Capítulo 81

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 81 de 143 · 373 palabras

Acompasan con unánime coro los cinco chamacos. El Coronelito, en medio, abierto de brazos y zancas, desconcierta con una mueca el mascarón de la cara y ornea un sollozo, los fuelles del pecho inflando y desinflando:

--¡Tiernos capullos, estáis dando ejemplo de civismo a vuestros progenitores! Niños, no olvidéis esta lección fundamental, cuando os corresponda actuar en la vida. ¡Filomeno, estos tiernos vástagos te acusarán, como un remordimiento, por la mala producción que has tenido a mí referente! ¡Domiciano de la Gándara, un amigo entrañable, no ha despertado el menor eco en tu corazón! Esperaba verse acogido fraternalmente, y recibe peor trato que un prisionero de guerra. Ni se le autorizan las armas, ni la palabra de honor le garanta. ¡Filomeno, te portas con tu hermano chingadamente!

El patrón, sin dejar de templar, con un gesto indicaba a la suegra que se llevase a los chamacos. La vieja italiana, arrecaudó el hatillo y lo metió por la puerta. Filomeno Cuevas cruzó las manos sobre los trastes, agudos los ojos, y en el morado de la boca, una sonrisa recalmada:

--Domiciano, te estás demorando no haciéndote orador parlamentario. Cosecharías muchos aplausos. Yo lamento no tener bastante cabeza para apreciar tu mérito, y mantengo todas las condiciones de mi ultimátum.

Un indio ensabanado y greñudo, el rostro en la sombra alona de la chupalla, se llegó al patrón, hablándole en voz baja. Filomeno llamó al Coronelito:

--¡Estamos fregados! Tenemos tropas federales por los rumbos del rancho.

Escupió el Coronelito, torcida sobre el hombro la cara:

--Me entregas, y te pones a bien con Banderitas. ¡Filomeno, te has deshonrado!

--¡No me chingues! Harto sabes que nunca me rajé para servir a un amigo. Y de mis prevenciones es justificativo el favor que gozabas con el Tirano. No más, ahora, visto el chance, la cabeza me juego si no te salvo.

--Dame una provisión de pesos y un caballo.

--Ni pensar en tomar vuelo.

--Véame yo en campo abierto y bien montado.

--Estarás aquí hasta la noche.

--¡No me niegues el caballo!

--Te lo niego porque hago mérito de salvarte. Hasta la noche vas a sumirte en un chiquero, donde no te descubrirá ni el Diablo.

Tiraba del Coronelito y le metía en la penumbra del zaguán.

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