Capítulo 45 · CAPÍTULO V

Cecilia Valdés — Cirilo Villaverde · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 45 de 52 · 4473 palabras

El que excusa la vara, quiere mal a su hijo; y el que lo ama, con muchas varas lo corrige.

Proverbios, XIV, v. 24

Llegado había inopinadamente el momento de poner en planta el plan ideado por don Cándido antes de su marcha al campo.

La muerte de seña Josefa había arrojado a Cecilia en brazos de Leonardo, el cual, sabía su padre, no era tan simple ni tan virtuoso que desaprovechase la ocasión que se le presentaba de tomarla por manceba, con achaque de ampararla.

Miraba don Cándido este evento casi como una catástrofe, cuyo único medio de evitarla, en su concepto, consistía en sustraer a Cecilia de la vista y comercio de Leonardo, aún cuando para lograrlo fuese necesario usar de fuerza. Pero le ocurrió que tal vez podría ejecutarse la misma cosa sin ruido ni responsabilidad como se le diese una apariencia legal. Movido por esta idea feliz, decidió aconsejarse con el abogado y Alcalde mayor don Fernando O'Reilly, amigo y condiscípulo de Leonardo, con quien él tenía bastante amistad.

Mientras caminaba en la dirección de la calle de los Oficios, componía mentalmente un discurso regular en forma de diálogo para presentar su caso bajo la mejor y más plausible luz, ante el señor Alcalde Mayor. Sucedió, sin embargo, que en presencia de Su Señoría se le fueron de la mente las especies, cual pichones espantados del palomar, y sólo acertó a decir:--que la Valdés le sonsacaba a su hijo Leonardo, le seducía con sus artimañas, y no le dejaba seguir los estudios de derecho, y quería saber qué remedio podía poner la justicia a tamaño escándalo.

Oyole el Alcalde con una sonrisa de satisfacción y de marcada condescendencia, y dijo:

--¡Cuánto me alegro, señor don Cándido, de oírle! ¡Estoy encantado, sorprendido! ¿Pues no ha de llamarme la atención y complacerme, si desde que presido en este tribunal de justicia, por disposición soberana, ha más de un año, es Vd. el primero que se acerca a él en queja semejante? No es que no ocurran en La Habana casos iguales, no; ocurren a millares; es que tales son la ignorancia y la relajación de las costumbres, que sólo se consideran delitos los atentados contra la vida y la propiedad ajena, aquéllos a que se sigue daño inmediato de la persona o de los bienes del vecino. Los ataques a la moral, a la honestidad, a las buenas costumbres, a la religión, éstos no son delitos, son meras faltas, pecados veniales, deslices que no tienen pena señalada en ningún código escrito. ¡Qué error, amigo don Cándido! ¡Qué confusión de ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo que es honesto y lo que es deshonesto, lo que es permisible y lo que es vedado, lo que es loable y lo que es reprehensible!

«Saco, en su Memoria sobre la Vagancia, que acaba de premiar la Sociedad Patriótica, atribuye al juego, que llama guarida de nuestros hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro de las fortunas de las familias, el origen funesto de la mayor parte de los delitos que infestan la sociedad en que vivimos.

«Yo difiero de tan autorizado parecer, y opino que reconocen dos causas principales los males de que todos nos quejamos, a saber: la ignorancia y la política de gobierno de Vives. No hay escuelas. ¿Y cuáles son los resultados? Los robos frecuentes a la luz del día, los asesinatos sin causa ni provocación, los pleitos interminables, las injusticias notorias, la prostitución de las mujeres, el desorden social. La política de gobierno de Vives es también causa de corrupción y extravíos sin término ni paralelo en el mundo. Se pudren los presos en la cárcel y no se castiga a los grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara vez el origen de los crímenes más atroces, gracias, si alguna se atrapa a los malhechores. ¿Quién ha matado a Tondá?

