Capítulo 12 · Judas Iscariote (3)

El juguete rabioso — Roberto Arlt · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 12 de 12 · 3714 palabras

De pronto una idea sútil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón.

—¿Y si lo delatara?

Temeroso de que hubiera sorprendido mi pensamiento, miré sobresaltado al Rengo que a la sombra del árbol, con los ojos adormecidos miraba la cancha, donde las bochas estaban esparcidas.

Aquel era un lugar sombrío, propicio para elaborar ideas feroces.

La calle Nazca ancha se perdía en el confín. Junto al muro alquitranado de un alto edificio, el bodegonero tenía adosado su cuarto de madera pintado de verde, y en el resto del terreno, se extendían paralelas las franjas de tierra enarenada.

Varias mesas de hierro se hallaban en distintos puntos.

Nuevamente pensé.

—¿Y si lo delatara?

Con la barbilla apoyada en el pecho, y el sombrero echado encima de la frente, el Rengo se había dormido. Un rayo de sol le caía sobre una pierna, con el pantalón manchado de lamparones de grasa.

Entonces un gran desprecio me envaró el espíritu, y cogiéndole bruscamente de un brazo, le grité:

—Rengo.

—Eh... eh... ¿que hay?

—Vamos Rengo.

—¿A dónde?

—A casa. Tengo que preparar la ropa. Esta noche damos el golpe, y mañana rajamos.

—Cierto, vamos.

Una vez solo, varios temores se levantaron en mi entendimiento. Yo ví mi existencia prolongada entre todos los hombres. La infamia estiraba mi vida entre ellos, cada uno de ellos podía tocarme con un dedo. Y yo, ya no me pertenecía a mí mismo para nunca jamás.

Decíame:

—Porque si hago eso destruiré la vida del hombre más noble que he conocido.

Si hago eso me condeno para siempre.

Y estaré solo, y seré como Judas Iscariote.

Toda la vida llevaré una pena.

Todos los días llevaré una pena!... — y me ví prolongado dentro de los espacios de vida interior, como una angustia, vergonzosa hasta para mí.

Entonces sería inútil que tratara de confundirme con los desconocidos. El recuerdo, semejante a un diente podrido estaría en mí, y su hedor me enturbiaría todas las fragancias de la tierra, pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante a la infamia.

—¿Porque no?... Entonces yo guardaré un secreto, un secreto salado, un secreto repugnante, que me impulsará a investigar cuál es el origen de mis raíces obscuras. Y cuando no tenga nada que hacer, y esté triste pensando en el Rengo, me preguntaré: ¿Por qué fuí tan canalla?, y no sabré responderme, y en esta rebusca sentiré como se abren en mí, curiosos horizontes espirituales.

Además el negocio éste puede ser provechoso.

En realidad — no pude menos de decirme — soy un locoide con ciertas mezclas de pillo; pero Rocambole no era menos: asesinaba... yo no asesino. Por unos cuantos francos le levantó falso testimonio a "papá" Nicolo y lo hizo guillotinar. A la vieja Fipart que le quería como una madre la estranguló, y mató... mató al capitán Williams, a quien él debía sus millones y su marquesado. ¿A quién no traicionó él...?

De pronto recordé con nitidez asombrosa este pasaje de la obra:

"Rocambole olvidó por un momento sus dolores físicos. El preso cuyas espaldas estaban acardenaladas por la vara del Capataz, se sintió fascinado: parecióle ver desfilar a su vista como un torbellino embriagador, París, los Campos Eliseos, el Boulevard de los Italianos, todo aquel mundo deslumbrador de luz y de ruido en cuyo seno había vivido antes".

Pensé.

—¿Y yo?... ¿yo seré así...? ¿no alcanzaré a llevar una vida fastuosa como la de Rocambole? Y las palabras que antes le había dicho al Rengo, sonaron otra vez en mis orejas, pero como si las pronunciara otra boca:

—"Sí, la vida es linda Rengo... Es linda. Imaginate los grandes campos, imaginate las ciudades del otro lado del mar. Las hembras que nos seguirían, y nosotros cruzaríamos como grandes "bacanes" las ciudades que están al otro lado del mar".

Despacio, se desenroscó otra voz en mi oído:

—Canalla... sos un canalla.

Se me torció la boca. Recordé a un cretino que vivía al lado de mi casa y que constantemente decía con voz nasal:

—"Si yo no tengo la culpa".

—Canalla... sos un canalla..

—"Si yo no tengo la culpa..." —¡Ah! canalla... canalla...

