Del contrario el pecho roto Lanza ya de sangre un río...
EL DUQUE DE RIVAS
Por necesidad mortal no resultó la herida que en riña al cuchillo con el músico José Dolores Pimienta, recibió Dionisio Jaruco o Gamboa. No le asestaron el golpe de punta, sino de corte, y aunque el hierro dividió diagonalmente los músculos del lado izquierdo del pecho, a la altura de la tetilla, no lastimó parte ninguna delicada en su largo trayecto. De manera que, si cayó de espaldas, no fue porque la herida le privó de hecho de las fuerzas. Tropezó con una piedra de la calle al esquivar el golpe, abatiéndole el susto y el fluir de la sangre.
Postrado y lamentoso, oprimiéndose la herida con ambas manos, se hallaba en medio de la calle Ancha cuando acertó a pasar un hombre de color, de formas atléticas. Iba descalzo y llevaba una correa de cuero crudo que, pasándole por el hombro derecho, se unía por las dos gazas de las extremidades en el costado izquierdo, a manera de tahalí. Era aguador o carretillero, como dicen en La Habana. Se acercó al oír los quejidos y se retiró luego de prisa, murmurando:--¡Matá! Dio mi libra.
Enseguida pasó otro, también hombre de color, aunque más civilizado que el precedente, si hemos de juzgar por el traje. Traía al brazo algo que parecía un instrumento músico, envainado en una funda de bayeta. Paró la atención en los lamentos del herido, se detuvo a respetable distancia, y, cerciorado de lo que pasaba, exclamó compadecido:--¡Pobre! ¡Qué mojáa le han dao! No se ha muelto entuavía. Pero ¿quién me mete a mi en honduras? ¡La justicia!... ¡Allá su arma su parma!
Este siguió camino a toda prisa, volviendo la cara atrás de cuando en cuando, no fuera que alguien le hubiese visto y le siguiera las huellas para achacarle el homicidio mañana o esotro día.
El tercero de los transeúntes, hombre así mismo de color, era un tipo sui generis; marcado, tanto por el traje que vestía como por sus acciones y su aspecto. Componíase aquél de pantalones llamados de campana, anchotes por la parte de la pierna, estrechos a la garganta del pie, lo mismo que hacia el muslo y las caderas; camisa blanca con cuello ancho y dientes de perro en vez de borde; pañuelo de algodón tendido en ángulo a la espalda y atado por delante sobre el pecho; zapatos tan escotados de pala y talón, que apenas le cubrían los dedos ni le abrigaban el calcañar, de modo que los arrastraba cual si fueran chancletas; y un sombrero de paja montado en un zarzal de trenzas de pasas, que tras de abultarle la cabeza demasiado, afectaban la forma de los cuernos retorcidos de un borrego padre. Pendían del lóbulo de sus orejas dos lunas menguantes que parecían de oro, pero que, tocadas en la piedra de toque, estamos seguros, el más inexperto platero las habría declarado de ordinaria tumbaga.
Trazamos ahora aquí con brocha gorda la vera efigie de un curro del Manglar, en las afueras de la culta Habana, por aquella época memorable de nuestra historia. No es nuestro original el majo que viste traje andaluz. Es, ni más ni menos, el negro o mulato joven, oriundo del barrio dicho o de otros dos o tres de la misma ciudad, matón perdulario, sin oficio ni beneficio, camorrista por índole y por hábito, ladronzuelo de profesión, que se cría en la calle, que vive de la rapiña, y que desde su nacimiento parece destinado a la penca, al grillete o a una muerte violenta.
Si hubiera cabido en la naturaleza del que nació curro, el aplicarse a alguna cosa buena o de provecho, no cabe duda que el de que hablamos ahora habría aprendido cuando menos las primeras letras; pues es un hecho histórico que en la época de su muchachez había en La Habana más escuelas de ese grado servidas por maestros de color que por blancos, y su padre, bien intencionado africano, tuvo siempre particular empeño en que recibiera alguna educación su callejero hijo.
Ahí cerca de la calle de los Corrales, donde nació y se crió nuestro curro, estaba la escuela de Lorenzo Meléndez, Teniente de granaderos de la milicia de color, concurrida de niños pardos, negros y blancos, donde se distribuía la enseñanza casi de balde, como que la pensión consistía, por la mayor parte, en legumbres, aves, huevos y velas de cera. Pero en vano el padre le condujo muchas veces en persona; en vano recomendó al maestro que le sentara la mano, porque el rapaz era de mala cabeza; en vano él por propia cuenta le propinó castigos atroces; no aprendió ni el cristus,[54] en las poquísimas visitas que hizo a la escuela del venerable maestro Meléndez.
