Scilly Dancourt, me dijo energizándose, no vio el fin de la batalla, ni figura su nombre en el registro de las vergonzosas capitulaciones, ni se llevó de Sedán en los ojos el horror de ver a nuestros noventa mil soldados que, inutilizados por los días que pasaron en el campo de la miseria, con los pies metidos entre el barro, empapados por la lluvia, temblando de hambre y de sed, de frío y de vergüenza y sintiendo la trágica sacudida del desmoronamiento del imperio, esperaban a los batallones de reclutas alemanes que habían de llevarlos prisioneros a Prusia. No, Scilly Dancourt no vio nada de esto. Después de animar a los nuestros con su coraje de león, de excitarlos con el grito, con el ademán y con el ejemplo, y de recibir tres heridas, al ver perdida la batalla, desapareció, nadie sabe cómo. Revuelta el alma por las desgracias de Francia, pasó a Inglaterra, donde contrajo matrimonio unos años después con la hija de un actor o de un músico de fama, y cuando murió ésta, se ausentó de Europa... Ya le digo a usted, el único que sabe de él es Mortha, a quien le escribe sobre esas chifladuras de religiones y de orientalismos.
El corazón se me saltaba del pecho al entrar la última vez al entresuelo de techo bajo y ruin aspecto situado en una callejuela del Barrio Latino, donde el autor de «Las Religiones de Oriente» recibe los escasos visitantes que van a distraerlo de sus preocupaciones habituales, la interpretación de seculares textos sagrados, de los viejos himnos litúrgicos y de los cultos primitivos de la humanidad. ¡Voy a hablarle de Scilly Dancourt y va él a decirme dónde encontraré a Helena!, pensaba dentro de mí, sentado ya en un canapé de la pobre y aseada salita que precede el cuarto de estudio, y contemplando una escultura asiria, un cuerpo de león alado con cabeza humana de luenga y rizada barba, coronada por la tiara sacerdotal, que, frente a frente del Budha ventrudo, que sonríe sobre la pobre y negruzca chimenea, forma el único adorno de la estancia.
Mortha es un viejecito adorable, con una cara larguísima cuya amarillenta y apergaminada piel cruzan hondas arrugas verticales, y una cabellera de seda blanca toda despeinada, de la cual le caen pelos sueltos y largos por sobre la frente enorme y los ojos vivísimos y negros. Cuando se ríe hay algo de infantil en la alegría, que le anima la cara, y canas, arrugas y ojos, todo se ríe. Sus libros y la necesidad de obtener indicaciones sobre una inscripción lapidaria fueron la disculpa con que me le presenté hace ya varios días. Me habló en la primera entrevista de unos pergaminos egipcios que estaban para la venta en Londres, hícelos comprar allí por Morrell y Blundell, se los envié y estamos al partir de un confite; me cree un egiptólogo consumado.
Al entrar al cuarto, lleno de papeles, de piedras, de restos de estatuas y de inscripciones, estaba escribiendo algo con su letrica finísima, y un rayo de sol que se colaba por la ventana le hacía brillar como plata las canas blanquísimas.
¿Escribía usted, querido maestro?... preguntéle.
Sí, anotaba la traducción hecha por mi cofrade Máspero, del himno descubierto por Grebaut cerca de las necrópolis de Zaouyet el Anyan. Oiga usted qué sublimidad:
Tú te levantas, benéfico Ammón Ra Harmakouti . Tú te despiertas, verídico Señor de los dos horizontes, ardes, resplandeces, subes y culminas . Los hombres y los dioses se arrodillan ante esa que es tu forma . ¡Oh, Señor de las formas!
Una hora entera en que lo hice hablar y no hablé para que no descubriera mi superchería, y al cabo de la cual lo traje por enredados caminos al asunto en que tengo puesta toda mi alma.