—No me importa... y seré hermoso como Judas Iscariote. Toda la vida llevaré una pena... una pena... La angustia abrirá a mis ojos grandes horizontes espirituales... ¡pero que tanto embromar!... ¿no tengo derecho yo...? ¿acaso yo...?; y seré hermoso como Judas Iscariote... y toda la vida llevaré una pena... pero... ¡ah! es linda la vida, Rengo... es linda... y yo... yo a vos te hundo... te degüello... te mando al "brodo" a vos... sí a vos... que sos "pierna"... que sos "rana"... yo te hundo a vos... sí a vos Rengo... y entonces... entonces seré hermoso como Judas Iscariote... y tendré una pena... una pena... ¡Puerco!

Grandes manchas de oro tapizaban el horizonte, del que surgían en penachos de estaño, nubes tormentosas, circundadas de atorbellinados velos color naranja.

Levanté la cabeza y próximo al zenit entre sábanas de nubes, vi relucir débilmente una estrella. Diría una salpicadura de agua trémula en una grieta de porcelana azul.

Me encontraba en el barrio sindicado por el Rengo.

Las aceras estaban sombreadas por copudos follajes de acacias y ligustrium. La calle era tranquila, románticamente burguesa, con verjas pintadas ante los jardines, fuentecillas dormidas entre los arbustos y algunas estatuas de yeso averiadas. Un piano sonaba en la quietud del crepúsculo, y me sentí suspendido de los sonidos, como una gota de rocío en la ascensión de un tallo. De un rosal invisible llegó tal ráfaga de perfume, que embriagado vacilé sobre mis rodillas, al tiempo que leía en una placa de bronce:

Arsenio Vitri — Ingeniero.

Era la única indicando dicha profesión, en tres cuadras a lo largo.

A semejanza de otras casas, el jardín florecido exten día sus canteros frente a la sala, y al llegar al camino de mosaico que conducía a la puerta vidriada de la mampara se cortaba; luego continuaba formando escuadra a lo largo del muro de la casa ladera. Encima de un balcón una cúpula de cristal protegía de la lluvia lo destechado.

Me detuve y presioné el botón del timbre.

La puerta de la mampara se abrió, y encuadrada por el marco, ví una mulata cejijunta y de mirada aviesa, que de mal modo me preguntó lo que quería.

Al interrogarle de si estaba el Ingeniero, me respondió que vería, y tornó diciéndome quien era y que es lo que deseaba. Sin impacientarme le respondí que me llamaba Fernán González, de profesión dibujante.

Volvió a entrar la mulata, y ya más apaciguada, me hizo pasar. Cruzamos ante varias puertas con las persianas cerradas, de pronto abrió la hoja de un estudio, y frente a un escritorio a la izquierda de una lámpara con pantalla verde, ví una cabeza canosa inclinada; el hombre me miró, le saludé, y me hizo señal de que entrara. Después dijo:

—Un momento, señor, y soy con Vd.

Le observé. Era joven a pesar de su cabello blanco.

Había en su rostro, una expresión de fatiga y melancolía. El ceño era profundo, las ojeras hondas, haciendo triángulo con los párpados, y el extremo de los labios ligeramente caídos, acompañaba a la apostura de esa cabeza, ahora apoyada en la palma de una mano e inclinada hacia un papel.

Adornaban el muro de la estancia, planos y diseños de edificios lujosos; fijé los ojos en una biblioteca llena de libros, y había alcanzado a leer el título: "Legislación de Agua", cuando el señor Vitri me preguntó.

—¿En qué puedo servirle señor?

Bajando la voz le contesté.

—Perdóneme señor, ante todo, ¿estamos solos?

—Supongo que sí.

—Me permite una pregunta quizás indiscreta? Vd. no está casado, ¿nó?

—No.

Ahora mirábame seriamente, y su rostro enjuto iba adquiriendo paulatinamente por decirlo así, una reciedumbre que se difundía en otra más grave aún.

Apoyado en el respaldar del sillón había echado la cabeza hacia atrás; sus ojos grises me examinaban con dureza, un momento se fijaron en el lazo de mi corbata, después se detuvieron en mi pupila y parecía que inmóviles allá en su órbita, esperaban sorprender en mí algo inusitado.

Comprendí que debía dejar los circunloquios.

—Señor, he venido a decirle que esta noche intentarán robarle.

Esperaba sorprenderlo, pero me equivoqué.

—¡Ah! sí... ¿y cómo sabe Vd. eso?

