Al comenzar los tapiceros a desarmar la casa me he quedado sorprendido del número de objetos de arte y de lujo que insensiblemente he comprado en estos seis meses y los he remirado uno por uno, con cariño, porque en lo futuro me recordarán una época de mi vida más noble que los últimos años. Tú irás a adornar el vestíbulo del hotel en París, enorme vaso etrusco que ostentas en tus bajorelieves hermosa procesión de sátiros y de ninfas, y por sobre las cabezas de carnero que forman tus asas, las orquídeas del trópico, enredarán sus tallos florecidos de níveas mariposas vegetales, salpicadas de violado y de púrpura; os cruzaréis en guerrera panoplia sobre la partesana, cincelada como una joya, vosotras, espadas árabes de policromas empuñaduras, con las tersas hojas de complicados gavilanes y retorcidas contraguardas que templaron en las aguas del Tajo los maestros toledanos del siglo XVI y las árabes moharras y peligrosas franciscas con las finas dagas damasquinadas de oro; contra lo desteñido de vuestros matices moribundos, antiguos brocateles pesados, sonreirán los dos cuadros de Gainsborough y de Reynolds que compré en la venta del mes anterior; vosotros, ejemplares de Shelley, de Burne, de Keats, de Tennyson y de Rossetti, que lleváis sobre el marroquí blanco de las primorosas pastas, grabadas las tres hojas y la mariposa del camafeo, iréis a esperar sobre el velador veneciano de malaquita que recorran vuestras páginas sus ojos, sorprendidos de encontrar allí el diseño de su joya perdida, y tú, rubí único, rubí de Burmah, pagado a Bentzen en una fortuna, rubí que ardes como una ascua y brillas como un rayo de luz, ¡tú irás a irradiar, como una cristalización sangre, sosteniendo el anillo nupcial, y empalideciendo más la sobrenatural blancura de sus dedos afilados, en su pálida mano de reina!
París, 26 de diciembre
Desde el momento en que pisé esta ciudad me ha invadido un malestar indescriptible. No es una impresión moral, porque serenado mi espíritu por la idea de buscar a Helena y confortado por la esperanza de encontrarla, me siento mejor; no es una enfermedad porque ningún síntoma externo la traduce, ni lo acompaña dolor alguno, y mi cuerpo rebosa de vida. Tengo como una plétora de fuerza disponible que no encuentro cómo gastar. El día de antier lo pasé todo en violentos ejercicios físicos, equitación, ciclismo, box, florete, que en vez de fatigarme, le dieron a mis músculos una sensación de fuerza precisa, que por absurda que sea la imagen, se me ocurre comparar con la que tendría una máquina bien construida, si tomara conciencia de la solidez de sus engranajes de acero y de la potencia del motor que los hace funcionar. Estas hecho un Hércules, me decía antier el viejo Miranda, golpeándome el hombre, y brillándole los ojos de envidia, en los momentos que pasé en su escritorio.
Hecho un Hércules y parece que ese exceso de vigor es la causa del extraño estado en que me encuentro. Ayer no pude resistir más y me fui a un médico, a quien sin entrar en detalles de otro orden, le referí mis achaques. Fue el profesor Charvet, el sabio que ha resumido en los seis volúmenes de sus admira bles Lecciones sobre el sistema nervioso, lo que sabe la ciencia de hoy a ese respecto y que me conoce y me mira con ex trema benevolencia desde que oí sus lecciones en la facultad y presencié sus curiosas experiencias de hipnotismo en la Salpêtrière.
Ha realizado usted el consejo de Spencer, me dijo, «seamos buenos animales», es usted un hermoso animal, agregó sonriéndose. Espero que no se tratará de una e
nfermedad grave. ¿A qué le debo el placer de su consulta?...
