Capítulo 5 · Parte 5

De sobremesa — José Asunción Silva · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 5 de 16 · 4111 palabras

Este camino que me parece el más práctico, puesto que es el más brutal, requiere, para tomarlo, otros estudios que haré con placer, cediendo a la atracción que sobre mi espíritu han ejercido siempre los triunfos de la fuerza. ¡Con qué placer os estudiaré, monstruosas máquinas de guerra, cuyo acero donde estalla la mezcla explosiva, derrama la lluvia de proyectiles en el campo enemigo y siembra la muerte en las filas destrozadas; granadas de fulminantes picratos y que al estallar reducíais los piafantes caballos y los cuerpos de los jinetes a informes despojos sangrientos; cómo inquiriré los secretos de vuestra estrategia, las sutilezas de vuestra táctica, sombras de monstruos a quienes la humanidad degradada venera, legendarios Molochs, Alejandros, Césares, Aníbales, Bonapartes, al pie de cuyos altares enrojece el suelo la hecatombe humana y humea como un incienso el humo de las batallas!

¡Oh! qué delicia la de escribir, después de instalar un gobierno de fuerza, grande y buen amigo, al acreditar los respectivos plenipotenciarios que pedirán su reconocimiento ante todos los presidentes de todas las republiquitas a la americana del centro o del sur donde las cosas se hacen así y de pensar que en virtud de un plan elaborado con la frialdad con que se resuelve la incógnita de una ecuación, llegó uno al puesto que ambiciona con el fin de modificar un pueblo y elevarlo y verificar en él una vasta experiencia de sociología experimental. Ningún esfuerzo me parecerá excesivo para coronar la altura que representa sólo la posibilidad de comenzar a obrar ampliamente.

En esa lejanía están los años decisivos, en que todo habrá de ser energía y acción. Equilibrados los presupuestos por medio de sabias medidas económicas: disminución de los derechos aduaneros, que a la larga, facilitando enormes introducciones duplicará la renta; supresión de los inútiles empleos, reorganización de los impuestos sobre bases científicas, economía de todo género; a los pocos años el país es rico y para resolver sus actuales problemas económicos, basta un esfuerzo de orden; llegará el día en que el actual déficit de los balances, sea un superávit que se transforme en carreteras, en ferrocarriles indispensables para el desarrollo de la industria, en puentes que crucen los ríos torrentosos, en todos los medios de comunicación de que carecemos hoy, y cuya falta sujeta a la patria, como una cadena de hierro y la condena a inacción lamentable.

Esos serán los años de aprovechar los estudios previos, verificados por los sabios y los ingenieros que la recorrieron años antes pagados con mi oro. En aquellos climas que van desde el calor de Madagascar, en los hondos valles equinocciales, hasta el frío de Siberia, en los luminosos páramos donde blanquea la nieve perpetua, surgirán, incitados por mis agentes y estimulados por las primas de explotación, todos los cultivos que enriquecen, desde el banano cantado por Bello en su oda divina hasta los líquenes que cubren las glaciales rocas polares; todas las crías de animales útiles desde los avestruces que pueblan las ardientes llanuras de Africa, hasta los rengíferos del polo. Innumerables rebaños pastarán en las fecundas dehesas, doblaránse bajo el peso de los racimos cárdenos, las ramas de los cafetos; en perspectivas regulares donde el ojo se pierde en el crepúsculo verde producido por la sombra del guamo protector, ágil trepará la vainilla por los troncos disformes de los cauchos, colgando de sus frágiles bejucos sus aromáticas urnas y en las serranías abruptas el platino y el oro, la plata y el iridio, brillarán ante los ojos del minero, tras de la excavación fatigosa y el complicado laboreo del mineral nativo.

Dudoso de mis propias aptitudes, por grandes que sean los estudios que haya hecho para ese entonces, llamaré economistas de fama europea y consultaré los más grandes estadistas del mundo para proceder acorde con ellos al arbitrar las medidas que coronarán la obra.

