Capítulo 14 · Parte 14

De sobremesa — José Asunción Silva · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 14 de 16 · 4002 palabras

No, señora; hablemos de usted y del collar que usted desea y que su marido no quiere comprarle, que le está haciendo cometer locuras y que

me ha hecho a mí presentarme en su casa y tener el honor de hablar con usted.

Vuelve usted al collar... Sea... ¿Qué es lo que pretende usted decirme?, me dijo con mal disimulada impaciencia y un gesto de orgullo. Tengo la esperanza de que usted me crea una señora y de que no va a hacerme perder la ilusión de creerlo a usted un caballero.

Lo que pretendo decirle, comencé, temblándome la voz de emoción, es que le suplico a usted, del modo más respetuoso, que acepte esa joya que pongo a sus pies sin pedirle más sino que, cuando la luzca usted sobre su cuerpo de diosa, recuerde usted al hombre a quien hizo feliz permitiéndole satisfacer un antojo suyo. Si usted acepta mi propuesta, el collar estará en sus manos dentro de un minuto y yo me iré sin haberlas besado, para no volver a verla, si usted lo exige.

¿Habla usted en serio?, me preguntó con honda agitación inexplicable, al oír mi respuesta.

Señora: sólo espero que usted me permita, e irme, porque temo ser inoportuno.

¡Dios mío, Dios mío! ¡Busca el modo de hacerme feliz y me conoció esta mañana; y el otro me insulta cuando le ruego y me deja sola para irse a buscar mujeres perdidas en Nueva York! ¡Qué vida!..., articuló entre los sollozos que la ahogaban, acostando la cabeza contra el espaldar del sillón y cubriéndose los ojos llenos de lágrimas con el pañuelito de batista oloroso a claveles.

Los sollozos la sacudían toda; los nervios triunfaban de aquella naturaleza rica y enérgica.

Salí a la antecámara, busqué el ramo y entrando en puntas de pies fui a arrodillarme junto al sillón donde lloraba, como la serpiente se arrastró al pie de Eva inocente al ofrecerle la poma. Los sollozos y las lágrimas seguían, y yo guardaba silencio.

¡Nelly!, le dije cuando comenzó a calmarse, circuyéndole el talle fino con un brazo, acariciándole la frente con las flores del ramo, y cantándole una cancioncilla monótona con que las nodrizas en Florida arrullan a los chiquillos para que se duerman. No llore, Nelly; las flores la están besando para contentarla; los diamantes la quieren ver, Nelly linda y fresca como las flores; Nelly radiosa y fría como los diamantes que valen menos que esas lágrimas.

Vencida por aquellos mimos y sorprendida al oírlos, apartó el pañuelo y hundió los ojos en los purpúreos cálices de las gloxinias y en las blancas hojas de las gardenias, donde temblaban los diamantes como gotas de luz.

No, no, dijo sonriéndose, con una sonrisa que le alumbraba los ojos húmedos como un rayo de sol un paisaje de primavera recién mojado por la lluvia. No, no; si usted no acepta mi propuesta, no me hable más; eso vale una suma loca. Mi padre, que es millonario y que me adora, nunca me los habría regalado. No, lléveselos usted y regáleme las flores. ¡Están lindas!, dijo, respirando el ramo. Guarde usted eso, recogiendo el hilo de platino, animado de luminosa vida por la palpitación blanca, roja, azul de las pedrerías radiosas que se irisaban a la luz de las bujías y de la lámpara. Fernández: ¿por qué me quiere usted regalar eso?...

Hablábamos, ella con la cabeza adorable, cuyos oscuros rizos me acariciaban la frente, doblada sobre la mía, que casi se apoyaba en sus rodillas, hincado como estaba a sus pies, respirando su aroma de flor y circuyéndola con los brazos.

Porque los poetas andan por el mundo sólo para realizar los antojos de las diosas como usted, le respondí cubriendo de besos una de las manos suaves y frías, conque hacía esfuerzos para alejarme de ella. Nelly: esos diamantes van a hacer que usted se acuerde de mí al verlos más tarde; no me niegue usted la delicia de pensar que voy a vivir en su memoria en sus noches de triunfo.