¡Ah, sí! Scilly Dancourt, me dijo; pero Scilly Dancourt no es un especialista, es un hombre que quiere saber todo lo referente a todas las religiones. Los ritos egipcios del Antiguo Imperio los conoce bastante. Hace seis años recibí su última carta, datada en Abydos, donde estaba estudiando los bajorrelieves del templo. Tenía buenos datos para ser dados por un aficionado, pero su fuerte son las religiones de la India. Es uno de los pocos europeos que ha logrado entrar al fondo de los santuarios de Benarés y cultivar relaciones íntimas con los sacerdotes budistas de las pagodas del Sur; pero no vaya usted a creerlo un hombre de ciencia, y sobre todo, un hombre desinteresado en sus estudios. Lo que él persigue es la esencia misma de las religiones, lo sobrenatural, con que nada tenemos que ver los que procedemos de buena fe. No hay religión que no haya estudiado, haciendo para ello enormes viajes e inauditos gastos, visitando los santuarios y recorriendo los lugares en que nació. A estos últimos charlatanismos de la fuerza psíquica y de las telepatías, de las sugestiones a largas distancias y de las apariciones luminosas, los conoce como Crookes, y creo que se ríe de ellos. Estuvo en el Congreso de Religiones de Chicago, en 1893, sin tomar parte en él, y estoy seguro de que les habría podido enseñar algo de la suya a cada uno de los asistentes. Nosotros nos escribíamos hasta hace seis años, y de repente dejó de contestarme. Supe después por mi colega Chennevieres que lo encontró en Roma, que estaba allí con un hijo suyo. Parece que ese joven ha hecho los mismos estudios que el padre, y que fue quien lo indujo a abandonarlos, para entregarse al culto católico con raro fervor. Me ha referido Chennevieres que vivían cerca al Vaticano, que el Papa los recibía frecuentemente y que comulgaban todos los días en la misa dicha por Su Santidad. Yo he seguido escribiéndole a Scilly de acuerdo con la promesa que le hice de comunicarle
los resultados obtenidos en mis estudios de las antiguas religiones de Egipto, pero no me ha vuelto a contestar.
¿Y le escribe usted a Roma sabiendo que él viaja continuamente?..., le pregunté.
No, son sus banqueros quienes corren con dirigirle las cartas; yo las envío a la oficina de Lazard, Casseres y Compañía. Poco más deben de interesarle mis pacientes investigaciones a nuestro amigo, que lo que buscaba en sus viajes no era la ciencia de los orígenes y del desarrollo de las religiones, sino un culto que practicar, y por fin vino a dar al catolicismo, para lo cual sobraban todas las vueltas que dio. ¡Cuando yo le digo a usted que Scilly Dancourt no ha sido nunca un sabio y que sus investigaciones no eran desinteresadas!
Al fin di con el hilo de la luz que busco, con la pista que sigo para encontrarte, ¡oh!, camino que me llevarás hacia ella, pensé sorprendido de la feliz casualidad que me hizo poner en manos de Lazard, Casseres y Compañía, las sumas que había mantenido en casa de Miranda hasta el año antepasado! ¡Bendita seas tú, Actriz de los Bufos, ídolo de mi amigo el instintivo repórter don Vicente, que con tu apetito de diamantes y el dominio que ejerces sobre él y el temor que sentí de que fuera a caer mi oro en tus rosadas manecitas, junto con los patacones de don Mariano, hiciste surgir en mi cerebro la idea de trasladar mis fondos a casa de los judíos!, pensaba subiendo la escalera monumental del escritorio de éstos. Un banquero judío sirve para todo... hasta para decirle a uno dónde está la visión con que sueña. ¡Oh, Israel!, murmuré dentro de mí mismo al empujar la puerta del escritorio.
Nathaniel Casseres, doblado en dos, las narices de águila, los ojos verdosos, el collar de barba rubia, todo él encantado de verme, me estrechó la mano con afectuoso ademán y me juró que su familia había estado consternada con mi enfermedad. Vivió el tipo cuatro años en Buenos Aires y habla español, un español aprendido en Francfort, que destroza los oídos.
