Así se han ido tres meses casi, en diálogos de esos, en siestas dormidas en las dos hamacas, que hice colocar entre las palmas del invernáculo, en paseos de que volvíamos con los ojos llenos del color y el olor del campo, donde pasábamos las mañanas en rasguear una bandola que tenía yo en mi escritorio como adorno y hacer sonar en el aire de París las dejativas canciones de la tierra donde nacimos... Le he ofrecido ir a San Sebastián y a Biarritz, para donde se la llevó Paco a ver toros.
Oye: allá oiremos siquiera hablar español y no me llamarán Madame. Vamos a estar felices; vendrás, ¿cierto?
¡Me la has curado, Pepillo! Mírala cómo está de rosada y de gorda... Han sido los paseos contigo. No sé cómo agradecértelo. Si vieras el bueno humor que tiene ahora. Antes vivía suspirando. Ven a San Sebastián y allá completarás la obra. ¿Te esperamos precisamente? Instale tú, Consuelo, le decía el marido esta mañana, al dejarlos en la estación, donde cruzamos la última mirada, y le estreché la mano, que no volveré a sentir en las mías por mucho tiempo, porque, cansado de besos, de mimos, de enervamientos y de lascivias, me iré dentro de tres semanas a Nueva York a ver si los negocios a la americana y el hard work me curan del mal de vivir y del asco de la vida, que estoy sintiendo.
18 de septiembre
¡Y no me he ido! Si vuelve, le cerraré brutalmente la puerta y haré que alguien le sugiera al marido que no la deje salir sola, porque corre peligro de que se rían de él, si siguen viéndola conmigo. Desde su ida me he consagrado a revisar mi plan concebido en Suiza en el verano pasado, en los días en que viví en el picacho abrupto donde no llegaba ni el ruido de la canallería humana. Tranquilos los sentidos por los excesos de los meses pasados, he vuelto a vivir la vida verdadera y a sentir que me renacen las alas que me habían cortado las tres Dálilas, la lectora de Nietzsche, la sensual romana y mi sentimental y perezosa amiga, que no ha leído, a Dios gracias, ningún libro que le haya quitado del alma el perfume de sencillez que la hace adorable.
¡Es una almita cerrada, inconsciente y fresca, que guarda todo su olor a montaña y a nido y a rosas como las parásitas del Guaimis, como las orquídeas rosa
das que le di la tarde en que la besé por primera vez!
1º de octubre
Camilo Monteverde, mi primo hermano, que está en París ahora, y yo no hablamos nunca de arte. En literatura se quedó en el naturalismo de Zola, que es para él la fórmula suprema. Sabe que lo considero de cuarto orden como escultor, a pesar de la fama de que disfruta en mi tierra, y no entiende mis versos, según confesión propia. Eso es música del porvenir, puro Wagner..., me dice cuando lee algo mío. Para mí el primer poeta contemporáneo de España es Campoamor... ése es claro y lo entiendo...
No hablamos de arte nunca. Hablamos de nosotros mismos, o mejor dicho, me habla él de él y de mí, dada la especie de pudor que me impide dejarle ver ciertos modos de sentir míos, de que se reiría. En cambio, exagera él un poco su cinismo; cuando me hace confidencias, toma la pose canaille, que diría un pintor, y me exhibe un personaje muy diferente del que conoce el público y muy parecido al que describe Luis Montes, que lo desprecia y lo odia con todas sus fuerzas y no le reconoce ni aun sus más positivos méritos.
¿Tú siempre cazando el pájaro azul?, me decía antier en el cuarto de fumar. Voy mil dólares de apuesta a que estás enamorado platónicamente y a que todo lo que he visto en tu casa lo has comprado y lo has pagado.
No conozco otro modo de hacerse uno a lo que desea, le dije. ¿Tú has encontrado otro?