—Porque he sido invitado por el ladrón. Además Vd. ha sacado una fuerte suma de dinero del Banco y la tiene guardada en la caja de hierro.

—Es cierto...

—De esa caja, como de la habitación en que está, el ladrón tiene llave.

—¿La ha visto Vd.? — y sacando del bolsillo el llavero me mostró una de guardas excesivamente gruesas.

—¿Es esta?

—No, es la otra y aparté una exactamente igual a la que el Rengo me había enseñado.

—¿Quiénes son los ladrones?

—El instigador es un ladrón de carros llamado Rengo, y la cómplice su sirvienta.

—Me lo imaginaba.

—Ella le sustrajo las llaves a Vd. de noche, y el Rengo hizo otras iguales en pocas horas.

—¿Y Vd. que participación tiene en el asunto?

—Yo... yo he sido invitado a esta fiesta como un simple conocido. El Rengo llegó a casa y me propuso que le acompañara.

—¿Cuando le vió a Vd.?

—Aproximadamente hoy a las dos de la tarde.

—Antes ¿no estaba Vd. en antecedentes de lo que ese sujeto preparaba?

—De lo que preparaba no. Conozco al Rengo; nuestras relaciones se establecieron vendiendo yo papel a los feriantes.

—Entonces Vd. era su amigo... esas confianzas sólo se hacen a los amigos.

Me ruborizé.

—Tanto como amigo no... pero siempre me interesó su psicología.

—¿Nada más?

—No, ¿por qué?

—Decía... ¿pero a que hora debían venir Vds. esta noche?

—Nosotros espiaríamos hasta que Vd. saliera para el Club, después la mulata nos abriría la puerta.

—El golpe está bien. ¿Cuál es el domicilio de ese sujeto llamado Rengo?

—Condarco 1375.

—Perfectamente, todo se arreglará. ¿Y su domicilio?

—Caracas 824.

—Bien, venga esta noche a las 10. A esa hora todo estará bien guardado. Su nombre es Fernán González.

—No, me cambié de nombre por si acaso la mulata conociera ya y por intermedio del Rengo, mi posible participación en el asunto. Yo me llamo Silvio Astier.

El Ingeniero apretó el botón del timbre, miró en redor; momentos después se presentó la criada.

El semblante de Arsenio Vitri conservábase impasible.

—Gabriela, el señor va a venir mañana a la mañana a buscar ese rollo de planos — y le señaló un manojo abandonado en una silla — aunque yo no esté se lo entrega.

Luego levantóse, me estrechó fríamente la mano y salí acompañado de la criada.

El Rengo fué detenido a las nueve y media de la noche. Vivía en un altillo de madera, en una casa de gente modesta. Los agentes que le esperaban, supieron por el Pibe que el Rengo había venido, "revolvió el bagayo y se fué". Como ignoraban cuales eran los lugares que acostumbraba frecuentar, presentánronse inopinadamente a la dueña de casa, se dieron a conocer como agentes de policía y entraron por una empinada escalera hasta el cuarto del Rengo. Allí en apariencia no había nada que valiera la pena. Sin embargo, cosa inexplicable y absurda, colgadas de un clavo a la vista de todo el que entrara, encontrábanse las dos llaves: la de la caja de hierro y la de la puerta del escritorio. En un cajón de kerosene, con algunos trapos viejos, hallaron un revólver y en el fondo oculto casi, recortes de periódicos. Referían un asalto cuyos autores no había individualizado la policía.

Como las noticias de los periódicos trataban del mismo delito, se supuso con razón que el Rengo no era ajeno a esa historia, y precaucionalmente fué detenido el Pibe, es decir, se le envió con un agente a la comisaría de la sección.

En la bohardilla había también una mesa de pino tea blanca con un cajón lateral. Allí encontróse cierto torno de relojero, y un juego de limas finas. Algunas denotaban uso reciente.

Secuestradas todas las pruebas del delito, la encargada de la casa fué nuevamente llamada.

Era una vejezuela descarada y avara; envolvíale la cabeza un pañuelo negro cuyas puntas se ataba bajo la barbilla. Encima la frente le caían vellones de pelos blancos, y su mandíbula se movía con increíble ligereza cuando hablaba. Su declaración hizo poca luz en torno del Rengo. Ella le conocía desde hacía tres meses. Pagaba puntualmente y trabajaba a la mañana.

Interrogada acerca de las visitas que recibía el ladrón, dió datos obscuros; eso sí, recordaba "que el domingo pasado una negra vino a las tres de la tarde y salió a las seis junto con Antonio".

