Capítulo 111

Tirano Banderas — Ramón del Valle-Inclán · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 111 de 143 · 461 palabras

Con su paso menudo de rata fisgona, asolapándose el levitón de clérigo, salió al locutorio de audiencias Tirano Banderas:

--¡Salutem plurimam!

Doña Rosita Pintado, caído el rebozo, con dramática escuela, se arrojó a las plantas del Tirano:

--¡Generalito, no es justicia lo que se hace con mi chamaco!

Avinagró el gesto la momia indiana:

--Alce Doña Rosita, no es un tablado de comedia la audiencia del Primer Magistrado de la Nación. Exponga su pleito con comedimiento. ¿Qué le sucede al hijo del lamentado Doctor Rosales? ¡Aquel conspicuo patricio hoy nos sería un auxiliar muy valioso para el sostenimiento del orden! ¡Doña Rosita, exponga su pleito!

--¡Generalito, esta mañana se me llevaron preso al chamaco!

--Doña Rosita, explíqueme las circunstancias de ese arresto.

--El Mayor del Valle venía sobre los pasos de un fugado.

--¿Usted le había dado acogimiento?

--¡Ni lo menos! Por lo que entendí, era su compadre Domiciano.

--¡Mi compadre Domiciano! ¿Doña Rosita, no querrá decir el Coronel Domiciano de la Gándara?

--¡Me tiraniza pidiéndome tan justa gramática!

--El Primer Magistrado de un pueblo no tiene compadres, Doña Rosita. ¿Y cómo en horas tan intempestivas la visita del Coronel de la Gándara?

--¡Un centellón, no más, mi Generalito! Entró de la calle y salió por la ventana sin explicarse.

--¿Y a qué obedece haber elegido la casa de usted, Doña Rosita?

--Mi Generalito, ¿y a qué obedece el sino que rige la vida?

--Acorde con esa doctrina, espere el sino del chamaco, que nada podrá sucederle fuera de esa ley natural. Mi Señora Doña Rosita, me deja muy obligado. Me ha sido de una especial complacencia volver a verla y memorizar tiempos antiguos, cuando la festejaba el lamentado Laurencio Rosales. ¡Veo siempre en usted aquella cabalgadora del Ranchito de Talapachi! Váyase muy consolada, que contra el sino de cada cual no hay poder suficiente para modificarlo, en lo limitado de nuestras voluntades.

--¡Generalito, no me hablés encubierto!

--Fíjese no más: El Coronel de la Gándara, hurtándose a la ley por una ventana, tramita todas las incidencias de este pleito, y en modo alguno podemos ya sustraernos a la actuación que nos deja pendiente. Mi Señora Doña Rosita, convengamos que nuestra condición en el mundo es la de niños rebeldes que caminasen con las manos atadas bajo el rebencazo de los acontecimientos. ¿Por qué eligió la casa de usted el Coronel Domiciano de la Gándara? Doña Rosita, excúseme que no pueda dilatar la audiencia, pero lleve mis seguridades de que se proveerá en justicia. ¡Y en últimas resultas, siempre será el sino de las criaturas quien sentencie el pleito! ¡Nos vemos!

Se apartó hecho un rígido espeto, y con austera seña de la mano llamó al ayudante cuadrado en la puerta:

--Se dan por finalizadas las audiencias. Vamos a Santa Mónica.

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