Ya lo creo; se lo hace uno regalar o se lo lleva. Aquí en París debe ser difícil el procedimiento mío; pero en mi tierra me ha surtido resultado completo. Todos los tapices, los muebles antiguos, las armas y los cuadros que tengo han salido de los conventos y de las iglesias. ¿Cómo?, me dirás tú. Pues haciendo tales bajezas para tenerlos; diciendo tales cosas respecto de ellos, que el dueño o la dueña, viejo que lo conoció a uno de muchacho, o muchacho que lo admira y quiere tenerlo contento, a las pocas vueltas manda la pintura, el broncecito, el objeto histórico, diciéndose: «Esto aquí no luce mayor cosa y en cambio Monteverde contará que es regalo mío...». ¿Es que tú no eres práctico?..., continuó después de un silencio y como pensando en alta voz. Tú te entusiasmas con las cosas, te enamoras de las mujeres, haces locuras por ellas, tienes la manía de trabajar y de saber. ¿Qué ha sido hasta ahora de tu vida?... Una cacería al pájaro azul... Mira: el secreto es, con el menor esfuerzo posible, lograr el mayor resultado posible, sin moverse casi y a punta de imbecilidad de los otros y de las otras, de adulaciones de uno a los que no las esperan y de insolencia con los que las esperan. Así, comienza a lloverle a uno todo del cielo, amigos, fama, dinero y mujeres. ¡Mujeres!, siguió en su monólogo, apurando a tragos largos una copa grande de whisky que se había servido; ¡mujeres! todas incoherentes: Jorge Sand y Cora Pearl, Sarah Bernhardt y Juana de Arco; ¡todas deliciosas, todas asquerosas, y todas mujeres! ¿Tú conoces la taberna de Rousselot en Montmartre?... ¡Qué vas tú a ir allá!... ¡Tú, el soñador de aristocráticos idealismos!...
¿Y por qué me preguntas si la conozco?, le pregunté, riéndome...
Porque antenoche me encontré ahí una maravilla, una de las muchachas que venden la cerveza. Es deliciosamente estúpida y estúpidamente deliciosa. Tú no entiendes de eso. Tú vas soñando siempre en alguna Dulcinea, como el caballero de la triste figura; yo soy más práctico... Los dos somos del mismo árbol, los Andrade aquellos, ¿oyes?... con dos injertos diferentes, tú de Don Quijote... yo de Sancho; tú andas peleando con los molinos, soltando a los prisioneros, vistiéndote con el yelmo de Mambrino y buscando a Merlín, el encantador... Dime que no vives leyendo libros de caballerías...
Así llama a todos los que sean de ciencia un poco abstrusa, de novela psicológica, de poesía de alto aliento, de crítica sutil y personal.
Yo me voy ahora para Normandía a comprar unas vacas; después iré a Inglaterra a buscar unos toros Durham. ¿Tú crees en mi pasión por el arte?... La escultura me importa un comino. Vente conmigo a Inglaterra.
No puedo, le dije; tengo mucho que hacer.
¿Tú tienes mucho que hacer, viviendo en París, y a los veintisiete años, y con tus millones?... Pero entonces ya no tienes remedio...
Monteverde es un hombre práctico, indudablemente.
15 de octubre
En el aislamiento en que he vivido estas semanas, todos los recuerdos de lo reciente se han borrado a mi alrededor, y la imagen de Helena ha ido resucitando hasta hacerse más vívida que nunca. Ayer, al abrir la puerta del cuarto donde están los retratos, la puerta cuya llave sólo tengo yo y que no había vuelto a usar desde el encuentro con Nelly, un olor extraño y nauseabundo me impidió entrar. Estaba oscura la tarde, y el tono sombrío del cuero de Córdoba que cubre las paredes, acrecentaba la oscuridad de la estancia. Sólo distinguí en ella la blancura de la túnica y del manto, destacándose sobre el fondo sombrío.
Volví a pasos lentos y precedido de Francisco, que entró con las bujías de un candelabro, encendidas para alumbrarme el camino. El nauseabundo olor era el de las últimas flores pedidas a Cannes, que al descomponerse, habían podrido el agua de los vasos. Olía aquello a sepulcro, y los montones de hojas y de pétalos secos, de ramillos negros, de cálices duros los unos y acartonados como momias, podridos los otros por la humedad yacían en los floreros de Murano y en las jardineras sobre el mármol cubierto de polvo de la mesa; las rosas desprendidas del tallo y negras casi, sugerían la idea de un cementerio de flores.
El criado abrió el balcón para renovar el aire pesado. Por él entraron la difusa luz del crepúsculo violáceo y cobrizo y la llovizna fría, que sacudió las cortinas, melancólicamente. Un rayo de sol brilló en el marco del retrato de la santa de las guedejas blancas y tirité al sentir el soplo helado del aire del otoño.
