Capítulo 9 · Parte 9

De sobremesa — José Asunción Silva · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 9 de 16 · 4133 palabras

¡Ah!, sí, pero en los hoyuelos de las mejillas de mi madre reían frescuras de flor, su leche tenía el sabor que tiene la de las campesinas vigorosas; el abuelo materno era un jayán potente y rudo que a los setenta años tenía dos queridas y descuajaba a hachazos los troncos de las selvas enmarañadas y allá en las llanuras de mi tierra cuentan todavía la tenebrosa leyenda de estupros, incendios y asesinatos de los cuatro Andrades, los salvajes compañeros de Páez en la campaña de los Llanos, que recorrieron victoriosos, sembrando el terror en las huestes españolas, al rudo galope de sus potros, con la lanza tendida por el brazo férreo, con la locura en el alma, la sangre quemada por el alcohol y la blasfemia en la boca gruesa solicitadora de besos!...

Esos instintos comprimidos y encontrados subsisten en mí, determinan mis impulsos sin que puedan contenerlos las falsas adquisiciones de la educación y del raciocinio; domíname religiosa impresión que me hace doblar las rodillas, si penetro en la semioscuridad de un templo a la hora del crepúsculo y el día en que sentí la mano empapada en la sangre tibia de la Orloff, no pude contener un grito de gozo.

Para que la antinomia de esos encontrados impulsos se hubiera transformado en permanente equilibrio, habría sido preciso que un plan verdaderamente científico de educación los hubiera aprovechado utilizándolos. Las circunstancias decidieron que pasara mis primeros años bajo las más contradictorias influencias. Perdí a mi madre siendo niño; cuando a la muerte de mi padre, al cumplir diecisiete años, salí del colegio de jesuitas donde mi adolescencia se deslizó bajo el yugo de severa disciplina, el estado de mi salud quebrantada por la mala higiene del internado y mi parentesco con los Monteverdes, sobrinos carnales de mi madre y dueños de las propiedades de campo vecinas a las nuestras, me llevaron a vivir, en pleno contacto con la naturaleza, brutal vida de campesinos, en las haciendas, donde bajo la doble influencia de la juventud y del régimen mis músculos se vigorizaron y se enriqueció mi sangre. En aquella temporada de vida singular las cacerías de venados, y los violentos ejercicios atléticos, se alternaban con las orgías vertiginosas en que Humberto Monteverde, borracho y con la rizosa cabeza recostada sobre algún seno desnudo, me gritaba a voz en cuello mientras su padre, don Teodoro, paseaba por sobre la concurrencia la mirada átona de sus ojos enturbiados por el alcohol: «Oye, José, tú y yo no hemos nacido para vivir en sociedad, somos salvajes, somos Andrades, somos los nietos de los llaneros». Extraña temporada aquella en que la lectura de los más grandes poetas y el hervor sentimental y sensual de la juventud y la dejadez del cuerpo tras de las noches crapulosas, me hicieron escribir mis «Primeros versos»; más extraña si se compara con el año siguiente en que la intimidad con Serrano, el noble amigo que consagró su vida a trascendentales especulaciones resucitó en mí al meditabundo filósofo que heredó de sus abuelos el intenso amor por la vida moral. Extrañas influencias que dieron como resultado que al entrar por primera vez a los veintiún años, corbateado de blanco y con el busto moldeado por un frac de Poole al salón donde hice mi primera conquista aristocrática, cuatro almas: la de un artista enamorado de lo griego, y que sentía con acritud la vulgaridad de la vida moderna; la de un filósofo descreído de todo por el abuso de estudio; la de un gozador cansado de los placeres vulgares, que iba a perseguir sensaciones más profundas y más finas, y la de un analista que las discriminaba para sentirlas con más ardor, animaron mi corazón, que latía bajo la resplandeciente pechera, coquetamente abotonada con una perla negra.

Así, proteica y múltiple, ubicua y cambiante, resistente al influjo de los ambientes, vigorosa por los ejercicios atléticos, por el uso de suculentos manjares y licores añejos, enervada por sensuales delicias, mi personalidad se fue desarrollando y alternaron dentro de mí épocas de salvajez gozadora y ardiente y largos días de meditativo desprendimiento de las realidades tangibles y de ascética continencia.