--¡Cómo! exclamó don Cándido, interrumpiendo al Alcalde. ¿Han muerto a Tondá?

--Ayer tarde le abrieron el vientre de una cuchillada.

--¿Tiene V. S.[57] los pormenores del lamentable suceso?

--No, señor. Anoche se me comunicó la noticia en el teatro, extrajudicialmente. Se dice sólo que el matador fue un negro prófugo a quien él trató de prender.

--Tengo motivos para sospechar que el asesino ha sido mi cocinero. Días pasados encargó mi mujer su captura a Tondá...

--No tendría nada de extraño, prosiguió el Alcalde. En caso que le prendan, caso dudoso en estos tiempos que corren, me tomo la libertad de darle a Vd. un consejo: entregue el esclavo a la noxa...

--¿A la qué señor don Fernando?

--A la noxa, digo.

--Estamos. ¿Mas quién es esa dama?

--Natural es que no lo sepa Vd., puesto que no ha estudiado leyes. Se entiende en derecho entregar el esclavo a la noxa, al acto de la renuncia del dominio directo que sobre él tiene el amo, en favor del tribunal de justicia que le juzga por el delito o daño cometido. Pierde Vd., de este modo un negro que cuando más y mucho vale en buena venta 500 pesos; pero ahorra Vd. los costos y las costas del proceso, los cuales suelen montar al doble de esa suma, si el amo se hace parte en el juicio. Sábese que si no se le unta la mano al juez pedáneo, levanta una sumaria negra contra el reo. Luego hay que hacer lo mismo con el escribano que da fe, con el oficial de causas que provee a veces a su antojo, con el fiscal que acusa y no quiere trabajar de balde, con el juez, con el asesor, etcétera, etcétera.

--¿Pleitos yo, señor don Fernando? No en mis días. Valdría mejor colgarse de un farol.

--Hace Vd. bien... Pero volviendo a la pretensión... ¿Decía Vd.?

--Decía, señor Alcalde, repuso don Cándido cual si saliera de un sueño, que una mozuela trae loco a mi hijo Leonardo, le seduce y encanta con sus mañas y no le deja concluir sus estudios de abogado...

--Vamos por partes, dijo O'Reilly con calma. ¿Cómo se llama la seductora?

--Cecilia Valdés, contestó tímidamente el querellante.

--Bueno. ¿Qué casta de mujer es ésa?

--No entiendo.

--Quiero decir: ¿es joven o de edad mediana? ¿Casada o soltera? ¿Bonita o fea? ¿Blanca o de color? Todo esto es fuerza que sepamos antes de proceder a la graduación del tanto de culpa y a la aplicación de la pena que en justicia le quepa.

--Diré a V. S., señor Alcalde, con lealtad cuanto sé en el particular, dijo Gamboa titubeando y con las orejas encendidas de la vergüenza. La chica es joven, bastante joven, como que apenas contará 18 años de edad. No ha sido casada; tampoco, a lo que entiendo, puede calificársela de fea, más bien de bonita, de real moza, diría. Es pobre, sí, pobre, pobrecita, y de color, aunque pasará por blanca donde quiera que no conozcan sus antecedentes...

--Muy bien, perfectamente, replicó el Alcalde pensativo. Se conoce que está Vd. enterado del caso. Así me gusta. Ya podremos juzgar con pleno conocimiento... Sólo ocurre un vacío, llamémosla duda, a saber: ¿conoce Vd. los hechos que expone, por sí mismo o por referencia de tercera persona?

--Unos conozco por mí mismo, otros, digamos, por inferencia.

--Entendámonos. En primer lugar, diga Vd. si sabe con quién vive la joven.

--Ahora, supongo que con alguna amiga suya.

--Nada de suposiciones, señor don Cándido. ¿Le consta a Vd.? ¿Sí o no?

--No, señor, no me consta, lo infiero.

