Capítulo 3 · Parte 3

De sobremesa — José Asunción Silva · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 3 de 16 · 4035 palabras

Al ponerse el Sol tras de las cúpulas de la Basílica, centro de la cristiandad, alumbra las huellas del arte de hace veinticinco siglos, la complicación de la vida moderna más fastuosa y más amplia y sugiere a las almas pensativas la fórmula de lo que será la sensibilidad de mañana.

¡Ah! Dios mío, y Rusia, Rusia, la madre, la patria, la tierra del nihilismo, y de los zares, con su semicivilización tan diferente de la civilización latina, sus costumbres peculiares, su pueblo supersticioso y medio salvaje, su aristocracia gozadora; su arte propio y su singular literatura; Rusia la reclama: irá a Petersburgo, donde la recibirá la Corte, a Moscú, a Kieff, la ciudad santa, llena de catedrales y conventos; volverá a respirar en los campos solariegos el aire que en la niñez le infundió la fiebre que la anima, y esos múltiples viajes, esas experiencias casi opuestas de la vida los alternará con las temporadas de París, en el salón aquel lleno de hombres de genio; con días distribuidos entre las fiestas mundanas, donde seducirá a todos su elegancia, y la lectura de filósofos y la audición de las músicas de Haendel y de Beethoven y la continuación de sus estudios, de otros estudios nuevos con que sueña, sociología, política, lenguas orientales, historia y literatura de pueblos que no conoce bien y cuya alma se asimilará para agrandar su visión del universo. Vivirá así y todo eso lo hará con todos sus nervios, con toda su alma, con todo su ser, arrancándole a cada sensación, a cada idea, un máximo de vibraciones profundas!

Ahora un desfallecimiento interior la embarga; ha sentido una picada ahí, en el punto que el médico le mostró como foco de la enfermedad que la devora y el punzante dolor vuelve a traerla a la realidad... ¡Ah!, sí, la tos, el sudor, el insomnio, los cáusticos, las unturas de yodo, el viaje al mediodía, el aniquilamiento... la muerte... el fin, todo eso está cerca. ¿Y Dios, en dónde está si la deja morir así, en plena vida, sintiendo esa exuberancia de fuerzas, esos entusiasmos locos por verlo todo, por sentirlo todo, por comprender el Universo, su obra?... ¿Dios, en dónde está si la deja morir así, después de haber sido buena, después de no haber hablado nunca mal de nadie, ni proferido una queja por las amarguras que le han tocado en suerte, de haber derramado a su alrededor el oro para enjugar lágrimas, después de regalar su esmeralda favorita para distraer a alguien, que no la quiere, de un sufrimiento de un instante?... ¿Después de haber llorado por los dolores ajenos, de haber llevado su piedad hasta querer a los animales humildes? Si existe, si es la bondad suprema, ¿por qué la mata así, a los veintitrés años antes de vivir y cuando quiere vivir?... ¿Dónde está el buen Dios, el Padre Eterno de las criaturas?... ¡Ah! no existe. Spinoza, se lo ha enseñado, las lecturas científicas, le han mostrado el universo como una eterna reunión de átomos, regida, desde los millones de soles que arden en el fondo del infinito hasta el centro misterioso de la conciencia humana, por leyes oscuras e inconmovibles, que no revelan una voluntad suprema tendiente al bien... sí, un torbellino de átomos en que las formas surgen, se acentúan, se llena, se deshacen para volver a la Tierra y renacer en otras formas que morirán a su vez arrastradas por la eterna corriente... No. Eso no puede ser. Ella no es atea, ella quiere creer, ella cree. La Biblia contiene las palabras que calman y confortan; los versos del Salmo XCI, «Te cubrirá con sus alas poderosas; en seguridad estarás bajo su abrigo», le cantan en la memoria; el Salvador, con la cabeza aureolada y los brazos abiertos camina ahora sobre las agitadas olas negras del océano de sus pensamientos y dice las palabras suaves que le derraman en el alma una divina paz inefable: «Bienaventurados los que tengan hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos...». Y desfalleciente ella de mística emoción, mentalmente se prosterna a los pies del Divino Maestro...

