueveros y queseros, y otra de verduleros. La columna se prolonga chillona de policromía, churriguerresca de tintas, con sus hombres barbudos en mangas de camiseta junto a las cestas llenas de hortalizas.

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