--Eso me gusta. En esta clase de negocios la franqueza es lo primero. Al abogado y al juez hay que hablarles como se le habla al confesor, con el corazón en la mano. Y antes, ¿con quién vivía la pardita?

--Con la abuela.

--¿Viven sus padres? ¿Tiene parientes, allegados, protectores en suma, alguien que haga por ella? Siendo tan linda, como Vd. dice, bueno es saber todo eso, averiguarlo en tiempo.

--Poco ha murió la abuela. La madre (añadió balbuciente y más enrojecido que nunca), la madre... Verdaderamente no sé a estas horas si vive o si muere. De cualquier modo, de nada le valdría si viviera. En cuanto al padre... ella no le tiene conocido... Es hija de la Real Casa Cuna. ¿Está V. S.?

--Bien. ¿Conoció Vd. a la abuela de persona?

--Sí, señor, la conocí, aunque nunca tuve trato íntimo con ella. Sería largo de referir y ajeno de este lugar el detenerme en detalles. Me consta, sin embargo, que para mujer de color (era parda) llevó vida ejemplar, que practicaba la virtud, que se confesaba y comulgaba a menudo, que criaba a la nieta en el santo temor de Dios, que la vigilaba estrechamente, y, sobre todo, que no la consentía holgorios, devaneos con mozuelos ni cortejos de ventana.

--Luego la muchacha de que se trata es bien criada, de vida honesta y no ha dado aún qué decir.

--Así es la verdad; sólo que, como de raza híbrida, no hay que fiar mucho en su virtud. Es mulatilla y ya se sabe que hija de gata, ratones mata, y que por do salta la cabra, salta la que la mama.

--Bien dicho. Confesemos que nuestros refranes encierran gran fondo de sabiduría. Confesemos también que nuestras mulatas, generalmente hablando, son frágiles por naturaleza y por el deseo, ingénito en las criaturas humanas, de ascender o mejorar de condición. Y he aquí la clave para descifrar el por qué de su afición a los blancos y de su esquivez para con los hombres de su propia raza. A bien que hablo con persona que debe entenderme. Nadie como Vd. que, por su larga residencia en el país, ya se ha aplatanado, habrá tenido mejores oportunidades de observar la idiosincrasia de nuestra clase de color libre. Pero una regla general, una fuerte presunción, una teoría, por plausible y brillante que parezca, sobre la índole o aficiones de éstas o de esotras gentes, no constituye hecho, no denuncia delito, siquiera cuasi-delito, que es lo que penan las leyes y juzgan y castigan los tribunales de justicia.

«Resumamos. Comparece Vd. ante mí, el Alcalde Mayor, en queja contra la Valdés a quien acusa Vd. del cuasi delito de seducción y distracción inferido a su primogénito de Vd., que se halla aun bajo la patria potestad. Por ende, pide Vd. se lance un mandamiento de prisión contra la seductora, y que, sin oírla, se la castigue, privándola de su libertad. De acuerdo. Hasta aquí no hay irregularidad aparente, la querella está fundada en derecho y Vd. le tiene excelente para no consentir en que una pelandusca extravíe y pervierta a su hijo, mucho más cuando sigue una carrera tan honrosa y noble como es la de la toga. Aplaudo la vigilancia y severidad de principios que Vd. mantiene.

--Me confunde V. S., exclamó don Cándido, contento por la vuelta que, al parecer, tomaba su pretensión. No merezco esos elogios. ¡Ca! No los merezco ni por cien leguas.

--Pero (continuó con seriedad el Alcalde) como juez recto y de conciencia, demando las pruebas del delito; espero que el actor haga buena la acusación, interrogo para conocer los antecedentes y consecuencias del reo, y lejos de provocar una sumaria condenatoria, obtengo la más brillante declaración absolutoria. Permítame Vd., señor don Cándido, que le diga con la franqueza que me caracteriza que Vd. mismo, llevado sin duda del amor innato a la verdad y a la justicia, abona la conducta de la acusada, hace cumplido elogio de su carácter, y la vindica de toda imputación o mala fama; atándome las manos, por supuesto, para proceder en justicia.

