Capítulo 72

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 72 de 143 · 375 palabras

Zacarías condujo la canoa por la encubierta de altos bejucales hasta la laguna de Ticomaipú. Alegrábase la mañana con un trenzado de gozosas algarabías --metales, cohetes, bateo--. La indiada celebraba la fiesta de Todos los Santos. Repicaban las campanas. Zacarías metió los remos a bordo e, hincando con el bichero, varó el esquife en la ciénaga, al socaire de espinosos cactus que, a modo de cerca, limitaban un corral de gallinas, pavos y marranos. Murmuró el cholo:

--Estamos en lo de Niño Filomeno.

--¡Bueno va! Asómate en descubierta.

--Posiblemente, el patroncito estará divirtiéndose en la plaza.

--Pues le buscas.

--¿Y si teme comprometerse?

--Es buena reata Filomeno.

--¿Y si lo teme y manda arrestarme?

--No habrá caso.

--En lo pior de lo malo hay que ponerse, mi jefecito. Yo, de mi cuenta, dispuesto me hallo para servirle, y cuanti que me pusieran en el cepo, con callar boca y aguantar mancuerda, estaba cumplido.

Choteó el Coronelito:

--Tú escondes alguna idea luminosa. Descúbrela no más, y como ella sea buena, no te llamaré pendejo.

El cholo miraba por encima de la cerca:

--Si Niño Filomeno está ausente, mi parecer es tunarle los caballos y salir arreando.

--¿Adónde?

--Al campo insurrecto.

--Necesito viático de plata.

El Coronelito saltó en la riba fangosa, y a par del indio se puso a mirar por encima del cercado. Descollaba entre palmas y cedros el campanario de la iglesia con la bandera tricolor. Las tierras del rancho, cuadriculadas por acequias y setos, se dilataban con varios matices de verde y parcelas rojizas recién aradas. Piños vacunos pacían a lo lejos. Algunos caballos mordían la hierba, divagando por el margen de las acequias. Una canoa remontaba el canal: Se oía el golpe de los remos: En la banca bogaba un indio de piocha canosa, gran sombrero palmito y camisote de lienzo: En la popa venía sentado Niño Filomeno. La canoa atracó al pie de una talanquera. El Coronelito salió al encuentro del ranchero:

--Mi viejo, he venido para desayunar en tu compañía. ¡Madrugas, mi viejo!

El ranchero le acogió con expresión suspicaz:

--He dormido en la capital. Me había mudado con el aliciente de oír la palabra de Don Roque Cepeda.

Se abrazan y, en buenos compadres, alternativamente se suspenden en alto.

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