Capítulo 47 · CAPÍTULO VII

Cecilia Valdés — Cirilo Villaverde · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 47 de 52 · 6610 palabras

El mayor monstruo, los celos.

CALDERÓN

--¿Qué enredo te traes tú con una muchachuela de los arrabales?, le preguntó doña Rosa a su marido todavía en la cama.--Di, contesta, añadió codeándole por las espaldas, porque le pareció que se hacia el sueco o el dormido.

--Yo no me traigo ni me llevo enredo con nadie, Rosa, contestó don Cándido entre sueños.

--Tu sí, tú sí. Me lo han dicho, lo sé de buena tinta.

--¿Quién te ha contado ese cuento?

--No es cuento, es verdad. Tú has sacado de su casa a una muchacha hace pocos días... El autor no es del caso.

--Lo es, Rosa. Hay quien influya en ti poderosamente.

--Luego aclararemos ese punto. Nadie me quita que tú has vuelto a las andadas...

--¿Ves lo que yo decía? Ya te han preparado contra mí. Tu hijo...

--Pues échale ahora el muerto a mi hijo.

--Tu hijo, digo, continuó don Cándido sin turbarse, estaba a punto de cometer la mayor de las calaveradas que ha cometido hasta el presente. Me interpuse, porque al fin soy su padre, y evité la comisión... Tú no quieres que le toquen a él, ¿qué otro recurso me quedaba sino tocarle a ella? Hete, en resumen, el monto de mis andadas.

--¡No me quedaba que oír! ¿Conque para evitar que el hijo cometiera una calaverada, va el padre y da un escándalo?

--En este caso no ha habido escándalo ninguno.

--¡Cómo! ¿Se ha hecho la cosa a ocultas? Tanto peor. Véase qué interés tienes tú en ello.

--No otro, a fe mía, que el de impedir la comisión de una verdadera infamia por una persona que nos toca tan de cerca como es nuestro hijo.

--¿Qué infamia? Tú usas unas palabrotas...

--Tiempo ha que Leonardo viene persiguiendo a una chica de color...

--¿Y tú cómo lo sabes?

--Lo sé por la misma razón que tú lo ignoras.

--Nada me dices con eso. Es natural que Leonardito, joven y bien parecido, persiga a las chicas, como dices tú. Lo que no parece natural es que tú, ya viejo y feo, estés tan enterado de las persecuciones mujeriles del muchacho. ¿Te da envidia? ¿Quisieras que se metiera a fraile? ¿Por qué le celas?

--Porque soy responsable de su conducta ante Dios y el mundo.

--¡Qué virtuoso! ¿No hacías tú lo mismo y aun peor cuando eras de su edad?

--Quizás hice lo mismo que él cuando mozo, peor no; al menos no me remuerde la conciencia de haber corrompido a ninguna joven honesta o de su casa.

--Haces bien: santificate. Pero me parece excusado el trabajo que te tomas... Siempre creeré que, respecto a mujeres, Leonardito a tu lado es niño de teta.

--Dejémonos de recriminaciones, Rosa, y vamos al grano, a lo que nos toca más de cerca, como padres del mozo... La cosa es muy seria, es grave... Supe... Importa un bledo el cómo, el dónde, el cuándo. Supe que hacía grandes compras de muebles y de cachivaches caseros. Ha debido gastar un dineral. ¿De dónde lo ha habido? ¿Ha contraído deudas? ¿Le ha ganado al juego? O... ¿es que tú, tan bonaza como siempre, le has facilitado los medios?

Don Cándido había dado en el hito. ¿Negaría doña Rosa el préstamo, por haberlo hecho a ocultas del marido? Equivaldría a desacreditar al hijo a los ojos del padre, siempre dispuesto a mirar sus faltas por el lado más negro. Por eso, aunque convencida y mortificada por el engaño que con ella se había practicado, prefirió declarar la verdad y cargar con la culpa de la disipación del hijo predilecto.

--¿Ves ahora, Rosa, dijo don Cándido sin acrimonia, las malas resultas del cariño ciego de ciertas madres para con sus hijos? ¿No reconoces que en algunos casos más vale pecar con ellos por duro que por blando? Leonardo te pide dinero y tú se lo prestas, porque no puedes decirle que no, y porque te figuras que si se lo niegas se muere del pesar... Y él coge el dinero, compra muebles, alquila casa... ¿Para qué diablos? Claro, clarito, para llevar a ella la querida. No se necesita gran penetración... De suerte que, si no me anticipo, ¡adiós, estudios! ¡Adiós, bachillerato! ¡Adiós, casamiento en noviembre!, como tú y yo habíamos acordado, de acuerdo con él.

--Bueno está todo cuanto dices, mas estoy esperando que digas dónde tienes oculta a la muchacha.

--En las Recogidas. Paréceme, agregó a la carrera viendo que la esposa callaba y se agitaba en el lecho; paréceme que éste ha sido el partido mejor y menos riesgoso que pudiera haberse escogido para salvar al mozo del precipicio y a la moza de su ruina...