A una abominable impresión de ansiedad y de angustia bajo la cual estoy viviendo desde mi llegada a París; de angustia sin motivo y por consiguiente más odiosa, de ansiedad que no se refiere a nada, y a la cual preferiría en dolor más intenso... ¿Le ha sucedido a usted, doctor, correr, ya en retardo, a una cita urgente, contar los minutos, los segundos, abrir el reloj, no ver la hora, volverlo a abrir, ver que el instantáneo se mueve, rectificar si el cronómetro funciona, aplicándole el oído, creer que se ha parado, buscar la hora en los relojes de la calle, sentir que el tren o el coche no caminan y no descansar de la horrible impresión que le hace correr sudor frío por las sienes y le aprieta el epigastrio, sino después de estar en el lugar convenido?... Prolongue usted eso por seis días, exacérbelo, hágalo más insoportable quitándole la causa y tendrá usted idea de lo que siento.
Me interrogó hábil y discretamente hasta hacerme confesar los cinco meses de abstinencia sexual a que me ha condenado la imposibilidad de tolerar cualquier contacto femenino desde la tarde del bendito encuentro en Ginebra.
Acabáramos, prorrumpió con una sonrisa de alegría que le alumbró toda la cara afeitada y le hizo al sacudir la cabeza, brillar los cabellos blancos y lisos que, echados para atrás le caen en espesa melena sobre el cuello del largo levitón negro. Acabáramos, ¿y ese capricho? ¿un voto de castidad hecho por usted, a sus años y con esa facha?..., preguntó con amable expresión.
No es un capricho; obedece a motivos que serían largos de explicar, dije, para ahorrar comentarios. ¿Conque cree usted que es ésa la causa?
Ya lo creo, amigo mío, respondió con suavidad acariciadora, ya lo creo, que es ésa la causa. ¡Con esa fisiología de atleta que tiene usted y con sus veintiséis años! ¡Supóngase usted una batería poderosa acumulando electricidad; una caldera produciendo vapor, electricidad y vapor que no se emplean! Estos primeros meses han debido de ser terriblemente incómodos y experimento admiración por la fuerza de voluntad que le ha permitido a usted pasarlos así. Sobran las drogas, amigo mío, usted sabe el remedio, aplíqueselo... en dosis pequeñas al principio, agregó sonriendo siempre.
Si no me da usted otro, contesté empleando un tono análogo al que usaba él, no me curaré pronto, esté usted seguro.
¡Ah! ¿conque insiste usted en su régimen?..., preguntó con expresión de marcada curiosidad... Es admirable... Vamos, pues gaste usted fuerza en todo sentido como lo ha hecho usted en estos días y complete la obra del ejercicio violento con largos baños calientes y altas dosis de bromuro. Bromuro por agua ordinaria, agregó entregándome la fórmula y..., cuidado con que se despierte de repente la bestia que ha logrado usted domesticar y haga alguna andanada, ¿eh?... me dijo al apretarme la mano en la puerta de la consulta.
Inútil todo. He permanecido horas enteras en la enorme tina de mármol blanco, aletargado por la influencia de la temperatura ardiente del agua; tengo en el paladar el sabor salino de la droga sedante y en las narices el olor de la esencia de toronjil que el profesor agregó a la sal. Inútil todo. La angustia me oprime, me agota, me embrutece; me hace sudar frío, me imposibilita para pensar. En las últimas cuarenta y ocho horas no he podido pegar los ojos y el cerebro fatigado por el insomnio, funciona débilmente. No pienso casi, y me muero de ansiedad. ¿De qué?... De nada... Esta mañana hice ensillar el más fogoso de mis caballos, un árabe, fino y nervioso como un artista, que se excita y piafa al verme, y huyendo de la exhibición del Bosque y de los trotecitos de ordenanza, galope furiosamente tendido al través sobre el fogoso animal que se sorbía los vientos del paisaje invernal, devastado por el frío... Me parecía que aquella carrera furibunda tenía algún objeto que no alcanzaría, y la angustia crecía, crecía, y en el ruido de las herraduras al golpear la carretera desierta y blanca de nieve, me parecía oír una voz que me gritaba: «¡Apura, apura, vas a llegar tarde; más aprisa, apura, apura!». Y bajo esa impresión llegué cuatro horas después al hotel, bañado en sudor, rendido y temblando de miedo como si allí me esperara una mala noticia... ¿Hay cartas?, le pregunté al portero que me tendió dos. Como si fueran algo inesperado y gravísimo abrí las cubiertas con sobresalto; eran una nota de Morrell y Blundell, dándome aviso de cien libras pagadas a mi sastre en Londres y una esquela de Alberto Miranda avisándome que me habían conseguido al fin unas aguafuertes tras de las cuales andaba hace meses...