Un cultivo intelectual emprendido sin método y con locas pretensiones al universalismo, un cultivo intelectual que ha venido a parar en la falta de toda fe, en la burla de toda valla humana, en una ardiente curiosidad del mal, en el deseo de hacer todas las experiencias posibles de la vida, completó la obra de las otras influencias y vino a abrirme el oscuro camino que me ha traído a esta región oscura, donde hoy me muevo sin ver más en el horizonte que el abismo negro de la desesperación y en la altura, allá arriba, en la altura inaccesible, su imagen, de la cual, como de una estrella en noche de tempestad, cae un rayo, un solo rayo de luz.

¿Terror?... ¿Terror de qué?... De todo por instantes... De la oscuridad del aposento donde paso la noche insomne viendo desfilar un cortejo de visiones siniestras; terror de la multitud que se mueve ávida en busca de placer y de oro; terror de los paisajes alegres y claros que sonreían a las almas buenas; terror del arte que fija en posturas eternas los aspectos de la vida, como por un tenebroso sortilegio; terror de la noche oscura en que el infinito nos mira con sus millones de ojos de luz; terror de sentirme vivir, de pensar que puedo morirme, y en esas horas de terror, frases estúpidas que me suenan dentro del cerebro cansado, «¿y si hubiera Dios?... Los pobres hombres están solos sobre la tierra», y que me hace correr un escalofrío por las vértebras.

No, no es terror de eso, es terror de la locura. Desde hace años el cloral, el cloroformo, el éter, la morfina, el haschich, alternados con excitantes que le devolvían al sistema nervioso el tono perdido por el uso de las siniestras drogas, dieron en mí cuenta de aquella virginidad cerebral más preciosa que la otra de que habla Lasegue. Después, la crápula del cuerpo obstinado en experimentar sensaciones nuevas, la crápula del alma empeñada en descubrir nuevos horizontes, después todos los vicios y todas las virtudes, ensayados por conocerlos y sentir su influencia, me han traído al estado de hoy, en que, unos días, al besar una boca fresca, al respirar el perfume de una flor, al ver los cambiantes de una piedra preciosa, al recorrer con los ojos una obra de arte, al oír la música de una estrofa, gozo con tan violenta intensidad, vibro con vibraciones tan profundas de placer, que me parece absorber en cada sensación, toda la vida, todo lo mejor de la vida, y pienso que jamás hombre alguno ha gozado así; y en que otros, cansado de todo, despreciando, odiando todo, sintiendo por mí mismo y por la existencia un odio sin nombre, que nadie ha experimentado, me siento incapaz del más mínimo esfuerzo, permanezco por horas enteras, hebetado, estúpido, inerte, con la cabeza en las manos y llamando a la muerte ya q

ue la energía no me alcanza para acercarme a la sien la boca de acero que podría curarme del horrible, del tenebroso mal de vivir...

¡La locura!, ¡Dios mío, la locura! A veces, ¿por qué no decirlo, si hablo para mí mismo?... ¡Cuántas veces la he visto pasar, vestida de brillantes harapos, castañeteándole los dientes, agitando los cascabeles del irrisorio cetro, y hacerme misteriosa mueca con que me convida hacia lo desconocido! En una alucinación que la otra noche me dominó por unos minutos las joyas que brillaban sobre el terciopelo negro del enorme estuche, se trocaron a la luz de la lámpara que las alumbraba en los mágicos arreos de su vestido de reina; otra noche en una pesadilla que me apretó con sus garras negras y de la cual desperté bañado en sudor frío, una cabeza horrible, la mitad mujer de veinte años, sonrosada y fresca pero coronada de espinas que le hacían sangrar la frente tersa, la otra mitad, calavera seca con las cuencas de los ojos vacías y negras, y una corona de rosas ciñéndole los huesos del cráneo, todo ello destacado sobre una aureola de luz pálida, una cabeza horrible me hablaba con la boca, mitad labios de rosada carne, mitad huesos pálidos, y me decía: «¡Soy tuya, eres mío, soy la locura!».