Y mis labios, recorriendo los ramales azulosos de las venas, que se transparentaban bajo el fino cutis de la muñeca delgada, subían por el brazo torneado y blanco, desnudo hasta el codo de la negra manga de opaca seda ornamentada de azabaches.

¿Y por qué quiere que yo me acuerde de usted por los diamantes? Me acordaré de usted porque sé sus versos deliciosos y porque lo he visto así arrodillado a mis pies, queriendo realizar un antojo mío a costa de una suma enorme y diciéndome cosas que nadie me había dicho nunca... ¡Qué cosas las que usted me dice! Cómo se ve que usted es poeta, un gran poeta, añadió con tono convencido. ¿Quiere usted oír sus versos, dichos por mí en mi lengua? Es menos hermosa que la suya. Los sé de memoria. Oiga usted... Y recitó con su voz de oro las estrofas del canto a Venus, que dicen las glorias de la Afrodita al nacer de las olas marinas.

Ahora va usted a decírmelos en su idioma; no lo entiendo, pero suena como una música. How noble, how musical, decía poniendo la orejilla sonrosada cerca a mi boca, que le recitaba paso, muy paso, mis mejores endecasílabos.

Hablábamos así, perdidos en la delicia de saborear la esencia de los versos y de sentirnos cerca, sin que ella, la orgullosa de unos minutos antes, ni yo, el respetuoso admirador que le había jurado que se iría sin besarle las puntas de los dedos, nos diéramos cuenta del vértigo que se estaba apoderando de ambos. Sin saber cómo, estaba sentado en el sillón y la tenía sentada en las rodillas. Uno de los piececitos colgaba sobre la alfombra. El encaje de seda negra de la media transparentaba la blancura del pie angosto y largo y de la pantorrilla de túrgida curva, descubierta por la falda negra donde lucía el brillo mate de los azabaches. Le estaba besando la nuca, llena de vello dorado, y sentía estremecerse bajo mis labios todos sus nervios. La manecita fija que agarraba la mía hundía crispada en mi carne las uñas sonrosadas y puntiagudas. En el silencio sólo oíamos las palpitaciones de nuestras arterias.

Más versos, más paso..., me dijo con expresión acaricia dora, acercando a mi mejilla ardiente la suya fría y aterciopelada y embriagándome con su olor a pan fresco y a claveles húmedos.

Le dije las estrofas que pintan los grupos de palomas blancas sobre el altar de Cypris, envueltas por el humo aromático del sacrificio y aleteando entre las rosas, y se las dije en su lengua, mientras que le envolvía la muñeca en el collar que le circuyó el

brazo pálido, como una serpiente de luz, y comenzó a irradiar con el brillo de sus centenares de facetas.

¿Cuántos años tienes?..., me preguntó de repente, paseándome suavemente la mano blanca por los cabellos y por la barba... ¿Veintiséis? Yo, dieciocho; él tiene cuarenta y dos... ¿Con quién vives?... ¿Solo?... ¿Ni padre, ni madre, ni mujer, ni hijos? ¿Nada? ¿Solo en ese hotel?... El otro día me detuve a ver la fachada. Es antigua, ¿cierto?... Y majestuoso, majestic. ¿Y vives solo ahí?... Vives como un príncipe. ¿Y no te da tristeza estar solo?... ¿Y qué haces?... Cómo gozarás de la vida, ¿no?

No. Adoro la belleza y la fuerza y escribo versos de esos que sabes, le dijo con tono triste y mintiéndole para acabar de fascinarla.

¿Y recibes mujeres?..., me preguntó, riéndose con una picardía deliciosa.

No, porque no las encuentro tan bellas como Nelly, le respondí envolviéndola en una mirada de deseo loco. Hacía ocho meses que no daba un beso ni recibía una caricia.

¡Es imposible! ¡Es irreal! it is irreal... Júrame que eso es cierto, dijo con voz ahogada y hablándome al oído.