--Sí, dijo doña Rosa; ¿te figuras que porque has metido a la muchacha en las Recogidas, ya todo quedó arreglado y concluido? Sábete que no has conseguido nada. El niño ha tomado la cosa muy a pecho. Está ciego de amor.

--¡Quiá! exclamó don Cándido en tono despreciativo. ¡Amor, amor! Ni gota. Lo que siente ese mozo es hervor de la sangre, calentura de cabeza. Nada tiene que ver en ello el corazón. Se le pasará. Pierde cuidado.

--¿Se le pasará, eh? Tal vez. Pero el niño no come, no duerme, sufre, padece, se aflige, llora. Temo que le cueste una enfermedad el sentimiento. Ya, como tú no lo ves, no lo oyes, no lo entiendes, hablas del modo que hablas.

--Pon tú algo de tu parte. A ti, que tienes más influencia en él que yo, a ti te corresponde consolarle y hacerle entrar por vereda. ¿Va que no le has dicho que por el próximo correo de España espero el título de Conde de Casa Gamboa, con que se ha servido agraciarme nuestro augusto soberano? ¿A que no? Puede que la noticia le alegrase.

--¡Alegrarle! ¡Qué poco conoces a tu hijo! Le di la noticia. ¿Y sabes lo que me contestó? Que la nobleza comprada con la sangre de los negros que tú y los demás españoles robaban en África para condenarlos a eterna esclavitud, no era nobleza, sino infamia, y que miraba el título como el mayor baldón...

--¡Ah! ¡El bribón, el insurgente, el desorejado! estalló don Cándido en un paroxismo de indignación. ¡Vaya si le hierve la sangre criolla en las venas! Todavía sería capaz el muy trompeta de principiar por su padre la degollina como se armara en esta Isla el desbarajuste de la Tierra Firme. Y quieren libertad ¡porque les pesa el yugo! ¡porque no pueden soportar la tiranía! Que trabajen los muy holgazanes y no tendrán tiempo ni ocasión de quejarse del mejor de los gobiernos. Yo les daría palo entre oreja y oreja como a los mulos...

--Basta de sandeces y de vituperios, le atajó doña Rosa incomodada. Tiras de los criollos como si mis hijos y yo fuéramos de tu tierra. Odias a los habaneros, ¿por qué te duele que te paguen en la misma moneda? Leonardito en parte tiene razón. Le privas de todos sus gustos y placeres... No sé cómo no se desespera. Cuenta con que él hará cuanto esté en su mano para sacar a la muchacha del encierro...

--Como tú no le des el dinero, dijo don Cándido sobresaltado, para sobornos, dudo mucho que se salga con el intento. No le des dinero, no se lo des a tontas y a locas. Mas ya que tu cariño consiste en atragantarle a regalos, hagámosle uno de tal calidad que le llene de orgullo y le haga avergonzarse de la sima de bajeza a que se proponía descender.

--¿Cuál es el regalo que esperas obre el milagro...?

--La casa de Soler que Abreu se sacó en rifa está de venta. Comprémosla, alhajémosla para Leonardo cuando se case con Isabel. La venden en 60,000 duros.

--Casi el valor de un ingenio.

--La casa vale ese dinero. Es un palacio; como no hay otro en La Habana. No debes pararte en pelillos: se trata de la salvación de tu hijo más querido. De mi cuenta corren la compra y la habilitación de la jaula, de la tuya corre la domesticación del pájaro que ha de ocuparla.

Arreglado el plan y distribuidos los papeles, don Cándido desempeñó el suyo sin tardanza ni dificultad. Doña Rosa, al contrario, en consecuencia de su carácter peculiar, desde los primeros pasos puso obstáculo invencible a la realización del proyecto.

Entraban por mucho en la composición de carácter de doña Rosa la altivez y la suspicacia para que dejase de ser a menudo injusta e imprudente en sus relaciones domésticas... Nadie mejor que Leonardo conocía ese flaco de su madre. No bien le declaró ella las condiciones del proyecto de domesticación, fundadas todas en su renuncia a la posesión de Cecilia, resolvió predisponerla contra el marido atizando los celos de la esposa a lo sumo. Bastóle para ello el que la refiriese, sin nombrarla, cuanto había oído de boca de Cecilia, referente a los tratos clandestinos y sospechosos de don Cándido con la joven y la anciana del barrio del Ángel desde mucho tiempo atrás; a los dineros que en ellas venía gastando con la largueza o la prodigalidad del viejo enamorado; al extraño interés que siempre había tomado en el sostenimiento y bienestar de las dos mujeres; a la vigilancia con que había celado a la muchacha y cuidado de la salud de la anciana; en una palabra, a los eficaces y constantes servicios que en estos negocios de dudosa moralidad le había prestado Montes de Oca.

Todas y cada una de estas noticias, junto con otras ya mencionadas, habían llegado a oídos de doña Rosa en diferentes épocas y por diversos conductos. La relación tardía y amañada del hijo sólo sirvió de complemento y confirmación de lo mismo que ella se sabía de memoria o que meramente sospechaba.