¡Loco!... ¡El loco, en el cuartucho oscuro del manicomio, oloroso y orines de ratón, envuelto en la camisa de fuerza!... el loco con el cabello cortado al rape, recibiendo en las flacas espaldas huesosas el chorro helado de la ducha, bajo el ojo imperturbable del hombre de ciencia que anota sus gestos violentos y sus entrecortadas blasfemias para convertirlos en una precisa y razonada monografía...

¿Loco?... ¿y por qué no? Así murió Baudelaire, el más grande para los verdaderos letrados, de los poetas de los últimos cincuenta años, así murió Maupassant, sintiendo crecer alrededor de su espíritu la noche y reclamando sus ideas... ¡Por qué no has de morir así, pobre degenerado, que abusaste de todo, que soñaste con dominar el arte, con poseer la ciencia, toda la ciencia, y con agotar todas las copas en que brinda la vida las embriagueces supremas!

¡Pero no!, dulce visión angélica que en mis sueños llevas las manos llenas de lirios blancos y que presente ante mí trazaste con ellas el signo de la redención y arrojaste en mi noche las pálidas flores, el alma que tú favoreciste con tus miradas santificadoras, no irá a desagregarse así.

Cuando en ti pienso, Beatriz que me harás ascender desde el fondo de mi infierno hasta las alturas de tu gloria, los versos de Alighieri, suenan dentro de mi alma como un cántico de esperanza y de consoladora certidumbre:

«Cuando mi Dama camina por alguna parte, Amor extiende sobre los corazones corrompidos una capa de hielo que rompe y destruye los malos pensamientos.»El que se exponga a verla o se ennoblece o muere. Cuando alguno digno de mirarla la encuentra, experimenta todo el poder de sus virtudes y si ella lo honra con su saludo lo vuelve tan modesto, tan honrado y tan bueno que llega hasta perder el recuerdo de los que lo ofendieron.»Y Dios ha concedido una gracia particular a mi Dama; la persona que le dirija la palabra no puede tener mal fin».

¡Oh, ven, surge, aparécete, Helena! Lo que queda de bueno en mi alma te reclama para vivir.

Estoy harto de la lujuria y quiero el amor; estoy cansado de la carne y quiero el espíritu. Hubo en mi alma muladares inmundos que limpió la fuente de aguas vivas abierta en ella por la mirada insostenible de tus ojos azules. Para recibirte, lo que es hoy seca maleza florecerá de flores perfumadas y los sueños buenos de mi adolescencia resucitarán todos cuando tus pies pequeñuelos huellen la tenebrosa puerta de mi espíritu, y te acompañarán como una procesión de ángeles; donde quedan charcos de envenenadas emanaciones, habrá dormidos lagos, apenas rizados por las alas de los cisnes blancos. Si sobre mi cuerpo crispado de voluptuosidad se pasearon manos buscadoras y lascivas, si pedí el olvido a todas las embriagueces de todas las orgías, si rodé como un borracho por la escalera vertiginosa del vicio, fue porque no te había visto todavía. Ten piedad de mí. Para alcanzar tu santidad, porque te siento santa y me apareces ceñida con una aureola de misticismo y casi sagrada, para alcanzar tu santidad, he procurado ser bueno. No hay una mancha en mi vida después de que tus ojos cruzaron sus miradas con las mías. Pero para ser bueno necesito de ti, necesito verte. ¡Ven, surge, aparécete, sálvame, ven a librarme de la locura que avanza en mi cielo como una nube negra preñada de tempestades, ven a salvar lo que queda en mí de los santos de mi raza, del sabio arzobispo y de la dulcísima monja, que en tierra para ti desconocida, duermen, su último sueño, a la sombra de las arcadas góticas, en los viejos sepulcros de piedra!

Londres, 5 de diciembre

El hilo de luz que me hará encontrarla, está en el misterioso parecido del cuadro de Rivington con ella, pensé hace dos semanas y por un fenómeno que es frecuente en mí y que me hace tomar siempre el camino más largo y perderme en él cuando trato de investigar algo que me interesa, en vez de irme derecho al viejo, o de preguntarle el nombre del pintor de la misteriosa tela y de continuar inquiriendo hasta dar con la verdad, me entregué, con loco entusiasmo al estudio de los orígenes y del desarrollo de la escuela prerrafaelista, de las vidas y de las obras de sus jefes y de las causas que determinaron la aparición de ella en el mundo del arte.

