Capítulo 118

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 118 de 143 · 641 palabras

--¡Querido Celes!

Al penetrar en el salón, con sonrisa belfona recataba la congoja del ánimo, estarcido de suspicacias: ¡Don Celes! ¡Las cartas! ¡La mueca del Tirano! Un circunflejo del pensamiento sellaba la tríada con intuición momentánea, y el carcamal rememoraba su epistolario amoroso, y la dolorosa inquietud de otro disgusto lejano, en una Corte de Europa. El Ilustre Gachupín era en el estrado, con el jipi y los guantes sobre la repisa de la botarga: Bombón y badulaque, tendida la mano, en el salir de la penumbra dorada se detuvo fulminado por el ladrido del faldero que, arisco y mimoso, sacaba el agudo flautín entre las zancas de Su Excelencia:

--No quiere reconocerme por amigo.

Don Celes, como en un pésame, estrechó largamente la mano del carcamal, que le animó con gesto de benévola indiferencia:

--¡Querido Celes, trae usted cara de grandes sucesos!

--Estoy, mi querido amigo, verdaderamente atribulado.

El Barón de Benicarlés le interrogó con una mueca de suripanta:

--¿Qué ocurre?

--Querido Mariano, me causa una gran mortificación dar este paso. Créamelo usted. Pero las críticas circunstancias por que atraviesan las finanzas del país me obligan a recoger numerario.

El Ministro de Su Majestad Católica, falso y declamatorio, estrechó las manos del ilustre gachupín:

--Celes, es usted el hombre más bueno del mundo. Estoy viendo lo que usted sufre al pedirme su plata. Hoy se me ha revelado su gran corazón. ¿Sabe usted las últimas noticias de España?

--¿Pero hubo paquete?

--Me refiero al cable.

--¿Hay cambio político?

--El Posibilismo en Palacio.

--¿De veras? No me sorprende. Eran mis noticias, pero los sucesos han debido anticiparse.

--Celes, usted será Ministro de Hacienda. Acuérdese usted de este desterrado y venga un abrazo.

--¡Querido Mariano!

--¡Qué digna coronación de su vida, Celestino!

Falso y confidencial, hizo sentar en el sofá al orondo ricacho, y, sacando la cadera, cotorrón, tomó asiento a su lado. La botarga del gachupín se inflaba complacida. Emilio le llamaría por cable. ¡La Madre Patria! Se sintió con una conciencia difusa de nuevas obligaciones, una respetabilidad adiposa de personaje. Experimentaba la extraña sensación de que su sombra creciese desmesuradamente, mientras el cuerpo se achicaba. Enternecíase. Le sonaban eufónicamente escandidas palabras --Sacerdocio, Ponencia, Parlamento, Holocausto--. Y adoptaba un lema: ¡Todo por mi Patria! Aquella matrona entrada en carnes, corona, rodela y estoque, le conmovía como dama de tablas que corta el verso en la tramoya de candilejas, bambalinas y telones. Don Celes sentíase revestido de sagradas ínfulas y desplegaba petulante la curva de su destino con casaca bordada, como el pavo real la fábula de su cola. Fatuas imágenes y suspicacias de negociante compendiaban sus larvados arabescos en fugas colmadas de resonancias. El Ilustre Gachupín temía la mengua de sus lucros, si trocaba la explotación de cholos y morenos por el servicio de la Madre Patria: Se tocó el pecho y sacó la cartera:

--Querido Mariano, real y verdaderamente, en las circunstancias por que atraviesa este país, con la incertidumbre y poca fijeza de sus finanzas, me representa un grave quebranto la radicación en España. ¡Usted me conoce, usted sabe todo lo que me violenta apremiarle, usted, dándose cuenta de mi buena voluntad, no me creará una situación embarazosa!...

El Barón de Benicarlés, con apagada sonrisa, tiraba de las orejas a Merlín:

--¡Carísimo Celestino, pero si está usted haciendo mi rol! Sus disculpas, todas sus palabras, las hago mías. No es a usted a quien corresponde hablar así. ¡Carísimo Celestino, no me amenace usted con la cartera, que me da más miedo que una pistola! Guárdesela para que sigamos hablando. Tengo en venta una masía en Alicante. ¿Por qué no se decide usted y me la compra? Sería un espléndido regalo para su amigo el elocuente tribuno. Decídase usted, que se la doy barata.

Don Celes Galindo entornaba los ojos, abierta una sonrisa de oráculo entre las patillas de canela.

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