Ideadas y planteadas éstas se hará conocer la tierra nueva y desbordante de riqueza en los mercados europeos gracias a agentes fiscales que los recorran y a los esfuerzos de una diplomacia sagaz, ampliamente renteada y escogida entre la flor y nata de los talentos nacionales. Los bonos depreciados antes serán una inversión tan segura como los consolidados ingleses y colosales empréstitos lanzados por los Hutk y los Rothschild y suscritos en condiciones favorables, permitirán completar los resultados perseguidos en la constante labor. La inmigración atraída por el precio mínimo a que se harán las adjudicaciones de baldíos en los territorios hoy desiertos, afluirá como un río de hombres, como un Amazonas cuyas ondas fueran cabezas humanas y mezcladas con las razas indígenas, con los antiguos dueños del suelo que hoy vegetan sumidos en oscuridad miserable, con las tribus salvajes, cuya fiereza y gallardía nativas serán potente elemento de vitalidad, poblará hasta los últimos rincones desiertos, labrará el campo, explotará las minas, traerá industrias nuevas, todas las industrias humanas. Para atraer esa inmigración civilizada, colosales steamers de compañías subvencionadas por el gobierno con sumas que permitan reducir a un mínimo, suprimir casi el costo del pasaje, cruzarán el Atlántico e irán a recoger a los tripulantes, ansiosos de nueva vida, en los puertos de la vieja Europa, de donde el hambre los arrojan, en los del Japón y China, países desbordantes de población hambreada y en las amplias radas de la península índica de donde el nativo pobre, el paria desheredado, el bengalí de dulzura casi femenina, emigrarán ansiosos de una patria nueva, para no sentir en la espalda el látigo inglés que los flagela!

Monstruosas fábricas donde aquellos infelices encuentren trabajo y pan nublarán en ese entonces con el humo denso de sus chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan nuestros paisajes tropicales; vibrará en los llanos el grito metálico de las locomotoras que cruzan los rieles comunicando las ciudades y los pueblecillos nacidos donde quince años antes fueron las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en que escribo, entre lo enmarañado de la selva virgen extienden sus ramas seculares las colosales ceibas, entrelazadas de lianas que trepan por ellas como serpientes, y sombrean el suelo pantanoso, nido de reptiles y de fiebres; como una red aérea los hilos del telégrafo y del teléfono agitados por la idea se extenderán por el aire; cortarán la dormida corriente de las grandes arterias de los caudalosos y lentos ríos navegables, a cuya orilla crecerán los cacaotales frondosos, blancos y rápidos vapores que anulen las distancias y lleven al mar los cargamentos de frutos y convertidos éstos en oro en los mercados del mundo, volverán a la tierra que los produjo a multiplicar, en progresión geométrica, sus fuerzas gigantescas.

¡Luz! ¡Más luz!... Las últimas palabras del poeta sublime de Fausto serán el lema del pueblo que así emprende el camino del progreso. La instrucción pública atendida con especial empeño y propagada por todos los medios posibles desde el kindergarten donde los chicuelos aprenden a deletrear entre las rosas, hasta las grandes universidades en que los sabios de ochenta años, encanecidos sobre los instrumentos de observación, se entregan a las más audaces especulaciones que solicitan el pensamiento humano , levantará al pueblo a una altura intelectual y moral superior a la de los más avanzados de Europa. Libre el país de los pavorosos problemas que minan las viejas sociedades europeas y estallan en ellas en alaridos nihilistas y reventar de bombas, mirará tranquilo hacia el futuro.

La capital transformada a golpes de pica y de millones como transformó el Barón Haussman a París recibirá al extranjero adornada con todas las flores de sus jardines y las verduras de sus parques, le ofrecerá en amplios hoteles refinamientos de confort que le permitan forjarse la ilusión de no haber abandonado el risueño home y ostentará ante él en la perspectiva de anchas avenidas y verdeantes plazoletas las estatuas de sus grandes hombres, el orgullo de sus palacios de mármol, la grandeza melancólica de los viejos edificios de la época colonial, el esplendor de teatros, circos y deslumbrantes vitrinas de almacenes, bibliotecas y librerías que junten en sus estantes los libros europeos y americanos ofrecerán nobles placeres a su inteligencia y como flor de esos progresos materiales podrá contemplar el desarrollo de un arte, de una ciencia, de una novela que tengan sabor netamente nacional y de una poesía que cante las viejas leyendas aborígenes, la gloriosa epopeya de las guerras de emancipación, las bellezas naturales y el porvenir glorioso de la tierra regenerada.

