Practicado el registro, el caporal tornose afuera y puso esposas a la chinita, que suspiraba en la puerta, recogida en burujo, con el fustán echado por la cabeza. La levantó a empellones. El crío, en el pecinal, lloraba rodeado del gruñido de los cerdos. La madre, empujada por los gendarmes, volvía la cabeza con desgarradoras voces:
--¡Ven! ¡No te asustes! ¡Ven! ¡Corre!
El niño corría un momento, y tornaba a detenerse sobre el camino, llamando a la madre. Un gendarme se volvió, haciéndole miedo, y quedó suspenso, llorando y azotándose la cara. La madre le gritaba, ronca:
--¡Ven! ¡Corre!
Pero el niño no se movía. Detenido sobre la orilla de la acequia sollozaba mirando crecer la distancia que le separaba de la madre.