Capítulo 11 · Parte 11

De sobremesa — José Asunción Silva · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 11 de 16 · 4073 palabras

Ofrézcame usted que, por grande que sea el malestar que sienta, no se moverá usted de esta cama ni tomará usted nada que no sea su poción.

Se lo ofrecí, y de hora en hora apuré el contenido de la oscura botella. Era un licor rojizo, perfumado, meloso y amargo en que se fundían diez sabores extraños. A la quinta cucharada, como quemado por un fuego interior, sentía correr la sangre por las venas y estremecimientos de vida vibrándome a lo largo de la columna vertebral. Me provocó levantarme. Tomaba la sexta, cuando entró Charvet con Marinoni.

¿Ya resucitó usted?, me preguntó el viejo, tendiéndome la mano.

Comencé a hablarle en voz alta, vibrante y llena, y le di las gracias por sus cuidados. Me sentía moribundo y estoy lleno de vida, doctor, le dije; me ha devuelto usted mis fuerzas perdidas en unas horas; ahora va usted a quitarme esta maldita impresión de ansiedad que me desespera, ¿no es cierto?...

Eso desaparecerá en tres o cuatro días, si todo sigue bien. ¿Tendrá usted valor suficiente para pasarlos sin recurrir a los narcóticos?... Si usted lo tiene, me atreveré a pronosticarle una mejoría rápida. Sin embargo, no debo ocultarle un temor que tengo desde ayer; es fácil que de un momento a otro le comience a usted una neuralgia violenta que prolongará su enfermedad por varias semanas. Puede usted levantarse mañana, si no siente dolor alguno, y pasar unas horas en el escritorio. Cuidado con el frío...

El treinta y uno por la tarde me aseguró que me encontraba bien y que en algunos días más podría salir a la calle. Sintiéndome con fuerzas de sobra y desesperado con aquel encierro, en que mis nervios excitados no habían tolerado más compañía que la del suave Marinoni, a quien el recargo de ocupaciones le impedía estar a mi lado, convencí a Francisco, rendido por las noches de vigilia, de que se acostara y preparé mi salida nocturna. Desde el mediodía era ya intolerable lo que estaba sintiendo. El malestar que me hizo ir la primera vez a casa de Charvet, la ansiedad loca del galope en el camino de Sèvres, la horrible angustia de los días pasados, eran un juego de niños junto al martirio de aquella tarde. La perspectiva de la noche insomne del año nuevo, aquel lento sonar de las horas en el viejo reloj del vestíbulo, aquella melancolía sin nombre que me había invadido el alma desde por la mañana, me hacían inaceptable la idea de la reclusión. Quería oír el ruido de la multitud, perderme por unos minutos en el tumulto humano, olvidarme de mí mismo.

Sonó, cerrándose tras de mí, la puerta del hotel. Una ráfaga helada me azotó la cara y me hizo correr un escalofrío por las vértebras. La ansiedad tomó la forma concreta de una idea de movimiento, y tuve que contenerme para no realizar el deseo que surgió en las profundidades de mi ser, de correr como un loco, frenéticamente, hasta caer falto de aliento contra la sábana helada que extendía el invierno sobre el piso de la calle silen ciosa.

Eran las doce menos veinte minutos cuando salí al bulevar y me confundí con el río humano que por él circulaba. El aspecto de las barracas de año nuevo, negras sobre la blancura de la nieve, de las ventanas de los restaurantes, rojizas por la luz que se filtraba por los despulidos vidrios y las transparentes cortinillas, los esqueletos descarnados de los árboles, que alzaban las desmedradas ramas hacia el cielo plomizo y bajo, la misma animación de la multitud, ruidosa y alegre, aumentaron la horrible impresión que me dominaba. Caminé durante un cuarto de hora con paso bastante firme y... Me detuve un instante cerca de un pico de gas, cuya llama ardía en la oscuridad nocturna como una mariposa de fuego... ¿Cartas transparentes?, me dijo un muchacho, que guardó el obsceno paquete al volverlo a mirar.

La luz de las ventanas de una tienda de bronces me atrajo, y caminando despacio, porque sentía que las fuerzas me abandonaban, fui a pararme al pie de una de ellas.