Súbita asociación de ideas fórjase en su cerebro y esa dulce imagen huye disipada por el recuerdo de las obras de Renán y de Strauss, en que éstos, con su análisis de concienzudos exegetas, muestran al Cristo al través de los textos interpretados con rígido criterio, no como al Hombre Dios, encarnado para purgar los pecados del mundo, sino como la más alta expresión de la bondad humana. Los libros de crítica y de historia religiosa que he leído allí mismo en el silencio de ese gabinetico de estudio donde está sentada ahora, ahuyentan al divino fantasma del consolador de los hombres... No hay a quién invocar en los momentos de desesperante angustia... y la muerte viene, la muerte está cerca. Un sudor frío le moja las sienes, el cansancio la dobla, y en la claridad fría y difusa del amanecer que se filtra por los cristales y va atenuando, atenuando la luz tibia de la lámpara que alumbró la velada pensativa, siente un escalofrío que la obliga a levantarse, a absorber dos cucharadas de jarabe de opio para conciliar el sueño por una hora y a amontonar sobre el catre de bronce dorado los blandos edredones forrados en suave seda, para devolverle calor a su cuerpecito endeble, minado por la tisis, que dormirá ahora, en el tibio nido por breve espacio, y para siempre, dentro de unos meses, en el fondo de la tumba, bajo el césped húmedo del cementerio!...

Mañana estará levantada desde temprano, se sonreirá al contemplar en el espejo su tez aterciopelada y rósea como un durazno maduro, los grandes ojos castaños que se sonríen al mirar; la espesa cabellera que le cae sobre los hombros de graciosa curva, y ebria de vida, y hambrienta de sentir comenzará el día, lleno de las mismas fiebres, de los mismos sueños, de los mismos esfuerzos y de los mismos desalientos de la víspera.

Es así como la he visto al leer el Diario. Esa es la composición del lugar, que para proceder de acuerdo con los métodos exaltantes de Loyola, el sutil psicólogo, he hecho para sentir todo el encanto de aquella a quien Mauricio Barrés propone que veneremos bajo la advocación adorable de Nuestra Señora del Perpetuo Deseo... Jamás figura alguna de virgen, soñada por un poeta, Ofelia, Julieta, Virginia, Graziella, Evangelina, María, me ha parecido más ideal ni más tocante que la de la maravillosa criatura que os dejó su alma escrita en los dos volúmenes que están abiertos ahora, sobre mi mesa de trabajo y sobre cuyas páginas cae, al través de las cortinas de gasa japonesa que velan los vidrios del balcón, la diáfana luz de esta fresca mañana de verano parisiense...

Junio 20

Si es cierto que el artista expresa en su obra sueños que en cerebros menos poderosos, confusos, existen latentes; y que por eso, sólo por eso, porque las líneas del bronce, los colores del cuadro, la música del poema, las notas de la partición, realzan, pintan, expresan, cantan, lo que habríamos dicho si hubiéramos sido capaces de decirlo, el amor que a la Bashkirtseff profesamos algunos de hoy, tiene como causa verdadera e íntima que ese Diario, en que escribió su vida, es un espejo fiel de nuestras conciencias y de nuestra sensibilidad exacerbada. ¿Por qué has de simpatizar tú con la muerta adorable a quien Barrés venera y a quien amamos unos cuantos, ¡oh! grotesco doctor Max Nordau, si tu fe en la ciencia miope ha suprimido en ti el sentido del misterio; si tu espíritu sin curiosidades no se apasiona por las formas más opuestas de la vida; si tus rudimentarios sentidos no requieren los refinamientos supremos de las sensaciones raras y penetrantes?... ¿Qué hay de extraño en cambio en que un hombre a quien las veinticuatro horas del día y de la noche no le alcanzan para sentir la vida, porque querría sentirlo y saberlo todo, y que, situado en el centro de la civilización europea, sueña con un París más grande, más hermoso, más rico, más perverso, más sabio, más sensual y más místico, se entusiasme con aquella que llevó en sí una actividad violenta y una sensibilidad rayana en el desequilibrio?...

