Meditando su pena Dentro del pecho el corazón se abrasa: El fuego desordena Los límites y pasa: Y suelta ya la lengua, hablé sin tasa.
GONZÁLEZ CARVAJAL
La extraña conducta y las frases irónicas de su cara esposa traían alarmado a don Cándido Gamboa. Nunca había usado ella un lenguaje tan sarcástico. Por el contrario, en sus arranques de celos siempre había pecado por franca y desembozada. ¿Qué había averiguado de nuevo? ¿Dónde había estado aquella mañana, que la produjo tal cambio?
No entraban en el carácter, ni en las ideas de honor y dignidad de don Cándido el pedir a su esposa la explicación del misterio, menos a los hijos con quienes pocas veces hablaba, mucho menos a los criados, alguno de los cuales sabía más secretos de la familia de lo que convenía a la paz y a la dicha del hogar. Hombre de mundo y astuto, creyó que podía dejar al tiempo y a la indiscreción de la mujer o de los hijos el salir de dudas más tarde o más temprano.
Adoptó, eso sí, mayor cautela, observó con doble atención; y he aquí la sola novedad que se operó en su conducta en adelante respecto de su familia. Ni tuvo que mantener larga espectativa tampoco, porque días después, en la mesa del almuerzo, se habló de la neurosis facial de Antonia y del alivio que sentía después de la extracción de la muela por Fiayo. No necesitó de más don Cándido: su mujer había estado en casa de Montes de Oca, donde era notorio que aquél paraba y ejecutaba sus operaciones dentarias.
Precioso dato éste; sólo que, en vez de ayudarle a resolver el enigma, contribuyó a desorientarle y hasta cierto punto a adormecer sus recelos. Porque no cabía en su cabeza que el médico hubiese hablado a su esposa de la moza enferma en el hospital de Paula. Por flojo de lengua que le supiese, no podía imaginar siquiera que llevase la candidez (malicia no era) al extremo de comunicar a una persona extraña que veía por la primera vez, un asunto con el cual no tenía relación ni interés alguno. ¿Con qué motivo, tampoco, suscitar la conversación? Daba por hecho Gamboa, además, que él había hablado al médico sobre la enferma en confianza, y aunque no le había exigido el secreto, se entendía que debía observarse en todas circunstancias.
Ya se ha visto cuán falaces eran todos estos razonamientos de don Cándido. Del mismo erróneo tenor fue la reflexión de que seña Josefa, encontrándose por casualidad con doña Rosa en casa de Montes de Oca, tuvo una explicación, o habló delante de ella de la enferma en el hospital de Paula. En esta persuasión la esperó varias mañanas seguidas al postigo de la ventana de su casa.
Inútilmente. El médico había sido todavía más franco, diríamos más rudo con la anciana que con doña Rosa. De una vez le quitó toda esperanza, cuando en el lenguaje vulgar, no en el de la ciencia, le desahució a la hija. Para una mujer de sus años, agobiada por los trabajos y los pesares, cada vez más descontenta de su nieta, que llevaba, al parecer, el mismo camino de la madre moribunda, era aquella noticia más de lo que su espíritu y su cuerpo podían sobrellevar. Para valernos de sus propias palabras, ya había ella andado la via crucis, se hallaba en la cima del calvario, sólo faltaba la crucificación, la muerte que compasiva, pondría fin a una existencia ya muy larga para lo que había sufrido, tela inacabable de privaciones y de sacrificios.
De este golpe no se repuso más. Tras el llanto y otras demostracciones de dolor, acudió con doble ahinco que antes, al rezo, a la oración, a la confesión y comunión casi diarias, a la penitencia continua, recayendo al cabo en aquel estado de indiferencia y apatía mental y corporal para los negocios del mundo, que tanto se asemeja a la fatuidad o a la demencia. No parece sino que de repente se le había apagado el fuego misterioso que desde los primeros años de su existencia venía comunicando calor a su sangre, actividad a su espíritu. Porque dejó de ser comunicativa, se encerró en sí misma, descuidó a la nieta, se ocupó solamente de los actos de devoción que eran en ella una segunda naturaleza, un movimiento automático, se echó a dormir, en una palabra, desde entonces, el sueño de la vida.