Establecer una dictadura conservadora como la de García Moreno en el Ecuador o la de Cabrera en Guatemala y pensar que bajo ese régimen sombrío con oscuridades de mazmorra y negruras de inquisición, se verifique el milagro de la transformación con que sueño, parece absurdo a primera vista. No lo es si se medita. Está cansado el país de peroratas demagógicas y falsas libertades escritas en la carta constitucional y violadas todos los días en la práctica y ansía una fórmula política más clara, prefiere ya el grito de un dictador de quien sabe que procederá de acuerdo con sus amenazas, a las platónicas promesas de respeto por la ley burladas al día siguiente. El éxito de la enorme empresa depende de la habilidad con que, al normalizarse la situación, después del triunfo, se inicien las modificaciones que lentamente cambiarán la situación del partido vencido y le permitirán volver a la escena política aleccionado por la ruda lección de la derrota y por los primeros años de régimen estrecho en que sus conductores comprendan lo inútil de la lucha a mano armada. Soñarán entonces en transacciones que les permitan escalar puestos secundarios o vociferarán contra los abusos cometidos, pero sus discursos no encontrarán eco porque el pueblo sentirá ya las ventajas del nuevo régimen. El desarrollo industrial absorberá parte de las fuerzas que antes producían hondas perturbaciones al agitarse en la política y las concesiones, paulatinamente otorgadas, irán atrayéndole al gobierno la opinión de la juventud, desengañada de los viejos ideales y el apoyo de los capitalistas de todos los bandos, que desean seguridad y bienestar. A cada progreso realizado en el orden material, a cada derecho respetado, corresponderán las filas opuestas con un movimiento que las acerque y permitan nuevas concesiones y a la larga, serenados los ánimos y desaparecidos de la escena los antiguos caudillos llenos de ideas exageradas, cuya presencia en ella, impedía devolver la elasticidad necesaria al juego del organismo social, una oposición moderada, apenas viable, porque no tendrá abusos que denunciar ni reclamos que alzar a lo alto como banderas de guerra, establecerá un equilibrio casi perfecto entre las exigencias de los más avanzados y la prudencia previsiva de los más retrógrados.

Lento aprendizaje de la civilización por un pueblo niño, que al traducirse en mi cerebro en una imagen plástica y casi grotesca por la reducción, me haces pensar en los gateos del chiquitín que balbucea sílabas informes; en las andaderas que le impiden caer al ensayar los primeros pasos, en los pinitos que hace entre una silla y una mesa, en el cuarto que atraviesa, apoyándose en los muebles, en las caminadas de a diez metros que sorprenden a la mamá sonriente, hasta que el músculo endurecido por el ejercicio y el vigor de los nervios le permiten caminar colgado de la mano de la nodriza!... Las piernecitas que apenas lo sostienen, tendrán más tarde tendones y músculos y osatura formidable con que oprima los ijares del caballo fogoso en que cruce la llanura y las manos pequeñas llenas de sonrosados hoyuelos, cuyos dedillos sostenían con dificultad el juguete preferido, alzarán la azada para labrar el suelo de la patria y la espada para defenderlo!...

Veo mentalmente la transformación del país en los personajes que me acompañarán en cada época y en cada escena de la tarea, desde la entrada a la capital, a sangre y fuego, entre el estallido de las bombas y las descargas de la fusilería del ejército vencedor, mandado por lo más selecto de la aristocracia conservadora, mis primos los Monteverde, atléticos, brutales y fascinadores, improvisados generales en los campos de batalla, debido a sus audacias de salvajes; los viejos jefes encanecidos en el servicio, el general Castro y los dos Valderrama, por ejemplo, hasta el día en que estos vejetes venerables y estorbosos para mi plan duerman tranquilos en la tumba junto con los jefes civiles del partido vencido, que sesentones y tiritando de miedo presenciaron el triunfo cruento el día en que se implantó la dictadura. Los que eran en ese entonces mozuelos insulsos, convertidos los unos en ventrudos ministros de Estado y los otros en flacos periodistas de la oposición, se darán cuenta, en esa época distante a donde llega mi imaginación, de que los problemas que a sus padres les parecieron insolubles, se resolvieron casi de por sí al fundar un gobierno estable y darles ocupación a los vagos, al cultivar la tierra y al tender rieles que facilitarán el desarrollo del país.

