¿Qué soñar con el que adora, y qué sufrir cuando tarda, y qué temer cuando llega, y qué llorar si se marcha?
J. VELARDE
En una mañana del benigno enero diole a Cecilia un vuelco el corazón, y dijo entre sí:--¡Eh! Viene él hoy. Y desde ese momento no pudo pensar en otra cosa, ni hacer nada de provecho. Veces infinitas se asomó al postigo de la ventana, creyendo la cuitada que así apresuraría la venida del objeto de sus ansias; y otras tantas se dejó caer, desfallecida de alma y cuerpo, en el columpio arrimado a la testera opuesta.
De poco le valió el volverse toda oídos y ojos. Por el contrario, tal era la ofuscación de sus sentidos, que escuchando no oía, mirando intensamente no veía. Esto explica por qué se pasaron algunos segundos antes que ella realizase la presencia del amante, llenando el hueco de la entornada puerta de la calle, cual en un espejo su imagen adorada. Entonces, olvidada por completo de sus propósitos de venganza, de los desdenes anteriores, de los supuestos agravios recibidos con sus veleidades y su marcha al campo, corrió a su encuentro con los brazos abiertos, le besó y se dejó besar por él en el delirio de la pasión. No cabe duda, el hecho de la corta ausencia había obrado el milagro de convertirlos en íntimos amigos, en cariñosos hermanos, en ternísimos amantes.
--¿Estás sola? la preguntó él.
--Sola, contestó ella con lánguida expresión.
--¿Me esperabas? agregó tiernamente teniéndola estrechada todavía por la cintura.
--Con el alma y con la vida, repuso la joven en su amoroso entusiasmo.
--¿Quién te dijo que yo venía hoy?
--¡El corazón!
La besó de nuevo en los ojos y en la boca, y añadió:
--Te hallo pálida y más delgada que a mi partida para el campo.
--¿Le parecen poco las noches y los días que he pasado sin pegar los ojos velando a mamita? Tampoco han faltado otros sinsabores...
--¿Cuándo se enfermó tu abuela?
--Desde el año pasado mamita no gozaba de salud. Pero su gravedad se puede decir que principió la víspera de Nochebuena. Cuando yo llegué, a eso de las dos de la madrugada, la encontré con una calentura que volaba... No se levantó más.
--¿Dónde habías estado tú hasta esa hora?, preguntó el joven sorprendido.
--En una parte.
--¿En qué parte?
--¡Oh! En una parte.
--¿Me dirás dónde?, la preguntó Leonardo poniéndose serio.
--Espero que me diga Vd., antes dónde ha estado todo ese tiempo, replicó ella no menos seria, tratando de herir por los mismos filos.
--Yo he estado donde tú sabes.
--Ya, en el campo, Vd. me lo dijo, ¿pero se fue Vd. por mi voluntad?
--¡Ah! ¡Vengativa! ¿Esas teniendo? Según eso, tú has estado en una parte por pique conmigo.
--Por pique no. No tengo nada de vengativa. Ni un tantico. Lo que yo no quiero, lo que no puedo aguantar es que me la den de boba. Fue Vd. a divertirse con sus amigas en el campo, ¿había de quedarme en casa encerrada como monja? No faltaría más.
--Fui de mala gana. Hubiera preferido quedarme, pero mamá se propuso llevarme... ¿No te lo dije así?
--Me lo dijo con la lengua.
--Yo no digo mentira.
--¿No tiene Vd. la boca debajo de la nariz como los demás hombres? Va que sí. Ninguno dice mentira. ¡Qué! Sería un pecado. ¿Pero cuál de Vds., si se ofrece, no engaña a la mujer más buena del mundo?
--¿Qué sabes tú de eso?
--Mucho más de lo que Vd. se figura. Muy lépero ha de ser el que se burle de mí.
--No hables boberías y dejémonos de cosas que no tienen fundamento. Es gana que busques motivos de quejas. Tú no puedes ponerte brava conmigo. Dime, ¿en dónde estuviste la víspera de Nochebuena?
--¿De mal a mal?
--De bien a bien, cielo mío. De ti no quiero ni la gloria de por fuerza.
--Eso sí. Pues venía del baile de etiqueta que dio la gente de color en la casa de Soto, allá afuera.
--¿Cómo fuiste?
--A pie.
--No quiero decir eso. ¿Quién te convidó? ¿Con quién fuiste al baile?
--Me convidó Uribe el sastre, que fue uno de la comisión, y fui al baile con Clara su mujer, con Nemesia y con José Dolores su hermano...