Hay frases del Diario de la rusa que traducen tan sinceramente mis emociones, mis ambiciones y mis sueños, mi vida entera, que no habría podido jamás encontrar yo mismo fórmulas más netas para anotar mis impresiones.

Escribe después de una lectura de Kant:

«No sé por dónde comenzar, ni a quién ni cómo preguntárselo, y me quedo así, estúpida, maravillada, sin saber para dónde coger y viendo por todos lados tesoros de interés: historias de pueblos, lenguas, ciencias, toda la Tierra, todo lo que no conozco; yo que querría verlo, conocerlo y aprenderlo todo junto».

Escribe seis meses antes de morir:

«Me parece que nadie adora todo como yo; lo adoro todo: las artes, la música, los libros, la sociedad, los vestidos, el lujo, el ruido, el silencio, la tristeza, la melancolía, la risa, el amor, el frío, el calor; todas las estaciones, todos los estados atmosféricos, las sabanas heladas de Rusia y los montes de los alrededores de Nápoles; la nieve en invierno, las lluvias de otoño, la alegría y las locuras de la primavera, los tranquilos días del verano y sus noches consteladas, todo eso lo admiro y lo adoro. Todo toma a mis ojos interesantes y sublimes aspectos, querría verlo, tenerlo, abrazarlo, besarlo todo, y confundida con todo, morir, no importa cuándo, dentro de dos o dentro de treinta años, morir en un éxtasis para sentir el último misterio, el fin de todo o ese principio de una vida nueva. Para ser feliz necesito TODO, el resto no me basta!...».

¡Feliz tú, muerta ideal que llevaste del Universo una visión intelectual y artística y a quien el amor por la belleza y el pudor femenino impidieron que el entusiasmo por la vida y las curiosidades insaciables se complicaran con sensuales fiebres de goce, con la mórbida curiosidad del mal y del pecado, con la villanía de los cálculos y de las combinaciones que harán venir a las manos y acumularán en el fondo de los cofres el oro, esa alma de la vida moderna! ¡Feliz tú que encerraste en los límites de un cuadro la obra de arte soñada y diste en un libro la esencia de tu alma, si se te compara con el fanático tuyo que a los veintiséis años, al escribir estas líneas, siente dentro de sí, bullir y hervir millares de contradictorios impulsos encaminados a un solo fin, el mismo tuyo: poseerlo TODO; feliz tú admirable Nuestra Señora del Perpetuo Deseo!