Una mujer pálida y flaca, con cara de hambre, las mejillas y la boca teñidas de carmín, me hizo estremecer de pies a cabeza al tocarme la manga del pesado abrigo de pieles que me envolvía, y sonó siniestramente en mis oídos el pssit, pssit, que le dirigió a un inglés obeso y sanguíneo, forrado en cheviotte gris, que se había detenido a mi lado y que se fue tras ella. Al volver la cabeza, los faroles de vidrio rojo de un fiacre que cruzó por la bocacalle vecina, distrajeron mi atención por unos segundos. Me fijé luego en la ventana, y en el momento mismo en que vi el gran reloj de mármol negro con su muestra de alabastro y volante montado por fuera, colgando de la mano de una figura de bronce, sostenido por un hilo de metal dorado, comprendí a qué se refería la angustia horrible que había venido sintiendo en los días y las noches anteriores: ¡ah, indudablemente era el terror irrazonado, siniestro y lúgubre del año que iba a comenzar! Faltaban cinco minutos para las doce. El puntero de oro avanzaba sobre la muestra de alabastro. El volante iba y venía: tic tac, tic tac; tic tac; un hilo luminoso sobre el fondo de sombrío: tic tac, tic tac. Los dos espejos laterales de la ventana, al copiarse, reflejaban con un tinte verdoso de cadáver descompue

sto mi fisonomía horriblemente desfigurada y pálida, el perfil adelgazado por el sufrimiento de los días anteriores y la maraña de la descuidada barba. Me pareció que estaba preso entre dos muros de vidrio y que jamás podría salir de allí. El volante iba y venía: tic tac, tic tac, y cada oscilación marcaba un grado más de angustia, de terror y de desesperación en mi alma. Rígido el cuerpo, crispados los nervios, exacerbados los sentidos. El murmullo del río humano que corría a mis espaldas se cambió para mis oídos alucinados en un sollozo infinito que iba a perderse en aquellos nubarrones plomizos y grises que encapotaban el cielo. Tic tac, tic tac, tic tac: El volante iba y venía sobre el fondo oscuro de la ventana. A cada segundo que pasaba lo sobrenatural se acercaba más y más para aparecérseme en el fondo del abismo de sombra que se abriría tras de la muestra de alabastro al sonar la hora del año nuevo. La hora se acercaba. Tic tac, tic tac... Quise huir para no ver aquello, y las piernas no obedecieron al impulso de la voluntad. Un frío mortal me subió desde los pies hasta la nuca. En la pesadilla sin nombre en que se deshacía mi ser, vi avanzarse hasta mí el reloj de mármol negro, como un ser viviente, y aterrado caminé para atrás cuatro pasos. Los doce golpes sonaron en mis oídos lentamente, gravemente, cubriendo todos los rumores de la calle con un ruido ensordecedor, metálico y fino de campanas de oro. Confundidos los punteros en uno solo para marcar la hora trágica del horror supremo, el volante se detuvo, inmóvil, como obedeciendo a un mandato de lo invisible. Espesa niebla flotó ante mis ojos, una neuralgia violenta me atravesó la cabeza de sien a sien, como un rayo de dolor, y caí desplomado sobre el hielo.

Cuando volví en mí estaba en mi cuarto, vestido, con la camisa abierta, acostado en el lecho. Marinoni estaba allí cerca, y Francisco rezaba, arrodillado, las oraciones de los agonizantes. Sobre la mesa cercana a mi lecho ardía un cirio al pie de un Cristo. La luz tétrica de la madrugada se filtraba por los calados de los balcones. Una neuralgia horrible me apretaba la cabeza como en un círculo de fierro; pero la impresión de angustia había desaparecido.

¡Marinoni!, grité, me he salvado; acércate.

Por milagro estás vivo. Eres un loco. Si supieras la noche que nos ha hecho pasar. ¿Cómo es eso de que estás bueno?...

Estoy bueno. Tengo un dolor horrible que me va a matar tal vez, pero no siento la ansiedad de los días pasados. Dije eso y caí en una especie de letargia profunda.