Sobre los veladores de malaquita el polvo opacaba el verde de la piedra y unas moscas muertas extendían las inertes alitas y las rígidas patas. El polvo y las moscas habían manchado el marroquí blanco y los dorados de los libros que compré en Londres en el invierno pasado; y a la doble luz de las bujías del candelabro y del crepúsculo, que filtraba por el balcón su tristeza fría, me parecieron desteñidos y ajados los colores de las alfombras de Oriente que cubren el piso.
Mi alma en ese momento estaba más sombría que el cuarto abandonado y más marchita que las flores. Los pobres libros manchados han ido a dar a mi biblioteca, y el pesado cofre de hierro de las joyas, a mi escritorio. La copia del cuadro de Rivington y el retrato pintado por Whistler están en mi alcoba. Duermo bajo las miradas de la santa de las guedejas de plata y de la figura que lleva en las manos el manojo de lirios blancos, y pienso a veces que si sobre la oscura tapicería que cubre las paredes hubieran estado siempre los dos lienzos, ni Nelly, ni la de Rivas, ni la Musellaro, ni Olga, habrían entrado ni a mi vida, ni a mi alcoba.
25 de octubre
Han sido diez días de actividad loca, sin resultado alguno. Desde hace cinco hay un empleado mío en cada una de las capitales de Europa, sin más oficio que recorrer los hoteles y telegrafiarme. Por conducto de Marinoni y so pretexto de un negocio de grande importancia he logrado que la agencia Charnoz les transmita a sus corresponsales del mundo entero el nombre de Scilly, para que averigüen por él, y yo me paso las horas en mi escritorio esperando, minuto por minuto, la llegada de los partes telegráficos o de los telegramas. Empresa inútil; empresa inútil, y sin embargo, tengo la seguridad de encontrarla y de que algún día, al contarle mi impaciencia de estas horas, sus pupilas azules tengan un brillo más dulce al mirarme y se sonrían sus labios apenas rosados, animando con esa sonrisa la sobrenatural palidez exangüe de las mejillas enmarcadas por la rizosa e indómita cabellera castaña, que tiene visos de oro donde la luz la toca!
¡Helena! ¡Helena! Hoy no es el grotesco temor al desequilibrio, como lo era al escribir los ridículos análisis de Londres, lo que me hace invocarte para pedirte que me salves. Es un amor sobrenatural que sube hacia ti como una llama donde se han fundido todas las impurezas de mi vida. Todas las fuerzas de mi espíritu, todas las potencias de mi alma se vuelven hacia ti como la aguja magnética hacia el invisible imán que la rige... ¿En dónde estás?... Surge, aparécete. Eres la última creencia y la última esperanza. Si te encuentro será mi vida algo como una ascensión gloriosa hacia la luz infinita; si mi afán es inútil y vanos mis esfuerzos, cuando suene la hora suprema en que se cierran los ojos para siempre, mi ser, misterioso compuesto de fuego y de lodo, de éxtasis y de rugidos, irá a deshacerse en las oscuridades insondables de la tumba.
16 de enero
Estuve diez días sin saber de mí. Lo primero que vi al abrir los ojos, a la sombra de las cortinas de terciopelo de la cama y en la media luz artificial de la alcoba, fue la gran cabeza de Charvet inclinada sobre la mía. Me hundía en los entreabiertos ojos la mirada aguda y penetrante de los suyos, y los tenía tan cerca de los míos, que le veía una a una las pestañas grisosas.
¿Me conoce usted, Fernández?
Sí, maestro, articulé con dificultad y con voz apagada.
¡Está salvado!, oí que decía, y al volver a cerrar los ojos para hundirme en el pesado letargo, alcancé a ver dos cabezas de mujer que cuchicheaban en la sombra.
Después, nada, ni pensamiento alguno, ni imagen alguna que cruzara la inconsciencia en que estaba sumido. De cuando en cuando unas manos que me levantaban la cabeza, la luz de una bujía, el brillo de una cuchara de plata y el sabor de una droga que me quemaba la garganta; a veces un dolor que me cruzaba la cabeza de sien a sien, y por instantes la sensación de caer, como una piedra entre lo negro de una noche sin astros.
Cuando comenzó a dolerme todo el cuerpo, como magullado y herido, y las sensaciones externas fueron acentuándose, me quejaba como un niño y me debatía como un energúmeno para no tomar las cucharadas.
Eso es ya la mejoría; va volviendo, decía la voz acariciadora de Charvet; ya hay voluntad. ¡Si es una naturaleza de hierro!