Leonardo torció el ceño y no supo ni pudo ocultar su disgusto.
--El que se pica ajos come, dijo Cecilia sonriendo. ¿Qué diré yo cuando recuerde que Vd. fue al campo para seguir a una guajira?
--Veo que no pierdes la ocasión de zaherirme, dijo Leonardo disimulando su desazón. Y me parece que serías capaz de querer a cualquier hombre con tal de darme caritate.
--No tanto, ni tan calvo que se le vean los sesos. Hay muchos hombres a quien no podría querer por más picada que estuviese con el preferido de mi corazón.
--Malo es que tú seas de naturaleza celosa y vengativa.
--Sea Vd. leal y constante y nada tendrá que temer de la mujer más vengativa y celosa nacida.
--Con las celosas no valen la lealtad ni la constancia del amante más fino. Mucho menos valen si tú das entrada a hombres con quien no debes ligarte.
--¿A quién he dado yo entrada? Vamos, explíquese.
--¿Quieres oírlo de mi boca? ¿Quién te acompañó al baile estando yo ausente? ¿Con quién bailaste? ¿En casa de quién vives ahora?
--¿Y eso es lo que Vd. llama darle entrada a los hombres?
--Por ese camino al menos se va derecho al corazón de las mujeres.
--No al mío que está forrado y claveteado en cobre. Pero si de alguno no debe Vd. abrigar recelo es del hermano de Nene. Entre nosotros no ha cabido nunca, creo yo, más que una sincera y desinteresada amistad. Nosotros nos conocemos y tratamos desde chiquitos. Hemos jugado juntos a la gallina ciega y a la lunita, hemos crecido el uno al lado del otro sin pensar en amores, al menos por mi parte. Sé que siente por mí un cariño entrañable; sé que se desvive por mí; sé que su mayor delicia es serme útil; sé que tiene orgullo en adivinar mis pensamientos; sé que si le pido un favor se aflige y se culpa a sí mismo porque no se adelantó a mi deseo; sé que no consentirá me ofendan ni las moscas; sé que es capaz de cometer cualquier locura por agradarme; sé que me cree el non plus ultra de las mujeres; sé que tiene celos de Vd. que se lo comen vivo; pero aún no me ha hecho una declaración de amor. Sabe, el pobre, porque no tiene un pelo de tonto, que yo no he de quererlo, ni casarme con él en la vida. Muchas veces lo he sorprendido mirándome cual se mira a las santas; yo he hecho como si no lo notase o entendiese y él no se ha atrevido a declararse. De aquí no ha pasado desde que nos conocemos. En su trato es una dama, muy galán y respetuoso con las mujeres, bien criado con los hombres; sólo le falta la cara blanca para ser un caballero en cualquier parte. Le hablo con esta claridad de José Dolores porque se me figura que a Vd. no le cae en gracia, qué no lo ve con buenos ojos.
--Te engañas, dijo Leonardo alarmado por el hermoso retrato que acababa de trazar Cecilia de José Dolores Pimienta. No tengo prevención ninguna contra tu amigo. No lo miro con buenos ni con malos ojos, por la sencilla razón de que no me cuido si vive o si muere. A mí no puede hacerme sombra semejante sastrecito. Siento, sí, que en estas circunstancias hayas creído necesario explicarme la clase de relaciones que han existido y existen entre Vds. dos. No me interesa eso en lo más mínimo.
--A Vd. le corresponde hablar así, a mí no. Sería la más descastada de las mujeres si olvidara por un momento los muchos favores que le debo a José Dolores. El fue mis pies y mis manos, mi todo, durante la enfermedad de mamita; él hizo los mandados; él llamó varias veces al médico; él trajo las medicinas de la botica; él hizo caldos de gallina para la enferma; él veló conmigo a su cabecera; él fue por los óleos a San Juan de Dios; él corrió con el entierro; él lloró tanto como yo la muerte...
En este punto los sollozos y las lágrimas le cortaron la palabra a Cecilia. Después continuó como ofendida por el tono y las frases despreciativas que había empleado Leonardo respecto de José Dolores:
--Hay favores que no se pueden pagar bastantemente; la mujer que los olvida no merece el pan que come. José Dolores siempre me ha distinguido y respetado, y lo que es en el baile sacó la cara por mí, exponiéndose a la muerte.
--¿Con qué motivo sacó la cara por ti?
--Con motivo de haberme ofendido un negro.
--¿Por qué te ofendió?
--Porque me negué a bailar con él.
--¿Le desairaste?