Desde hace seis horas tirito, calado de frío, hasta las médulas de los huesos, tendido en el diván de mi despacho sobre el cual ha acumulado Francisco, mantas y pieles que no me calientan, como no me calienta el claro fuego que arde en la chimenea. Me hielo y me muero de angustia. Para distraerla escribo estas líneas, y al releerlas y encontrarlas inteligibles experimento una sorpresa extraña. Es tan grande la debilidad mental que experimento que no podría agregarles cien más. El cerebro se rebela a pensar. Espesa bruma envuelve mi horizonte intelectual; mortal decaimiento me postra, y si por mí fuera no haría un movimiento para no gastar las escasas fuerzas que me quedan. Es como si por una herida invisible se me estuvieran yendo al tiempo la sangre y el alma. Así debió de agonizar Séneca con las venas abiertas, entre el agua tibia de la tina de mármol. En mi espíritu, donde las imágenes pierden su relieve y se confunden, flotan dos versos de un soneto de Rossetti, de aquel soneto en que una visión le habla al poeta entre la bruma nocturna:
Look at my face, my name is might have been
I am also called, no more, farewell.
¡Oh, mírame la faz!... ¡Oye mi nombre!
¡Me llamo lo que pudo ser! Me llamo...
Es tarde...
me llamo... ¡Adiós!...
Y no puedo levantarme y me muero de angustia y de debilidad... ¡La Muerte!... No me impresiona pensar en ella; ¡estoy seguro de que no es ni más horrible ni más misteriosa que la Vida!
17 de enero
Estoy mejor ya, acostado todavía, y mientras llega el profesor Charvet,
que vendrá a las tres de la tarde, me entretengo en describir, poseído de mi eterna manía de convertir mis impresiones en obra literaria, los síntomas de la extraña dolencia.
Las últimas líneas trazadas aquí tienen fecha del 26. Pasé ese día y los dos siguientes en el mismo estado de malestar indescriptible que experimentaba al escribir entonces. La impresión de angustia se hizo tan intolerable que, a pesar de mis esfuerzos para dominarme, se traducía en involuntario quejido como el que me habría arrancado una neuralgia y la postración se acentuó de tal modo, que los esfuerzos para levantarme y vestirme fueron inútiles. Francisco, aterrado con mi enfermedad y sin orden mía, corrió al escritorio de los Mirandas y a la oficina de Marinoni. Unas horas después, al oír voces, abrí los ojos, que había mantenido cerrados, y al través de la bruma que llenaba el cuarto vi seis caras que se inclinaban sobre la mía, distinguí los bigotazos blancos de don Mariano Miranda, la carita árabe de Vicente, su hijo, la cabezota rubia de Marinoni y la corbata lila de uno de los médicos, un personaje rosado y oloroso a Chypre, que me auscultaba frenéticamente, dándome golpecitos con los dedos llenos de anillos.
Hice un esfuerzo para incorporarme, y la cabeza, como desarticulada por la debilidad, se me fue para atrás sobre los almohadones en que me habían acomodado. La presencia de aquella gente me devolvió un poco de energía, irritándome con las caras de pésame que me mostraban. Logré enderezarme, saludarlos, y le contesté con displicencia al médico de la corbata lila, de las patillas rubias y del pelo rizado, que me preguntaba qué sentía:
Debilidad y sueño, señor... Debilidad y sueño. Me quejaba porque me dolía un poco la cabeza.
Creo que estamos en presencia, querido colega, dijo el afeminado personaje, volviéndose a su compañero, un individuo rechoncho y carirredondo, de barbilla castaña y pelada cabeza, que me miraba con expresión entre irónica y despreciativa, de fenómenos neurasténicos atribuibles al estado de profunda debilidad en que se encuentra el paciente. Hay ciertos puntos relativos al diagnóstico y al tratamiento en que la ilustrada opinión de usted contribuiría a aclarar mis ideas, querido colega.