Amigo mío, me dijo el primer día en que después de larguísimo sueño y de sentirme vivo al despertar, hice un esfuerzo para moverme, tiene usted enfermedades capaces de desconcertar al que más seguro esté de su ciencia. Ha estado usted entre la vida y la muerte; hubo un instante en que el corazón estuvo tan débil, que con el oído puesto sobre él esperé las últimas palpitaciones, y en que la temperatura bajó grado y medio
de lo normal. Ahora su corazón funciona bien y la temperatura acusa ligera fiebre. Ha sido el mismo accidente de hace un año, pero mucho más grave. Está usted hoy, com
o entonces, como si hubiera tenido una hemorragia copiosa. ¡Tenemos que hacer sangre, amigo mío!...
Y he hecho sangre, como dice él, en la convalecencia, que le ha parecido rápida y que me ha parecido interminable, porque no veía la hora de ponerme en movimiento; mi juventud y el vigor de mi organización, ayudados por sus sabias indicaciones, triunfaron de la horrible debilidad en que me dejó el vértigo.
Ahora acabo de pasearme por el hotel, que está vacío, completamente vacío, con las paredes y los pisos desnudos. Mis pasos repercuten en los salones desiertos y como agrandados por falta de muebles. Tiene todo él, alumbrado por el frío sol de invierno, la tristeza de los sitios donde vivimos, dejando algo de nosotros mismos, y que no volveremos a ver nunca. Mañana vendrá a habitar entre sus cuatro paredes otro, quizá menos desgraciado que el que lo abandona.
Muebles y objetos de arte, caballos y coches, todo el fastuoso tren que fue como la decoración en que me moví en estos años de vida en el viejo continente, me esperan ya en el vapor que al romper el día comenzará a cruzar las olas verdosas del enorme Atlántico para ir a fondear en la rada donde se alza, con el eléctrico fanal en la mano, la estatua de la Libertad, modelada por Bartholdi.
Voy a pedirles a vulgares ocupaciones mercantiles y al empleo incesante de mi actividad material lo que no me darían ni el amor ni el arte, el secreto para soportar la vida, que me sería imposible en el lugar donde, bajo la tierra, ha quedado una parte de mi alma. El coche que me llevará a la estación para tomar el tren que me aleje de París para siempre irá primero al lugar donde he pasado las mañanas de los últimos días.
Al llegar a él el 28 de octubre, con una tarde destemplada y húmeda, Marinoni se alejó suplicándome que lo esperara por unos momentos. Seguramente quería estar solo para conmemorar el aniversario. Caminé unos pasos, y al sentir lo mojado del piso, fui a detenerme bajo las ramas de un árbol y cerca de una columna que tenía la inscripción medio borrada por los años la lluvia. Recorrí con las miradas el horizonte cobrizo, sobre el cual cortaban sus negruras finas, como los calados de un encaje, las cimas de los árboles de la entrada, sacudidos por el viento. Allá, lejos, entre las sombras que empezaban a envolver el paisaje, dorada por un rayo del sol, brillaba la cúpula de los Inválidos. Por sobre la ciudad, confusamente delineada, sobresalían las masas negras de las torres de Nuestra Señora, y el cielo rojizo se reflejaba en la corriente del río.
Al bajar los ojos hacia el suelo alfombrado por las hojas marchitas, cuyo olor melancólico estaba respirando en la tristeza del paisaje, tropezaron mis miradas con una rama que pendía, rota, del rosal vecino y cuyas tres hojas se agrupaban en la misma disposición que tienen las del camafeo de Helena. Una mariposilla blanca se detuvo sobre ellas un instante, y levantando el vuelo vino a tocarme la frente.