En ese entonces, desprendido del poder que quedará en manos seguras, retirado en una casa de campo rodeada de jardines y de bosques de palmas, desde donde se divise en lontananza el azul del mar y no lejos la cúpula de alguna capilla sombreada por oscuros follajes, saciado ya de lo humano y contemplando desde lejos mi obra, releeré a los filósofos y a los poetas favoritos, escribiré singulares estrofas envueltas en brumas de misticismo y pobladas de visiones apocalípticas que contrastando de extraña manera con los versos llenos de lujuria y de fuego que forjé a los veinte años, harán soñar abundantemente a los poetas venideros. En ellos pondré, como en un vaso sagrado, el supremo elíxir que las múltiples experiencias de los hombres y de la vida, hayan depositado en el fondo de mi alma ardiente y tenebrosa.

Llevaré allí la existencia desencantada y dulcísima de un don Pedro II desposeído del trono, que lee a Renán en las tardes de meditación. Depurado mi ser de todo sentimiento humano e inaccesible a toda emoción que no venga de alguna verdad, desconocida de los hombres y entrevista por mí, en el apaciguamiento de la vejez y con la serenidad que dan los sueños realizados, al morir, nada más, sobre mi cadáver todavía tibio, comenzará a formarse la leyenda que me haga aparecer como un monstruoso problema de psicológica complicación ante las generaciones del futuro.

Mientras no haya realizado siquiera la primera parte de ese plan no dormiré tranquilo. Que es grande... Más grande era el de Bolívar al jurar la libertad de un continente en la falda del Montepincio, el de Bonaparte cuando encerrado a los veinte años en el cuartico de Dôle, pobre militarcillo desconocido, soñaba en cambiar la faz de Europa y en repartir tronos a sus hermanos como quien reparte un puñado de monedas.

Yo estaba loco cuando escribí esto, no Sáenz, exclamó Fernández, interrumpiendo la lectura, dirigiéndose al médico y sonriéndole amistosamente...

Es la única vez que has estado en tu juicio, contestó Sáenz con frialdad.

Me habían ocurrido todas las cosas posibles e imposibles respecto de ti, menos ésta, que alguna vez se te hubieran ocurrido semejantes barrabasadas! Tú, presidente de la república, qué degradación para ti, soltó Rovira con acento indignado. Tú de presidente de la república...

Dime, ¿las ventas de las minas, los negocios en Nueva York y las pesquerías de perlas te dieron los resultados que esperabas? José, preguntó Luis Cordovez con aire meditabundo.

Superiores a lo que esperaba, respondió el poeta...

Y entonces qué te detuvo, di, ¿qué te detuvo para hacer eso que habrías podido hacer y que era grande, enorme? preguntó Cordovez con su entusiasmo de siempre.

Los pasteles trufados de hígado de ganso, el champaña seco, los tintos tibios, las mujeres ojiverdes, las japonerías y la chifladura literaria, contestó Oscar Sáenz con displicencia, desde su sillón perdido en la sombra.

Eres más psicólogo que fisiólogo, respondió Fernández.

Y tú eres un chiflado porque habiendo concebido eso hace ocho años, nos lo estás leyendo aquí ahora, en vez de haberlo realizado de parte a parte...

El té servido por Francisco, el criado viejo que acompañó al poeta desde que lo vio nacer, interrumpió la lectura por unos instantes.

¡Tres tazas de té has bebido, tres tazas!, le gritó Sáenz a Fernández, sin poderse contener al verlo llenar por tercera vez la frágil tacita de porcelana y agitar el aromático licor con la cucharilla. ¡Fernández, sigue!, dijeron en coro Cordovez, Sáenz y Pérez, mientras que Juan Rovira se levantaba para despedirse diciendo...