Ocioso parece añadir que en este caso, como en todos los de su índole, surtió la cizaña su maligno efecto. Pues que irritada la madre contra el padre por la supuesta persistente violación de la fe conyugal, en venganza o represalia tramó en secreto con el hijo la mina que debía hacer saltar los parapetos levantados por don Cándido en defensa del honor de Cecilia Valdés. A su ejecución comprometió doña Rosa su dinero y su influjo.

Para ayudarla en la ardua empresa, tres condiciones únicamente exigió ella: una, que el hijo continuara los estudios hasta graduarse de Bachiller en leyes; otra, que se casara con Isabel Ilincheta a fin de año; y la tercera, que aceptara, sin murmurar, el regalo del palacio que, con ese preciso objeto, le hacía su padre. Todo lo prometió de plano Leonardo.

El primer paso dado fue el de solicitar los servicios de María de Regla, aquella enfermera del ingenio de La Tinaja, cuya astucia y talento la madre y el hijo reconocían de consuno, a pesar de la ojeriza con que la miraban. Prestose ella de la mejor gana, tanto porque estaba en su índole el papel de conspiradora, cuanto que se prometía pagar con bienes los muchos males recibidos de manos de los dos. De luego a luego comenzaron los trabajos de zapa.

Produjo una verdadera revolución la entrada de Cecilia en la casa de las Recogidas. Su juventud, su belleza, sus lamentos, sus lágrimas, los motivos mismos de su prisión, supuestos hechizos empleados para seducir a un joven blanco de familia millonaria de La Habana, todo concurrió para inspirar curiosidad, simpatía o admiración en las mujeres de varios colores y condiciones que cumplían términos más o menos largos de condena.

Por vulgares que ellas fuesen, por apagado que estuviese en su pecho el sentimiento de la dignidad personal, imposible les fuera sustraerse al influjo de unas circunstancias cuya magia ejercerá su imperio en este mundo sublunar mientras refleje la luz del sol. Al parecer, de poco podían valerle a Cecilia sus simpatías y arranques de admiración; con todo eso, fuerza bastante tuvieron para crear en torno suyo aquella atmósfera de respeto y de consideración que tanto contribuyó al alivio de sus penas mientras estuvo en las Recogidas, y que al cabo le abrió las puertas.

El guardador de estas ovejas descarriladas era un solterón verde, suerte de monigote con quien los años ni las penitencias habían domado las humanas pasiones. Hasta la fecha presente, sólo habían ingresado en el establecimiento a su cargo mujeres de baja extracción, viejas, feas y gastadas por los vicios. En condiciones bien diferentes vino Cecilia a aumentar su número. Tal vez había pecado; pero de seguro que no por vicio ni mala inclinación. Esto abonaban sus pocos años, su porte decente y modesto, su donoso aspecto y el nácar de sus tersas mejillas. El dolor, la vergüenza de verse encerrada y confundida entre unas mujeres conocidamente de mala conducta, era sin duda lo que la hacía prorrumpir en lágrimas y quejas continuas. Tantos y tales extremos de genuino pesar eran incompatibles con el delito.

Así razonó el portero de la Casa de las Recogidas, y sin más reparo se declaró el campeón y el amigo de Cecilia. Su placer era ir a deshoras hasta la ventana del cuarto que la habían asignado, para sorprenderla, a ocultas, en sus demostraciones de sentimiento, enamorarse más de ella y encenderse en ira contra sus perseguidores. A veces la encontraba en la silla con la cabeza y los brazos descansando en la mesa, mientras dejaba a la abundosa mata de sus cabellos sueltos el cuidado de cubrir aquellas partes de su espalda que no acertaba a vedar de miradas profanas el traje flojo. Otras veces levantaba ella de repente los ojos y las manos juntas al cielo y exclamaba en la mayor angustia:

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué culpas he merecido yo este tremendo castigo?

En todos estos casos se retiraba el guardián a su portería hecho un basilisco.

En uno de esos momentos de indignación filantrópica, se le apareció como llovida María de Regla, con achaque de venderle frutas del tiempo y conservas, negocio en que se ocupaba entonces. El hombre no quería comprar ni enredarse en una conversación que podía distraerle de sus agridulces pensamientos. Pero no por eso desistió de su propósito la vendedora. Esperaba, al contrario, repulsa más terminante. Díjole en el tono meloso que solía:

--¿Le duele al señor la cabeza o las muelas? (No le dio el tratamiento de su merced).

--Nada me duele, gruñó él.

--Me alegro, porque ésos son los dolores de los dolores. Vea el señor si las recogidas quieren frutas o dulces en almíbar.

--No estamos para frutas ni dulces ahora. Tampoco hay plata en casa.

--Yo fío.

--Anda con Dios y déjame en paz.

--Otras veces me han comprado aquí frutas y dulces.

--No en mi tiempo. Sería cuando estaba el papanatas que suele reemplazarme.

--Quizás.

--Yo no permito tráfico con las presas. El reglamento prohíbe todo tejemaneje por la portería.

