Por la arcada deslizábase otro indio, que traspasó el umbral de la puerta santiguándose. Llegó al patrón, sutil y cauto, con pisadas descalzas:
--Hay leva. Poco faltó para que me laceasen. Merito el tambor está tocando en el Campo de la Iglesia.
Sonrió el ranchero, golpeando el hombro del compadre:
--Por sí, por no, voy a enchiquerarte.