Soy una bestia... Nadie te quiere como yo. Me encanto al oír a los inteligentes recitar tus versos y llamarte gran poeta; de repente se me antoja oírte leer algo como esta noche; pongo toda la atención que Dios me dio, y mi palabra de honor que me quedo a oscuras de la mayor parte de lo que oigo... ¡Qué tiene que ver todo eso que nos has leído, con el nombre de la quinta, con el cuadro de la galería ni con la marca de los libros empastados en cuero blanco!... Soy una bestia... Mañana te mandaré las parásitas que llegaron hoy del cafetal.

¿Las odontoglosum ?..., preguntó Fernández, usando el nombre técnico de la planta por hábito adquirido al hablar de botánica con el inglés que cuida el invernáculo.

No entiendo eso, las que querías, mandaron un mundo... Mañana las tendrás... Y después de apretar las manos de los amigos, en la suya grande, dura y tostada, salió refunfuñando entre dientes. Decididamente no entiendo nada de eso, ¡soy una bestia!...

¡José, sigue!, dijo Cordovez con impaciencia al ver caer la portiere roja sobre las espaldas del gigante.

Y Fernández leyó así a la luz de la lámpara:

Interlaken, 25 de julio

Borracho de ideas y cansado de pensar salí de mi escondite hace ocho días a gastar las fuerzas que la quietud, los baños helados y el ejercicio habían acumulado en mí, y desde esa mañana hasta esta noche ha sido una orgía de movimiento incesante, de paisajes recorridos, de escaladas vertiginosas de montañas y de incansables caminadas por valles frescos llenos de verdura nueva. ¡Neveras, ventisqueros, altas cimas donde el pulmón se llena de aire purísimo, los ojos de claridades imprevistas, el cerebro de grandiosas ideas; donde la sangre se vivifica y se enriquece mejor que con la higiene más cuidadosa observada en una ciudad! Nunca experimentada sensación de vigor ardiente y de fuerza muscular inagotable que gastar en nuevos ejercicios, me ha hecho sentir todo el vigor que encierra mi cuerpo a pesar del que he derrochado en los últimos meses, y en todos los momentos he meditado en los pormenores de mi plan. Ni un deseo, ni una imagen sensual me han perseguido; las tentaciones enfermizas se respiran con el olor de cocina y de perfumería, de polvos de arroz y de mujer que flotan en el aire, cargado de efluvios de lascivia y de gérmenes de enfermedades mentales, de la Babilonia moderna.

¡Naturaleza, bendita seas!

... ¡Tus espectáculos vistos en soledad completa, sin oír una voz humana que turbe nuestra meditación, son como un bromuro eficaz y calmante para las almas insomnes!

Antier estaba en un ventisquero, todo blanco, claro, diáfano el suelo, las lejanías llenas de niebla, donde reverberaba el sol matinal, el cielo luminoso. Los guías se habían quedado atrás. Destapé el frasco plano, lleno de chartreuse verde que llevaba en la cintura y sorbí un trago largo que me quemó el paladar con el sabor de las plantas aromáticas diluidas en el alcohol sutil, y me hizo correr calor por todo el cuerpo helado por el ambiente glacial. Pensé en la Orloff, en las sábanas de raso negro sobre las cuales extiende las curvas del cuerpo ambarino perfumado de magnolia; en la tina de cristal rosado llena de agua tibia que se opaliza con los vinagres aromáticos preparados por Lubin, y al sentirme libre de sortilegio carnal, en que viví envuelto por seis meses, solté una carcajada, una carcajada vibrante y poderosa que resonó como un disparo en el silencio blanco del ventisquero; una carcajada de salvaje, después de que ha roto en mil pedazos el fetiche que lo asustaba. ¡Adiós, sensualidades de bizantino, a vivir vida de hombre!