--Pues me han dicho que el señor era más bueno que el pan con las pobres recogidas.

--Te han engañado. Yo soy malo, malísimo.

--El señor no es malo. ¡Qué va! Le conozco en la cara que no lo es.

--Basta. No quiero palique.

--Está bien. El que manda, manda. Me iré; pero antes ¿no tendría la bondad de oírme el recado que acaba de darme un caballerito para el señor?

--¿Qué recado? Despacha, replicó con rudeza el hombre después de mirar fijamente a la vendedora.

--¿Tiene aquí el señor presa a una niña blanca?

--No tengo preso a nadie. No soy carcelero; soy un mero guardián de las recogidas, por delegación del ilustrísimo señor Obispo Espada y Landa.

--Perdóneme el señor. Quise decir que si no había aquí recogida una niña blanca.

--Blanca al parecer. Sí. ¿Y qué?

--Pues el caballerito que le digo se interesa mucho por esa niña.

--¿Qué me importa a mí su interés? No vamos a comer con eso.

--Nunca debe decirse «de esta agua no beberé». Porque el caballerito que digo es riquísimo y está muy enamorado de la niña. Y el señor sabe de lo que es capaz un caballerito rico cuando está loco de amor y le impiden ver y hablar a su adorado tormento.

--Estamos, dijo el portero algo más aplacable. ¿Qué pretende el tal caballerito?

--Poca cosa. Quiere que el señor dé a la niña de su parte estas naranjas (escogiendo seis entre las más hermosas del tablero), y que le diga que él está metiendo empeño y gastando mucho dinero para sacarla cuanto antes de esta prisión.

--¡Hombre!, dijo el guardián titubeando; yo no he hecho jamás el papel de corre-ve-y dile.

--Vamos, señor, que no le pesará. Sépalo: el caballerito es muy rico, muy agradecido y está muy enamorado.

El portero asustado, tembloroso, indeciso, se estuvo largo rato parado, mirando, ya a la negra, ya a las naranjas. Al cabo preguntó con voz ronca por el temor o la vergüenza:

--¿Cómo se llama el caballerito?

--La niña sabe, replicó María de Regla, marchándose bruscamente.

Quedose el portero pensativo, como clavado a la reja de la portería. A poco le pasó el cerrojo a la puerta, le echó llave, y con tres naranjas en cada mano entrose en el amplio patio de la Casa de las Recogidas.

Hubo de todo lo que puede llenar de ilusiones a un hombre enamorado, y de esperanza a una mujer afligida, en la breve entrevista que tuvo el portero con Cecilia. Hubo aquello de:--Vd. es mi salvador. ¿Qué ángel le trajo a esta pobre mujer perseguida? Soy inocente. Mi único delito es amar mucho a un joven que se muere por mí. Aquí me ha puesto el padre del caballerito de quien Vd. me habla. Toda su rabia contra mí es porque no lo quiero a él y quiero a su hijo. Tenga Vd. piedad de una mujer injustamente perseguida.

Salió de allí el portero otro hombre.--¿A quién se le ocurre traer aquí una muchacha como ésta?--se preguntaba a sí mismo. Al demonio, solamente al espíritu maligno para tentar y sacar de sus casillas a la gente pacífica. Aquí quisiera ver a los varones fuertes, a los mismos santos. ¿Resistirían? Se ablandarían, se derretirían, se entregarían de patas en las garras de Satanás. ¿Habrá quien tenga valor para verla llorar, para oírla quejarse y suplicar y no tomar su parte? Hará de mí lo que se le antoje. Es claro. Y quedaré mal con el señor Obispo, mi protector, caeré de su gracia, perderé el puesto que ocupo en esta casa. Mas, ¿qué remedio? Ella es muy linda, llora, y yo no soy de palo. ¡Maldita frutera!

Dos o tres días después volvió ésta, y el portero de las Recogidas no la recibió mal. Traía nueva pretensión: la de hablar a solas con la presa en la prisión. Estaban prohibidas las visitas dentro de la casa; sólo podía hablarse con las recogidas en presencia del guardián, a la reja de la portería. Pero María de Regla arguyó el punto con habilidad diciendo, entre otras cosas, que no era de esperarse, el portero ayudara a matar de tristeza a una niña inocente, y se hiciera cómplice de la mayor de las injusticias que se habían cometido hasta entonces en La Habana. Que el caballerito, amante de la niña, ya tenía muy adelantadas las diligencias para sacarla del encierro, y, por supuesto, excluiría de su gratitud a todos los que habían oprimido a su adorado tormento. Enseguida añadió, cual si de pronto recordara:

--El caballerito me dio para el señor esta media docena de onzas de oro, por si la niña necesitaba algo de comer, o de vestir, o cualquier antojo...

Este último argumento acabó por dar al traste con el resto de virtud o empacho del portero. Concedió la entrada. En pocas palabras describiremos ahora la escena que se siguió a la entrevista de la mensajera con la presa.