Tal y tan repentino cambio no pudo menos de llamar la atención de Cecilia, quien, si al principio se aprovechó de él para satisfacer sus pasiones y caprichos, sintió luego mayor compasión y ternura por su abuela. Conociendo que sin enfermedad aparente, el día menos pensado caería muerta, empezó a asustarse y ocuparse más de su propio porvenir. En breve se quedaría sola en el mundo, destituida de parientes, de amigos respetables, de amparo, y redobló sus cuidados con la abuela, fue con ella más amable y servicial de lo que jamás había sido en su vida. Pero sus caricias, sus palabras amorosas, sus asiduos oficios de hija sumisa y tierna no obtenían correspondencia digna de este nombre, no excitaban a veces más que una sonrisa fría y... pavorosa para la inexperta joven, que creía ver en eso un signo de anticipada decrepitud, si no de demencia. Ni era que la anciana había perdido ya la facultad de sentir, porque más de una vez la sorprendió la nieta con las mejillas húmedas de las lágrimas. Si éste fue el estado de seña Josefa inmediatamente después de su última entrevista con Montes de Oca, mal pudo ella acercarse a don Cándido para hablarle de un asunto casi borrado de su memoria.
No era por cierto mucho más llevadera la situación de este caballero. Seguía guardando con él su esposa desusada reserva, tal que rayaba en despego; al paso que, como por pique, hacía con su hijo Leonardo dobles extremos de cariño y de ternura. Cada vez que salía a la calle, le acompañaba hasta el zaguán y allí le despedía con besos y abrazos repetidos. Si volvía tarde de la noche, cosa frecuente, le esperaba anhelosa a la reja de la ventana cual se espera a un amante, y lejos de reñirle cuando llegaba, le besaba y abrazaba de nuevo, como si hubiese durado largo tiempo su ausencia, o corrido un grave peligro fuera de casa. Todo le parecía poco a dicha señora para el hijo mimado. Ocioso es añadir que se anticipaba a sus gustos, que le adivinaba los pensamientos y que acudía a satisfacérselos, no como madre, sino como enamorada, con apresuramiento y afán de pródiga, sin pérdida de tiempo y costara lo que costase. Si al volver de una de sus correrías insinuaba siquiera que se sentía cansado o doliente, ¡santo Dios! ponía ella la casa toda en movimiento, haciendo que las hermanas, los criados, el Mayordomo, todos, no se ocupasen de otra cosa que del alivio y bienestar del enfermo.
Así tuviese don Cándido la calma del buey o la paciencia de Job, por fuerza que habían de cargarle estas cosas; más, hacerle hervir la sangre, no tanto porque la madre contribuía con sus halagos intempestivos a la perversión del hijo, cuanto porque así tiraba a mortificar al padre. Tan hostigado se vio, que la dijo un día:
--Si de propósito te pusieras, Rosa, a perder al muchacho, me parece que no lo harías mejor.
--No eres tú quien puede hacerme el cargo, contestó ella con mucho énfasis.
--No obstante, te lo hago.
--Lo veo, y lo atribuyo a que los hombres pierden a veces el... pudor.
--Dura es la palabra, mas la paso en obsequio de la paz.
--No la pases, si te parece. Lo mismo da.
--Es que se me figura que olvidas que yo estoy tan interesado en este asunto como tú.
--¡Tú interesado! ¡Tú interesado como yo en la buena o mala conducta del niño! Graciosa salida por cierto. Lo dudo, no lo creo, lo niego.
--En vano es negarlo, señora; no sería su padre si otra cosa dijese.
--Pues bien, yo que soy su madre, que le di el ser, que le crié en mis brazos, digo a Vd. que puede excusarse el trabajo de velar por la suerte del niño. El no tiene necesidad de los cuidados de padre, le bastan los de su madre.
--Eso no quita que yo mire con inquietud cómo la madre a posta echa a perder cada vez más al mozo.
--No creo que le importe mucho al padre que se pierda o se salve.
--Me importa más de lo que Vd. se figura, señora mía. Si no llevase mi nombre...
--¡Lindo nombre en verdad, donoso!
--Tan bueno es como el de otro cualquiera. Para mí vale mucho.