He salido de mi tarea con unas cuantas percepciones nuevas de la belleza y guarda mi espíritu algo como el perfume y el alma del ideal que animaba a los nobles artistas que ilustraron la cofradía; como un suave olor rancio de incienso, producido por la ingenua piedad suavísima de los pintores precentistas, y como un deslumbramiento causado por el colorido de ciertas telas inmortales. En resumen, jamás me había sentido más ridículo en el interior; quise saber de Helena, y he sabido detalles de la vida del Beato Angélico de Fiesole, leído cartas de Rossetti y de Holman Hunt, canzones de Guido Cavalcanti y de Guido Guinicelli, versos de William Morris y de Swinburne, visto cuadros de Rossetti y de Sir Edward Burne Jones. En resumen, todo se complica dentro de mí, y toma visos literarios, una curiosidad se agrega a otra, los atractivos de la obra de arte me hacen olvidar los más graves intereses de la vida, y sin la llamada brutal a la realidad, dada por el doctor Rivington antier, habría pasado quién sabe cuánto tiempo sin buscarla, soñando en Ella, con la imaginación dando vueltas alrededor de su radiosa imagen, y los ojos persiguiendo en poemas y cuadros, frases y lineamientos que me hicieran recordarla.

No soy práctico. Rivington me lo ha dicho en tono despreciativo y yo que lo sé mejor que él me sonrío al pensar en el desprecio que revelaba su voz al decírmelo. No soy práctico, ya lo creo, y los hombres prácticos me inspiran la extraña impresión de miedo que produce lo ininteligible.

Percibir bien la realidad y obrar en consonancia en ser práctico. Para mí lo que se llama percibir la realidad quiere decir no percibir toda la realidad, ver apenas una parte de ella, la despreciable, la nula, la que no me importa. ¿La realidad?... Llaman la realidad todo lo mediocre, todo lo trivial, todo lo insignificante, todo lo despreciable; un hombre práctico es el que poniendo una inteligencia escasa al servicio de pasiones mediocres, se constituye una renta vitalicia de impresiones que no valen la pena de sentirlas. De esa concepción del individuo arranca la organización actual de la sociedad, que el más ilustre de sus detractores llama «una sociedad anónima para la producción de la vida de emociones limitadas», y esa concepción de la vida sirve de base a la estética de Max Nordau que clasifica las verdaderas obras de arte como productos patológicos y a la asquerosa utopía socialista que en los falansterios con que sueña para el futuro, repartirá por igual pitanza y vestidos a los genios y a los idiotas.

¡La realidad! ¡La vida real! ¡Los hombres prácticos!... ¡Horror!... Ser práctico es aplicarse a una empresa mezquina y ridícula, a una empresa de aquellas que vosotros despreciasteis, ¡oh! celosos, ¡oh! creadores, ¡oh padres de lo que llamamos el alma humana, que impedisteis con vuestras sublimes locuras que nuestros ojos iluminados por un resto de la luz que irradió de vuestros espíritus, no sean los ojos átonos de los rumiantes! Tú no fuiste práctico, sublime guerrero, poeta que soñaste y realizaste la independencia de cinco naciones semisalvajes, para venir a morir, bajo techo ajeno, sintiendo dentro de ti la suprema melancolía del desengaño, a la orilla del mar que baña tus natales costas; ni tú tampoco, pobre genovés soñador que le diste un mundo a la Corona de España, para morir entre cadenas; ni tú, manco inmortal, que pasaste miserias sin cuento; ni tú, florentino sublime que con el alma llena de las ardientes visiones de tu Divina Comedia, mendigaste el pan del desterrado, ni tú, Tasso, ni tú, Petrarca, ni tú, pobre Rembrandt, ni tú, enorme Balzac, perseguido por los ruines acreedores, ni vosotros, todos, ¡oh! poetas, ¡oh! genios, ¡oh! faros, ¡oh padres del espíritu humano que atravesasteis la vida, amando, odiando, cantando, soñando, mendigando mientras que los otros se enriquecían, gozaban y morían satisfechos y tranquilos!

