Entre la doble fila de hamacas saltó, llorón y grotesco, el Licenciado Veguillas:
--¡Cua! ¡Cua!
La momia remejió la boca:
--¡Macaneador!
--¡Cua! ¡Cua!
--No sea payaso.
--¡Cua! ¡Cua!
--Que no me divierte horita esa bufonada.
--¡Cua! ¡Cua!
--Tendré que apartarle con la punta de la bota.
--¡Cua! ¡Cua!
El Licenciadito, recogida la guayabera en el talle, terco, llorón, saltaba en cuclillas, inflada la máscara, el ojo implorante:
--¡Me sonroja verle! Sus delaciones no se redimen cantando la rana.
--Mi Generalito es un viceversa magnético.
Tirano Banderas, con la punta de la bota, le hizo rodar por delante del centinela, que, pegado al quicio de la puerta, presentaba el arma:
--Voy a regalarle un gorro de cascabeles.
--¡Mi Generalito, para qué se molesta!
--Se presentará con él a San Pedro. Ándele no más, le subo en mi carruaje a los Mostenses. No quiero que se vaya al otro mundo descontento de Santos Banderas. Me conversará durante el día, ya que tan pronto dejaremos de comunicarnos. Posiblemente le alcanza una sentencia de pena capital. ¿Licenciadito, por qué me ha sido tan pendejo? ¿Quién le inspiró la divulgación de las resoluciones presidenciales? ¿A qué móviles ha obedecido tan vituperable conducta? ¿Qué cómplices tiene? Hónreme montando en mi carruaje y tome luneta a mi diestra. Todavía no ha recaído sentencia sobre su conducta y no quiero prejuzgar su delincuencia.