Capítulo 13 · Parte 13

De sobremesa — José Asunción Silva · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 13 de 16 · 4006 palabras

Allá en las más excelsas alturas de lo intelectual, noble grupo de desinteresados filósofos, indaga, investiga, sondea el inefable misterio de la vida y de las leyes que la rigen, y transforma sus pacientes estudios en libros que carecen de categóricas afirmaciones, que apenas anotan lo bien sabido, lo que cae bajo el dominio de la observación; en libros que muestran en el límite de la humana ciencia «las olas negras del océano del misterio para embarcarnos en el cual no tenemos ni barca ni brújula», al decir de la grandiosa frase de Littré. Coincide la impresión religiosa que esos grandes espíritus experimentan al considerar el problema eterno y expresan en sus obras, con el renacimiento idealista del arte, causado por la inevitable reacción contra el naturalismo estrecho y brutal que privó hace unos años. En vez de las prostitutas y de las cocineras, de los ganapanes y de los empleadillos que ganan cien pesetas al mes, deléitanse los novelistas en pintarnos grandes damas que se mueven en suavísimos ambientes, magas que realizan los prodigios de los antiguos teúrgos y sabios que poseen los secretos supremos. Tórnase la música de sensual modulación que acariciaba los oídos y sugería voluptuosas tentaciones, en misteriosa voz que habla al cerebro; pasan místicas sombras por entre el crepúsculo que envuelve las estrofas de los poetas y toman forma en los lienzos, las visiones del más allá. Los exploradores que vuelven de la Canaan ideal del arte, trayendo en las manos frutas que tienen sabores desconocidos y deslumbrados por los horizontes que entrevieron, se llaman Wagner, Verlaine, Puvis de Chavannes, Gustave Moreau.

En manos de los maestros la novela y la crítica son medios de presentar al público los aterradores problemas de la responsabilidad humana y de discriminar psicológicas complicaciones; ya el lector no pide al libro que lo divierta sino que lo haga pensar y ver el misterio oculto en cada partícula del Gran Todo.

¿Dudas todavía del renacimiento idealista y del neomisticismo, espíritu que inquieres el futuro y ves desplomarse las viejas religiones?... Mira: del oscuro fondo del Oriente, patria de los dioses, vuelven el budismo y la magia a reconquistar el mundo occidental. París, la metrópoli, les abre sus puertas como las abrió Roma a los cultos de Mitra y de Isis; hay cincuenta centros teosóficos, centenares de sociedades que investigan los misteriosos fenómenos psíquicos; abandona Tolstoi el arte para hacer propaganda práctica de caridad y de altruismo, ¡la humanidad está salvada, la nueva fe enciende sus antorchas para alumbrarle el camino tenebroso!

¡Ah, sí! ¿Pero tú no sabes, crítico optimista, que cantaleteas el místico renacimiento, y al ver esos síntomas cantas hosanna en las alturas y paz sobre la tierra a los hombres de buena voluntad, qué es lo que le llega al pueblo, a la masa, al rebaño humano, de todos esos fulgores que te deslumbran, del inarmónico coro que forman esas voces al rezar el «Padre nuestro que estás en los cielos», que es la oración a la moda, entre los intelectuales de hoy?... Pues voy a decírtelo: lo que el pueblo comienza a saber es lo que le enseñan los vulgarizadores de la falsa ciencia, la única vulgarizable, los Julio Verne de la psicología y de la doctrina evolucionista, es que el hombre tuvo por antepasado al mono y que el deber es sólo el límite de la fuerza de que disponemos. Hay voces que le gritan a las multitudes: «Mira: ese viejecito pálido, vestido de blanco, que se pasea prisionero por el Vaticano, es un farsante; ese muñeco que está allá arriba en la cúspide del edificio social, un imbécil». Y mientras los neomísticos inventan sus religiones para poetas, para venteros millonarios o para sabios purificados por el estudio, el populacho alza los ojos y mira. Así los alzaba hace ciento veinte años, para ver, entre la atmósfera de la corte, perfumada de mariscala, los tacones rojos de las favoritas, las empolvadas pelucas, las chorreras de encajes, las casacas de colorines de los cortesanos que rodeaban al sifilítico monarca. Voltaire no había reído aún; Rousseau no había llorado todavía. Oyó la fiera de repente la blasfemia y el sollozo, se sacudió del letargo en que dormía, clavó las garras en la presa dorada y el charco de sangre del Terror mostró el poder de sus garras y los destrozos de su ira sangrienta.