Te lo juro. Yo quiero lo perfecto y no lo encuentro. Lo demás me causa asco. Y cuando hallo una mujer de quien me enamoro en una hora con todas mis fuerzas y a quien le suplico que conserve unas pobres piedras para que se acuerde de mí, una a cuyos pies pasaría la vida arrodillado y por cuyos besos daría mi alma, ella rehúsa mi amor y me tira a la cara el regalo conque sueño hacerla feliz un minuto.

No, dijo; suéltame y espera... Y se levantó para dejar la salita.

¿Te vas, Nelly?...

Pero vuelvo en este momento, respondió levantando el portier, que cayó tras de ella.

¡Será tuya, será tuya!, me gritaba por dentro la voz de los llaneros. ¡Será tuya!

¿Te gusto así?, me preguntó volviendo a sentarse en mis rodillas en el ángulo del cuarto donde había más sombra y extendía sus blandos cojines un diván turco, amplio como un lecho nupcial. No me lo he estrenado todavía. Míralo.

El corpiño de terciopelo negro de un traje de baile, sujeto en los hombros por dos lazos, sobre uno de los cuales lucía el ramo de gloxinias y de gardenias, dejaba ver las blancuras túrgidas del seno, que ondulaba con rítmico movimiento bajo el hilo de platino animado de luminosa vida, por la palpitación blanca, roja y azul de las pedrerías que se irisaban en la media luz de crepúsculos. ¿Te gusto así?, preguntó, inclinándose para ver los diamantes y dejándome hundir la mirada en los tesoros que ocultaba mal el terciopelo del corpiño.

¡Si nos hubiéramos encontrado antes! Me voy mañana para Nueva York, Fernández, mi poeta, comenzó, reclinando la cabeza en mi hombro y envolviéndome el cuello con los brazos desnudos y fragantes.

¡Si nos hubiéramos encontrado hace un mes! Tal vez me habrías amado... Qué felices seríamos, ¿cierto?

No seríamos más felices que ahora, Nelly, porque te amo con toda mi alma. Pero no te irás mañana; te quedarás aquí y yo viviré de rodillas, adivinándote los pensamientos.

Me voy mañana por la mañana; tengo todo listo, cerrados los baúles, tomado el pasaje... Esta tarde puse un cablegrama avisándolo. Mi padre me espera por minutos. Pediré el divorcio al llegar y viviré tranquila.

Es un canalla, ¿no es cierto, amor mío?..., le dije al oído; no te quiere y no te da las joyas que quieres.

Es un canalla, un brutal, y no me quiere. ¿Qué importan las joyas? Tú me las das... Ya ves, y si no me las das, me dices cosas dulces y deliciosas, ¿no es cierto?, contestó ciñéndose a mí... Me llevo el collar. ¿Qué me pides en cambio?, dijo soltando los brazos y sujetándome las manos con las suyas. ¿Qué me pides en cambio?...

Yo, nada; lo que quiero es que seas feliz un minuto y que te acuerdes de mí. Dime que lo guardarás siempre y me iré dichoso sin darte un solo beso.

¿Conque quieres hacerme feliz e irte?... El collar es mío... ¿Aceptas un regalo que voy a hacerte?..., me dijo al oído con una expresión de triunfo... Yo también te voy a hacer un regalo, pero inverosímil, digno de ti que eres poeta; un regalo que tú mismo vas a creer que es un sueño. Yo también quiero hacerte feliz siendo feliz. Quiero ser feliz una noche. No lo he sido nunca. Odio el tiempo. El tiempo es una cosa estúpida, ¡a stupid thing!... que sólo existe para el cuerpo, añadió mirándome con la cara inspirada, como la de una pitonisa. En mi tierra queremos suprimirlo con la electricidad, con el vapor, con la inteligencia. Allá creamos en una década ciudades más grandes que las de Europa, que tienen seis siglos, y hemos hecho una civilización de doscientos años. El tiempo es una cosa estúpida que se arrastra. Yo quiero suprimirlo en mi vida... ¿Entiendes?... Te amo, Fernández... Me voy mañana. Otra se iría llevándose su amor; yo, quiero dártelo; te amo, me suspiró al oído, besándome.