Después de haber creído por algún tiempo que el universo tenía por objeto producir de cuando en cuando, un poeta que lo cantara en impecables estrofas, y a los pocos meses de haber publicado un tomo de poesías «Los primeros versos», que me procuró ridículos triunfos de vanidad literaria y dos aventuras amorosas que infatuaron mis veinte años, la intimidad profunda que trabé con Serrano y su alta superioridad intelectual y su pasión por la filosofía, cambiaron el rumbo de mi vida. Fue un año inolvidable, aquel en que, desprendido de toda preocupación material, libre de toda idea de goce, de todo compromiso mundano, los días y las noches huyeron, divididos entre los largos paseos matinales por la avenida de pinos de la Universidad, la lectura de los filósofos de todas las edades, al mediodía, en la biblioteca silenciosa donde sólo se oía el voltear de las páginas, tornadas por las manos de los estudiantes, y las noches pasadas en el aposento silencioso del más noble de los amigos, disertando con él sobre los más apasionadores problemas que pueden solicitar al espíritu humano! ¡Tranquilidad de los nervios apaciguados por el régimen calmante y por el aislamiento, conversaciones en que los nombres de Platón, de Epicuro, de Empédocles, de Santo Tomás, de Spinoza, de Kant y de Fichte mezclados a los de los pensadores de hoy, Wündt, Spencer, Madsley, Renan, Taine, irradiaban como estrellas fijas sobre la majestad negra del cielo nocturno; vértigo de la inteligencia que, desprendida del cuerpo inquiere las leyes del ser; noble vida de pensador, en que la única figura de mujer que pasaba por mi imaginación como depurada de sensualidad por las altas especulaciones intelectuales, era la de la abuela, con sus largas guedejas de plata cayéndole sobre las sienes y su perfil semejante al de la Santa Ana del Vinci, cuán lejos estáis del vértigo y del frenesí gozador de mi vida de hoy! La muerte repentina de Serrano, la llegada de mi mayor edad, la necesidad de administrar una fortuna cuantiosa y situada en valores fácilmente aumentables dieron fin a aquel período casi monástico de vida. Devuelto al torbellino del mundo, dueño de un caudal enorme para la vida de mi tierra natal, bulléndome en las venas los instintos, animado por la rabia de acción de los Andrade; suelto, libre, sin padre, sin madre ni hermanos, recibido y cortejado dondequiera, lleno de aspiraciones encontradas y violentas, poseído de una pasión loca por el lujo en todas sus formas, fui el Alcibíades ridículo de aquella sociedad que me abrió paso como a un conquistador. ¡Años de locura y de acción en que comenzaron a elaborarse dentro de mí los planes que hoy me dominan, en que la comprimida sensualidad reventó como brote vigoroso bajo el sol de primavera, en que las pasiones intelectuales comenzaron a crecer y con ellas la curiosidad infinita del mal; soplo de la suerte que me hizo conservar la fortuna heredada sin que el fabuloso derroche alcanzara a disminuirla, ambiciones que haciéndome encontrar estrecho el campo y vulgares las aventuras femeninas y mezquinos los negocios, me forzasteis a dejar la Tierra, donde era quizás el momento de visar a la altura, y venir a convertirme en el rastaquoere ridículo, en el snob grotesco que en algunos momentos me siento! ¡Vanidad que te solazas al leer el suelto en que el Gil Blas anuncia que el richissime Américain don Joseph Fernández y Andrade compró tal cuadrito de Raffaeli, y te hinchas como un pavo real que abre la verdeléctrica cola constelada de ojos, cuando al rodar la victoria de la Orloff, al paso rítmico de la pareja de moros por la Avenida de las Acacias, entre la bruma vaga que envuelve el Bosque a las seis de la tarde, algún gomoso zute, murmura fascinado por la elegancia de los caballos o la excentricidad del vestido de la impure y le dice al compañero: ...Tiens, regarde, ma vieille! Epatante la maitresse du poete!... debes estar satisfecha, Vanidad!...

Sí, ésa es la vida, cazar con los nobles, más brutos y más lerdos que los campesinos de mi tierra, galopando vestido con un casacón rojo, tras del alazán del Duque chocho y obtuso; vestirse con otro casacón blanco, con un chaleco de seda bordado de colores y con medias y zapatos femeninos para hacer piruetas de maromeros y grotescos dengues al poner el cotillón en casa de Madame la Princesse Tres Estrellas; acompañar a la novicia recién casada que quiere ponerse al corriente, a casa de costureras y modistas, para dirigirle la hechura de los vestidos que no podría escoger sola; perder una hora conversando con el camisero para sugerirle la idea de una pechera de batista plegada y rizada y cinco minutos escogiendo la flor rara que debe adornar la solapa del frac; sí, vanidad, satisfácete, ¡ésa es la vida y son ésas las ocupaciones del hombre que pasó su vigésimo año leyendo a Platón y a Spinoza!