Si quieren ustedes hablar a solas pasen al salón, sugirió don Mariano Miranda, mostrándoles el camino. Dicen que no es grave. Eso fue todo lo que saqué en limpio; lo demás no se lo entiendo: astenia, neurastenia, anemia, epidemia, syrongomelia, camelia, neurosis, corilóporo... qué sé yo, refunfuñó entre dientes, mascando el inevitable cigarro cuya ceniza negrusca caía sobre el tapiz de Aubusson, que cubría el suelo y cuyo humo nauseabundo me revolvió el alma.
Tú lo que tienes es que vagabundeas mucho, continuó acomodándose en una silla y mareándome con el olor del tabaco. Haces bien, muchacho; tienes dinero, estás joven y fuerte; pero no abuses, no abuses.
Oye las noticias de la tierra, comenzó Vicente, con su vivacidad de mico y el insoportable entusiasmo que pone en contar todo lo que se refiere a los demás. ¿Tú no has recibido las cartas de hoy?... Claro que no. En el escritorio las abrimos hace media hora. Las Reyes que, como tú sabes, le cuentan a Víctor todo cuanto sucede allá, le dan una partida de noticias a cual más inesperadas; la primera, el matrimonio del calaverón de tu primo Heriberto Monteverde, del tronera de Heriberto; ¿adivina con quién?... Con Inés Serrano. ¿No te sorprende?... Casarse Monteverde, todo fuego, con la Serrano, tan fría y tan boba y de posición social inferior a la de él, porque en fin, sea lo que sea, los Monteverdes son los Monteverdes. Parece que irán a pasarse la luna de miel en el Buen Retiro, la hacienda de don Teodoro. Aburrido aquello, ¿eh? Dime, aquí entre los dos: ¿no crees tú que sea puro cálculo de Monteverde ese matrimonio?... Las Reyes le dicen a Víctor que está mal de fortuna y que le debe mucho a Spínola. Tal vez sea cierto. Quién sabe, ¿eh?... A mi papá le parece muy probable; a Alberto también, agregó con aire de malicia... Nosotros recibimos las órdenes para el trousseau de la novia; la madre encarga un broche de diamantes, que será de lo mejor que se ha mandado para allá en los últimos años... y uno de los hermanos un libro de misa... ¿Ridículo para regalo de matrimonio, no te parece, un libro de misa?... ¡Ah!, pero qué te cuento yo de noticias de allá cuando aquí en la colonia hay una cosa nueva que te interesará muchísimo... Llegó al fin Eduardo Montt, ¿oyes?, y sé de buena tinta que no trajo más que cuatro mil francos; ¡y si lo vieras!... Se ha mandado hacer camisas en casa de Doucet, ropa donde Eppler; comió el domingo en el Café de París, con una cocota famosa y ayer andaba en el Bosque en coche de remise...¡Todo eso con cuatro mil francos! Es increíble, ¿ah? ¿Será que juega, no es cierto?... ¿Qué dices tú de eso?... ¿Será que juega?... A mi papá le parece probable.
A ése habrá que hacerle suscripción para que se vuelva a la tierra, como al Muñoz aquel de las letras protestadas, dijo filosóficamente don Teodoro, mascando su eterno cigarro. El que dizque tampoco va muy bien de negocios es el paisano aquel casado con la chilena, que compró títulos de Conde y farolea tanto con su intimidad con los Orleans y con los Duques de la Tremaouille...
Es que no todos tienen las rentas de don José Fernández, le interrumpió Vicente, creyendo decirme una amabilidad; las renticas que permiten darse la gran vida sin llegar a pedir pesetas... Y a propósito de rentas, ¡qué barbaridad de precios los de las aguafuertes que te mandaron hoy al escritorio... y lo que has de ver es que le parecieron abominables a Alberto, que entiende de pintura. ¡Es que tú tienes unos gustos tan extravagantes!
Los médicos entraron; el buchón de la cara irónica con el ceño fruncido, el de la corbata lila y las doradas patillas más caricontento y más orondo que nunca.