Prefirió siempre la pesca de sardinas en Tallapiedra, o la de camarones en la Zanja Real, o el juego de papalotes en el placer de Peñalver, o el de mates en la plazuela de San Nicolás, o el del picado en las paredes de la iglesia de Jesús María. Esto, en el lenguaje vulgar de los chicos de la escuela, se llamaba fugitivarse. La fuga de ella traía consigo la necesidad de pasarse los días enteros al sol y al agua en las calles, hecho la piedra de escándalo de todo transeúnte pacífico, cuando no había oportunidad para guarecerse de algún cobertizo, como el del matadero de cerdos, o de una taberna, donde infaliblemente se sobraban las ocasiones de birlar algo con que entretener el hambre. Pero ya en una, ya en otra parte, lo más cierto era que sacaba siempre la cabeza descalabrada, bien a manos del compañero curro con quien jugaba, bien a las del tabernero, que no buscaba nunca en los tribunales de justicia la defensa y amparo de su propiedad.
Así aprendía él a fuerte, así se curtía desde pequeño, en la pillería y la maldad. Y como no era el único curro, pues abundaba la especie en la época mencionada, acontecía muchas veces el reunirse con otros varios de su edad y de sus aficiones, en cuyos casos sus correrías tomaban carácter más agresivo y malévolo. Formaba, en efecto, partido o bando con los de su barrio para batirse a pedradas con los del vecino, sus enemigos mortales; para arrebatar los medios que los padrinos solían arrojarles a la calle después del bautizo; para atarle mazas de lata a la cola de algunos perros y soltarlos en los sitios más concurridos de paseantes; para lanzar piedras a los tejados o patios de ciertas casas cuyos moradores les eran antipáticos: para hurgar con pinchos y embravecer en los corrales a los cerdos y toros destinados a la matanza; en fin, para esgrimir el cuchillo de palo hasta arañarse y sacarse sangre unos a otros, cosa de aprender y adquirir agilidad en el manejo de esa arma traidora.
Rayaba en la adolescencia cuando su padre, desengañado de que las letras no le entraban ni con sangre, le puso de aprendiz con el maestro zapatero Gabriel Sosa, que tenía su obrador en la calle de Manrique esquina a la de la Maloja, dándole carta blanca para tratar al mozo en todo conforme a la medida de sus merecimientos. Era el maestro Sosa hombre duro de carácter y recio de mano, por lo que, a fuerza de golpes con las hormas, de correazos con el tirapié y de atarle con cadena de hierro, cual animal indómito y montaraz, para quebrantarle la propensión a la fuga, al cabo de cuatro años logró que aprendiese siquiera a hacer zapatos de mujer. Después de cumplido el término del aprendizaje, solía concurrir dos o tres veces por semana a la misma zapatería con el objeto de ganarse la subsistencia, siempre que no se le presentaban las ocasiones de ganársela por medios, si no más honrosos, a lo menos más cómodos y de acuerdo con sus innatas inclinaciones.
La zapatería del maestro Sosa se hallaba en la cresta de una barranca cavada por las aguas llovedizas. Descendían por la calle de Manrique, y, después de recoger las de la calzada de San Luis Gonzaga, las de la Estrella y la Maloja, se precipitaban en cascada por entre los patios de las casas de más abajo, formando arroyo caudaloso. Había, pues, un desnivel grande entre el piso de la casa y el de la calle, y, consiguientemente, dificultad mucha de acceso por la altura del umbral.
Al entrar en la calle Ancha, traía nuestro curro la vuelta del Campo de Marte. Venía a paso largo, mejor a trancos, formando con los brazos un ángulo de 45 grados (tal vez para disimular su demasiada largura), a guisa de cigüeñas de piedra de afilar. No bien oyó los quejidos y echó de ver el bulto en el suelo, paró de repente el trote. Luego de llevarse ambas manos a las orejas, por si permanecían en su sitio las dos menguantes de tumbaga, diciendo para sí:--no están rompía, no me va a sucedel náa, resueltamente se dirigió al herido.
--¡Anjá! Paisano, le preguntó en su lenguaje y tonillo peculiares, ¿quién es usté?
--Yo soy Dionisio Jaruco, contestó él con voz apagada así que se cercioró que se las había con un moro de paz.
--Yo no ha oído ese nombre en mi vía.
--No es extraño, señor, porque soy medio forastero en esta ciudad. Y ¿cuál es su gracia de Vd.?
-¿Qué?