¿A qué depemos el fonor de per al señor Fernández en esta su casa?... ¿Tiene compras que hacer u ortenes que tar?...
Y al explicarle que deseaba saber el lugar donde estaba su cliente y que le suplicaba me informara de él:
¡Ah, sí! Puen cliente, puen hombre, puena persona el señor Chilly... Puen cliente, puen hombre, puena persona, pero no puedo informarlo a usted te lo que tesea... y más o menos me explicó esto. Los únicos negocios que la casa de Lazard, Casseres y Compañía tiene con el Conde, consisten en recibir de una compañía de seguros sobre la vida gruesa suma que le paga ésta, a la cual entregó su capital para recibir renta viajera. Al oírlo me corrió un estremecimiento de frío por las espaldas. Y si llegara a morir, ¿qué sería de la suerte de Helena, abandonada, sola, sin fortuna, sin amigos?...
Otra operación hacemos por su cuenta, continuó el obsequioso Nathaniel, es pagar instalamentos de un seguro de vida de una hija suya, para que ésta lo reciba al cumplir veinte años; un seguro fuerte, que le devolverá a la señorita Scilly Dancourt el capital que su padre entregó a la compañía, hábil operación, pero que sobre todo satisface los gustos de nuestro cliente, que no quiere ocuparse de negocios, ni de dinero, y que gira a nuestro cargo por cualquier suma que se le ofrezca, desde cualquier punto de Europa, Asia, América, Africa u Oceanía, donde toman sus cheques nuestros banqueros, porque la casa tiene agentes en todo el mundo, agregó, complacido. Para él no llega aquí más correspondencia que la de un sabio su amigo. Hace tres años recibimos del señor Scilly telegrama de Roma, dando orden de no enviarles esas cartas, y la casa, cumpliendo las suyas, las guarda aquí. El no escribe nunca.
¿Y dónde está fechado el último cheque del señor de Scilly?, pregunté.
He dado a usted todos esos datos en estricta reserva, y así le daré el otro. Permítame usted hablo con el tenedor de libros para informarlo.
De Alejandría, y es por una suma fuerte. Probablemente seguiría para Oriente... El año pasado, por esta época, recibimos un cheque de Benarés... ¡Puen cliente, puen amigo, puena persona el señor de Chilly Tancourt!
Y haciendo reverencias y ofreciéndome que la casa estaría a mis órdenes siempre, me acompañó hasta la puerta, por donde salí desesperado.
¡Dios mío, un mes perdido así, cultivando imbéciles, oyendo referir la batalla de Sedán y leer los himnos a Ammón Ra Harmakouti, y sabiendo por los judíos cómo está colocada la fortuna del padre, todo esto sin encontrar el camino que me lleve hacia ella! Hoy me sé la historia de los Scilly como tal vez no la sabrá el Conde, que no tiene cara de darle importancia a esas vanidades. Cuanto libro he encontrado que pueda darme luz sobre los antepasados de Helena, lo he leído con una paciencia de benedictino. Tengo la cabeza llena de nombres y de hechos que van desde el año de cuarenta y ocho, en que un Scilly, amigo íntimo de Lamartine, figuró en la política, hasta el mil trescientos veintisiete, en que otro partió para la primera Cruzada. Sé sus armas y sus blasones, su escudo de combate y su grito de guerra. ¡Dios mío! ¿Y qué me importa todo eso si pierdo la esperanza de encontrarla y si me desespera perder esa esperanza? ¡Helena, amor mío, Helena, amor mío de mi alma, ven, surge, aparécete ante mis ojos cansados de buscarte y hunde en ellos las penetrantes miradas de tus pupilas azules, para que veas hasta mi alma y que en ella sólo te reflejas tú, como en las aguas de un lago dormido, el cielo constelado de astros!