Sobrecogióme al verla el supersticioso terror que me invadió al ver la otra alzarse de entre el ramo de rosas blancas, en la alcoba de Constanza Lansser; me crispó el recuerdo de la pesadilla de Londres, en que, rodando hacia el fondo de un abismo negro, veía arriba, arriba, las tres hojas de una rama y el revoloteo de la mariposa blanca sobre la claridad azul del cielo; y al recordar el horrible sueño, una ansiedad sin nombre, una impresión de miedo irrazonado e irresistible, me aflojó las piernas y me quitó las fuerzas. Comprendí que iba a caerme en ese instante, ahí, sobre el barro, y a morirme del mismo mal que me hizo caer en el bulevar la última noche del año antepasado, al detenerse el volante y cruzarse los punteros de oro sobre la muestra de alabastro. Las doce campanadas ensordecedoras que oí aquella noche comenzaron a sonarme en los oídos. Dando media vuelta para buscar un punto de apoyo en el monumento que tenía a la espalda, y cerrando los ojos, alcance a cogerme de la verja baja de hierro y de la pilastra que formaba la esquina. Caí de rodillas apoyándome con la mano derecha en el suelo y agarrándome con la izquierda de la baranda de metal frío. El desvanecimiento iba pasando y la impresión de terror disminuía. Abrí al fin los ojos. Vi blanco; hice un esfuerzo horrible para levantarme, y de pie ya, agarrado de la baranda, los volví a cerrar instantáneamente, porque sentí que me volvía el vértigo. De repente di un grito de terror. Había sentido unas manos que se apoyaban en mis hombros. Volví la cabeza. Era Marinoni que había vuelto y me había cogido por detrás.
¿Qué tienes?, preguntó, asustado.
El vértigo..., alcancé a contestarle.
Quédate quieto; deja que te pase; yo te tengo para que no te caigas, dijo y me sostuvo con todo su cuerpo... Suelta la verja; eso es, apóyate en mí. Quédate quieto...
Ya pasó, le dije al sentir que disminuía gradualmente la angustia, y levanté la cabeza. Al hacerlo, leí la inscripción negra sobre el mármol blanco, que encierra la verja; di otro grito, que sonó en todo el cementerio, y caí desplomado.
De ahí hasta el despertar en la alcoba, con la cabeza apoyada en los almohadones y los ojos de Charvet fijos en los míos, no tengo recuerdo ninguno.
Hace doce días hice mi primera salida para ir al cementerio, a donde he vuelto después, todas las mañanas, a cubrir de flores la losa que reza su nombre y dice la fecha y la hora de su muerte. Es la última hora del año, en que agonicé de angustia frente al reloj de mármol negro, viendo juntarse los punteros de oro para marcar el minuto supremo sobre la muestra de alabastro, tras de la cual creí sentir que iba a aparecérseme lo Desconocido. La hora del tren se acerca. Oigo el ruido del coche que se detiene frente a la puerta del hotel.
Viene a buscarme para ir a llevarle las últimas flores que pondré sobre su tumba.
¿Su tumba? ¿Muerta tú?... ¿Convertida tú en carne que se pudre y que devorarán los gusanos?... ¿Convertida tú en un esqueletito negro que se deshace? No, tú no has muerto; tú estás viva y vivirás siempre, Helena, para realzar el místico delirio de las abuelas agonizantes, arrojando en el alma de los poetas ateos, entenebrecida por las orgías de la carne, el pálido ramo de rosas y para hacer la señal que salva, con los dedos largos de tus manos alabastrinas.
¿Muerta tú?... ¡Jamás! Tú vas por el mundo con la suave gracia de tus contornos de virgen, de tu pálida faz, cuya mortal palidez exangüe alumbran las pupilas azules y enmarca la indómita cabellera que te cae en oscuros rizos sobre los hombros.
¿Muerta tú, Helena? ...No, tú no puedes morir. Tal vez no hayas existido nunca y seas sólo un sueño luminoso de mi espíritu; pero eres un sueño más real que eso que los hombres llaman la Realidad. Lo que ellos llaman así es sólo una máscara oscura tras de la cual se asoman y miran los ojos de sombra del misterio, y tú eres el Misterio mismo.
José Fernández, al suspender la lectura, cerró el libro, empastado en marroquí negro, y ajustándole la cerradura de oro con la mano nerviosa, lo colocó sobre la mesa.
Los cuatro amigos guardaron silencio, un silencio absoluto en que se oía el ir y venir de la péndola del antiguo reloj del vestíbulo, el murmullo de la lluvia, que sacudía las ramazones de los árboles del parque, el quejido triste del viento y el revoloteo de las hojas secas contra los cristales del balcón.
Adormecíase en él la semioscuridad carmesí del aposento. El humo tenue de los cigarrillos de Oriente ondeaba en sutiles espirales en el círculo de luz de la lámpara atenuada por la pantalla de encajes antiguos. Blanqueaban las frágiles tazas de china sobre el terciopelo color de sangre de la carpeta, y en el fondo del frasco de cristal tallado, entre la transparencia del aguardiente de Dantzig, los átomos de oro se agitaban luminosos, bailando una ronda, fantástica como un cuento de hadas.
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