Abrumado don Cándido por la salida inesperada del juez, durante un buen espacio de tiempo no atinó a decir palabra, sólo a estrujarse los dedos e inclinar la cabeza. Luego dijo en voz tímida y confusa:

--Por mi madre, señor Alcalde, que nunca pude pensar fuese tan seria la cosa. ¡Vaya que si lo es! ¡Pues no estaba yo engañado! De medio a medio. Y suponía que no había más sino llegar y besar. O ¿no es que V. S. toma el asunto por donde más quema, cual si dijéramos, a punta de lanza? No estoy seguro, lo pienso nada más, señor don Fernando.

--Aun cuando sea siempre cosa seria (dijo el Alcalde con su acostumbrada ecuanimidad), el lanzar mandamiento de prisión contra un individuo cualquiera que sólo se sospecha haber cometido un delito, no es eso lo que me detiene en el caso presente; me detiene el hecho de que Vd. mismo con su franca declaración me ha quitado el asidero de que se podría echar mano para proceder con las apariencias de legalidad. Deme Vd. el asidero y le sirvo de la mejor gana, no obstante que sé le voy a causar disgusto al amigo Leonardo, contribuyendo al plagio de su amiga.

--¡Maldito asidero! dijo don Cándido para sí. ¿Pues no se aparece a la hora nona? Luego añadió alto: Tratárase de tablas sin nudos ni alabeos, señor don Fernando, o de ladrillos sin caliches, o de tejas sin marras, y me tendría V. S. más listo que un gerifalte. ¿Qué se me alcanza a mí de asideros judiciales? Ni jota. ¿Por qué V. S. que sabe tanto, no le da un corte al negocio y me saca del atolladero?

--Porque no sería eso legal, ni quedarían cubiertas las apariencias, a lo menos en el fuero interno del juez. La sugestión debe venir de Vd. Estaba entretanto pensando, señor don Cándido, suponga Vd. que doy orden de arresto, que Vd. prende a la muchacha, que la mete en la cárcel o logra Vd. esconderla por algún tiempo. ¿Ha meditado Vd. en las consecuencias?

--¡Consecuencias! repitió el hacendado sorprendido. A fe que no he pensado en ello. Ni me ocurre que me traiga consecuencias el paso... a menos que haya un tonto que salga a su defensa.

--Precisamente, porque creo que le sobrarán los defensores, digo lo que digo.

--Pues, ¿no he dicho a V. S. que es pobre, oscura, desconocida, huérfana, sola en el mundo...?

--También me ha dicho Vd. de ella dos cosas que valen más que el dinero, el nacimiento, el parentesco y las buenas relaciones: me contraigo a su juventud y a su belleza. Recuerde Vd. las palabras de Cervantes; vienen aquí de molde: «que también la hermosura tiene fuerza de despertar la caridad dormida». Con tales adminículos no estará ella nunca sola en el mundo.

--Contra esa sentencia de don Quijote, hay esta otra que no sé de quién es: «Santo que no es visto, no es adorado». Dígolo, porque si logro atraparla, cuenta V. S. con que la pondré donde no la vean ni los pájaros.

--Repito a Vd. que la cosa no es tan fácil como parece a primera vista. Ni ¿dónde la pondría Vd. que nadie la oyese, la viese, la compadeciese y la amparase? Leonardo, si está de veras enamorado de ella, será el primero en declararse su campeón, la buscará, la encontrará y la salvará, mal que les pese a sus captores. ¿No sería, por tanto, más derecho, más cuerdo y puesto en razón, que se deje quieta a la muchacha en su casa y no provoque un conflicto? Quizás él la corteje por pasatiempo, por capricho o porque no ha tropezado con otra que le guste más. ¿Qué sabemos?