Divago al escribir. Cada uno de esos hombres al olvidar las miserables materialidades de la vida lo hacía para realizar algún plan grande que inmortalizara su memoria. Yo pierdo inútilmente mi tiempo entretenido como un niño en futilidades más o menos hermosas, sin buscar la única, que devolverá la paz a mi espíritu conturbado.

Cuando puse los pies en el salón de consulta de Rivington, todas las impresiones de las últimas dos semanas refluían a mi memoria y olvidado de los detalles de la vida real, se movía mi espíritu en un ambiente de etéreas delicadezas y sobrenaturales y deliciosos sentimientos producidos por la contemplación incesante de los cuadros y la lectura de los versos de Rossetti. Ese ambiente de ardiente y melancólico misticismo poblado de ensueños referentes a Helena y perfumado de ella, como el aire de suntuoso retrete femenino del aroma de las flores que agonizan aromándolo, me había envuelto por largas horas, como una niebla espiritual, impidiéndome el contacto con el mundo exterior. Disipóse como por encantamiento al sentarme en uno de los sillones de la consulta y recorrer con los ojos la concurrencia que esperaba, haciendo antesala, el turno obligado para solicitar los auxilios del hombre de ciencia. Frente a mí un viejazo apoplético y obeso, envuelto en pesado abrigo de pieles, con el cogote rojo como jamón y rugoso como un cuero de caimán, los ojos cubiertos por dobles anteojos negros, y los enormes pies deformados por la gota, calzados con gruesos botarrones, roncaba a pierna suelta. Se había dormido esperando el turno. En un ángulo de la sala una mujer de anguloso perfil, canosa y con cara de hambre miraba con sus ojuelos grises cargados de odio, a una pobre chiquilla de doce a trece años de ralos cabellos de un rubio sucio, desteñida tez salpicada de pecas, y descolorida boca entreabierta que dejaba ver los dientes picados y las encías desteñidas. En otro sillón estaba sentado un hombrecillo enclenque, de color de aceituna que guardaba una quietud absoluta, inquietante, inverosímil, y por entre aquellos cuatro individuos, de miserable y dolorosa apariencia, se paseaba a grandes pasos por el salón un fantástico personaje, desmesuradamente largo y flaco, de aspecto caricatural, que se retorcía con furia los pelos de larguísimo bigotillo encerado y cuyos gestos sacudidos seguían con indulgente solicitud los ojos de un hombre de treinta años, vestido con refinada elegancia, pero en cuya delicada y hermosa fisonomía, de una palidez extraña, se leían los signos de definitivo e irremediable agotamiento.

La chiquilla del pelo rubio se sacudió toda, dio un gritico agudo de pájaro herido y agitó sus miembros débiles un estremezón nervioso; despertóse con un ronquido bronco el personaje de las pieles y se frotó con la enorme mano rojiza y rellena como un guante de esgrima la faz apoplética, no hizo un movimiento el individuo verde aceituna, que parecía una estatua de cera, y visiblemente humillado, al sentirse en aquella asamblea de incurables, el enfermo elegante que un momento antes paseaba por todo el cuarto la mirada de sus ojos cansados, los volvió a un anillo de rubíes que le adornaba el dedo meñique de la mano izquierda.

Excitado por la vista de aquellos infelices, surgió en el fondo de mí el orgullo de la vida, de la juventud y del vigor y con involuntario movimiento me apreté con la derecha, crispada casi, el bíceps del brazo izquierdo, que sobresalía elástico y fuerte, formando como una masa de hierro, bajo la gruesa cheviotte del vestido de invierno; la sangre se me subió a las mejillas y con brusco movimiento me levanté para salir... No, yo no estaba enfermo, yo no era un incurable, un harapo humano como aquellos desgraciados. ¿Enfermo, yo? ¿De qué? De un exceso de vida, de un exceso de ideas, de un exceso de fuerza y como si hubiera visto la muerte al ver aquellos restos de persona que iban a buscar modo de aliviar sus días miserables, deseé en ese minuto todos los placeres de la vida, todos los sabores, los perfumes, los colores, las líneas, las músicas, los contactos deliciosos; me provocó apurarlo todo ahí, en ese minuto, antes de que mi cuerpo se deformara y se convirtiera en una miseria como las que estaba viendo...