12 de abril
Sólo una ventaja retiré de las entrevistas con el General des Zardes, con Mortha y con el obsequioso judío, que mi amor por Helena, de quien conozco ya la familia, la historia del padre y la inversión de la fortuna de éste, se haya dulcificado, sin disminuirse, pero humanizándose, por decirlo así. Sólo el amor comprende, Idolatrada, de quien por intuitiva adivinación sé hasta los más recónditos secretos de bondad y de nobleza; ¡sólo el amor comprende! Para el General des Zardes no existes, sólo vive en su imaginación la imagen de tu padre, tal como lo vio en los días de la funesta campaña; para el profesor Mortha eres un mozo ocupado en estudios de historia religiosa, el judío sólo sabe de ti el oro que recibirás al cumplir los veinte años! ¡Sólo el amor comprende! Charvet, a quien la práctica de su profesión no le ha endurecido el alma, como a tantos de sus queridos colegas, sabe la agonía del ser que te dio la vida, recuerda el horrible dolor de tu padre cuando el trágico suceso, y entrevió en tus ojos de niña el fulgor que tienen hoy, el fulgor terrible de santidad y de dulzura que alumbró mi alma en la noche de Ginebra. Sólo yo, que quiero buscar en ti la luz que me alumbre y el áncora que me salve, sé de ti todo cuanto saben ellos juntos y te adivino tal como eres... ¡Sólo el amor comprende!
Hoy hay dos lugares en la Tierra donde no se posan pies humanos. Envuelve sagrado silencio la atmósfera que en ellos se respira; son la estancia donde murió la santa de los cabellos de plata cuyo perfil sonríe a seis pasos de este sitio, en el cuadro de Whistler, y el cuarto, tomado en alquiler por diez años al hotelero suizo y cuya llave está en la caja de hierro cerca del camafeo; el cuarto por cuyo balcón me arrojó ella el ramo de rosas en la noche inolvidable.
13 de abril
Decía ayer que mi amor se dulcificaba, humanizándose... ¡Ah, sí!... ¡Sólo mi espíritu la reclamaba hace unos días, y ahora todo mi ser la reclama!... Antes de encontrarla no sabía lo que era el amor y había besado sólo con la imaginación, mis ideales de poeta, con mis labios de carne las bocas lascivas y entreabiertas de mis fáciles idolatradas. Ahora mi espíritu y mis labios sueñan con ella, y si en ella pienso vibra todo mi ser, como las cuerdas de un instrumento sonoro bajo el arco inspirado del artista que les comunica su alma.
Puesto que revestida de misterio y de más allá, entraste en mi vida, virgen inmaculada y dulcísima, nuestro amor será un éxtasis. Ennoblecidos por ti, los detalles de la existencia diaria se transfigurarán, y cada paso andado por los caminos de la tierra será un paso hacia lo alto. Por ti abandonaré los planes destinados a hacer pasar mi nombre a los tiempos venideros. ¡Qué más gloria que vivir arrodillado a tus pies sintiendo la caricia de tus manos y bebiendo en tus labios la esencia misma de la vida!
Oye: en la tierra que me vio nacer hay un río caudaloso que se precipita en raudo salto desde las alturas de la altiplanicie fría hasta el fondo del cálido valle donde el sol calienta los follajes y dora los frutos de una flora para ti desconocida. Las cataratas del Niágara, profanadas por los ferrocarriles y por la canallería humana que va a divertirse en los hoteles que las rodean, son un lugar grotesco cerca de la majestad de templo del agreste sitio, donde cae en sábana de espumas, atronando los ecos de las montañas seculares, el raudal poderoso. Cortada a pico sobre el abismo, donde la niebla se irisa y resplandecen las aguas a la salida del Sol, álzase ingente y rígida roca de basalto. Aquella roca es el lindero de una de mis posesiones.