Y yo te adoro, Nelly, respondí buscando con locura sus labios primero, y hundiendo luego la frente en el seno blando, perfumado y fresco...

No; déjame, déjame; aquí, no; llévame; ¿no vives solo?..., articuló ceñida a mí y crispada por el deseo; iremos a pie, donde quieras...

Mi coche espera en la puerta... Ven, dije como en un sueño, un instante después, en el vestíbulo, abrigándole los hombros desnudos y apagando las luces.

De la noche sólo me quedan el recuerdo de su belleza sonriente bajo las amplias cortinas de terciopelo de mi lecho, en la alcoba alumbrada apenas por la lámpara bizantina de oscuro cristal rojo; la impresión de tenaz frescura y el perfume de su cuerpo adolescente y el arrullo de su voz al instarme para que fuera a los Estados Unidos. Ven en el verano, me decía; John no estará allá. Nos encontrarás en New Port y te presentaré a mi padre y a todos nuestros amigos... Buscaremos un lugar en dónde vernos, un

cottage rodeado de árboles y de flores, y seré feliz... Si me ofreces venir, no pido el divorcio; tolero lo de hoy a cambio de que estés tranquilo y me ames. Júrame que irás... ¡Bésame!

Su delirio de goce frisaba a la altura del mío, y la noche fue un solo beso, entrecortado por sollozos de voluptuosidad.

Todo ha sido irreal y adorable... Irreal and lovely... Tú eres irreal y adorable... Te espero en junio en New Port, fue la última frase, gritada desde la barandilla del enorme vapor que soltaba las amarras y la negra columna de humo, ennegreciendo el cielo del Havre hasta donde fui a acompañarla.

Todavía tengo en los ojos su fina silueta envuelta en el largo sobretodo gris de viaje, y la palpitación del pañuelito blanco que agitaba al irse alejando el barco sobre las olas gris verdosas del Atlántico, bajo un cielo nublado, plomizo y sombrío, como un alma llena de remordimientos.

1o. de septiembre

Cinco meses sin haber escrito aquí una línea. Fue un estímulo apenas la noche de delicias pasada con Nelly, una gota de licor para el que agoniza de sed, ¡sed non satiata! Me excitó, bebimos, me emborraché, y ahora tengo en el alma el dejo que queda en el cuerpo después de una borrachera. El baile tuvo por objeto deslumbrarlas, y de tal modo las deslumbró, que cuando amaneció y las últimas notas de la orquesta vibraron en la atmósfera de los salones impregnados de emanaciones humanas y del melancólico perfume de las flores moribundas, ya había besado las tres bocas codiciadas y obtenido de ellas la promesa de las tres citas.

Suntuosa fiesta, al decir de los diarios bulevarderos, que me fastidiaron con los detalles del lujo en ella desplegado por le richissime americain don Joseph Fernández et Andrade. ¿Suntuosa fiesta? No sé, pero, en todo caso, un poco más elegante y más artística que las que he alcanzado a ver hasta hoy. Digo más artística, porque en los salones que amueblaban y ornamentaban objetos dignos de figurar en cualquier museo, y en el hall, decorado con exóticas plantas y raras flores, se oyeron los penetrantes sones del violín mágico de Sarasate, las quejas de la guitarra incomparable de Jiménez Manjón y vibraron las cálidas notas, que al decir de Monteverde, cuestan a libra esterlina cada una, de la voz del tenor a la moda. Digo más elegante porque una parte del París frívolo y mundano, que por la tarde se exhibe en la Avenida de las Acacias y se da cita, en las noches de estreno en los grandes teatros, codeó en ella por unas horas al París artista y pensador, que vive encerrado en los talleres, en los gabinetes de experimentación o doblado sobre las páginas que pasado mañana serán el libro a la moda. Según decires, la concurrencia salió sorprendida de las exquisiteces de la mesa y la calidad de los añejos licores. Un murmullo de aprobación corrió por las salas, cuando al mariposear el cotillón agitando en ronda rítmica sus alas de cintas y gasas, se repartieron los regalillos a los danzantes.