--No. Yo no le conocía. Era un intruso, ¿por qué había de bailar con él? Además, tenía comprometido el minué con Brindis. Tampoco quería yo bailar pieza con los negros. Las dos o tres que bailé con ellos fue por compromiso.
--El mal estuvo en tu concurrencia a un baile de gente de color...
--Lo sé, lo confieso, me pesará toda la vida haber ido. Eso me parece que le apresuró la muerte a mamita.
Volvió a llorar Cecilia; y Leonardo, para alejar de su mente aquella idea, o para averiguar lo que había ocurrido dentro y fuera del baile, la preguntó:
--¿Qué casta de negro era el que te ofendió?
--No sé. En mi vida le había visto. Tampoco me conocía él a mí sino por mera inferencia. Creo que me invitó a bailar para tener la ocasión de insultarme y vengar así un agravio que supuso alguien le había hecho por mi causa.
--¿Quién le hizo el agravio?
--No lo dijo. Sólo dijo a gritos que yo tenía la culpa de que se viera separado de su mujer.
--Debía estar loco o borracho.
--Borracho no, más bien loco. Daba miedo. También me dijo que me vio cuando yo gateaba; que sabía quien era mi madre y que conocía a mi padre como a sus manos.
--Mal pudo conocer a tus padres, observó Leonardo con aire sentencioso, siendo así que eres hija de la Cuna. ¡Disparate!
--¡Ah! Escuche, agregó Cecilia recordando: dijo que su mujer fue quien me crió, que yo era mulata y que mi madre vivía y estaba loca.
--¿No se averiguó cómo se llamaba ese diablo de negro?
--Sí, se supo al fin. Lo reconoció un oficial de la sastrería de Uribe. Lo llamó por el nombre de Dionisio Gamboa, aunque él sostuvo que no se llamaba así, sino Dionisio Jaruco.
--¡Ah! ¡Perro! exclamó Leonardo apretando los puños al mismo tiempo que los dientes. ¡Qué buen novenario merece! Lo llevará, como hay un Dios en el cielo, en cuanto se le capture. A bien que ya Tondá le sigue la pista. No hay tal Dionisio Jaruco ni calabaza. Su nombre sí es Dionisio, pero su apellido debe ser Gamboa, porque pertenece a mamá. El muy indigno, mal agradecido, infame, al robo de la ropa antigua de papá ha añadido la fuga y dejado a mamá sin cocinero. A ningún negro se le han consentido en casa más desvergüenzas que a él. Y véase el resultado. La pagará. Que se esconda bajo siete estados de tierra, de ahí le sacarán. Se le castigará cual merece, lo juro. Me parece que si le desuellan vivo no paga las que debe. Después, ¡atreverse a insultarte...!
Arrebatado por la cólera, tardó algún tiempo en comprender Leonardo que había asustado a Cecilia con tan inoportunas amenazas, además de ponerse en ridículo a sus ojos, pues ésta advirtió sin esfuerzo que el furor de su amante contra el negro no procedía tanto del agravio a ella inferido, cuanto de haber dejado la familia sin cocinero. Volviendo sobre sus pasos, aunque tarde, añadió el joven:
--Pero, a todas éstas, ¿qué has tenido tú que ver con la separación de Dionisio de su mujer? Nada, absolutamente nada. Dudo que fueses nacida cuando mamá zampó a María de Regla, la mujer de Dionisio, por escandalosa y desobediente, en el ingenio de La Tinaja. Y si no habías nacido, ¿cómo pudo criarte? Ella sí crió a mi hermana Adela. Vamos, es un disparate, una equivocación suya, pretexto para desfogarse contigo que no podías devolverle el insulto.
--Para eso, dijo Cecilia con satisfacción, que le costó caro el meterse conmigo. A la salida del baile esperó a José Dolores en la esquina de la calle Ancha. Pelearon con cuchillo y el negro cayó a los primeros golpes...
--¿Muerto? exclamó Leonardo, que no esperaba semejante desenlace.
--Me parece que no. El quedó en el suelo quejándose mucho. ¿Le duele a Vd. que se le hubiese castigado tan pronto la falta?
--No, no, se apresuró Gamboa a corregir la falta de galantería que acababa de cometer manifestando sentimiento por la herida de su esclavo. No me duele perder un negro. Tenemos muchos. Siento sí que tú hayas estado por medio. Fue un escándalo. ¡Tú complicada en un homicidio! Mas hablando de otra cosa, ¿qué médico asistió a tu abuela en su enfermedad?
--Montes de Oca.