Sobre ella construiré para ti un palacio que revista por fuera el aspecto de renegrido castillo feudal, con sus fosos, sus puentes levadizos y sus elevados torreones envueltos en verdeoscura yedra y grisosos musgos y que en el interior guarde los tesoros de arte que poseo y que animarás tú con tu presencia. Viviremos, cuando la vida de Europa te canse y quieras pedir impresiones nuevas a los grandiosos horizontes de las llanuras y a las cordilleras de mi patria, en aquel nido de águilas que por dentro será un nido de palomas blancas, lleno de susurros y de caricias. Habrá mañanas de sol en que nos verán pasar cabalgando en una pareja de caballos árabes, por los caminos que se extienden en la sabana,
y los rudos campesinos se arrodillarán al verte, creyendo que eres un ángel, cuando claves en sus cuerpos deformados por las rústicas faenas, la resplandeciente mirada de tus pupilas azules; habrá noches en que en el aire perfumado del cuarto, donde humea el té rubio en las tazas de China y alumbra el suntuoso mobiliario la luz de las lámparas, atenuada por pantallas de encaje, vibren las frases sublimes de una sonata de Beethoven, arrancada por tus pálidas manos al teclado sonoro y en que, desfalleciente de emoción contenida, te levantes del piano para contemplar desde el balcón de piedra la catarata iluminada por la Luna. ¡Apoyarás entonces la cabeza en mi hombro, me envolverán los rizos castaños de la destrenzada cabellera, volverás hacia los míos tus radiosos ojos azules, y la palidez sobrenatural de tu semblante, la mortal palidez exangüe de tus mejillas y de tu frente se sonrosará bajo los besos de mis labios!.
¡Helena! ¡Helena! Me corre fuego por las venas y mi alma se olvida de la tierra cuando pienso en esas horas que llegarán si logro encontrarte y unir tu vida con la mía!...
14 de abril
Ayer saltó otro edificio destrozado por una bomba explosiva, y la concurrencia mundana aplaudió en un teatro del bulevar hasta lastimarse las manos, La Casa de Muñecas, de Ibsen, una comedia al modo nuevo, en que la heroína, Nora, una mujercilla común y corriente, con una alma de eso que se usa, abandona marido, hijos y relaciones para ir a cumplir los deberes que tiene consigo misma, con un yo que no conoce y que se siente nacer en una noche como hongo que brota y crece en breve espacio de tiempo. Así a estallidos de melinita en las bases de los palacios y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que eran las antiguas creencias, marcha la humanidad hacia el reino ideal de la justicia, que creyó Renán entrever en el fin de los tiempos. Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo; cae el primer magistrado de Francia herido por el puñal de Cesáreo Santo, y escribe Suderman La dama vestida de gris, donde la abnegación y el amor a la familia toman tintes de sentimientos grotescos, sin que el final de cuento de hadas, agregado por el novelista a su obra, como un farmaceuta hábil, echaría jarabe para dulcificar una pócima que contuviera estricnina, alcance a disimular el acre sabor de la letánica droga.
Tórnase el arte en medio de propaganda antisocial, síntoma curioso que coincide con la tendencia negadora de la ciencia falsa, la única al alcance de las multitudes.
¡Mientras más pura es la forma del ánfora más venenoso puede juzgarse el contenido; mientras más dulce el verso y la música, más aterradora la idea que entrañan!
Moriste a tiempo, Hugo, padre de la lírica moderna; si hubieras vivido quince años más, habrías oído las carcajadas con que se acompaña la lectura de tus poemas animados de un enorme soplo de fraternidad optimista; moriste a tiempo; hoy la poesía es un entretenimiento de mandarines enervados, una adivinanza cuya solución es la palabra nirvana. El frío viento del Norte, que trajo a tu tierra la piedad por el sufrimiento humano que desborda en las novelas de Dostoievski y de Tolstoi, acarrea hoy la voz terrible de Nietzsche.