Tan profunda fue la impresión que no caí en la cuenta de la salida de la persona cuya consulta había terminado, ni vi, en el primer momento, a Rivington, que por la puerta entreabierta del gabinete me miraba de pies a cabeza, con ojos de inquietud.

Doctor, dije saludándolo olvidado de que había enfermos que debían precederme.

Siga usted, dijo con cierta brusquedad, haciéndome entrar al cuarto.

Ahí siguió una escena grotesca en que sin poderme dominar y llorando como una mujer, abrazado a aquel jayán, casi desconocido para mí, le conté la atroz impresión que me había producido su horrible clientela, y le supliqué que me asegurara que no estaba enfermo, que no me volvería loco, y en que con frases estúpidamente sentimentales le supliqué que me permitiera enviar un pintor a su casa para obtener una copia del cuadro. Suave como una madre que maneja a un muchacho enfermo, consentido y antojadizo, el especialista se denegó a mi deseo y con su gravedad acostumbrada, me hizo ver todo lo que había de anormal y de enfermizo en mi estado de espíritu de esos momentos.

Yo había creído menos grave su caso. Es preciso que usted aproveche las fuerzas que le quedan para buscar la curación inmediatamente; vaya usted desde mañana a buscar a esa señorita, diviértase, distráigase, no sueñe más; el sueño es un veneno para usted. Juegue, emborráchese, más bien. Eso sería más higiénico en su estado de hoy. No pierda usted un minuto, vaya a buscarla. Usted la encontrará y si quiere la hará su esposa. Está usted joven, posee una hermosa fortuna, tiene usted todos los elementos para ser feliz; no pierda su tiempo en inútiles desvaríos... Sea feliz...

Le he remunerado al viejo esa extraña consulta, terminada por esa fantástica receta, con largueza de príncipe. Creía que me devolvería el cheque, pero no, lo guardó y lo empleará bien de seguro. Tanto mejor.

Dentro de diez días estaré en París, reinstalado en mi hotel, y consagrado a buscarla. Pienso con horror en volver a la ciudad donde mi vida se deslizó por tanto tiempo en medio de asquerosas delicias. Tú hueles a fábrica y a humo, mi Londres fuliginoso y negro, la trabazón aérea de telegráficas redes cruza tu cielo opaco; tiene tu ferrocarril subterráneo aspecto de pesadilla grotesca; el pueblo que te habita ignora la sonrisa; tú París, acaricias al viajero con la amplitud de tus elegantes avenidas, con la gracia latina de tus moradores, con la belleza armoniosa de tus edificios, ¡pero en el aire que en ti se respira se confunden olores de mujer y de polvos de arroz, de guiso y de peluquería! Eres una cortesana. Te amo despreciándote como se adora a ciertas mujeres que nos seducen con el sortilegio de su belleza sensual y sé bien que los pies de Helena no huellan tu suelo, ¡oh pérfida y voluptuosa Babilonia!

De la temporada de Londres me llevo una deliciosa impresión de recogimiento y de vida interior exacerbada hasta lo indecible. Dos idiomas que eran para mí letra muerta, el griego y el ruso; dos ramos de la actividad humana que me eran extraños, todas las artes de la guerra y la agronomía con todos sus progresos realizados en la última mitad de este siglo me son completamente familiares. Amplia cosecha de impresiones de arte, lecturas de los originales de los trágicos griegos que conocía antes en malas traducciones, de los poetas anteriores a Shakespeare, de toda la pléyade moderna, desde el sensual y vibrante Swinburne hasta la mística Cristina Rossetti; inefables en sueños provocados por los cuadros de Holman Hunt, Whistler y de Burne Jones, todo eso me has dado, ¡ciudad monstruo que me apareces casi ideal porque mientras he vivido en tu seno he vivido con su recuerdo!

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