Capítulo 122

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 122 de 143 · 268 palabras

El coche, bamboleando, entraba por la Rinconada de Madres. Corrían gallos. El espectáculo se proyectaba sobre un silencio tenso, cortado por ráfagas de popular algazara. El Barón alzó el monóculo para mirar a la plebe, y lo dejó caer. Con una proyección literaria, por un nexo de contrarios, recordó su vida en las Cortes Europeas. Le acarició un cefirillo de azahares. Rozaba el coche las tapias de un huerto de monjas. El cielo tenía una luz verde, como algunos cielos del Veronés: La luna, como en todas partes, un halo de versos italianos, ingleses y franceses. Y el carcamal diplomático, sobre la reminiscencia pesimista y sutil de su nostalgia, triangulaba difusos, confusos plurales pensamientos. “¡Explicaciones! ¿Para qué? Cabezas de berroqueña.” Por sucesivas derivaciones, en una teoría de imágenes, y palabras cargadas de significación, como palabras cabalísticas, intuyó el ensueño de un viaje por países exóticos. Recaló en su colección de marfiles. El ídolo panzudo y risueño, que ríe con la panza desnuda, se parece a Don Celes. Otra vez los poliedros del pensamiento se inscriben en palabras: “Va a dolerme dejar el país. Me llevo muchos recuerdos. Amistades muy gentiles. Me ha dado miel y acíbar. La vida, igual en todas partes... Los hombres valen más que las mujeres. Sucede como en Lisboa. Entre los jóvenes hay verdaderos Apolos... Es posible que me acompañe ya siempre la nostalgia de estos climas tropicales. ¡Hay una palpitación del desnudo!”. El coche rodaba. Portalitos de Jesús, Plaza de Armas, Monotombo, Rinconada de Madres, tenían una luminosa palpitación de talabartería, filigranas de plata, ruedas de facones, tableros de suertes, vidrios en sartales.

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