Interlaken, 26 de julio

¡El conjunto cosmopolita de estas mesas redondas de los grandes hoteles y los contrastes disparatados de todas ellas! El menú francés parece un exotismo dada la composición heterogénea de la del Hotel Victoria, donde vivo... ¡Oh, personajes que me divertís al observaros y dais a mi imaginación fantaseadora ocasión de forjarme vuestra vida mientras engullo los manjares; grueso agente viajero alemán, oloroso a cerveza, que cuentas tus groseras aventuras de taberna y de burdel, entremezclándolas de carcajadas sonoras; gomoso parisiense, corbateado de rosa, de los zapatos y los bigotes puntiagudos y de la inteligencia roma, que estropeas lamentablemente los términos de sport ingleses al adaptarlos a tus pronunciaciones guturales; español cuyo perfil regular y cerdoso bigote negro van precedidos de inevitable pitillo infecto y que a todas horas sigues con ojos de lujuria a la criada suiza coloradota y fresca; brasileños amarillosos y enclenques, que exhibís inverosímiles diamantes pajizos montados en los botones de la camisa, y tiritáis de frío como oistitís del trópico en las noches invernales de Londres; aventurero ruso de la rizada barba castaña que sientes la nostalgia de la ruleta y las carpetas verdes de Montecarlo; viejas inglesas, secas unas veces como sarmientos, desbordantes otras como informes paquetes de carne linfática, que recorréis la Europa entera, con el Baedeker en una mano y la Biblia en la otra, pronunciando el mismo beautiful, beautiful charming, quite charming, ante los fiords glaciales de Noruega, los nevados y los lagos azules de la Suiza heroica, los ardientes sitios de Castilla la Vieja, llenos de nobles fiebres y los paisajes sonrosados del litoral del Mediterráneo; viejas que atravesáis los países que os atraen bebiendo el mismo té tibio, devorando los mismos asados sanguinolentos y escribiendo en vuestra clara cursiva las mismas cartas de diez hojas, con las espalda vuelta a paisajes adorables; canonesa alemana de los catorce cuarteles en el escudo, que paseas por sobre la asistencia la insípida mirada incomprensiva de tus ojuelos grises y melancólicos; pareja de renteros franceses a quienes alguna agencia de viajes traslada de lugar en lugar para que admiréis sin comprenderlos, los sitios y los edificios designados por la guía Johanne a vuestros entusiasmos de inofensivo turismo; honorable Mr. Woodding, que haciendo propaganda por cuenta de la secta trinitaria, con un ejemplar de los evangelios debajo del brazo, azotas con los faldones de tu larga levita negra, las madreselvas florecidas por la primavera y paseas tu prole las cuatro chiquitinas rubias que parecen salidas de un álbum de Kate Greenway por todos los caminos planos de cerca a todos los hoteles donde cuesta la asistencia diez francos por día; enorme conde valaco o rumano de la melena rizada a la caracalla y de los ojos bovinos y apagados; príncipe italiano, cuyo palacio secular, donde habitaron tus antepasados gloriosos, vendieron los acreedores cansados de cobrarte; ¡oh, muestras de la calidad corriente de la especie humana, fabricadas de prisa por el Gran Hacedor, sin hinchazones de músculos y sin afinamientos de nervios, lectores de Ohnet,

adoradores de Gaboriau y de Montepin que consideráis como lo supremo del arte los cuadros en que sonríen las venus de pomada rosada pintadas por Bouguereau, que os pasmáis oyendo las musiquillas italianas de hace treinta años y las idiotas pornografías de los cafés conciertos y a quienes dejan fríos las dulces ingenuidades de los pintores prerrafaelistas, las sutilezas del arte japonés, las grandiosas sinfonías de Wagner, los dolorosos personajes que atraviesan la sombra gris de las novelas de Dostoiewsky, las extraterrestres creaciones de Poe; admiradores de lo mediocre y de lo fácil a quienes Max Nordau presentaría como prototipos del perfecto equilibrio, todos vosotros engullís la misma sopa de fideos cosmopolita, los mismos asados sospechosos, rociados con el mismo Medoc químico, absorbéis la misma compota de negras ciruelas pasas con que los amables propietarios de los hoteles suizos nutren vuestras hermosas personas en las temporadas de veraneo! ¡Leves os sean esos manjares indigestos y conviértanse en sangre de vuestra sangre y en hueso de vuestros huesos y ayude a peptonizarlos y a facilitar vuestras difíciles digestiones la acción de gracias que articulan los labios enjutos y la bendición que esparcen en el aire los dedos flacos del abate Pazavillini, sentado a la cabecera de la mesa, en que lucen ahora el queso de Camembert de coloración cadavérica, el Roquefort delicuescente y la decocción de chicoria amarga con que creyendo que absorbéis el café aromático, el licor de Voltaire y de Balzac, finalizáis vuestros pantagruélicos almuerzos!

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