--Creería que eso era así si no hubiese visto que Vd. mismo le ha arrastrado por el suelo. Lindo nombre, digo. Esté Vd. seguro que si lo que he sabido ahora lo hubiese sabido hace veinticuatro años, mi hijo no llevaría el nombre que lleva. Pero yo tengo la culpa. No me sucedería esto si me hubiera llevado por los consejos de mi madre, que santa gloria haya.
--¿Y qué os aconsejó vuestra buena madre? ¿Se puede saber?
--No tengo embarazo en decirlo, pues me dijo: hija, no te cases con hombre de opuesta religión o naturaleza a la tuya.
--Lo que tanto vale como decir, me parece, agregó don Cándido bastante mortificado, que a Vd. la pesa ya haberse casado conmigo. ¿Hubiera Vd. preferido a un criollo jugador y botarate? Por supuesto.
Tal vez, repuso doña Rosa con mayor suavidad de tono mientras más punzantes eran sus palabras. Pero jugador o no, es probable que el criollo, el paisano mío, se hubiera portado conmigo con más lealtad y decencia. De seguro que el criollo no me hubiera engañado por el espacio de doce o trece años...
--¡Acabáramos! exclamó Gamboa respirando con más libertad. Protesto contra la acusación. Yo no la he engañado nunca.
--¿Y tiene Vd. valor de negarlo? ¿Quién sino Vd. me aseguró una y otra vez que María de Regla criaba a la hija bastarda de un amigo de Montes de Oca? ¿Quién inventó lo del alquiler de la negra? ¿Quién pagó las dos onzas de oro del supuesto inquilinato mientras duró la crianza de la chiquilla? No, no fue Vd. Fue otro, fue el amigo reservado de Montes de Oca. El dinero, sí, es verdad, no salió del bolsillo de Vd., salió del mío; por mejor decir, me lo quitó Vd., con una mano para devolvérmele con la otra.
--Ladrón, ladronazo; ni más claro ni más turbio, dijo don Cándido tratando de echar la cosa a broma.
--Lo ha dicho Vd. Y de que es exacta la calificación, se prueba con el hecho notorio de haber sido mi caudal mucho mayor y más saneado que el de Vd. cuando nos casamos.
--No tiene Vd., necesidad de recordármelo.
--¡Cómo que no! estalló doña Rosa con entereza. Aún tengo que recordarle otras cosas. Pues debo decirle que en caso igual mi marido el criollo quizás juega su dinero y el mío, pero de seguro que no hubiera gastado un peso en amoríos con mulatas. De seguro que no habría ido a Montes de Oca para que le sacara la manceba del hospital de Paula y se la curase en el campo. De seguro que no se desatinaría por una mozuela cuyo padre verdadero sabe Dios quién es.
--¿Conque todo eso me tenía reservado la señora doña Rosa Sandoval y Rojas?
--He aquí como me explico, continuó ésta sin hacer cuenta de la salida burlona de su marido, el odio, sí, el odio, ni más ni menos, que Vd. siempre le ha profesado a mi hijo. He aquí el verdadero motivo del empeño de Vd., en separarlo de mi lado y mandarlo a comer cebollas y garbanzos en España. Temía Vd. que descubriese lo que su madre acaba de descubrir por una rara casualidad. Temía que le despreciase y tuviese a menos el llevar el nombre de Vd., al ver con sus ojos los cenagales por donde Vd., ha venido arrastrándolo. Temía que se avergonzase e indignara de que su padre, no un criollo jugador y botarate, sino todo un hidalgo español, se la pegaba a su madre con una mulata sucia, que purga sus penas y pecados en un hospital de caridad.
--Espero que Vd. acabe para...
--¿Que yo acabe espera Vd.? le interrumpió doña Rosa sonriendo desdeñosamente. No tengo cuando acabar. ¿Para qué tampoco había de acabar? ¿Ni qué puede decir Vd., si yo lo oyera, en atenuación de su mala conducta con la más leal y consecuente de las esposas? ¿Podría, se atrevería Vd., a negar los hechos que le acusan?
--Negarlos a bulto no, explicarlos sí, y de manera que Vd. misma se convenciese que no soy el malvado que su imaginación la pinta.
--No quiero oír más explicaciones. Sobrado tiempo me ha tenido Vd., engañada con sus cuentos y enredos.