En los últimos años, al alzar las miradas hacia lo alto lo que el león ha visto es la cara imbécil de papá Grévy, y tras de ella el perfil judío de Daniel Wilson, que, como un ratero, se guardaba el oro, producto de la venta de gloriosas condecoraciones; lo que ha visto es al brave général, caracoleando en el negro caballo; lo que ha visto es el asunto de Panamá, aquella lluvia de lodo que salpicó las canas de Lesseps y las frentes de tantos de sus senadores ilustres.

¿Crees tú, crítico optimista que cantaleteas el místico renacimiento y cantas hosanna en las alturas, que la ciencia notadora de los Taine y de los Wundt, la impresión religiosa que se desprende de la música de Wagner, de los cuadros de Puvis de Chavannes, de las poesías de Verlaine y la moral que le ense ñan en sus prefacios Paul Bourget y Eduardo Rod, sean ca denas suficientes para sujetar a la fiera cuando oiga el Evan gelio de Nietzsche?... El puñal de Cesáreo Santo y el reven tar de las bombas de nitroglicerina pueden sugerirte la res puesta.

15 de abril

Una oleada poderosa de sensualismo me corre por todo el cuerpo, enciende mi sangre, entona mis músculos, da en mi cerebro relieve y color a las más desteñidas imágenes y hace vibrar interminablemente mis nervios al contacto de las más leves impresiones gratas. No es fuera de él, es en el fondo de mi espíritu donde está subiendo la savia, donde están cantando los pájaros, donde están reventando los brotes verdes, donde están corriendo las aguas, donde están aromando las flores, al recibir los besos tibios de la primavera. El amor ha hecho su nido en mi alma. ¡Músicas que flotáis en ella, líneas, colores, olores, contactos, sensaciones de fuerza desbordante, sangre que me enciendes las mejillas, sueños que aleteáis en la sombra, delectación morosa que traes ante mí el voluptuoso cuadro de los placeres pasados y me hostigas con el recuerdo de sus punzantes delicias, todos vosotros bailáis un coro báquico, una saturnal en que los besos estallan, y los cuerpos se confunden y caen entrelazados sobre el césped aromoso y blando! ¡Helena, Helena! ¡Tengo sed de todo tu ser y no quiero manchar los labios que no se posan en una boca de mujer desde que la sonrisa de los tuyos iluminó mi vida, ni las manos, impolutas de todo contacto femenino, desde que recogieron el ramo de rosas arrojado por tus manos! ¡Helena! ¡Ven, surge, aparécete, bésame y apacigua con tu presencia la fiebre sensual que me está devorando!