--Lo que yo me sé de memoria, señor don Fernando, es que mi hijo es muy terco, tan terco como un vizcaíno, y que aunque no sea más que por terquedad, todavía comete una locura y trae una desgracia a la familia.

--¡Desgracia! repitió el Alcalde admirado. No lo concibo. Dice Vd. que la chica es bien criada, de estado honesto, linda, que puede pasar por blanca, ¿qué mayor desgracia podría sobrevenirle a Vd., a la familia, a Leonardo, en una palabra, si olvidado de sí mismo, cegado por la pasión, en un momento de extravío toma por esposa a la Valdés?

--¿Por esposa dice V. S.? exclamó don Cándido con ademán fiero y tono resuelto. Antes que tal haga, por Dios vivo que le desnuco de un trancazo. No, no, yo se lo aseguro a V. S., él no se casará con la Valdés.

--¿Cuál es, entonces, la desgracia que Vd. tanto teme?

--Para hablarle en plata, señor don Fernando, no recelo, ni me pasa por la cabeza, que mi hijo lleve su fatuidad hasta el punto de tomar por esposa a la Valdés; lo que temo, lo que miro como una gran desgracia para la familia es que se la eche de querida. Estas mulatas son el diablo.

--¿Conque no es otra la desgracia a que Vd. alude? preguntó el Alcalde sonriendo. Mírese el asunto bajo el punto de vista que se quiera, o yo soy muy obtuso que no alcanzo a descubrir el lado malo, o no es, ni ha sido nunca, causa original de desgracia para una familia, sea cual fuere su posición social, el que uno de los hijos solteros se eche de querida a una moza de la clase inferior a la suya. Si no fuese así, señor don Cándido, ¿qué familia sería feliz en la tierra? Todas tendrían que lamentar igual o peor desgracia. En todo país de esclavos no es uno ni elevado el tipo de la moralidad; las costumbres tienden, al contrario, a la laxitud, y reinan, además, ideas raras, tergiversadas, monstruosas, por decirlo así, respecto al honor y a la virtud de las mujeres. Especialmente no se cree, ni se espera tampoco, que las de la raza mezclada sean capaces de guardar recato, de ser honestas o esposas legítimas de nadie. En concepto del vulgo, nacen predestinadas para concubinas de los hombres de raza superior. Tal, en efecto, parece que es su destino. Gracias, pues, debe Vd. dar a Dios de que no se le haya metido en la cabeza a su hijo de Vd., que parece ser testarudo y voluntarioso, el enredarse con una negrita. Esa sí que sería una desgracia para la familia. Ahora bien, señor don Cándido, ¿por qué no prohíbe Vd. a Leonardo que visite a la Valdés? Esto lo hallo más fácil y puesto en razón, sobre todo, no tan ocasionado a escándalo. El culpable es él que la solicita y persigue, no ella que se está quieta en su casa. Y aquí entre nos, amigo don Cándido, tiene todos los visos de una injusticia que Vd. pretenda el castigo de la víctima y la absolución del victimario.

--El error nace de que V. S. supone inocente a la Valdés.

--¿Qué pruebas hay para suponer lo contrario?

--Varias. Entre otras, la de habérsela avisado que desistiera de esos amores.

--¿Por medio de quién se la avisó?

--Por medio de la abuela.

--¿En nombre de quién?

--En... mi nombre.

--¿Y ella no hizo caso?

--¡Qué había de hacer la muy pizpireta! Peor la ha hecho desde entonces.

--La ha hecho divinamente.

--¡Cómo! ¿La apoya V. S. en su maldad?

--No tal, no la apoyo, le hago la justicia de creer que ama bien y mucho, y opino que en los negocios del corazón no mandan las abuelas, ni los padres de los amantes. Nada: es preciso darle un corte a este asunto. Prohíbale Vd. a Leonardo que visite a la Valdés. ¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre él? ¿Sí? Prohibición absoluta; no más visitas a la Valdés, y asunto concluido.

Quedose estupefacto don Cándido.