De los primeros diez días de fiebre conservo confusas impresiones. Mis ojos no acostumbrados a la penumbra gris de la alcoba, percibían oscuramente lo blanco y lo negro del vestido de una hermana de caridad sentada a la cabecera del lecho, y el contorno de la nívea corneta que, contra la oscuridad de la pared, se le antojaba a mi pobre cerebro una garza con las alas abiertas, y por asociación de ideas evocaba el recuerdo de los pantanos de Santa Bárbara.

Al desaparecer la fiebre sentí una debilidad extrema. Ahora estoy en plena convalescencia, siento que la vida me vuelve con cada copa de los añejos vinos españoles que apuro, con cada bocado de los que devoro con apetito pantagruélico, y Charvet está encantado de ver la rapidez con que voy adquiriendo fuerzas.

Parece que el viejo me hubiera cogido cariño. Es sensual hasta las puntas de las uñas; tiene la pasión de la obra de arte, un gusto exquisito, y según dicen, posee la más hermosa colección de tapices persas que existe en París. Cuando viene a verme se acomoda en un sillón cerca del fuego, bebe a traguitos un jerez desteñido de cuarenta años, saboreándolo, viéndole el color al levantar a la altura de los ojos la frágil copa de Salviati, en que se le sirve y oliéndolo con delicia. A veces, como para excusarse de apurar la tercera, dice «excelente», pegándose a la boca los dedos recogidos de la mano, abriéndolos luego y extendiendo el brazo para levantarlo, con un movimiento blando que parece esparcir en el aire el perfume del añejo licor.

Qué falta hace entre los tesoros de arte que han amontonado usted en su vivienda una mujer, no una querida, que sería incapaz de entender nada de esto, sino una mujer muy joven y de gran raza, que gozara con cada detalle suntuoso y animara con su frescura las magnificencias sombrías de estos aposentos, donde usted debe echar de menos, a veces, una delicada presencia femenina... Cásese usted, amigo mío... El matrimonio es una hermosa invención de los hombres, la única capaz de canalizar el instinto sexual.

¿Se sonríe porque le hablo así?... Ha de saber usted que la medicina no ha sido para mí más que una necesidad, un modo de ganar el pan. Yo tengo nervios de artista, no de hombre de ciencia; por eso me entiendo bien con usted. Aquí entre nosotros le confieso que una de las amarguras de mi vida es que mi nombre va a quedar pegado para toda la eternidad al de una asquerosa alteración de los cordones nerviosos de la médula. Esa idea me revuelve el alma. Un botánico desnicha, en alguna montaña del trópico, una hermosa planta de olorosas flores; un astrónomo observa un cometa, y la humanidad en lo futuro no puede separar su recuerdo de la imagen de los pétalos frescos, o de los luminosos rayos que caen de lo alto... Uno de nosotros, doblado sobre el cadáver sanguinolento, hurgándolo con el bisturí, ve una fea manchita que le parece anómala, somete el tejido al microscopio, gasta sus pobres ojos observándolo, escribe una monografía en que inventa lo que le falta saber, y por premio de sus esfuerzos consigue esto: que un charlatán, al desahuciar a un infeliz cuyo mal ignora, lo acabe de aterrar diciéndole: tiene usted un principio de mal de Brigth... no puedo hacer nada por su salud; estos síntomas denuncian la neuropatía cerebro cardiaca de Krishaber, la ciencia es impotente; convénzase usted de que lo devora la enfermedad de Charvet... ¿Le parece a usted muy entretenido eso de que le den el nombre de uno a una cosa innoble?, concluyó, con las manos metidas en el fondo de los bolsillos y sacudiendo la cabeza con expresión de asco... Goce usted suavemente de la vida, cásese usted, amigo mío, sea usted feliz...