19 de abril

Ahí estaban en la tiendecita Bassot, situada en la calle de la Paz, deleitando los ojos con el brillo de las piedras aglomeradas ante mí sobre el vidrio del mostrador por las manos del aristocrático joyero. Del gran Balzac cuentan que, enamorado de los visos rosados de dos perlas gemelas, trabajó un año para adquirirlas; de Richelieu moribundo, que hundía las flacas manos en el cofre rebosante de pedrería y que al hacerlas brillar se le iluminaban los apagados ojos. Sírvame conmigo mismo de excusa tan ilustres ejemplos para disculpar mi pasión, superior a las de ellos por vosotros, misteriosos minerales, más sólidos que el mármol, más duros que el metal, más durables que las humanas construcciones, más radiosos que la luz que reflejáis, centuplicándola y colorándola con los matices de vuestra esencia. ¡Oh, piedras rutilantes, espléndidas e invulnerables, vívidas gemas que dormisteis por siglos enteros en las entrañas del planeta, delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas! Los diamantes se irisan y brillan como gotas de luz; semejan pedazos del cielo del trópico en las noches consteladas los oscuros zafiros; tú, rubí, ardes como una cristalización de sangre; las esmeraldas ostentan en sus cristales luminosos los verdes diáfanos de los bosques de mi tierra; tenéis vosotros, topacios y amatistas que ornamentáis los gruesos anillos episcopales, coloraciones suaves del cielo en las madrugadas de primavera, son azulinas, sonrosadas y verde pálidas las llamas que arden entre tu leche luminosa, ópalo cambiante; crisoberilos: vosotros brilláis con áureo brillo, como los ojos fosforescentes de los gatos, y quién dirá la delicia que procuráis a quien os mira, ¡oh, perlas! ¡más discretas en vuestro brillo que las gemas radiantes, perlas que os formáis en el fondo glauco de los mares, perlas blancas de suavísimo oriente, perlas rosadas de Visapour y de Golconda, fantásticas perlas negras de Veraguas y de Chiriquí, perlas que adornáis las coronas de los reyes, que tembláis en los lóbulos de las orejas sonrosadas y pequeñuelas de las mujeres, y os posáis como un beso sobre la frescura palpitante de los senos desnudos! ¡Más artista y más crédula la humanidad de otros tiempos, os revistió con el sagrado carácter de amuletos y mezcló a la sensual delicia que esparcen vuestras luces la veneración por vuestros mágicos poderes, diamantes conjurados de las maldiciones y los venenos, zafiro que preservas de los naufragios, esmeralda que ayudas los partos difíciles, rubí que das la castidad, amatista que evitas la embriaguez, ópalo que te empalideces si la Idolatrada nos olvida! ¡Oh, piedras rutilantes, invulnerables y espléndidas, vívidas gemas que dormisteis por largos siglos en las entrañas del planeta, delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas!

Ahí estaba en la tienda de Bassot, cuando, frente, en la puerta, se detuvo el coche de elegante y sencillo aspecto. Con movimientos ágiles y miradas de inquietud, como de venada sorprendida, bajó de él, caminó diez pasos, en que al través del vestido de opaca seda negra, ornamentada de azabaches, adiviné las curvas deliciosas del seno, de los torneados brazos y de las piernas largas y finas, como las de la Diana Cazadora de Juan Goujon, y vino a detenerse junto al mostrador donde estaban las joyas. Mi olfato aguzado percibió, fundidos en uno, el olor de pan fresco que emanaba de toda ella, un olor delicioso de salud y de vida y el del ramo de claveles rosados que llevaba en el corpiño. Husmeé el olor como un perro de cacería lanzado sobre la pista, y antes de que pronunciara la primera palabra, ya la habían desnudado mis miradas y le había besado con los ojos la nuca llena de vello de oro, los espesos y crespos cabellos oscuros de visos rojizos, recogidos bajo el gran sombrero de fieltro ornamentado de plumas negras, los grandes ojos grises, la naricita fina y la boca, roja como un pimiento, donde se le asomaba la sangre. Así, sonrosada y fresca, con su olor a levadura y a claveles, parecía una soberbia flor de carne acabada de abrir.

¿Tiene usted collares de diamantes blancos?..., preguntó al joyero, con el más puro acento yanqui y con una sonrisa infantil que le hizo brillar entre lo rosado de los labios el nácar de la dentadura.

Todo esto es demasiado valioso para mí, murmuró entre dientes al oír los precios, al tiempo que en su semblante súbita expresión de mal humor y de tristeza reemplazaba la excitación que le abrió los ojos y se le asomó a la boca al ver las costosas pedrerías.

No hay nada demasiado caro para usted. Esta joya estará en sus manos esta noche, si usted me permite presentársela, le dije, paso, en inglés, al oído casi, con voz ronca en que vibraba la tentación.

Es espléndido, dijo en el mismo idioma, que sonaba en su boca como una música, mirándome de pies a cabeza y viendo mi mano crispado sobre el estuche de seda negra. ¿Verdad?..., añadió clavando en los míos los ojos claros, y con toda la cara iluminada por una expresión de felicidad indescriptible, como jamás la he visto en ninguna fisonomía.