Descartada toda posibilidad de complicidad, se le ordenó absoluta discreción, que la vejezuela prometió por temor a posteriores compromisos, y los dos agentes tornaron al altillo para esperar al Rengo, ya que fué explícito deseo del ingeniero, que el Rengo fuera detenido fuera de su casa, para atenuar la pena que merecía. Quizá pensó también que yo no era completamente ajeno a la decisión del Rengo.

Los pesquisas creían que éste no vendría; posiblemente cenara en algún restaurant de las afueras, y se embriagara para darse coraje, pero se equivocaron.

Esos días el Rengo había ganado dinero con unas redoblonas. Después que se separó de mí volvió al altillo para salir más tarde hacia un prostíbulo que conocía. Casi a la hora de cerrarse los comercios entró en una valijería y compró una valija.

Después se dirigió a su cuarto, bien ajeno a lo que le esperaba. Subió la escalera tarareando un tango, cuyos tonos hacían más distintos los golpeteos intermitentes de la valija entre los peldaños.

Cuando abrió la puerta, la dejó en el suelo.

Introdujo después una mano en el bolsillo para sacar la caja de fósforos y en ese instante un golpe terrible en el pecho lo hizo retroceder, en tanto que otro polizonte lo cogía del brazo.

No es de dudar que el Rengo comprendió de lo que se trataba, porque haciendo un esfuerzo desesperado se desprendió.

Los vigilantes al intentar seguirle tropezaron con la valija y uno de ellos rodó por la escalera, cayéndole del bolsillo el revólver, que se descargó.

El estampido lenó de espanto a los moradores de la casa, y equivocadamente se atribuyó ese tiro al Rengo, que no había alcanzado a trasponer la puerta de calle.

Entonces sucedió una cosa horrible.

El hijo de la vejezuela, carnicero de oficio, enterado por su madre de lo que sucedía, cogió su bastón y se precipitó en persecución del Rengo.

A los treinta pasos le alcanzó. El Rengo corría arrastrando su pierna inútil, de pronto el bastón cayó sobre su brazo, volvió la cabeza y el palo resonó encima de su cráneo.

Aturdido por el golpe intentó defenderse aún con una mano, pero el pesquisa que había llegado le hizo una zancadilla y otro bastonazo que le alcanzó en el hombro terminó por derribarle. Cuando le pusieron cadenas el Rengo gritó con un gran grito de dolor.

—¡Ay! mamita — después otro golpe le hizo callar y se le vió desaparecer en la calle obscura amarradas las muñecas por las esposas que retorcían con rabia los agentes marchando a sus costados.

Cuando llegué a la casa de Arsenio Vitri, Gabriela no estaba ya.

Su detención se efectuó pocos momentos después que yo salí.

Un oficial de policía llamado al efecto instruyó el sumario frente al ingeniero. La mulata negóse al principio a confesar nada, más cuando mintiendo se le dijo que el Rengo había sido detenido, echóse a llorar.

Los testigos del acto no olvidarían jamás esa escena.

La mujer oscura, arrinconada, con los ojos brillantes miraba a todos los costados, como una fiera que se prepara para saltar.

Temblaba extraordinariamente; pero cuando se insistió en que el Rengo estaba detenido y que sufriría por su causa, suavemente echóse a llorar; con un llanto tan delicado que el ceño de los circunstantes se acentuó... de pronto levantó los brazos, sus dedos se detuvieron en el nudo de sus cabellos, arrancó de allí una peineta y desparramando su cabellera por la espalda, dijo juntando las manos, mirando como enloquecida a los presentes.

—Sí, es cierto... es cierto... vamos... vamos a donde está Antonio.

En un carruaje la condujeron a la comisaría.

Arsenio Vitri me recibió en su escritorio. Estaba pálido, y sus ojos no me miraron al decirme.

—Siéntese.

Inesperadamente, con voz inflexiva me preguntó.

—¿Cuánto le debo por sus servicios?

—¿Cómo...?

—Sí, ¿cuánto le debo...? porque a Vd. sólo se le puede pagar.

Comprendí todo el desprecio que me arrojaba a la cara.

Empalideciendo me levanté.

—Cierto, a mí sólo se me puede pagar. Guárdese el dinero que no le he pedido. Adios.

—No, venga, siéntese... ¿dígame porque ha hecho eso?

—¿Por qué?