María de Regla encontró a Cecilia en la misma posición en que dijimos la había sorprendido el guardián días antes; sólo que esta vez no la cubría el cabello aquella parte de la espalda que daba a la entrada de la celda. Algo echó de ver ahí la antigua enfermera, que le llamó grandemente la atención.

--¡Jesús! dijo. ¿Qué veo? ¿Será posible que esta niña sea la misma que yo sospechaba? ¡Qué cosas pasan en este mundo!

A aquella voz y aquellas incoherentes exclamaciones, levantó Cecilia la cabeza y preguntó en tono desmayado y doliente:

--¿Qué quiere usted?

--Quiero que me diga su merced su nombre de pila.

--Cecilia Valdés.

--¡Jesús! volvió a exclamar la negra. ¡La propia que yo me imaginaba! Parece un sueño. ¿Sabe su merced quién le pintó esa media luna?

--¿Qué media luna?

--La que su merced lleva en este hombro (tocando con el índice el izquierdo de la muchacha).

--Esta no es pintura, es un lunar, mejor dicho, una marca que me ha quedado ahí de resultas de un golpe recibido en mi niñez.

--No, si su merced es de verdad verdad la Cecilia Valdés que yo conozco, ése no es lunar, ni marca de golpe: es la media luna que la abuela de su merced le pintó con aguja y añil antes de echarla en la Real Casa Cuna.

--¡Oh! Mamita nunca me habló de semejante cosa.

--Yo lo sé porque ésa fue la señal que me dieron para reconocerla entre las demás niñas de la Real Cuna.

--¿Quién es Vd. que sabe tanto de mí?

--¿Es posible que su merced no me conozca todavía? Debía acordarse de mí.

--No, por cierto.

--Pues yo le di de mamar a su merced, primeramente en la Real Casa Cuna, y después, por cerca de un año, en casa de la abuela de su merced, cuando ella vivía en el callejón de San Juan de Dios. Su merced ya hacía peninos y hablaba champurriado, no le digo más, en los días en que me la quitaron de los brazos. ¡Ay! No sabe su merced las lágrimas y pesares que me ha costado su crianza; no sólo a mí, también a mi marido. Sí, su merced ha sido la causa primera y principal de nuestras desgracias.

--¿Qué les ha pasado a Vds.?

--A mí me desterraron de La Habana habrá doce años, y mi marido está preso en la cárcel. Le achacan la muerte del Capitán Tondá.

--¡Conque eso es así como Vd. dice! ¡Conque yo soy la mujer más infeliz que pisa la tierra! ¡Ay de mí, que sin haberle hecho mal a nadie todos me caen encima!

--No llore, ni se lamente, niña. Aunque causante de nuestras desgracias, su merced es inocente, no tiene culpa ninguna.

--¿Cómo no he de llorar y lamentarme, si tras de verme perseguida injustamente, hecha la piedra de escándalo de las mujeres de esta casa, que me atosigan con sus preguntas y majaderías, por remate de cuenta viene Vd., que dice me crió, y me echa en cara las desgracias de Vd. y de su marido? ¿Cabe mayor infelicidad que la mía?

--Cuando yo le relate mi historia, tejida con la de su merced, se convencerá de que tengo mucha razón.

--Pero ¿quién es Vd.?

--Mi nombre es María de Regla, humilde criada de su merced y esclava del niño Leonardo Gamboa.

--¡Ah! exclamó Cecilia poniéndose en pie y abrazando a su interlocutora.

--¡Oiga! dijo ésta con sentimiento. La niña me reconoce y abraza como esclava del niño Leonardo, no como la madre de leche que soy de su merced.

--No, la abrazo por ambos motivos, sobre todo porque su venida es nuncio de salvación para mí.

La negra se cruzó de brazos y se puso a contemplar a Cecilia faz a faz. De tiempo en tiempo murmuraba en tono bajo: ¡Vea Vd.! ¡La misma frente! ¡La misma nariz! ¡La misma boca! ¡Los mismos ojos! ¡Hasta el hoyito en la barba! ¡Sí, su pelo, su cuerpo, su aire, su propio ángel! ¡Qué! ¡Su vivo retrato!

--¿De quién? preguntó Cecilia.

--De mi niña Adela.

--¿Y quién es esa niña?

--Mi otra hija de leche, hermana de padre y madre del niño Leonardo.

--¿Conque tanto me parezco a ella? Ya me lo habían dicho algunos amigos que la conocen de vista.

--Y dígalo que se parece. Jimaguas no se parecerían más. ¿Si será por esto porque el niño Leonardo está tan enamorado de su merced? Pero él peca y su merced peca con quererse como se quieren. Si se quisieran como amigos o hermanos, pase; como hombre y mujer es un pecado. Los dos están en pecado mortal.

--¿Por qué me dice Vd. eso? preguntó Cecilia sorprendida. En quererse mucho un hombre y una mujer, no sé yo que haya pecado.

--Sí, lo hay, niña; a veces hay hasta pecado prieto. Por una parte, él es blanco; mas, dentro de poco será de sangre azul, porque su padre ya es Conde de Casa Gamboa. Y tiene un palacio para vivir con la que haya de ser su esposa legítima. Y su merced... Perdone, niña, que sea tan clariosa. Su merced es pobre, no tiene ni gota de sangre azul y es hija... de la Casa Cuna. No es posible que lo dejen casarse con su merced.