10 de marzo

El regalo de Rivington, una copia suntuosamente enmarcada y hecha por mano de maestro del cuadro que adorna su sala, llegó hace cuatro días a mi hotel. Fue en el salón donde abrí la caja, retirando yo mismo los tornillos, levantando las tablas, rompiendo los papeles que lo envolvían, hasta contemplar la ideal imagen de la Idolatrada. Imposible permitir que una mano servil hubiera ejecutado aquella tarea. La pintura es un perfecto espécimen de los procedimientos de la cofradía prerrafaelista; casi nulo el movimiento de la figura noble, colocada de tres cuartos y mirando de frente; maravillosos por el dibujo y por el color los piececitos desnudos que asoman bajo el oro de la complicada orla bizantina que borda la túnica blanca y las manos afiladas y largas, que desligadas de la muñeca al modo de las figuras del Parmagiano, se juntan para sostener el manojo de lirios, y los brazos envueltos hasta el codo en los albos pliegues del largo manto y desnudos luego. El modelado de la cabeza, el brillo ligeramente excesivo de los colores, agrupados por toques, todo el conjunto de la composición se resiente del amaneramiento puesto en boga por los imitadores de los quattrocentistas. Está detallado aquello con la minuciosidad extrema, con todo el acabado que satisfaría al Ruskin más exigente; distingue quien lo mira uno a uno los rayos que forman la aureola que circuye los rizos castaños de la cabeza, los hilos de oro de la orla bordada, las ramazones de los duraznos en flor, los pétalos rosados de éstas, las hojas de las rosas amarillas, sobre la verdura de los matorrales, y en los retoños y yerbas del suelo podría un botánico reconocer una a una las plantas copiadas allí por el artista. Al pie de la pintura, sobre la orla negra, brilla en dorados caracteres latinos la frase:

MANIBUS DATE LILIA PLENIS

¿Quién era el pintor, ese J.F. Siddal, cuyo nombre está al pie de la tela, que con tan extremado amor puso la mística expresión de unción soberana y casi estática en el lienzo que puebla ahora mi casa y mi vida de dulcísimos ensueños?... Ni lo mencionan los críticos que han escrito sobre la Pre Raphaelite Brotherhood, ni figura su nombre en ninguna galería, ni catálogo de museo.

¡Qué me importa el ideal de arte que le dictaba su técnica minuciosa, si ante mis ojos sonríes, con la suave gracia de los largos lineamientos de tu cuerpo delicado, con la misteriosa irradiación de tus pupilas azules que alumbran la sobrenatural palidez del semblante, enmarcado por los sedosos rizos castaños de la destrenzada cabellera!, ¡oh imagen que llenas mi vida y mi alma!...

He aquí lo que he encontrado para que, en el cuarto vecino al escritorio, donde amplia cortina de antiguo tejido y desteñidos matices deja caer sus pliegues a los lados del balcón enmarcándolo, esté junto lo mejor de mí mismo. Sobre las paredes tendidas de oscuro cuero de Córdoba sólo atraen las miradas dos telas: la copia enviada por el doctor Rivington y el retrato de la abuela, con su perfil de Santa Ana y las canas blancas destacándose sobre un fondo oscuro que pintó para mí James Mac'Neil Whistler, el extraño artista que, al decir de un crítico, sabe con extralúcida intuición desprender en sus obras, bañadas de misterio, lo suprasensible de lo real.

Al pie del retrato de Helena, pesada mesa de bronce cincelado sostiene las jardineras llenas de flores que pedí a Cannes por telégrafo. Sube hasta sus pies el aroma de las rosas rojas, de las rosas amarillentas y de las rosas blancas, de los ramos de violetas de Parma que languidecen en altas copas de cristal opalescente, de los montones de claveles blancos, áureos, sonrosados, purpúreos, confundidos con la suave emanación de las mimosas y de los lirios. Aquella oposición de vívidos tonos que cantan, tentaría la paleta de un colorista.

Sobre el verde de los veladores de malaquita contrasta el blanco de las pastas, ornamentadas con las tres hojas y la mariposa, de los tomos de versos que compré en Londres e hice encuadernar a mi antojo. Un solo sillón, donde bajo la mirada apaciguadora de sus ojos azules, voy a leer a Shelley y a Longfellow, y el pesado cofre de hierro donde guardo las joyas, su camafeo, y el ramo de rosas de Ginebra, forman el mobiliario del cuarto.