--¡Eh! Aquí te quiero ver, escopeta, pensó él. Vea Vd.; las mismísimas preguntas que yo esperaba;--«¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre su hijo?» Y es que tenía preparada una respuesta. Se ha marchado. Sí, échale un galgo. Cabeza de chorlito, chorlito, chorlito...

--Señor don Fernando, añadió resueltamente, cortando de pronto el monólogo. Carezco de palabras para explicarme con la debida claridad, pero trataré de darme a entender. La prohibición que V. S. aconseja no... puede hacerse...

--¿No sería impertinencia el preguntar?...

--Me expongo a que me desobedezca el muchacho.

--¿Es posible?

--Cierto. Sabe V. S., sin duda, cómo son las madres criollas con sus hijos, principalmente con el primogénito, como sucede en mi caso. El varón es la idolatría de Rosa. De tanto mimarle le tiene perdido, hecho un badulaque, un camueso, irrespetuoso con los mayores y desobediente conmigo. Su madre, sin embargo, se ha tragado que es un ángel, una paloma sin hiel; no cree nada malo de él, y no consiente que nadie, incluso yo, le toque a un pelo de la ropa. Por mí ya estaría en un barco de guerra aguantando chicote. Apuradamente, no le da el naipe para los estudios; y quiere la madre hacerle abogado, doctor de la Universidad, oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe. ¡Qué sé yo cuánto más! En vano la digo que, con nuestro caudal y el título de Casa Gamboa que espero de un día a otro de Madrid, nuestro hijo no tiene necesidad de quebrarse la cabeza con los libros. Aunque no sepa ni el cristus, ha de hacer papel en el mundo. Pero ella está empeñada en hacerle hombre de letras menudas y se saldrá con ello, o... revienta. Yo le digo, primero que tu hijo llegue a abogado a doctor y oidor, tiene que hacerse Bachiller. Los exámenes son en abril, y el mozo, por seguir tras la mozuela, no abre un libro de derecho, no asiste a las clases. Luego, quisiéramos casarle, su madre y yo, este mismo año, con una señorita muy virtuosa y agraciada, hija de un paisano y antiguo amigo mío. Quizás sienta la cabeza y se dedica a la administración de nuestros cuantiosos bienes. Ya vamos para viejos mi mujer y yo, mañana o esotro día morimos los dos, que somos hijos de la muerte. ¿Quién entonces tomará el timón? El, que es hombre, no ninguna de sus hermanas, débiles mujeres y solteras aún. ¿Comprende ahora V. S. cuál no será nuestra desgracia si nuestro primogénito, el hijo que ha de llevar el nombre de la familia, el título de nobleza, la administración de los bienes, etc., no estudia, no se recibe de Bachiller, no se casa con la señorita con quien está comprometido, e infatuado con la Valdés se la echa de querida? Sin el auxilio de V. S., en estas circunstancias aflictivas, ¿qué serán de la paz y de la felicidad de mi familia?

--Pues hablara para mañana, señor don Cándido, exclamó el Alcalde. ¿Por qué no hizo uso Vd. de esos argumentos desde el principio? El último, sobre todo, no tiene réplica, lleva el convencimiento al ánimo más reacio y frío. Me doy por vencido, y desde este punto me tiene Vd. a sus órdenes. ¿Qué quiere Vd. que haga con la Valdés?

Extraña y honda impresión produjeron en el rico hacendado las últimas palabras del Alcalde. Parado y cariacontecido se quedó por largo rato, incapaz de bullir ni de hablar. ¿Qué le pasaba? Había realizado el objeto de su solicitud. ¿Qué más podía apetecer? ¿Se había arrepentido de la pretensión? ¿Empezaba a sentir el peso de la responsabilidad que se iba a echar encima? ¿Dudaba del buen éxito de la medida? ¿Sentía causarle gran pesar al hijo? ¿Hacerle grave injusticia a la moza? ¿Temía ahora al escándalo? No es fácil explicarlo. El mismo, si le hubiesen preguntado, no habría podido dar cuenta de sus sentimientos.