--Todo sea que se le ponga en la cabeza. A bien que él es hombre y hace lo que quiere. Y aunque no, estoy segura que cumplirá la palabra que me ha dado.

--No podrá cumplirla, niña. Desengáñese, no podrá cumplirla aunque quiera.

--¿Por qué no?

--Porque no. A su tiempo lo sabrá su merced. Ese casamiento es un sueño, no se verificará...

--Luego Vd. se opone. No comprendo la razón.

--Yo no me opongo, niña mía. No soy yo quien se opone, es otro, es la naturaleza, son las leyes divinas y humanas. Sería un sacrilegio... Pero, ¿qué es lo que digo? Cuando menos ya es tarde. Dígame, niña, ¿qué tiene en los ojos?

--Nada tengo en los ojos, repuso Cecilia restregándoselos inocentemente.

--Sí, veo algo en ellos que es mala señal. Me parece que tiene amarillo el globo del ojo. No cabe duda. Esas ojeras, esa palidez, ese rostro desencajado... ¡Pobrecita! Su merced está enferma.

--¡Yo enferma! No, no, dijo ella muy apurada.

--Su merced ya es mujer del niño Leonardo.

--No entiendo lo que Vd. dice.

--¿Ha sentido su merced náuseas? ¿Así como ganas de provocar?

--Sí, varias veces. Más a menudo desde que estoy en esta casa. Lo atribuyo a los sustos y pesares de mi injusta prisión.

--Tate. Cierto son los toros. ¿No lo dije? La causa de la enfermedad de su merced es otra. Yo la sé, la adivino. ¿No sabe la niña que he sido enfermera por muchos años? ¿Qué soy casada? Ya no hay remedio. Ninguno... ¡Pobre niña! ¡Inocente! ¡Desgraciada! A su merced le ha hecho mucho daño esa carita tan linda que Dios le ha dado. Si su merced hubiera nacido fea, tal vez no le pasara lo que le pasa ahora. Estaría libre y sería feliz. Mas... lo que remedio no tiene, olvidarlo es lo mejor. En fin, diré al niño Leonardo el estado de su merced y segurito que se apresurará a sacar a la niña de esta maldita casa.

Afectaron fuertemente a Leonardo Gamboa las últimas nuevas que de Cecilia le trajo la esclava. Sin pérdida de tiempo, como lo había previsto ésta, se abocó con su condiscípulo y amigo el Alcalde Mayor, que había decretado la orden arbitraria de prisión, ante el cual hizo valer aquellos títulos, junto con esta circunstancia. Le reveló igualmente en secreto el estado delicado de la muchacha. Derramó por todas partes el oro a manos llenas y tuvo la inefable satisfacción de ver coronados sus esfuerzos con el éxito más completo hacia los postrimeros días del mes de abril.

Fue al cabo suya Cecilia, a pesar de la tenaz oposición de su padre. De la prisión la condujo a la casa que habían alquilado en la calle de las Damas, dándole por cocinera, sirviente de confianza y dueña a la María de Regla de siempre. No parecía que hubiese hombre más feliz sobre la haz de la tierra.

Aún cuando todo esto se ejecutó con entera reserva de don Cándido, nada ocultó Leonardo de doña Rosa. Desde el principio al fin la mantuvo informada de los pasos que daba, a medida que se daban. Y, sentimos decirlo, no sabemos en quién produjo más regocijo el desenlace del drama, si en su hijo o en la madre. Así se alzaba una barrera insuperable, creía ella sinceramente, entre la muchacha y las imprudentes pretensiones de su marido.

En medio de estas escenas, desplegó Leonardo tino y fuerza de voluntad sin ejemplo, poniendo el mayor esmero en llenar las condiciones del contrato secreto celebrado con su madre. Asistió a las clases de derecho regularmente, y cuando llegó la hora de graduarse, visitó uno por uno a los doctores que debían examinarle, principalmente a don Diego de la Torre, que gozaba de fama de muy rígido con los graduados; le pasó la mano a Fray Ambrosio Herrera, secretario de la Universidad, a quien comunicó en secreto que en vez de los tres duros de las propinas de costumbre, se proponía meter tres onzas de oro en cada cartucho. Así allanó el camino de la recepción; así logró calarse la muceta de ordenanza, ascender a la cátedra del aula magna, ponerse en la coronilla de la cabeza la birreta colorada, pronunciar un ininteligible discurso en latín, y obtener el título de Bachiller en Leyes «némine dissentiente»[60] el 12 de abril de 1831.

Satisfechos por este lado sus compromisos, todavía tuvo tiempo para tomar formal posesión del palacio que le había regalado su padre. Enseguida, con el ánimo de adormecer la vigilancia de éste, corrió a darle una «caradita» a Isabel en su paraíso de Alquízar, y ver de concertar con ella, si era posible, la manera y la época del casamiento.