Oye, obrero que pasas tu vida doblado en dos, cuyos músculos se empobrecen con el rudo trabajo y la alimentación deficiente, pero cuyas encallecidas manos hacen todavía la señal de la cruz, obrero que doblas la rodilla para pedirle al cielo por los dueños de la fábrica donde te envenenas con los vapores de las mezclas explosivas, oye, obrero, ¿nada evocan en tu rudimentario cerebro las rudas sílabas de ese nombre germano, Nietzsche, cuando vibran en tus oídos?... Los ecos del Norte las repercuten, suenan ya en todo Europa y sus discípulos predican el evangelio de mañana. No lo creas parecido al evangelio que cuenta la historia del pálido Nazareno diciendo las consoladoras bienaventuranzas junto a las ondas azules del dormido lago de Tiberiades y expirando en lo alto de la cruz, con el cuerpo amoratado por los golpes y la pálida frente destrozada por la corona de espinas; es un evangelio que cuenta la historia de Zaratustra, en una cueva, meditando, entre el águila y la serpiente, en el reavalúo de todos los valores. ¿Nada le sugiere tampoco esa frase a tu obtuso entendimiento?... Es que la humanidad había estado recibiendo como verdaderas, nociones falsas sobre su origen y su destino, y el profundo filósofo encontró una piedra de toque en qué ensayar las ideas como se ensayan las monedas para saber el oro que contienen. Eso es lo que se llama reavaluar todos los valores. Lo que tú llamas conciencia, eso que te atormenta cuando crees haber cometido una falta, no es más que el instinto de la crueldad que puedes ejercer contra los otros, y que al no ejercerlo, porque la sociedad te lo impide encerrándote en la noción del deber, como a un león en una jaula de fierro, te atormenta como atormentarían sus inútiles garras al flavo animal si las hundiera en su propia carne al no poder destrozar los barrotes rígidos ni la presa deliciosa. Esos mismos deberes en que crees, no son más que la invención con que una raza potente y noble de hombres alegres que reían entre los incendios, los estupros, los asesinatos y los robos, sujetó a las razas de débiles vencidos, de que hizo sus esclavos. Los buenos entre los vencedores eran los más crueles, los más brutales, los más duros, y los esclavos inventaron como virtudes las cualidades opuestas a las que veían en sus amos: la continencia, el sacrificio de sí mismo, la piedad por el sufrimiento ajeno. En la revuelta de los esclavos, que tuvo lugar hace siglos, fue necesaria una víctima para que tuvieran una bandera que levantar, un hombre que juntara en sí todas aquellas falsas virtudes y muriera por afirmarlas, e Israel crucificó al Cristo, a ese que tú creías Dios, y triunfó la moral de los débiles, la que te enseñó tu padre, ésa sobre la cual está fundada la sociedad de hoy.
¿Tú no sabías nada de eso, obrero que con las manos encallecidas por el trabajo haces todavía la señal de la cruz y te arrodillas para pedir por los dueños de la fábrica donde te envenenan los vapores de las mezclas explosivas? Pues sábelo, y regenerado por la enseñanza de Zaratustra, profesa la moral de los amos; vive más allá del bien y del mal. Si la conciencia son las garras con que te lastimas y con que puedes destrozar lo que se te presente y coger tu parte de botín en la victoria, no te las hundas en la carne, vuélvelas hacia afuera; sé el sobrehombre; el Ubermensch libre de todo prejuicio, y con las encallecidas manos con que haces todavía, estúpido, la señal de la cruz, recoge un poco de las mezclas explosivas que te envenenan al respirar sus vapores, y haz que salte en pedazos, al estallido del fulminante picrato, la fastuosa vivienda del rico que te explota. Muertos los amos serán los esclavos los dueños y profesarán la moral verdadera en que son virtudes la lujuria, el asesinato y la violencia. ¿Entiendes, obrero?...
Así, a estallidos de melinita en las bases de las ciudades y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que eran las antiguas creencias, marche la humanidad hacia el reino ideal de la justicia que entrevió Renán en el fin de los tiempos. Nietzsche, Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo.