Capítulo 29 · CAPÍTULO XV

Cecilia Valdés — Cirilo Villaverde · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 29 de 52 · 2291 palabras

Perdí el desamor Con las libertades; Quísele bien luego, Bien le quise, madre. Empecé a quererle, Empezó a olvidarme: Rabia le dé, madre. Rabia que le mate.

L. DE GÓNGORA

Cursaban las horas, los días y las semanas y no llegaban a la ciudad letras ni noticias de Isabel Ilincheta, desde su partida para Alquízar. Cierto que eran entonces difíciles y raras las comunicaciones de la capital, aún con los pueblos de su misma jurisdicción. Pero no escaseaban los correos privados, trajinantes o buhoneros, que se prestaban a llevar y traer cartas y líos sin cargar porte. Y de éstos acostumbraba a valerse Isabel para mantener correspondencia con sus primas las Gámez y con Leonardo.

Salía éste bastante preocupado de casa de esas señoritas al oscurecer del 6 ó 7 de Diciembre, al propio tiempo que bajaba la calle en dirección de la de Teniente Rey una mujer, cubierta la cabeza con una manta oscura. Pareciéndole que la conocía, apresuró el paso, le ganó pronto la delantera, la observó de soslayo y la detuvo, visto que era Nemesia.

--¿Qué prisa es ésta? la preguntó Gamboa.

--¡Ay, Jesús! exclamó la muchacha. ¡Cuidado que el caballero me ha dado un buen susto!

--Como que te me querías escapar de rengue liso, dijo Leonardo haciendo uso del lenguaje de la gente de color.

--No es mi natural el escaparme de rengue liso ni labrado, y menos de las personas de mi estimación.

--De tu estimación. ¿Soy yo por ventura de ese número?

--El primerito.

--El que te crea que le compre.

--¿Lo duda el caballero?

--¿Cómo que si lo dudo? No lo creo, porque dice el refrán que obras son amores y no buenas razones.

--¿Qué pruebas tiene el señor para decir eso?

--Muchas. Te daré una, la más reciente. El día en que me despedía de una amiga a la puerta de la casa de donde acabo de salir, ¿quién trajo a Celia para que me viese y se encelara conmigo? Tú. Nadie más que tú.

--¿Quién se lo dijo?

--Nadie. Lo sospeché entonces y ahora estoy convencido de ello. Tú eres más mala que Aponte, como decía mi abuela.

--No lo crea el señor, dijo Nemesia retozándole la risa en los ángulos de la boca. Créame el caballero, todo fue una pura casualidad. Yo iba a buscar costura en la sastrería de señó Uribe y Celia quiso acompañarme.

--Sí, hazte ahora la santica y la inocente. Sábete que cometes un pecado en declararme la guerra. Si lo haces porque te figuras que no hay en mi corazón amor más que para Celia, mira que te equivocas. Hay para ella, para la amiga en el campo y todavía queda para las malagradecidas como tú un mundo de cariño.

--Ahora sí que yo digo que el que crea al caballero que lo compre.

--Tienes que creerme, porque te lo digo y porque tú eres la mulata más salerosa que pisa la tierra.

--¡Lisonjero! ¡Veleidoso! exclamó Nemesia conocidamente pagada del requiebro. Cuidado que los hombres son malos. Sólo que a mí no me gusta partir con naiden ni ser plato de segunda mesa.

--En siendo plato, mujer, no importa de qué mesa. ¡Ay de las que no son plato de ninguna! porque es la prueba de que se quedaron para tías y para vestir santos. Celebremos un trato: no me hagas la guerra.

--Dale con la tema: yo no le hago la guerra al caballero.

--Sí, sí, me la haces. Lo veo, lo conozco. Celia está brava conmigo por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme de ella. No le eches leña al fuego. Aquí, aquí, añadió oprimiéndose el lado izquierdo del pecho con ambas manos, aquí hay lugar para Celia y para su más tierna amiga.

--No. Para que yo dentrara ahí habría de ser sola, solita. No quiero compaña en el corazón del hombre que yo ame.

--¡Egoísta! la dijo Leonardo echándole una mirada amorosa. Y se separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en dirección de su casa en el callejón de la Bomba, y Leonardo todo derecho a la calle de O'Reilly.

Había aquélla oído de los labios del joven, de quien estaba perdidamente enamorada, que cabía en su corazón juntamente con Cecilia. Tal vez la cosa no pasaba de una mera galantería. ¿Qué decimos? Leonardo sólo se propuso propiciarla, halagando de paso su vanidad femenil con la esperanza de que en cierta contingencia podría ver realizado su amoroso deseo. Mas ella reflexionó que si cabía, lo más difícil en su concepto, bien podría suceder que entrase acompañada y se quedase sola y dueña del campo. Así que el descubrimiento, además de causarla un regocijo indecible, la confirmó más en el plan sobre cuya ejecución venía trabajando hacía algún tiempo. Para llevarle a debido efecto, dos medios se ofrecían a su traviesa imaginación. Con el conocimiento que tenía de los rasgos más marcados del carácter de su amiga, una índole eminentemente celosa, unida a una soberbia desapoderada, juzgó Nemesia, y juzgó bien, que si excitaba a lo sumo ambas pasiones, aún cuando no lograse que rompiera con el amante, ni suplantarla en el amor de éste, haría al menos que él la abandonase.

En la escena debía jugar José Dolores su hermano un papel principal. Daba por hecho que Cecilia no le amaría nunca. Esto poco importaba, porque una vez torcidos los amantes, no sería difícil infundir celos a Gamboa, por lo mismo que en su pique con el blanco era natural que ella se prestase a coquetear con el mulato. Ya veremos el desenlace fatal de estas intrigas.

Sucedió que al desembocar Leonardo Gamboa en la calle de O'Reilly, se separaba de la ventanilla de la casa de Cecilia un hombre que tenía toda la traza del hermano de Nemesia. Picó aquello su curiosidad, por lo cual, sin previo aviso, se acercó a media carrera, y con la punta de los dedos levantó el canto de la cortina blanca. Detrás se hallaba Cecilia sentada en una silla, con el codo descansando en el poyo de la ventana y la barba en la palma de la mano. Al reconocer a su amante en la persona que había levantado la cortinilla, no manifestó sorpresa ni alegría.

--Sí, la dijo él, muy mortificado por lo que había visto y por la indiferencia con que ella le recibía. Sí, disimula ahora. ¿Quién no la ve ahí? Parece que no quiebra un plato. ¿Qué haces?

--Nada, contesto seca y lacónicamente.

--¿Está fuera tu abuela?

--Sí, señor. Ha ido a la salve, ahí enfrente.

--Abre pues. Déjame entrar.

--De ninguna manera.

--¿De cuándo acá tanto rigor? Quisiera saberlo.

--No sé. Vd. dirá.

--Lo que yo sé es que de aquí acaba de salir un hombre.

--No, señor. Aquí no ha estado nadie desde que salió Chepilla.

--Le he visto con mis ojos.

--Sus ojos le engañaron. Ha sido una ilusión.

--Qué ilusión ni que niño muerto. Le vi, le vi, no me queda género de duda.

--Entonces creeré que Vd. ve visiones.

--No me hables más con ese aire desdeñoso, despreciativo diría, que me parece intolerable y ajeno de ti y de mí. No disimules tampoco ni busques persuadirme que fue un duende y no un hombre de carne y hueso, el que acaba de alejarse de esta ventana, tras de la cual te encuentro sentada y al parecer muy tranquila.

--¡Ah! Ya eso es otro cantar. Puede Vd. haber visto un hombre parado donde está Vd., ahora. Lo que yo niego y negaré siempre es que Vd. le viera salir de aquí, porque él no puso los pies en esta casa.

--De todos modos salió de aquí, de este lugar, estuvo conversando contigo y necesito saber quién es y qué buscaba.

--«Necesito», repitió Cecilia con desdén. ¡Qué guapo! ¿Ha de ser a la fuerza? Pues no lo digo.

--Sea como fuere, tienes que decírmelo, o de lo contrario me peleo contigo y no me vuelves a ver la cara en la vida.

--Eso es lo que yo quisiera ver.

--Lo verás. En fin, ¿me dices quién es?

--No lo digo.

--Tú parece que quieres jugar conmigo.

--No juego, hablo de veras.

--Bien. Abre la puerta y déjame entrar, porque me da vergüenza que me vea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.

--Y se figurarán lo cierto.

--Vamos. ¿Te dejas de retrecherías?

--Yo digo lo que siento.

Leonardo la miró un rato con fijeza, como para medir el alcance de sus palabras, y trató luego de cogerla la mano que ella retiró, y después la cara con igual resultado. Cecilia no parecía dispuesta a ceder un punto de la actitud tomada desde el principio. ¿Sería ella capaz de dejarle por otro hombre? ¿Era el preferido aquél que vio alejarse de la ventana? Tanteemos un poco más, se dijo para sí, y enseguida añadió alto:

--¿Qué tienes tú en realidad? ¿Se puede saber?

--¿Yo? Nada.

--Si te encierras en ese círculo vicioso de: no sé nada, no lo digo, creo que lo mejor será que yo me vaya con la música a otra parte.

--Como Vd. guste.

--Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dices ahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de poco vivir y me marchase, habías de derramar lágrimas de sangre. ¡Cómo! ¿Te quedas callada? ¿Qué dices? Contesta.

Iba siendo demasiado larga y violenta la posición asumida por Cecilia para que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persistía en su desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que no tenía prueba patente de su inconstancia. Por todas estas razones, cuando precisada a responder categóricamente, inclinó la cabeza y rompió a llorar con grandes sollozos.

--¿Lo ves? la dijo él bastante conmovido. Ya sabía yo que en esto vendrían a parar tus bravezas. Tu corazón me quiere cuando tus labios me desdeñan. ¡Bah! Se acabó todo. No llores más, mi vida, porque concluiré por llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tan amigos como siempre.

--Sólo bajo una condición haría yo las paces contigo, acertó a decir Cecilia entre sollozo y sollozo.

--Admitido. Afuera con esa condición.

--No. Es preciso primero que prometas cumplirla.

--¡Hombre! Eso es mucho pedir. Tal vez no está en mis facultades. Pero, ¿quién dijo miedo? Sí, prometo.

--No vayas al campo en las próximas Pascuas...

--¡Celia, por Dios!... ¡qué caprichos tan extraños tienes tú! ¿De qué nace tamaña exigencia? Sin duda te figuras que me alejo para siempre o que te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas imposibles.

--Lo tengo bien pensado. ¿Te vas o te quedas?

--No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince días en el campo no va a ninguna banda, no es una ida ni una quedada formal.

--Está bien, dijo Cecilia con firmeza, enjugándose las lágrimas. Ve. Yo sé lo que he de hacer.

--No tomes resolución que luego te pese. Te ruego de nuevo que reflexiones y veas mi posición tal cual es. ¿Te parece fácil que yo permanezca en La Habana mientras toda mi familia está en el ingenio de La Tinaja cerca del Mariel? Pues no lo es; en primer lugar no habrá en casa sino el mayordomo con algunos criados. En segundo lugar, aunque yo pretendiera quedarme, mi madre no lo consentiría, mucho menos mi padre. La marcha será del 20 al 22 para volver después del domingo de Niño Perdido. ¿Comprendes ahora?

--Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer que detesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quiero consentirlo.

--Eres muy celosa, Celia. He aquí tu único defecto. Si yo te amo más que a mi vida, más que a todas las mujeres del mundo, ¿no te basta? ¿qué más quieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos, así nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Después, en Abril entrante me recibiré de Bachiller en derecho y entonces tendré más libertad para hacer lo que me dé la gana. Ya verás, ya verás cuanto vamos a gozar. Yo para ti, tú para mí.

Para este tiempo Cecilia se había puesto en pie, esperando quizás la retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechísimo talle que casi se podía abarcar con ambas manos lucían a maravilla, alumbrados a medias por la bujía en el interior, en contraste con la oscuridad ya reinante en la calle. Más enamorado que nunca Leonardo de tanta belleza, añadió con la mayor ternura:

--Lo que falta ahora, cielo mío, es que me des un beso en señal de paz y de amor.

Cecilia no respondió palabra ni hizo el menor movimiento. Parecía transfigurada.

--¡Vaya con Dios!, dijo el joven desconsolado. ¿Tampoco me darás la mano?

El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversión no podía ser más completa, pues si respiraba, no daba señales el redondo y levantado seno, de agitación ni de perceptible movimiento.

--Tu abuela va a venir, agregó Gamboa. ¿Oyes? Se concluye la salve en Santa Catalina; yo no quiero que me vea. ¡Adiós, pues!... ¡Ah! ¿Me dirás el nombre de la persona que hablaba contigo cuando yo llegué?

--José Dolores Pimienta, contestó Cecilia en tono tan breve como solemne.

Sintió Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro y que le quemaba las mejillas; y como para mejor ocultar la impresión que le había causado aquel nombre en boca de Cecilia, se alejó de allí a toda prisa, a la sazón que los fieles salían del convento vecino.

Por su parte Cecilia se dejó caer en la silla y lloró amargamente.

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