Nachito, tomado de alferecía, se agarraba al brazo del estudiante:
--¡Nos hemos fregado!
El viejo de la manta le miró despacio, el belfo mecido por una risa de cabrío:
--No merita tanto atribulo esta vida pendeja.
Nachito ahiló la voz en el hipo de un sollozo:
--¡Muy triste morir inocente! ¡Me condenan las apariencias!
Y el viejo, con burlona mueca de escarnio, seguía martillando:
--¿No sos revolucionario? Pues sin merecerlo vas vos a tener el fin de los hombres honrados.
Nachito, relajándose en una congoja, tendía los ojos suplicantes al preso, que, con el ceño fruncido y la manta tendida sobre las piernas, se había puesto a estudiar la geometría de un remiendo. Nachito intentó congraciarse la voluntad de aquel viejo de cordobán: El azar los reunía bajo la higuera, en un rincón del patio:
--Nunca he sido simpatizante con el ideario de la revolución y lo deploro, comprendo que son ustedes héroes con un puesto en la Historia: Mártires de la Idea. ¡Sabe, amigo, que habla muy lindo el Doctor Sánchez Ocaña!
Hízole coro el estudiante, con sombrío apasionamiento:
--En el campo revolucionario militan las mejores cabezas de la República.
Aduló Nachito:
--¡Las mejores!
Y el viejo de la frazada, lentamente, mientras enhebra, desdeñoso y arisco comentaba:
--Pues, manifiestamente, para enterarse no hay cosa como visitar Santa Mónica. A lo que se colige, el chamaco tampoco es revolucionario.
Declaró Marco Aurelio con firmeza:
--Y me arrepiento de no haberlo sido, y lo seré, si alguna vez me veo fuera de estos muros.
El viejo, anudando la hebra, reía con su risa de cabra:
--De buenos propósitos está empedrado el Infierno.
Marco Aurelio miró al viejo conspirador y juzgó tan cuerdas sus palabras, que no sintió el ultraje: Le sonaban como algo lógico e irremediable en aquella cárcel de reos políticos, orgullosos de morir.