Venga usted a las nueve de la noche y hablaremos. No pregunte mi nombre al portero; lo esperaré yo misma en la puerta, como si volviera de la calle; entraremos juntos, dijo teniéndome una hoja de papel, que arrancó de la diminuta cartera forrada en cuero de Rusia, y en la cual escribió febrilmente las señas, las de una calle tranquila de los Campos Elíseos. A las nueve en punto entraré con usted, como si volviera de la calle, agregó con voz grave y mirándome en los ojos.

Los dependientes de Bassot nos miraban, cuchicheando, sorprendidos del diálogo a media voz y en idioma extranjero que se había entablado entre nosotros, personas desconocidas, puesto que no la había saludado al entrar.

Esas joyas son magníficas, pero demasiado valiosas para mí: perdone usted señor, dijo al empleado, que se la comía con los ojos.

Lo espero a usted a las nueve, volviéndose a mí, con la expresión seria de una persona que sabe lo que hace y acostumbrada a negocios importantes.

Y con sus movimientos ágiles y sus miradas de venada, cruzó el espacio que la separaba del coche, que partió al subir ella, sin volver los ojos a la joyería.

¡Soberbia criatura! ¡Esas americanas del Norte... eh! me insinuó el dependiente, un cincuentón entrecano, con los ojos llenos de malicia y la chivera y los bigotes puntiagudos, retorcidos a lo Napoleón III. ¡Soberbia criatura! Tiene loco por un collar de diamantes, que no le quiere comprar, al marido, que es un jayanote yanqui con la cara afeitada y tipo de Cuákero. La semana pasada estuvieron visitando todas las tiendas de joyas, él de mal modo y regañándola, ella haciéndole mil zalamerías para decidirlo. Ahora anda sola, pero seguramente no tiene el dinero completo. Estas americanas del Norte... Esté usted seguro de que no descansa hasta que tenga el collar. ¡Ah!, ¿con que se queda usted con él?... dijo abriendo tamaños ojos... Es lo mejor que hemos tenido en los últimos años... añadió con displicencia, una joya de esas que no provoca vender.

¡En esas piedras os vais a convertir, desteñidos billetes azules de a mil francos, que habéis venido a mí sin buscaros, en las tres noches en que, engañando mi hambre de besos con la vertiginosa jugarreta en que volabais sobre la carpeta verde, os recogía con helada indiferencia, mientras que los otros jugadores se levantaban de la mesa con los bolsillos vacíos, los ojos irritados y las manos trémulas!

Y ahora escribo mi aventura. ¿Qué ha entendido ella al decirme que vaya a buscarla, después de mi frase brutal?... No sé. Sólo sé que los diamantes, dignos de una princesa, brillan en el fondo de los cálices de las flores de un ramo, donde los hice colocar para llevárselos, y que será mía. Veo su carne desnuda, sus gráciles formas ofrecidas a mis besos, y ardo. Son las ocho de la noche; ¡dentro de dos horas estará en mis brazos, lo estoy sintiendo, y se realizarán los contenidos deseos que acumulan en mí ocho meses de loca continencia y de estúpidos sentimentalismos, sugeridos por haber visto una muchachita anémica, estando bajo la influencia del opio! ¡Hurrah a la carne! ¡Hurrah a los besos que se posan como mariposas sobre el terciopelo de la piel sonrosada, a los besos que entran como áspides por entre el raso aromoso de los labios, a los besos que penetran como insectos borrachos de miel hasta el fondo de las flores; a las manos trémulas que buscan; al olor y al sabor del cuerpo femenino que se abandona! ¡Hurrah a la carne! ¡Afuera voz de mis tres Andrades, sedientos de sangre, borrachos de alcohol y de sexo, que, tendidos sobre los potros salvajes, con el lanzón en la mano, atravesabais las poblaciones incendiadas atronándolas con nuestro grito: Dios es pa reírse del; el aguardiente pa bebérselo; las hembras pa preñarlas, y los españoles pa descuartizarlos! Grita, voz de mis llaneros salvajes: ¡Hurrah a la carne!