--Veo, pues, que Vd., lo que se propone es desfogar su cólera, no dar oídos a la razón y a la justicia.
--Lo que yo me propongo, señor don Cándido Gamboa y Ruiz, dijo su mujer alzando la voz y con ademán solemne, es que Vd. no continúe derrochando mi dinero ni el de mis hijos en querindangos y en la familia de la querida. Sobre esto y sobre lo de maltratar a mi hijo para que le pague sus desengaños en amor, mi resolución está tomada: o Vd., se enmienda o yo me divorcio.
Con lo dicho don Cándido se retiró a su escritorio callado y serio. Y su retirada la saludó doña Rosa con sinceros aplausos desde el fondo de su pecho. Porque es bueno que se sepa, que mientras duró el vivo diálogo que acaba de leerse, estuvo ella haciendo un grande esfuerzo sobre sí misma, a fin de decir cuanto tenía encerrado en largos años de zozobras y sospechas, antes que sus más nobles sentimientos recobrasen el acostumbrado imperio y se echase a perder la lección que había pensado darle a su marido. Bueno es decir, además, que ella se había casado por amor, no obstante la oposición de su madre, y quizás por eso mismo; y no quería romper con el padre de sus hijos y constante compañero. Después, en los veinticuatro años de matrimonio, no había tenido ocasión plausible de arrepentirse, por mucho que no hubiese sido nunca ejemplar la fidelidad de don Cándido.
También se habrá echado de ver en el curso de la presente verídica historia, que don Cándido, antes y después de casado, como se dice vulgarmente, no había reservado pluma. Bastante galán y de apuesta persona, en su mocedad había sido muy enamorado o mujeriego; y tal era su falta mas de bulto. Pero a pesar de la rudeza de sus maneras y de su poca cultura, había bondad e hidalguía en el fondo de su corazón, prendas éstas que redimían en gran parte aquel defecto. Precisamente porque amaba mucho y bien y era hombre de conciencia, cuando contraía un compromiso, fuera de la naturaleza que fuese, hacía cuanto estaba en su mano por cumplirlo, arrostrando a veces para ello con frente serena las dificultades todas que se le presentaban.
Dieciocho o veinte años atrás, esto es, cuatro o cinco después de casado, va con dos hijos de su legítima mujer, tropezó con una mozuela de singular belleza. Sin saber cómo ni cuándo contrajo con ella relaciones clandestinas; lazo fácil de formar cuando el hombre es joven, rico y buen mozo y la mujer bella, en los quince y de la raza mezclada. De estos necios amoríos resultó una niña, la cual don Cándido se empeñó en salvar, primero de la muerte cuando infante, luego de la miseria, de la oscuridad y de la degradación cuando joven. Un compromiso le metió en otro y otro, no ya sólo respecto de esa niña, sino de su abuela, que pronto tuvo que ejercer con ella los oficios de madre; aunque ninguna de las tres estaba ya en aptitud ni situación de apreciar sus favores ni de reconocer sus costosos sacrificios.
Pasado el tiempo de la efervescencia, el más propicio para las locuras de la mocedad, empezó a turbarle no poco el ánimo el recuerdo de sus debilidades. De esa fecha datan sus luchas tremendas para llenar sus obligaciones de amante y padre adúltero, sin descuidar las sagradas de esposo y honrado padre de familia. Pero los celos de doña Rosa, excitados a lo sumo por el orgullo de raza y de señora casada, por sus ideas sobre la virtud de la mujer y los deberes de la madre de familia, la ocupaban de manera y ofuscaban hasta tal punto su razón, que no la permitían notar que su marido estaba plenamente arrepentido de sus anteriores faltas, y que para enmendarlas ponía todos los medios que estaban a su alcance. Mientras dicha señora, justamente ofendida, le echaba en cara sus extravíos de mozo, no veía que laceraba una a una toda las fibras de su corazón; no veía que ya no existían ni podían existir después los motivos de celos que tanto la habían desazonado; no veía, en fin, que deplorando el pasado desde el fondo de su alma, don Cándido de algún tiempo a esta parte sólo trataba de evitar un gran escándalo, una catástrofe en no lejano porvenir.