Nacho Veguillas también tenía el vino sentimental de boca babosa y ojos tiernos. Ahora, con la cabeza sobre el regazo de la daifa, canta su aria en la Recámara Verde:
--¡Dame tu amor, lirio caído en el fango!
Ensoñó la manflota:
--¡Canela! ¡Y decís vos que no sos romántico!
--¡Ángel puro de amor, que amor inspira! ¡Yo te sacaré del abismo y redimiré tu alma virginal! ¡Taracena! ¡Taracena!
--¡No armés escándalo, Nachito! Dejá vos al ama, que no está para tus fregados.
Y le ponía los anillos sobre la boca vinaria. Nachito se incorporó:
--¡Taracena! ¡Yo pago el débito de esta azucena, caída en el barro vil de tu comercio!
--¡Callá! ¡No faltés!
Nachito, llorona la alcuza de la nariz, se volvía a la niña del trato:
--¡Calma mi sed de ideal, ángel que tienes rotas las alas! ¡Posa tu mano en mi frente, que en un mar de lava ardiente mi cerebro siento arder!
--¿Cuándo fue que oí esas mismas músicas? ¡Nachito, aquí se dijeron esas mismas palabras!
Nachito se sintió celoso:
--¡Algún cabrón!
--O no se habrán dicho... Esta noche se me figura que ya pasó todo cuanto pasa. ¡Son las Benditas!... ¡Es ilusión esta de que todo pasó, antes de pasar!
--¡Yo te llamaba en mis solitarios sueños! ¡El imán de tu mirada penetra en mi! ¡Bésame, mujer!
--Nachito, no seás sonso y dejame rezar este toque de Ánimas.
--¡Bésame, Jarifa! ¡Bésame, impúdica, inocente! ¡Dame un ósculo casto y virginal! ¡Caminaba solo por el desierto de la vida, y se me aparece un oasis de amor, donde reposar la frente!
Nachito sollozaba, y la del trato, para consolarle, le dio un beso de folletín romántico, apretándole a la boca, el corazón de su boca pintada:
--¡Eres sonso!