Como notase el Alcalde su perplejidad, repitió la anterior pregunta con mayor énfasis.

--No sé, respondió don Cándido a espacio; no sé verdaderamente. Lo que es en la cárcel... lo pensaría mucho. Sería demasiado para la pobre muchacha. Estaba pensando que en mi potrero de Hoyo Colorado... El Mayoral es casado, con hijos pequeños, y ese punto dista buen trecho; pero se ofrecen varias dificultades, grandes, insuperables. No, no, tal vez convendría más ponerla en el ingenio de un amigo mío que ya conoce a la chica y está enterado... Aquí cerca: en Jaimanita. El también es casado... entrado en años. Incapaz... ¿Qué cree V. S.?

--Yo no creo nada, señor don Cándido; Vd. es el que debe pensar y resolver. A mí me toca dar la orden de arresto tan luego como se me pida en toda forma.

--¿Qué quiere decir V. S. «con toda forma»?

--Quiero decir, espero que la parte interesada me presente la queja por escrito.

--¿Pues no ha oído V. S. mi queja en toda forma?

--No basta eso, es preciso reducirla a escrito.

--¿Y tendría que firmarse?

--Por supuesto.

--Que me emplumen si me había pasado por la mente que se exigían tantos requisitos... ¿No podría hacerse la cosa de otra manera, extrajudicialmente? Le tengo miedo a las formalidades judiciales.

--En esta clase de delitos no se puede proceder de oficio. Para que Vd. vea que deseo servirle, voy a indicarle un medio.

--Veamos. V. S. sabe de estas cosas más que yo.

--¿En qué barrio reside la Valdés?

--En el del Ángel.

--¿Conoce Vd. al Comisario?

--Sí, señor. Entiendo que es Cantalapiedra.

--El mismo. Ahora bien. Véale Vd., preséntele la queja y dígale que me pase un oficio comprensivo del caso. El sabe cómo se redactan esos documentos.

--Bien, le veré hoy mismo; ¿mas no habría modo de evitar que apareciera mi nombre?

--No importa, hombre, replicó O'Reilly casi enfadado. La cosa no pasará de nosotros tres. Al oficio le doy yo carpetazo apenas lo leo; al Comisario se le tapa la boca y se le estimula a obrar con discreción y celo poniéndole unas cuantas amarillas en la mano, y Vd., sabido se tiene que al buen callar llaman Sancho.

--Entiendo. ¿Dónde ponemos a la chica?

--Eso corre de mi cuenta. Será en un lugar donde no corra peligro su honestidad ni su persona, al mismo tiempo que esté segura y nadie pueda extraerla sin mi permiso, o el de Vd.

--No será en la cárcel.

--No, de seguro que ahí no.

--Menos en Paula.

--Tampoco en Paula, y por obvias razones. En fin, la pondré en las Recogidas, en el barrio de San Isidro, bien recomendada a la madre.

--Está bien. Ahí no entran mozuelos, supongo.

--No, que yo sepa. Tal vez uno que otro empleado. Ahora bien, ¿por cuánto tiempo se la encierra?

--Por seis meses.

--Corriente: por seis meses.

--A ver. Pienso que será mejor un año. Largo tiempo es; pero mi hijo no se recibirá de Bachiller hasta abril y no se casará hasta noviembre. Sí, por un año...

--Hecho. En cuanto a mí, concluyó diciendo el Alcalde con solemnidad, lo de menos es el término del encierro, lo demás es la sinrazón, la tropelía, la arbitrariedad que se comete con esa muchacha. Entiéndalo Vd., don Cándido, no hago esto por consideraciones a Vd., con cuya amistad me honro, hágolo por respeto a las frases finales de su anterior peroración, «por la paz y la felicidad de la familia», cosas para mí sagradas.

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