—Sí, ¿porque Vd. ha traicionado a su compañero?, y sin motivo. ¿ No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años?

Enrojecido hasta la raíz de los cabellos, le respondí.

—Es cierto... Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre... y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos.

Vitri no me miraba ahora a la cara. Sus ojos estaban fijos en el lazo de mi corbata y su semblante iba adquiriendo sucesivamente una seriedad que se difundía en otra más terrible.

Proseguí.

—Vd. me ha insultado, y sin embargo no me importa!

—Yo podía ayudarlo a Vd. — murmuró.

—Vd. podía pagarme, y ni eso ahora, porque yo por mi quietud me siento, a pesar de toda mi canallería, superior a Vd., — e irritándome súbitamente le grité.

—¿Quién es Vd.?... Aún me parece un sueño haberle delatado al Rengo.

Con voz suave replicó.

—¿Y porque está Vd. así?

Un gran cansancio se apoderaba de mí rápidamente, y me dejé caer en la silla.

¿Porque? Dios lo sabe. Aunque pasen mil años no podré olvidarme de la cara del Rengo. ¿Que será de él? Dios lo sabe; pero el recuerdo del Rengo estará siempre en mi vida, será en mi espíritu como el recuerdo de un hijo que se ha perdido. El podrá a venir a escupirme en la cara y yo no le diré nada.

Una tristeza enorme pasó por mi vida. Más tarde recordaría siempre ese instante.

—Sí, es así — balbució el Ingeniero y de pronto incorporándome, con los ojos brillantes fijos en el lazo de mi corbata, murmuró como soñando.

—Vd. lo ha dicho. Es así. Se cumple con una ley brutal que está dentro de uno. Es así. Se cumple con la ley de la ferocidad. Es así; pero quien le dijo a Vd. que es una ley, ¿donde aprendió eso?

Repliqué.

—Es como un mundo que de pronto cayera encima de nosotros.

—¿Pero Vd. había previsto que algún día llegaría a ser como Judas?

—No, pero ahora estoy tranquilo. Iré por la vida como si fuera un muerto. Así veo la vida, como un gran desierto amarillo.

—¿No le preocupa esa situación?

—¿Para qué? — es tan grande la vida. Hace un momento me pareció que lo que había hecho estaba previsto hace diez mil años; después creí que el mundo se abría en dos partes, que todo se tornaba de un color más puro y los hombres no éramos tan desdichados.

Una sonrisa pueril apareció en el rostro de Vitri. Dijo:

—¿Le parece a Vd.?

—Sí, alguna vez sucederá eso... sucederá, y la gente irá por la calle preguntándose los unos a los otros: ¿Es cierto esto, es cierto?

—Vd.; dígame. ¿Vd. nunca ha estado enfermo?

Comprendí lo que él pensaba y sonriendo continué:

—No... ya sé lo que Vd. cree... pero escúcheme... yo no estoy loco. Hay una verdad, sí... y es que yo siento que la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí hay una alegría, una especie de inconciencia llena de alegría. Una súbita lucidez, me permitía ahora discernir los móviles de mis acciones anteriores, y continué:

—Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta fuerza enorme que está en mí — y callé.

—Siga, siga...

—Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría a la gente por la calle, me pararía en medio de la vereda para decirles: ¿Pero Vds. porque andan con esas caras tan tristes? si la Vida es linda, linda... ¿no le parece a Vd.?

—Sí...

—Y saber que la vida es linda me alegra, parece que todo se llenara de flores... dan ganas de arrodillarse darle las gracias a Dios, por habernos hecho nacer.

—¿Y Vd. cree en Dios?

—Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si Vdsupiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores... y me dan ganar de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente...

—Siga...

—¿No se aburre...?

—No, siga...

—Lo que hay, es que esas cosas uno no se las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿que hago de esta vida, que hay en mí? y me gustaría darla... regalarla... acercarme a las personas y decirles: ¡Vds. tienen que ser alegres! ¿saben? tienen que jugar a los piratas... hacer ciudades de mármol... reírse... tirar fuegos artificiales...

Arsenio Vitri, se levantó, y sonriendo dijo:

—Todo eso está muy bien, pero hay que trabajar. ¿En qué puedo serle útil?

Reflexioné un instante, luego.

—Vea; yo quisiera irme al Sur... al Neuquén...

allá donde hay hielos y nubes... y grandes montañas... quisiera ver la montaña...

—Perfectamente, yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro; pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto... ¡ Ah! y no pierda su alegría; su alegría es muy linda — y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla... y salí.

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