28 de abril

¡Oh, la extraña y deliciosa criatura! Entramos juntos, abrió con su llave la puerta del vestíbulo, que atravesó rápidamente, y cuando llegué al saloncito amable, después de quitarme el abrigo, en uno de cuyos amplios bolsillos estaba el collar de diamantes disimulado entre las flores, ya había encendido las lámparas. La desnudez de la pieza estrecha, amueblada sólo con dos sillas, un diván, un velador y una lámpara, y la expresión de su carita seria, disiparon mis últimas dudas. No, aquella no era una mujer comprable; ¡quién sabe qué capricho loco por la valiosa joya la había hecho recibirme, y qué había entendido al oír mi frase brutal!

Siéntese usted, me dijo, ya sentada en un sillón de brocatel grisoso, al pie de una alta lámpara, de la cual caía, en cuadro, la luz sobre la alfombra, suavizada por un pantallón de gasa de un verde desteñido.

Fue ella quien rompió primero el silencio. Yo me contenté, mientras duró éste, con extasiarme los ojos recorriéndola toda, desde la masa espesa de los cabellos oscuros, que le coronaban la cabeza, de enérgica y finas facciones, hasta los piececitos angostos y largos que calzados con un zapato bajo de resplandeciente charol, dejaban adivinar su blancura por entre los calados de la media de seda negra, fina como un encaje.

¿Usted ha vivido en los Estados Unidos?..., fue la primera frase que, después de otro silencio, me dirigió la boca encarnada y fresca, en un francés gutural y bronco, que me hizo sonreír involuntariamente al oírlo... ¿No?... Eso equivale, más o menos, a que usted no me entienda y tal vez a que me juzgue mal, y lo probable es que no podamos hacer nada..., continuó asomándosele a los ojos la misma tristeza de niño consentido a quien se le niega un juguete, que le había visto en la joyería al oír los precios de los diamantes. ¡Ah, pero usted habla inglés mejor que yo! Tal vez podamos entendernos; perdone usted que lo deje solo unos segundos, añadió, levantándose.

¡Estas americanas del Norte!, pensaba para mi coleto, haciendo mía la frase del empleado de Bassot, que había oído por la mañana.

Aquí están, dijo, poniendo sobre una mesita que acercó, unas cajas de terciopelo y de raso y encendiendo dos bujías para facilitarme el examen... Véalas usted, avalúelas y después le haré mi propuesta.

Valen la mitad de lo que vale el mejor de los collares que usted vio en la calle de la Paz, le contesté con calma imperturbable y sin una sonrisa, después de examinar el contenido de los estuches, marcados los unos con el nombre de Tiffany, los otros con los de varios joyeros parisienses de segundo orden, y donde no había una sola piedra sin defecto. Esto ha sido escogido más en vista del tamaño que de la calidad; usted convendrá conmigo en que los diamantes, o son pajizos o tienen defectos, rayas o quebraduras que los hacen desmerecer; en que los rubíes no son del mismo matiz y en que una de las esmeraldas del broche es más pálida que las otras y tiene jardín, le dije asumiendo de lleno mi papel de negociante en joyas.

¡Cosas de John, que no distingue! Yo prefiero un diamantito así de grande, dijo mostrándome la punta de la uña rosada, blanca y brillante de uno de los dedos, pero que no tenga mácula, a una tapa de botellón con viso pajizo. Y, sonriéndose por primera vez: ¡usted es un maestro, y qué refinado! how refined, añadió sin quitar los ojos de la perla negra que me abotonaba la pechera... Pero, en fin: usted conviene conmigo en que estas joyas valen la mitad de lo que vale el collar; pues oiga usted mi propuesta: le daré a usted mi nombre, que ya va siendo una garantía, y esto, dijo, mostrando los estuches y un pagaré por la diferencia con el precio del collar. Dentro de tres meses le enviaré de Chicago el valor total de éste, y usted me devolverá lo mío, junto con el pagaré cancelado, entregándolo todo en el Consulado de los Estados Unidos, donde formalizaremos la operación, mañana, a primera hora. ¿Acepta usted?, preguntó, sonriéndose con alegría.