La encontró bastante fría y desanimada. Repugnábale en alto grado la idea de presenciar, por segunda vez, las escenas horrorosas del ingenio. Como visita, porque faltaría la ocasión juntamente con el deseo; como ama, porque si de amante no logró suspender los terribles castigos impuestos allí a los negros, por una necesidad fatal de la institución, mal podía prometerse que de casada se aboliesen. Y ora tomase Leonardo estas razones de su amiga cual meros escrúpulos monjiles, ora se persuadiese que ellas quizás le relevarían de una promesa en que ya no se interesaba mucho su corazón, tornó a La Habana sin haber tratado de allanar el inesperado inconveniente.

Volado había el tiempo con inconcebible rapidez. A fines de agosto tuvo Cecilia una hermosa niña; suceso que, lejos de alegrar a Leonardo, parece que sólo le hizo sentir todo el peso de la grave responsabilidad que se había echado encima en un momento de amoroso arrebato. Aquella no era su esposa, mucho menos su igual. ¿Podría presentarla sin sonrojo, magüer que bella como un sol, en ninguna parte? No había él descendido tanto todavía por la cuesta suave del vicio, que hiciese del sambenito gala.

Se desvanecía, sin duda, la ilusión con la fácil posesión del objeto codiciado que consistía tan sólo en la cualidad deleznable antes mencionada. Al amor hizo en breve lugar la vergüenza. Tras ésta debía presentarse el arrepentimiento, y se presentó al galope, mucho antes de lo que era de esperarse, supuestas las condiciones de alma fría y moral laxa de que había dado pruebas el joven Gamboa.

Los primeros síntomas del cambio no tardó Cecilia en descubrirlos con dolor; en pos vino el tropel de los celos a complicar la situación de las cosas. A los tres o cuatro meses de unión ilícita fueron menos frecuentes y menos prolongadas las visitas de Leonardo a la casa de la calle de las Damas. ¿De qué valía que él colmase de regalos a la querida, que se adelantase a todos sus gustos y aun caprichos, si era cada vez más frío y reservado con ella, si no mostraba orgullo ni alegría por la hija, si no pudo lograr jamás que trocara siquiera por una noche la casa de los padres por la suya propia?

Explícase la extraña conducta de Leonardo con Cecilia, por la grande influencia que sobre él ejercía su enérgica madre. Porque era cosa cierta que si del mozo habían huido todas las virtudes a la temprana edad de 22 años, como huyen las tímidas palomas del palomar herido por el rayo, no era menos cierto que aún calentaba su corazón marmóreo el dulce amor filial.

Doña Rosa, además, había averiguado por aquellos días la historia verdadera del nacimiento, bautizo, crianza y paternidad de Cecilia Valdés, contado ahora por María de Regla con el objeto de obtener el completo perdón de sus pecados y alguna ayuda en favor de Dionisio, que seguía en estrecha prisión. Espantada dicha señora del abismo a que había empujado a su hijo, le dijo con aparente calma:

--Estaba pensando, Leonardito, que es hora de que sueltes el peruétano de la muchachuela... ¿Qué te parece?

--¡Jesús, mamá! replicó escandalizado el joven. Sería una atrocidad.

--Sí, es preciso, añadió la madre en tono resuelto. Ahora, a casarte con Isabel.

--¿También ésa? Isabel ya no me quiere. Tú has leído sus últimas cartas. En ellas no habla de amores, habla únicamente de monjío.

--¡Disparate! No hagas caso. Yo arreglo el negocio en dos palotadas. Han cambiado las cosas. Conviene que se case temprano el mayorazgo, siquiera no sea con otro fin que el de asegurar sucesión legítima para el título. A casarte con Isabel, digo.

Por carta de don Cándido a don Tomás Ilincheta, pidió doña Rosa la mano de Isabel para su hijo Leonardo, heredero presunto del condado de Casa Gamboa.

En respuesta, la presunta novia, acompañada de su padre, hermana y tía, vino a su tiempo a La Habana y se desmontó en casa de sus primas, las señoritas Gámez. Quedó, pues, aplazado el matrimonio para los primeros días de noviembre, en la pintoresca iglesia del Ángel, por ser la más decente, si no la más cercana a la feligresía propia. La primera de las tres velaciones regulares se corrió el último domingo del mes de octubre, pasadas las ferias de San Rafael.

No faltó quien comunicara a Cecilia la nueva del próximo enlace de su amante con Isabel Ilincheta. Renunciamos a pintar el tumulto de pasiones que despertó en el pecho de la orgullosa y vengativa mulata. Baste decir que la oveja, de hecho, se transformó en leona.

Al oscurecer del 10 de noviembre llamó a la puerta de Cecilia un antiguo amigo suyo, a quien no veía desde su concubinaje con Leonardo.

--¡José Dolores! exclamó ella echándole los brazos al cuello, anegada en lágrimas. ¿Qué buen ángel te envía a mí?

--Vengo, repuso él con hosco semblante y tono de voz terrible, porque me dio el corazón que Celia podía necesitarme.

