La casa vacía, las estancias en desierta penumbra se conmovieron con alborozo de voces ligeras: Timbradas risas de infancias alegres poblaron el vano de los corredores. La niña ranchera, iluminada con los inciensos del misacantano, entraba quitándose los alfileres del manto, en la dispersión de una tropa de chamacos. El Coronelito de la Gándara roncaba en el jinocal, abierto de zancas, y un ritmo solemne de globo terráqueo conmovía la báquica andorga. Cambió una mirada con el marido la niña ranchera:
--¿Y ese apóstol?
--Aquí se ha venido buscando refugio. Por lo que cuenta, cayó en desgracia y está en la lista de los impurificados.
--¿Y vos cómo lo pasastes? ¡Me habés tenido en cuidado, toda la noche esperando!...
El ranchero calló ensombrecido, y la mirada endrina de empavonados aceros mudaba sus duras luces a una luz amable:
--¡Por ti y los chamacos no cumplo mis deberes de ciudadano, Laurita! El último cholo que carga un fusil en el campo insurrecto, aventaja en patriotismo a Filomeno Cuevas. ¡Yo he debido romper los lazos de la familia y no satisfacerme con ser un mero simpatizante! Laurita, por evitaros lloros, hoy el más último que milita en las filas revolucionarias me hace pendejo a mis propios ojos. Laurita, yo comercio y gano la plata, mientras otros se juegan vida y hacienda por defender las libertades públicas. Esta noche he visto conducir entre bayonetas a Don Roquito. Si ahora me rajo y no cargo un fusil, será que no tengo sangre ni vergüenza. ¡He tomado mi resolución y no quiero lágrimas, Laurita!
Calló el ranchero, y súbitamente los ojos endrinos recobraron sus timbres aguileños. La niña se recogía al pie de una columna con el pañolito sobre las pestañas. El Coronelito abría los brazos y bostezaba: Suspendido en nieblas alcohólicas, salía del sueño a una realidad hilarante: Reparó en la dueña y se alzó a saludarla con alarde jocundo, ciñendo laureles de Baco y de Marte.