No acepto, señora, respondí con estudiada frialdad, deleitándome en ver cómo bajaba los ojos, que se le humedecieron, y cómo le caía sobre las mejillas la sombra de las largas pestañas crespas. ¿Qué ganaría yo con ese negocio?

Como usted me dijo esta mañana que podría procurarme el collar, contestó con un mohín de despecho.

Pero usted entendió mal, comencé, con una voz que trataba de hacer firme, sin lograrlo. Hay una combinación por la cual usted tendrá la joya esta noche, sin pagar ni un centavo por ella, insinué, mirándole al fondo de los ojos, que había levantado del suelo, ya serenos, y que me miraban fijamente.

Se ha equivocado usted, señor, me contestó, encen diéndosele las mejillas y poniéndose en pie con un movimiento brusco de todo el cuerpo y mirándome con una expresión profunda de desprecio y de ira. ¡Se ha equivocado usted, señor! ¿Conque se ha atrevido usted a creer que mi pasión por las piedras va hasta hacerme olvidar quién soy y que esos diamantes pueden comprarme?... ¿Pero no ve usted, infeliz que esas cajas llenas de joyas que le ofrezco son mías, muy mías?... ¡Ah, es que usted no sabe mi nombre y cree que le voy a robar la diferencia, dijo gritando, soy Nelly!... y ahí un apellido alemán con falsa terminación inglesa, el de un millonario de Chicago, conocido en el mundo entero como uno de los más fuertes empresarios de ferrocarriles de los Estados Unidos. ¡Qué bien se ve que no ha vivido usted en mi tierra cuando entiende tan mal mi proceder y me juzga así!, continuó sin sentarse y con la expresión de angustia de quien se siente manchado por infame e inmerecida sospecha.

Recogí el fino pañuelo de batista y encajes, perfumado de clavel, que se le

cayó al suelo al levantarse, y le dije, respirando el olor y con voz dulce:

Señora: hónreme usted con permitirme permanecer aquí unos instantes más, y crea usted que habla con un caballero. Puse el pañuelillo sobre el velador y busqué nervioso la cartera, y abriéndola le tendí una de mis tarjetas de visita. Si usted se siente ofendida al terminar nuestra conversación, que me envíe su marido mañana dos testigos que arreglen con los míos las condiciones de un encuentro... Usted le dirá que esta noche me he entrado tras de usted, que volvía a su casa, y que he pretendido besarla y poseerla. Haga usted eso, pero déjeme hablarle, le grité, casi, poseído de la furia de coronar el plan que se había formado dentro de mí en esos minutos.

¡Cómo! ¿Usted es el señor Fernández, don José Fernández, el autor de los Poemas Paganos, que tradujo Murray?, dijo, sentada ya y alzando los ojos de la diminuta hoja de papel bristol... Y yo que no lo había reconocido... También es que el retrato es muy viejo, ¿cierto? No tenía usted barba entonces... Ignoraba completamente que viviera en París. Siéntese usted, señor Fernández; va usted a tomar el té conmigo y vamos a hablar de sus versos. Así olvidaremos la estúpida historia del collar...

¡Ah! ¿Conque leíste el articulillo aquel publicado en un magazine de Boston y escrito por el yanqui que visitó mi tierra y que me pagó los quinientos dólares que le presté, llamándome en él gran poeta, traduciendo una parte de mis estrofas y haciendo imprimir con su traducción el retrato que acompaña la segunda edición de Los Primeros Versos? ¿Con que lo has leído, mi yanqui adorable y frenéticamente altiva, y quieres que hablemos de mis Poemas Paganos?

Hablemos de sus versos, de los Poemas Paganos. Los conozco en la traducción de Murray, publicada en el «Nort American Magazine». ¡Qué hermosos, fascinadores! How lovely, fascinating, dijo, sonriéndome, hablemos de sus versos, señor Fernández.

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