--¿Cómo vino él a curarla?
--Yo fui por él.
--¿Le conocías?
--De vista.
--¿Le conocía tu abuela?
--Ella sí. Mamita fue a verlo a su casa y él venía a verla todos los meses.
--¿Para curarla?
--No. Mamita no había estado casi nunca enferma de médico.
--¿Qué dares o tomares se traían ellos?
--Mamita recibía una mesada por conducto de Montes de Oca.
--¡Una mesada! Ahora recuerdo que hace mucho tiempo Montes de Oca le tomó a papá en alquiler esa misma María de Regla, mujer del cocinero, para criar a una niña, hija ilegítima de un amigo suyo. Y he aquí descifrado el por qué de la equivocación de Dionisio. Seguro, se figuró que tú eres la tal niña. Por supuesto, tú no fuiste, pero ¿quién saca al muy bestia del error? Ni habías nacido entonces. Mira tú, después de eso María de Regla crió a Adela por cerca de dos años. Lo que te sé decir es que esa crianza le ha costado muchos disgustos a mamá. Montes de Oca se comprometió a pagarle dos onzas de oro a papá por el precio del alquiler de María de Regla. Sospecho que nunca cumplió, porque él es mal pagador. Hallo, pues, extraño, incomprensible, que Montes de Oca le pasara una mesada a Vds. ¿No sabes tú su origen?
--No entiendo, contestó Cecilia dudosa.
--Quiero decir, repuso Leonardo, que si tú sabes el motivo, la razón, o como se llame, del por qué le pasaban la mesada a tu abuela.
--No lo sé; mejor dicho, no me he puesto jamás a averiguarlo.
--Tú lo sabes y no quieres decírmelo. Lo leo en tus ojos.
--Mal lector es Vd. entonces.
--Niego a pie puntillas que Montes de Oca pasaba la mesada por cuenta propia.
--También lo niego yo.
--¡Ah! ¿Ves? Tú sabías y me lo negabas.
--Vd. no me preguntó eso. Vd. me preguntó que si yo sabía el origen o el motivo de la mesada, y todavía estoy en ayunas. Lo único que sé es que Montes de Oca la pasaba por cuenta de un amigo...
--Que tú conoces. ¿No? la interrumpió Leonardo.
--De vista, contestó Cecilia a medias.
Su nombre.
--¡Ay! Ese se queda para el curioso lector.
--Dilo, dilo, la instó el joven cogiéndole la mano. No deseo saberlo por mera curiosidad, sino por algo que te diré después.
--Vd. lo conoce como a sus manos.
--¿Quién, pues?
--Su padre de Vd.
--¡Mi padre! exclamó Leonardo asombrado de la revelación. ¡Será posible que mi padre lleve la pertinacia....! (Se contuvo y agregó luego:) ¿Estás segura?
--Segurísima.
--¿Desde cuándo le conoces tú?
--¡Uf! Desde que yo era chiquitica.
--¿Cómo le conocías?
--De verlo en las calles. A cada rato tropezaba con él. Cuando menos lo esperaba lo tenía encima. Se ponía bravo y me decía muchas cosas: que estaba hecha una mataperros, perdida, mal criada, y que iba a hacer que me prendieran los soldados.
--¿Sabías tú su nombre entonces?
--No, ni lo supe hasta mucho después, cuando me había hecho una mujer. Conmigo no ha tenido él amistad, con mamita sí. De Corpus a San Juan, solía hablarle por la ventana, siempre de mí.
--¿Qué la decía?
--Nada bueno, por cierto. Le decía, por ejemplo, que me celara de Vd.; que no me dejara ir a bailes con Vd., que Vd. era muy enamorado; que tarde que temprano me dejaría Vd. por otra; en fin, que Vd. estaba para casarse con una muchacha muy rica y sólo aguardaba a recibirse de Bachiller en Leyes.
--Me sorprende oír eso de mi padre. No lo creería si otra persona me lo dijera. ¿Qué objeto le lleva verdaderamente en el asunto? Su conducta contigo aleja la idea del amor. No está enamorado de ti, no. Tampoco ha sido él hombre de enamorarse por andar alegre. Ahora me desengaño...
--Es que mamita también estaba opuesta a nuestras relaciones. A la hora de su muerte me mandó que no lo quisiera a Vd.
--Tú no piensas en obedecerla, ¿no es así?, dijo el joven apasionadamente.
--Ya es demasiado tarde, contestó Cecilia poniéndose colorada. (Después añadió en voz baja:) Dios quiera que no me pese haber desobedecido a mamita.