Mi amable y bondadoso colega ha tenido la bondad de honrarme autorizándome para decirle a usted la opinión que hemos formado respecto de la novedad que usted experimenta. Son graves los desórdenes del sistema nervioso..., comenzó ahuecando la voz y emprendiéndola con una disertación interminable en que enumeró todas las neurosis tiqueteadas y clasificadas en los últimos veinte años y las conocidas desde el principio de los tiempos. Me habló del vértigo mental y de la epilepsia, de la catalepsia y de la letargia, de la corea y de las parálisis agitantes, de las ataxias y de los tétanos, de las neuralgias de las neuritis y de los tics dolorosos, de las neurosis traumáticas y de las neurastenias, y con especial complacencia de las enfermedades recién inventadas, del railway frain y del railway spine, de todos los miedos mórbidos, el miedo de los espacios abiertos y de los espacios cerrados, de la mugre y de los animales, del miedo de los muertos, de las enfermedades y de los astros. A todas aquellas miserias les daba los nombres técnicos, kenofobia, claustrofobia, misofobia, zoofobia, necrofobia, pasofobia, astrofobia, que parecían llenarle la boca y dejársela sabiendo a miel al pronunciarlas... El otro individuo, el buchón de la barbilla castaña, continuaba callado, sonriéndose, y tenía cara de divertirse hasta lo infinito con aquella charla exhibicionista de su querido colega.
¿Y cuál de esas enfermedades creen ustedes que tengo yo?..., pregunté divertido ya por el personaje...
Sería aventurado un diagnóstico en estos momentos en que la indecisión de los síntomas y las escasas nociones que poseemos sobre la etiología del mal, impiden la precisión requerida, dijo con gravedad sacerdotal... Los síntomas harían creer en una somnosis o en una narcolepsia, pero nada podemos precisar antes de que se regularicen las funciones del tubo digestivo. Ingeniis largiter ventris...
Hay que purgarlo, soltó el esculapio de la cabeza calva, disparando aquella frase como un pistoletazo, y como si se tratara de un caballo.
Los versos de la zarzuela española me cantaron en la memoria y trajeron involuntaria sonrisa a mis labios.
Juzgando por los síntomas
que tiene el animal,
bien puede estar hidrófobo,
bien puede no lo estar.
Y afirma el grande Hipócrates
que el perro en caso tal
suele ladrar muchísimo
o suele no ladrar.
Hubo una discusión entre las dos notabilidades respecto del que escribiría la fórmula, y al fin el hombre de la barbilla castaña trazó en el papel signos que equivalían a una dosis de sal de Inglaterra, calculada para purgar a un toro de Durham.
Se tomará usted esto mañana temprano, y una dosis igual pasado mañana, y otra todas las mañanas durante seis días, me dijo con brusquedad. Al séptimo, estará usted bueno, le doy mi palabra de honor.
Celebro que no sea nada... Usa pero no abuses, dijo don Mariano levantándose... ¿Qué sabio, eh?, insinuó mostrándome el personaje de la corbata lila... Es el médico de Vicentico.
Y de ella, me murmuró al oído éste al despedirse... me lo recomendó ella.
Ella es una actriz de los bufos, que se está comiendo la fortuna de los Mirandas, servida en forma de diamantes y de coches por mi bien informado amigo, que nació repórter, como otros nacen ciegos.
Recuérdame contarte otra noticia que trajo el correo, dijo con aire picaresco sacudiéndome la mano al despedirse...
Salieron. ¿A qué habían venido aquellos buenos amigos?... El uno a fumarse un nauseabundo cigarro, arrellenado en una poltrona más cómoda que las de su despacho; el otro, a traerme su cosecha de vulgaridades; los dos médicos, a cobrar su charla el uno, su estúpida receta el otro.
¡Deliciosos sus paisanos!, dijo Marinoni, saliendo del rincón donde se había metido desde que entró. ¡Deliciosos! ¿Pero qué es lo que tienes? Estás desfigurado, agregó al ver mi palidez, mis ojeras profundas y el temblor de mis manos débiles. ¿Qué te pasa?... Tú estás muy mal. Es necesario que venga Charvet; voy a traerlo; no me gusta tu aspecto, agregó después de que le hube contado el martirio de los últimos días.
A medianoche, después de un sueño que más bien me había quitado que devuelto las fuerzas, un sueño de niño que se muere de debilidad, desperté, presa de mortal sobresalto, sudando frío y dando un grito de angustia.
