Capítulo 113

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 113 de 143 · 695 palabras

El Fuerte de Santa Mónica descollaba el dramón de su arquitectura en el luminoso ribazo marino. Formaba el retén en la poterna. El Tirano no movió una sola arruga de su máscara indiana para responder al saludo del Coronel Irineo Castañón --Pata de Palo--. Inmovilizábase en un gesto de duras aristas, como los ídolos tallados en obsidiana:

--¿Qué calabozo ocupa Don Roque Cepeda?

--El número 3.

--¿Han sido tratados con toda la consideración que merecen tan ilustre patricio y sus compañeros? El antagonismo político dentro de la vigencia legal, merece todos los respetos del Poder Público. El rigor de las leyes ha de ser aplicado a los insurgentes en armas. Aténgase a estas instrucciones en lo sucesivo, vamos a vernos con el candidato de las oposiciones para la Presidencia de la República. Coronel Castañón, rompa marcha.

El Coronel giró con la mano en la visera, y su remo de palo, con tieso destaque, trazó la media vuelta en el aire: Puesto en marcha, al tilingo de las llaves en pretina advirtió con marciales escandidos:

--Don Trinidad, vos nos precedés.

Corrió Don Trino con morisquetas quebradas por los juanetes. Rechinaron cerrojos y gonces. Abierta la ferrona cancela, renovó el trote con sones y compases del pretino llavero: Bailarín de alambre, relamía gambetas sobre el lujo chafado de los charoles. El Coronel Irineo Castañón, al frente de la comitiva, marcaba el paso. ¡Tac! ¡Tac! Por bovedizos y galerías, apostillaba un eco el ritmo cojitranco de la pata de palo: ¡Tac! ¡Tac! El Tirano, raposo y clerical, arrugaba la boca entre sus ayudantes lagartijeros. Echó los bofes el Coronel Alcaide:

--¡Calabozo número 3!

Tirano Banderas, en el umbral, saludó, quitándose el sombrero, tendidos los ojos para descubrir a Don Roque. Todo aquel mundo carcelario estaba vuelto a la puerta, inmovilizado en muda zozobra. El Tirano acostumbrada la vista a la media luz del calabozo, penetró por la doble hilera de hamacas. Extremando su rancia ceremonia, señalaba un deferente saludo al corro centrado por Don Roque Cepeda:

--Mi Señor Don Roque, recién me entero de su detención en el fuerte. ¡Lo he deplorado! Hágame el honor de considerarme ajeno a esa molestia. Santos Banderas guarda todos los miramientos a un repúblico tan ameritado, y nuestras diferencias ideológicas no son tan irreductibles como usted parece presuponerlo, mi Señor Don Roque. En todas las circunstancias usted representa para mí en el campo político al adversario que, consciente de sus deberes ciudadanos, acude a los comicios y riñe la batalla sin salirse fuera de la Carta Constitucional. Notoriamente he procedido con el mayor rigor en las sumarias instruidas a los aventureros que toman las armas y se colocan fuera de las leyes. Para esos caudillos que no vacilan en provocar una intervención extranjera, seré siempre inexorable, pero esta actuación no excluye mi respeto y hasta mi complacencia para los que me presentan batalla amparados en el derecho que les confieren las leyes. Don Roque, en ese terreno deseo verle a usted, y comienzo por decirle que reconozco plenamente su patriotismo, que me congratula la generosa intención de su propaganda por tonificar de estímulos ciudadanos a la raza indígena. Sobre este tópico aún hemos de conversar, pero horita solo quiero expresarle mis excusas ante el lamentado error policial, originándose que la ergástula del vicio y de la corrupción se vea enaltecida por el varón justo de que nos habla el latino Horacio.

Don Roque Cepeda, en la rueda taciturna de sus amigos incrédulos, se iluminaba con una sonrisa de santo campesino, tenía un suave reflejo en las bruñidas arrugas:

--Señor General, perdóneme la franqueza. Oyéndole me parece escuchar a la Serpiente del Génesis.

Era de tan ingenua honradez la expresión de los ojos y el reflejo de la sonrisa en las arrugas, que excusaban como acentos benévolos la censura de las cláusulas. Tirano Banderas inmovilizaba las aristas de su verde mueca:

--Mi Señor Don Roque, no esperaba de su parte esa fineza. De la mía propositaba ofrecerle una leal amistad y estrechar, su mano, pero visto que usted no me juzga sincero, me limito a reiterarle mis excusas.

Saludó con la castora y, apostillado por los dos ayudantes, se dirigió a la puerta.

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