Es ridículo. Escribo e involuntariamente cedo a mis exageraciones. Esa no es toda mi vida. Junto a ese mundano fatuo está el otro yo, el adorador del arte y de la ciencia que ha juntado ya ochenta lienzos y cuatrocientos cartones y aguas fuertes de los primeros pintores antiguos y modernos, milagrosas medallas, inapreciables bronces, mármoles, porcelanas y tapices, ediciones inverosímiles de sus autores predilectos, tiradas en papeles especiales y empastadas en maravillosos cueros de Oriente; el adorador de la ciencia que se ha pasados dos meses enteros yendo diariamente a los laboratorios de psicofísica; el maniático de filosofía que sigue las conferencias de La Sorbona y de la Escuela de Altos Estudios, y cerca de ese yo intelectual funciona el otro, el yo sensual que especula con éxito en la Bolsa, el gastrónomo de las cenas fastuosas, dueño de una musculatura de atleta, de los caballos fogosos y violentos, de Lelia Orloff, de las pedrerías dignas de un rajá o de una emperatriz, de los mobiliarios en que los tapiceros han agotado su arte, de los vinos de treinta años que infunden vigor nuevo y calientan la sangre; y por encima de todo eso está un analista que ve claro en sí mismo y que lleva sus contradictorios impulsos múltiples, armado de una voluntad de hierro, como llevaban los cocheros dóricos los cuatro caballos de la cuadriga en las carreras de las Olimpiadas!

Y estás satisfecho, Pangloss, me pregunta ahora la voz interior que habla en las horas de análisis íntimo... No, jamás, esa vida que a tantos les parecería increíble por su intensidad no sirve sino para excitar mis deseos de vivir... Más! todo! grita el Monstruo que llevo por dentro... No eres nadie, no eres un santo, no eres un bandido, no eres un creador, un artista que fije sus sueños con los colores, con el bronce, con las palabras o con los sonidos; no eres un sabio, no eres un hombre siquiera, eres un muñeco borracho de sangre y de fuerza que se sienta a escribir necedades... Ese obrero que pasa por la calle con su blusa azul lavada por la mujercita cariñosa y que tiene las manos ásperas por el trabajo duro, vale más que tú porque quiere a alguien, y el anarquista que guillotinaron antier porque lanzó una bomba que reventó un edificio, vale más que tú porque realizó una idea que se había encarnado en él! Eres un miserable que gasta diez minutos en pulirse las uñas como una cortesana y un inútil hinchado de orgullo monstruoso!... ¡Oh! un plan a qué consagrar la vida, bueno o malo, no importa, sublime o infame, pero un plan que no sean los que tengo hoy, ni la casa de comercio en Nueva York para especular en grande y doblar mi fortuna, ni el viaje alrededor del mundo para almacenar sensaciones e ideas, ni la vida en el archipiélago para pescar perlas que me den más oro; no, un plan que no se refiera a mí mismo, que me saque de mí, que me lleve como un huracán, sin sentirme vivir!...

Bâle, 23 de junio

De la tarde de ayer sólo me quedan dos sensaciones, el puño de la camisa empapado en sangre y la orla negra de la carta; de la noche el ruido del tren al cruzar la sombra... A estas horas debe de haber muerto y la policía estará buscándome. Me hice inscribir en el registro del hotel con el nombre de Juan Simónides, griego, agente viajero, para despistarla... ¡Del estado en que estoy a la locura no hay más que un paso! Marinoni debe telegrafiarme hoy mismo y del hotel mandarán el telegrama a Whyl, donde voy a esconderme en una hostería a dos kilómetros del pueblecito!

Whyl, 29 de junio

Frente de la hoja de papel en que escribo está el telegrama de Marinoni desplegado. Lo he leído veinte veces y he necesitado dos horas de reflexión para despertarme de la sangrienta pesadilla. «Puede volver, dice, la policía ignora todo. Ella ayer, perfectamente, en el Bosque, con un vestido nuevo. Comió en buena compañía en la Cascada. Felicitaciones sinceras». ¿Dónde fue la herida entonces, si no dejó huella?... Siento todavía el calor de la sangre en la mano y ahí en la maleta de viaje está la camisa con el puño empapado en sangre.