La impresión verdaderamente grata que tuve fue ver mezclado lo más distinguido y simpático de la colonia hispanoamericana con lo más linajudo y empingorotado del aristocrático barrio. Logré que los compatriotas que honran a la Tierra con su ciencia, Serrano el filólogo y Mendoza el estadista, dejaran su encierro claustral para asomarse aquí por unos instantes. Duquesas vejanconas de tantísimas campanillas y retumbantes nombres, cuyo origen remonta a la Roma de los Antoninos, paseáronse al brazo de generales, expresidentes de nuestras repúblicas, que ostentaban uniformes más de oro que de paño; hubo miembro del Jockey Club que le hiciera la corte a una chicuela recién llegada, que tenía todavía en los ojos el recuerdo del cielo del trópico y en los oídos el rumor de la brisa entre los cafetales, y hasta se divirtió el grupo donde lucían la calva de Manouvrier, el filósofo espiritualista, las arrugas de Mortha, mi exprofesor de arqueología egipcia, y el monóculo del novelista psicólogo, autor de «Los Perfiles Femeninos», que, despreciando esa noche a las mujeres, que preguntaban por él para hacerle la corte, fue a esconderse entre aquellas anticuallas y a conversar con el doctor Charvet, que me dijo, al pasar por cerca de él, golpeándome el hombro:

Así se hace. Goce usted suavemente de la vida, amigo mío; goce usted suavemente de la vida.

¿Qué me importó el éxito de la fiesta?... Si mi lucidez de analista me hizo ver que para mis elegantes amigos europeos no dejaré de ser nunca el rastaqouère, que trata de codearse con ellos empinándose sobre sus talegas de oro; y para mis compatriotas no dejaré de ser un farolón que quería mostrarles hasta dónde ha logrado insinuarse en el gran mundo parisiense y en la high life cosmopolita?

Eso no impidió que las tres mujeres concurrieran y que mi plan se realizara.

¿Y eso qué me importa, si ninguna de las tres ha podido darme lo que le pido al amor, y sólo me queda hoy el orgullo de haber seducido en unas horas a las tres bellezas de quien nadie se atrevería a sospechar y que la concurrencia entera designó como las tres reinas de la fiesta?

¿Y eso qué me importa, si yo no vivo para los demás, sino para mí mismo, y si ese triunfo no me satisface, porque sé que tal vez ellas mismas ignoran las razones que tuvo cada una para entregárseme y para colmarme de caricias locas?...

¿Y qué me importan esas ideas sobre el amor, ni qué me importa nada, si lo que siento dentro de mí es el cansancio y el desprecio por todo, el mortal dejo, el spleen horrible, el tedium vitae que, como un monstruo interior cuya hambre no alcanzara a saciarse con el universo, comienza a devorarme el alma?...

¡Vosotros conocisteis ese mal sin nombre y sin remedio, patricios romanos que, hartos de los goces de la carne, ahítos de las declamaciones de los filósofos y de los versos de los poetas y de las creaciones del arte heleno y latino, abandonábais los triclinios de marfil recubiertos de púrpura, sobre los cuales caían en lluvia las arom

osas esencias y las rosas de Poestum, tirábais al suelo la áurea copa cincelada, llena de vino de Chypre, y la corona de rosas que os ceñía la frente y, despreciando la sensual delicia que os brindaba la cortesana desnuda a vuestro lado, corríais a buscar en la despreciada enseñanza de los rudos discípulos del Nazareno, en la práctica de la pobreza y de la humildad, una fe nueva y una esperanza sublime que os hiciera cambiar de vida, abrazaros a la cruz, desafiar las iras del Emperador y, transfigurados por el éxtasis, ir a esperar la hora de la muerte bajo las garras de los leones, sobre la arena ensangrentada del circo!