¿Qué es esto, amigo mío?, me dijo Charvet, que, sentado al lado del diván, espiaba mi sueño, acomodando los almohadones que me sostenían la cabeza... ¿Qué es esto? Haga usted un esfuerzo y cuénteme qué le ha pasado.
Que me estoy muriendo, doctor..., le dije estrechándole la mano...; que me estoy muriendo sin causa, muriéndome de angustia y de falta de fuerzas.
¿Usted cometió alguna locura después de ir a mi consulta, no es cierto?... He llegado a imaginarme, mientras lo veía dormido, que ha tenido usted una hemorragia abundante... Déjeme usted examinarlo, dijo acercando la luz. Incorpórese usted un poco para oír el corazón; así, eso es... Bien: ahora, recuéstese usted..., póngase ahí el termómetro, no se inquiete usted; crea que haré cuanto esté a mi alcance para mejorarlo. Usted me interesa de veras... Su familia no vive ahora en París, ¿cierto?...
No tengo familia, doctor; vivo solo con mis criados.
Pero tiene usted muchos, muchísimos amigos que lo quieren, dijo como para consolarme. Esta noche al entrar he encontrado gente en el vestíbulo y en el salón... ¿Conque vive usted solo, completamente solo?..., volvió a preguntar... Un grado menos de la temperatura normal, dijo mirando el termómetro; el pulso de un niño moribundo; esa palidez, esa postración, y el día en que usted estuvo en mi consulta, me quedé asombrado de su vigor... El corazón está débil como el de un viejo de setenta años... Vamos, tenga usted confianza en mí; confiéseme usted qué es lo que le ha pasado... ¿Fue muy abundante la hemorragia?...
Cuando le conté que había seguido estrictamente sus prescripciones y cuál había sido mi vida desde que no nos veíamos, se levantó del asiento y comenzó a pasearse por el cuarto a pasos contados y lentos, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la cabeza inclinada sobre el pecho.
No puedo soportar por más tiempo lo que siento, le dije incorporándome. Déme usted algo que me haga dormir o me vuelvo loco. Píqueme usted con morfina, hágame beber cloral, hágame dormir a todo trance, aunque me cueste la vida.
Yo no puedo hacer eso, señor; mi deber me lo prohíbe, contestó deteniéndose, con aire a la vez ceremonioso y desagradado. Además, el sueño artificial no le impediría sentir lo que siente. Yo, respecto de usted, no sé más que dos cosas: primera, que si le diera a usted la más pequeña dosis de narcótico, lo envenenaría, porque está usted en un estado de debilidad extrema increíble; segunda, que tengo que levantarle las fuerzas, porque el corazón funciona muy lentamente, y su organismo entero presenta fenómenos graves e inexplicables de depresión y de agotamiento, que no entiendo.
¿Esto es mortal, doctor? Dígamelo usted francamente, de una vez, le dije con voz trémula.
Mi pobre amigo, comenzó, sentándose otra vez cerca del diván: está usted hablando con un ignorante. Usted ha seguido mis cursos, ha visto mis experiencias; según entiendo, ha leído mis libros, sabe que gozo de alguna fama en el mundo científico... No se extrañe de lo que voy a decirle. Oiga usted... yo no sé lo que usted tiene. Si fuera un charlatán, le diría un nombre rotundamente; inventaría una entidad patológica a qué referir los fenómenos que estoy observando, y lo llenaría de drogas... Lo más que puedo hacer en obsequio suyo es llamar a alguno de mis colegas para que me acompañe a estudiar su caso... Puede ser que él vea más claro que yo. ¿Quiere usted que lo hagamos?...
Me denegué abiertamente, y pareció agradecérmelo. A la mañana siguiente volvió y me obligó a beber dos copas de cognac, que me quemaron la garganta y me trastornaron un poco. El viejo espiaba con interés los efectos del licor. Me puso una inyección de éter y me hizo tomar unos gránulos de cafeína. Me prometió que haría preparar inmediatamente un medicamento para que comenzara a tomarlo de hora en hora, y quedó en que volvería antes de la tarde.