--Nunca te pesará, repuso Gamboa con calor, te lo juro por lo más sagrado, el haberme querido bien. Veo, entre tanto, que nada de lo que me has dicho explica el enredo de la mesada. ¿Por qué, a santo de qué se la pasaba mi padre a tu abuela? Ve aquí lo que me encalabrina y desespera. Es posible que no continúe pasándotela a ti...
--Tal pienso yo, dijo Cecilia bastante afectada.
--No es eso lo peor, agregó el joven reflexionando, sino que el médico te cobrará la cura de la enferma. Del árbol caído todos hacen leña.
--Por esa parte estoy tranquila. En toda la enfermedad de mamita, en vez de pedirme estuvo el médico dándome dinero para los gastos.
--¿Cómo cuánto te dio?
--Como quince onzas de oro. Yo no llevé la cuenta... José Dolores.
--Dale con José Dolores. No quisiera volver a oír su nombre en tu boca.
--¿Qué tienes?
Interrumpiose a lo mejor el prolongado diálogo de los amantes por la llegada de Nemesia, con grande disgusto de los tres. De Cecilia, porque así quedaba sumergida en el mar de confusiones respecto de su suerte futura, do la había arrojado la muerte repentina de su abuela. Con disgusto de Leonardo, porque después de lo averiguado acerca de la posición de Cecilia en aquella casa, comprendió que debía sacarla de ella cuanto antes, so pena de perderla para siempre, y no había tenido tiempo de arreglar con su acuerdo el nuevo plan de vida.
Por su parte Nemesia también experimentó un vivo disgusto; porque sin más argumento ni prueba que la presencia allí del temible rival de su hermano, cuando le creía más distante y olvidado de Cecilia, quedó convencida que ni los celos en ella, ni la ausencia en él, habían obrado el milagro de trocar en odio, siquiera en indiferencia, el profundo afecto que se profesaban los dos. ¡Pobre José Dolores! exclamó Nemesia entre sí. De ésta la perdiste. ¡Tontos de nosotros que nos habíamos halagado con la esperanza de que se quedaría en el monte!
--Está de Dios, hijo, que no ha de ser tuya Celia, dijo Nemesia con gran sentimiento, a su hermano cuando volvió de la sastrería.
--¿En qué te fundas para darme tan mala noticia?, preguntó el hermano alarmado.
--Me fundo en que él ha vuelto. Los topé a los dos esta mañana como uña y carne.
--¿A dónde?
--En esta sala. Solitos...
--Luego él no fue al campo para casarse.
--¡Casarse! Tal vez se ha casado y ahora anda atrás de la querida.
--¡Qué! ¿Crees tú que va a sacarla de aquí pronto?
--Cuando menos... Para ponerle casa.
--Cuando menos no, dijo José Dolores irritado a lo sumo.
--No. Si la destina para querida, mientras más pronto se la lleve mejor; porque primero me dejo escupir a la cara que hacer el papel de tapa. No es él hombre para pasarme la mota y reírse de mí. Que no se ponga en mi camino. ¿Dónde está ella?
--Vistiéndose allá dentro. Eso es que lo espera esta noche.
--Es posible. Así será bueno que me arrime a un lado por ahora. Una tragedia le causaría más pesar a ella que a él.
--Todavía no se ha perdido todo, José Dolores, dijo Nemesia pensativa. Mientras la vida dura, hay esperanza.
--¿Qué esperanza, hermana? O él o yo. Los dos juntos no cabemos. ¿Me resignaría yo a servir de tapa tampoco? Creo que no, Nene.
--Bobería, José Dolores: del lobo aunque sea un pelo. ¿Quién puede decir con verdad que es el primero en el corazón de una mujer? Naiden. Ten por sabido que ella no es firme ni de ley. Dice una cosa ahora y luego otra. Se dobla como la hoja del caimito: cátala colorada, cátala blanca. Si tú la hubieras oído cuando él se fue para el monte atrás de la muchacha blanca..., sabrías quién es ella.--¡No lo quedré más en mi vida! No volverá a verme la cara. Aunque me se arrodille, aunque me bese los pies, no le perdonaré la que me ha hecho. De mí no se burla ni el sol de los hombres. Apuradamente, con él no se acabaron para mi. Hay muchos, me se sobran. ¿Cuántos, cuántos tan buenos mozos como él no se darían santos con una piedra en el pecho con tal que yo los quisiera? No seré de las que se quedan para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro que el primero que me diga jí, le digo já. Y veremos quién pierde más, si él o yo.