¡Ah! sí, eso fue entonces. En nuestra época mediocre y ruin no queda camino abierto para las almas del temple de las vuestras, que siente lo que sentisteis. Lo sublime ha huido de la Tierra. La fe ciega que en su regazo de sombra les ofrecía una almohada dónde descansar las cabezas a los cansados de la vida, ha desaparecido del universo. El ojo humano al aplicarlo al lente del microscopio que investiga lo infinitesimal y al lente del enorme telescopio que, vuelto hacia la altura, le revela el cielo, ha encontrado, arriba y abajo, en el átomo y en la inconmensurable nebulosa, una sola materia, sujeta a las mismas leyes que nada tienen que ver con la suerte de los humanos. Sutiles exegetas y concienzudos comentadores estudiaron los viejos textos sagrados y los analizaron descubriendo en ellos no las palabras, que son el camino, la verdad y la vida, sino las sabias prescripciones de los civilizadores de las naciones primitivas y la leyenda forjada por un pueblo de poetas. El cadáver del Redentor de los hombres yace en el sepulcro de la incredulidad, sobre cuya piedra el alma humana llora como lloró la Magdalena sobre el otro sepulcro.

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre...». La oración que la santa de las guedejas de plata me enseñó de rodillas cuando apenas podía balbucirla, viene a mis labios de hombre y no la puedo rezar. ¡Tú estás vacío, oh, cielo, hacia donde suben las oraciones y los sacrificios!

¡Neomisticismo de Tolstoi, teosofismo occidental de las duquesas chifladas, magia blanca del magnífico poeta cabelludo, de quien París se ríe, budismo de los elegantes que usan monóculo y tiran florete; culto a lo divino, de los filósofos que de

struyeron la ciencia, culto del yo, inventado por los literatos aburridos de la literatura; espiritismo que crees en las mesas que bailan y en los espíritus que dan golpecitos, grotescas religiones del fin del siglo XIX, asquerosas parodias, plagios de los antiguos cultos, dejad que un hijo del siglo, al agonizar éste, os envuelva en una sola carcajada de desprecio y os escupa a la cara!

Es esa hambre de certidumbres, esa sed de lo absoluto y de lo supremo, esa tendencia de mi espíritu hacia lo alto, lo que he venido engañando con mis aventuras amorosas, como engañaba mi sed de éstas con las jugarretas de las últimas noches de castidad. Pero el hambre de creer no hay con qué saciarla que no sea con la creencia misma... ¿Y en qué creerás, alma mía, alma melancólica y ardiente, si los hombres son ese miserable tropel que se agita, cometiendo infamias, buscando el oro, engañando a las mujeres, burlándose de lo grande, y si ya murieron los dioses?

Quizás el Amor tuvo sabores acres y extáticos que pudieran reemplazar a la fe. El de lo místico vino en las rudas épocas medievales, y en la expansión grandiosa de pasiones que fue del Renacimiento. Amar temblando, porque al través de la puerta de la alcoba, tibia y perfumada por los besos, se oía el ruido de los pasos y de las armas de los matones enviados por el marido, que subían a vengar la afrenta; amar orando, porque la Dama revestía aspecto de Madona; amar sin satisfacer el amor e inmortalizando el nombre de Ella en canciones o en estatuas, ser Benvenuto Cellini o Godofredo, Alighieri, Petrarca o Miguel Angel, cuando Ellas se llamaban Beatriz Portinari, Laura o Vittoria Colonna, fue empresa de hombres; pero hoy, en estas sociedades decrépitas, en que el adulterio es fácil y practicable sin peligro, como un sport; en que la vida de la mujer es toda entera una lenta y gradual preparación para la caída y en que los maridos vienen a visitar al afortunado para pedirle favores, es miseria indigna de un hombre.

Tal vez mi misantropía me lleva a juzgar a esos infelices engañados peor de lo que merecen. Habrán creído que lo que vieron la noche del baile fue un flirt sin consecuencia y explotable para ellos gracias a mi juventud y a mi dinero; pero lo cierto es que las circunstancias se han enlazado de tan extraño modo, que se necesitaría benevolencia de santo para no juzgarlos como los juzgo, por lo menos como unos imbéciles.

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