Don Roque, trotando por el camino, saludaba de lejos con el pañuelo. Niño Santos, asomado a la talanquera, respondía con la castora. Caballo y jinete ya iban ocultos por los altos maizales, y aun sobresalía el brazo con el blanco saludo del pañuelo:
--¡Chac! ¡Chac! ¡Una paloma!
La momia alargaba humorística el veneno de su mueca y miraba a la vieja rabona, que en los círculos del ruedo, entre el anafre del café y el metate de las tortillas, pasaba las cuentas del rosario, sobrecogida, estremecida en el terror de una noche sagrada. Se alzó a una seña del Tirano:
--Mi Generalito, los enredos del mundo meten al más santo en las calderas del Infierno.
--Mi vieja, vos tendrás que amputar la nariz de Cleopatra.
--Si con ello arreglase el mundo, ñata me quedaba esta noche mesma.
--Un zafarrancho de cuatro copas en vuestra mesilla, ha sacado una baza de Lucifer. ¡Vea, no más, a este filarmónico amigo en desgracia, acusado de traición! ¡Posiblemente le caerá sentencia de muerte!
--¿Y la culpa de mi tajamar?
--Ese problema se lo habrán de proponer los futuros historiadores. Licenciado Veguillas, despídase de la vieja rabona y otórguele su perdón: Manifieste su ánimo generoso: Revístase la clámide, y asombre a estos amigos que le ven chuela, con un gesto magnánimo.
--¡Juvenal y Quevedo!
La momia miró al gachupín con avinagrado sarcasmo:
--Ilustre Don Telesforo, usted ocasionará que me saquen alguna chufla. Ni Quevedo ni Juvenal: Santos Banderas: Una figura en el continente del Sur. ¡Chac! ¡Chac!