Al día siguiente

La escena brutal, la idea del asesinato, la huida, la angustia, me habían impedido leer, entendiéndola, la carta de Emilia. Sólo comprendía que había muerto la viejecita, lo único que me quedaba de familia verdadera sobre la Tierra y sentía como un peso que me oprimiera el pecho, como un nudo en la garganta y como una negrura en el alma, pero los detalles de la muerte los ignoraba, como si no los hubiera leído. Quiero copiar la carta, aquí para encontrarla más tarde, dentro de unos años al releer este diario maldito, y revivir las horas singulares de estos días en que esa impresión noble se mezcló con la angustia de un crimen. Dicen así los renglones trazados en el papel de gruesa orla negra por la mano débil de Emilia:

«Mi carta del primero te decía que tu abuelita estaba extremadamente débil y que había tenido varios vértigos en los últimos días. La situación se agravó desde la noche del 2. El doctor Álvarez, a quien mandé llamar a pesar de que ella se opuso, la obligó a guardar la cama desde ese día y me hizo saber que era inútil todo esfuerzo para salvarla por ser lo que estábamos viendo el fin de la enfermedad, tal como lo había previsto desde hacía años. Se limitó a prescribir quietud completa y una poción narcótica. Sin insinuación de nadie mandó llamar ella al Arzobispo, quien era su confesor, como recuerdas, y después de confesar recibió la comunión con su fervor acostumbrado. En los días que precedieron a la muerte no recibió a nadie, con excepción del Prelado, y me habló continuamente de ti, con más amor que nunca y de la muerte que esperaba con tranquilidad absoluta. El ocho por la noche comenzó un delirio extraño, sin fiebre, precursor del fin, en que divagó continuamente alternando sus oraciones preferidas con extrañas frases referentes a ti. "¡Señor, sálvalo, sálvalo del crimen que lo empuja, sálvalo de la locura que lo arrastra, sálvalo del infierno que lo reclama. Por tu agonía en el huerto, y por tu corona de espinas, por tus sudores de sangre y por la hiel de la esponja, sálvalo del crimen, sálvalo de la locura, sálvalo del infierno!...", decía agitándose sobre las almohadas... "Lo vas a salvar: míralo bueno, míralo santo. ¡Benditos sean la señal de la cruz hecha por la mano de la Virgen, y el ramo de rosas que caen en su noche como signo de salvación! ¡Está salvado! ¡Míralo bueno, míralo santo! Benditos sean". Una expresión de beatitud suave reemplazó en la cara fina la angustia de antes y adormecida, la respiración estertorosa, devolvió a Dios el alma. Perdóname si te doy estos dolorosos detalles de la agonía. Te conozco y sé que te harán sufrir pero que quieres saberlos.

Murió como una santa, como había vivido. A la estancia mortuoria sólo entramos don Francisco Cordovez, el doctor Alvarez, el Arzobispo y yo. El Prelado estuvo largo tiempo arrodillado cerca del féretro. Para mí la velada mortuoria fue una impresión mística superior a todas las que he sentido en mi vida. Estaba segura de que aquel cadáver era el de una santa de la raza de las Mónicas, y que su alma había recibido ya el premio de la existencia sin mancha. La expresión del cadáver, de la cabeza fina con las facciones como depuradas por la muerte, enmarcada por la blancura de las canas que parecían de nieve a la luz de los cirios, era de una serenidad infinita. Desde el fondo de los cuadros de Vázquez que adornan la alcoba, los santos sus amigos parecían contemplarla, sacando la cabeza del lienzo y saliéndose de entre el oro desteñido de los antiguos marcos españoles. Esa noche pasada al lado de la santa muerta me dará valor para sufrir todos los males de la vida con la esperanza de morir así.

El cadáver ocupa la bóveda central en el monumento de la familia, cerca a tu padre. La casa está cerrada y en su alcoba, a tu vuelta, si algún día vuelves, encontrarás todavía el olor de los cirios mortuorios, pues la llave no saldrá de mis manos mientras viva.

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