--¡José Dolores! ¡José Dolores de mi alma! Ese casamiento no debe efectuarse.

--¿No?

--No.

--Pues cuente mi Celia que no se efectuará.

--Sin más se desprendió él de sus brazos y salió a la calle. Cecilia, a poco, con el pelo desmadejado y el traje suelto, corrió a la puerta y gritó de nuevo: ¡José! ¡José Dolores! ¡A ella, a él no!

Inútil advertencia. El músico ya había doblado la esquina de la calle de las Damas.

Ardían numerosos cirios y bujías en el altar mayor de la iglesia del Santo Ángel Custodio. Algunas personas se veían de pie, apoyadas en el pretil de la ancha meseta en que terminan las dos escalinatas de piedra. Por la mira a la calle de Compostela subía un grupo numeroso de señoras y caballeros cuyos carruajes quedaban abajo. Ponían los novios el pie en el último escalón, cuando un hombre que venía por la parte contraria, con el sombrero calado hasta las orejas, cruzó la meseta en sentido diagonal y tropezó con Leonardo, un el esfuerzo de ganar antes que éste el costado del sur de la iglesia, por donde al fin desapareció.

Llevose el joven la mano al lado izquierdo, dio un gemido sordo, quiso apoyarse en el brazo de Isabel, rodó y cayó a sus pies, salpicándole de sangre el brillante traje de seda blanco.

Rozándole el brazo a la altura de la telilla, le entró la punta del cuchillo camino derecho al corazón.

CONCLUSIÓN

Lejos de aplacar a doña Rosa el convencimiento de que Cecilia Valdés era hija adúltera de su marido y medio hermana por ende de su desgraciado hijo, eso mismo pareció encenderla en ira y en el deseo desapoderado de venganza. Persiguió, pues, a la muchacha con verdadero encarnizamiento, y no le fue difícil hacer que la condenaran como cómplice en el asesinato de Leonardo, a un año de encierro en el hospital de Paula. Por estos caminos llegaron a reconocerse y abrazarse la hija y la madre, habiendo ésta recobrado el juicio, como suelen los locos, pocos momentos antes de que su espíritu abandonase la mísera envoltura humana.

Por lo que hace a Isabel Ilincheta, desengañada de que no encontraría la dicha ni la quietud del alma en la sociedad dentro de la cual le tocó nacer, se retiró al convento de las monjas Teresas o carmelitas, y allí profesó al cabo de un año de noviciado.

Casada Rosa con Diego Metieses, se esforzó en reemplazar a la hermana mayor en el cariño del padre y de la tía, yendo a morar con ellos en el edén de Alquízar.

La causa criminal formada a Dionisio por el homicidio de Tondá, no vino a fallarse sino cinco años después de los sucesos aquí relatados. El tribunal le condenó a diez de cadena y el célebre don Miguel Tacón le destinó al presidio de La Habana para la composición de calles.

FIN

GLOSARIO

A

abarca: calzado rústico de cuero de buey que cubre la planta, los dedos o la mayor parte del pie y se sujeta con cuerdas o correas.

Agramante, campo de: lugar de mucha confusión, donde nadie se entiende.

Agua de Lonja: agualoja, aloja, bebida refrescante preparada con agua, azúcar o miel, canela, clavo y algún otro ingrediente.

aguaitar: acechar.

alcándara: percha o varal donde se ponían las aves de cetrería.

alcarraza: vasija de barro poroso, que por evaporación del agua que rezuma, enfría la que queda dentro.

alcorza: pasta blanca de azúcar y almidón con la cual se suelen cubrir varios géneros de dulces y se hacen en confiterías diversas figurillas.

aljófar: perla de forma irregular y comúnmente pequeña; cosas parecidas al aljófar, como las gotas de rocío.

almo: nutricio, vivificante.

amarilla: moneda de oro y especialmente onza.

ambigú: comida, por lo regular nocturna, compuesta de manjares calientes y fríos con que se cubre a una vez la mesa.

armella: anillo de metal con espiga o tornillo para clavarlo en un cuerpo sólido.

arrente: a raíz del casco.

asendereado: agobiado de trabajo.

aspillera: abertura larga y estrecha en un muro para disparar por ella.

azuela: herramienta de carpintería compuesta de una plancha de hierro acerada y cortante, con mango corto de madera.

B

badulaque: persona necia e informal.

ballesta: arma para disparar flechas y saetas.

banqueta: acera de calle.

belfo: cualquiera de los labios del caballo y otros animales.

bilorta: vilorta, pequeñas arandelas de hierro que se usaban en el eje de los carruajes para impedir que el cubo de la rueda se saliera de su sitio.

bocabajo: castigo de azotes que se aplicaba a los negros esclavos haciéndolos acostar boca abajo.

bocín: pieza redonda de esparto que se pone por defensa alrededor de los cubos de las ruedas de carros.

bozal: negro recién sacado de su país.

bronco: dícese de la voz y de los instrumentos que tienen sonido desagradable y áspero; tupido, áspero.

broza: desperdicio de alguna cosa.

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