¡Ese ambiente de espiritualidad es el que requieres, amor de alma, para que vivas con intensa vida, y el único que me parece respirable hoy, en que mi ternura aspira a ti con todas sus fuerzas como débil planta que vuelve sus hojas hacia el sol!

10 de abril

Charvet, fastidiado de esperarme en el despacho, mientras me vestía, estaba acomodado en el sillón, la cabezota contra el espaldar de éste, los quevedos de oro montados en la nariz, y los poemas de Keats en la mano, cuando entré al saloncito.

Los poetas ateos, de jóvenes, no creen en Dios, pero creen en los ángeles y en la Virgen Santísima, dijo levantándose al verme. Hasta ahora éste es el sitio donde he respirado atmósfera más espesa de misticismo... desde que paseo mi persona por este pícaro mundo. Si el pobre Scilly Dancourt entrara a este cuarto, se arrollidaría al ver el retrato colocado en este ambiente de capilla... Se pone usted malo... ¿Qué le pasa a usted?, añadió con cara de sorpresa... ¿He cometido una indiscreción al entrar aquí?... Perdóneme usted; vi la puerta entreabierta y no resistí la tentación de hacerlo; vamos a su escritorio.

Sentado cerca de éste, Charvet, instado por mí, con no sé qué frases locas, para que me explicara qué quería decir con lo que me había hecho temblar de sorpresa al oírlo, me dijo más o menos lo siguiente:

Hizo doce años, a fines de enero, estaba en Provenza huyéndole al frío del invierno, cuando recibí un telegrama de un hotelero de Niza, ofreciéndome gruesa suma por ir a pasar algunos días allí y prestarle mis servicios a un enfermo grave. Era tan halagüeña la oferta que no vacilé en ponerme en camino, para presenciar a mi llegada una de las escenas más angustiosas que he visto en la práctica de mi profesión, tanto más cuanto que mi ciencia nada podía hacer para evitarla. Ahora, al ver ese cuadro, del cual poseo una fotografía regalada entonces por Scilly Dancourt, creo ver a la pobrecilla con la admirable belleza de sus veintitrés años, y recuerdo como si fueran cosas de ayer los horribles sufrimientos del pobre hombre cuando, arrodillado al pie del lecho, bebiéndole el aliento envenenado y besándola, volvía los ojos hacia mí, como pidiéndome que la defendiera contra la muerte. Doctor: ¡sálvela usted y le serviré de rodillas toda mi vida; soy rico; disponga usted de mi fortuna, pero sálvela!, me decía, suplicante; y yo comprendía el paroxismo de dolor que lo crispaba al ver la figura ideal y la mirada de ternura sobrehumana conque lo envolvían los ojos azules de la tísica.

La enfermedad había sido un resfriado, cogido la noche en que salieron de París; pero la frágil constitución de la enferma y quién sabe qué herencia de tuberculosis, hicieron estallar una tisis galopante, ante la cual fueron inútiles mis esfuerzos. Decirle a usted qué especie de dolor, de locura fue la del marido al convencerse de que estaba muerta, sería tarea imposible.

Fuera de esta criatura, me decía, mostrándome días después una chiquitina de cuatro años que parecía comprender el horror de lo que había pasado y lo miraba con los mismos ojos azules de la madre y tenía aspecto delicado como el de una flor enferma, no tengo a nadie en el mundo. Me voy a Africa, me voy a Extremo Oriente, a recorrer toda la América, a viajar por años enteros para no morirme aquí de melancolía. ¡Pobre hombre! Me causó tal impresión verlo en ese estado, que recuerdo hasta sus últimas frases:

Doctor: no se extrañe usted al verme sufrir así, al ver mi desesperación; usted no sabe que era una santa, usted no sabe que todas las de su raza han sido adoradas así, frenéticamente. ¿No ha oído usted contar la historia de Rossetti, el poeta pintor que casó con María Isabel Leonor Siddal, que era de la misma familia de mi mujer, hace veintitantos años?... y que ¿jamás pintó en sus cuadros ni cantó en sus versos a otra que a ella, y que muerta ella depositó en el ataúd el manuscrito de sus poemas para que durmiera junto de la que los había inspirado?... Rossetti estuvo, al morir María Isabel, casi loco; y si años más tarde el cloroformo y la tristeza dieron cuenta de su vida, fue porque no hizo lo que voy a hacer yo, a pedirle a los viajes y al estudio de las religiones la fuerza necesaria para no dejar a esta chicuela sola en el mundo!, decía mostrándome a la niña.

¿Y la fotografía, doctor?...

¡Ah, sí! Ese cuadro que tiene usted es un retrato de la mujer de Scilly Dancourt, hecho por un hermano que abandonó la pintura después, para irse a la India, según me dijo entonces aquél... Y oiga usted... El amanerado imitador de los prerrafaelistas no hizo más que dañar el modelo al sujetarlo a las invenciones de su escuela, porque la muerta era más hermosa todavía; tenía una cabellera castaña de visos dorados, ese color auburn que dicen los ingleses, y unos ojos azules como no he visto otros después. Pobre hombre; no lo he vuelto a ver nunca.

¿Ni a saber de él, doctor?..., le pregunté con mal disimulada impaciencia.

Ni una palabra. Creo que la única persona a quien le escribe en París es al General des Zardes. Sirvió a sus órdenes como Capitán en la guerra con Prusia en 1870, y éste lo tiene en grande estima por su valor... ¿Y cómo vamos de salud?, inquirió, volviendo a sus carneros.

Charvet me autorizó desde ese día para volver a mi vida de antes de la enfermedad:

Está usted hoy más fuerte que la tarde en que vino a mi consulta por primera vez. Goce usted suavemente de la vida... Sea usted feliz, me dijo, golpeándome el hombro al salir.

¡Gozar de la vida sin ella! Gozaré de la vida cuando me arrodille a sus pies. ¡Bendito seas rayo de luz que has caído en la noche de mi alma y que me permitirás encontrarla!

20 de marzo

Cuanto le puedo contar es cuento le he contado; diríjase usted al profesor Mortha, a quien Scilly Dancourt le escribe con frecuencia sobre sus chifladuras de orientalismo y de historia religiosa, dijo, con su voz ruda y levantándose de la silla, en el salón del Círculo, el viejo General des Zardes. Diríjase usted a Mortha... Ahora resulta usted preocupado también de esoterismo y de religiones. Creía que la vida de cuartel que ha llevado lo había preservado de esas vagabunderías. Y es usted joven para ser General, agregó con irónica expresión, torciéndose el viejo mostacho canudo.

Yo no soy General, le contesté, riéndome, al oír aquella salida.

Pues es extraño... Todos los paisanos de usted que yo he conocido en el Círculo, son generales, gruñó, despidién dose.

Poco más había adelantado con la conversación que tuve con él y que acabó con aquella frase evocatoria de las charreteras de fácil adquisición en nuestras repúblicas latinoamericanas. Contóme en ella la campaña hecha por ambos, él como Coronel, Scilly Dancourt como Capitán en la quinta división del ejército mandado por el General de Tailly, las marchas y contramarchas, las indecisiones y los desaciertos de la funesta campaña; me pintó al pobre Emperador átono y decaído, sumido en la incertidumbre y en el silencio; puso por las cumbres a Trochu que, al decir suyo, habría salvado a Francia si hubiera realizado sus planes; llamó imbéciles a Rouher, a Montauban y a Chevreau; insultó a Bazaine, glorificó a Mac Mahon; me describió a gritos y con voces técnicas las batallas de Saint Privat, de Wissenbourg y de Froeschwiller, y el aire de mortal tristeza y de embrutecimiento de Napoleón al ver entrar sucesivamente a la Prefectura de Sedán a Ducrot, a Douay luego, a Lebrun después; el diálogo brutal entre Ducrot y Wimpfen y la salida de éste a parlamentar con el enemigo.

Esta obra es de dominio público

La publica la Biblioteca CosmoStory y se lee completa, sin cuenta. Con una cuenta gratuita puedes guardar tu avance, subrayar, comentar y preguntarle a la IA sobre lo que lees.

Crear cuenta o iniciar sesión