--Que cómo se llama Vd.
--Me ñaman Malanga.
--¿Malanga? repitió Dionisio cual si no hubiese oído bien.
--Malanga. Aunque éste no es mi nombre, sino Polanco. Er amo de mi paire era un tar Polanco. Pero asina me ñaman en el Manglal, polque mi paire es de nación, y mi maire tambié, y yo soy crioyo. Dende chiquito me ñaman asina.
Mentía el bellaco. Dábanle en el barrio del Manglar el apodo de Malanga por ser él desmalazado de porte y de carácter, por tener las zancas y brazos largos, en contraste con el tronco, que era corto, y sobre todo los pies grandes y gruesos.
--¿Y que hace el señol ahí tendió pansa arriba? ¿Se le ha subió el aseite a la chola?
--Yo no estoy borracho, Malanga, estoy mal herido.
--¡Jerío! ¿Y quién le ha hecho ese flaco selvisio?
--Un pardito que no vale una guayaba. Mire aquí.
--¡Güeña jeria! Se conoce que el paidito sabe su oficio. ¿Pero aónde ha estao el señol? ¿En un entierro?
--No he estado en ningún entierro. Yo venía de un baile, cuando me topé con el pardito; tuvimos unas palabras y en la pendencia me hirió a traición. Mas ¿por qué me hace Vd., esa pregunta?
--Pol náa. Como lo veo vestío de sacateca...
--Mi traje no es de zacateca, es traje de corte.
--Si es de colte arto o colte bajo, yo no sé, ma estoy mirando que si no es pol la bota, digo, la casaca, le coltan al señol la pata, digo, lo viran como cangrejo. Dispué, me paese que el señol es argo goldo pa pelial con cuchiyo. Dispué, es mu fatible que el señol hayga aprendió ya grande, y ése es un alte que debe de aprendeise dende que uno es chiquito. Dispué, usté tiene mu colto el brazo y no pué defendeise de los goipes de arriba. Dispué...
--¡Hombre!, le interrumpió el herido con voz desmayada. ¡Por el amor de Dios y la Virgen Santísima! no hablemos más de eso. Si Vd. es una persona caritativa y quiere favorecerme que sea pronto, porque me voy en sangre.
--Le amarraré un pañuelo pa que no saiga la sangre.
--No, es preciso lavar primero la herida.
--¡Laval! ¿Está loco er señol? ¿Y si se pasma? ¿Y si se muere? Dispué dirá el señol que pol mor de mí.
--No, no lo diré, esté Vd. seguro de ello. Si muero, no será por culpa de Vd., sino porque me llegó la hora. Vaya, señor Malanga, corra a la taberna de la esquina y tráigame una botella de vino seco y un vaso de aguardiente.
--Sí, señol, yo diré corriendo, ma el tabelnero ha serrao. Ya es mu talde. Dispué está él más escamao colmigo quel diablo, polque me conose y sabe que, anque mestá mar en desislo, he birao más de uno de esos cangrejos. Yo no pueo miral pa un catalán sin que me se suba la sangre...
--Bien, hombre, vaya, haga la diligencia. Tal vez abre. Toque recio.
--Es que... paisano, ¿el señol no entiende? digo que... que siel señol no pinta, le hago sabel que no tengo ni Jilacha. No he hecho ni la cruz esta noche.
--Vamos, amigo, ¿por qué no me lo dijo antes con antes? Aquí hay dinero. Meta Vd., la mano en esta faldriquera del chaleco. Ahí debe haber una amarilla, dos doblones y un dobloncito. Coja Vd. el más chico y corra, que se me va la cabeza... no veo nada.
Y se desmayó el herido. El curro, sin embargo, no hizo alto en ello. Sólo se ocupó de registrar el sitio designado y de coger en la mano la moneda de oro que rara vez, si alguna había poseído en su vida, con permiso del dueño. Enseguida partió para la taberna que, cual esperaba, encontró cerrada a cal y canto; y se puso a tocar con las falanges de los dedos, al principio a la sordina, luego con el puño a golpes recios y repetidos. De suerte que así fuera sordo de cañón el tabernero, hubo de oír y acudir presuroso al llamado, a fin de evitar que le echaran la puerta abajo. No había de ser un ladrón quien le sacaba de la cama de aquel modo en hora tan avanzada de la noche. Por precaución, sin embargo, no abrió ni el postiguillo enrejado; contentose con echar la voz con acento puro catalán por el ojo de la llave, preguntando:
--¡Oya! ¿Qui ets?
--Yo, ño Juan.
--Ma, ¿qui est jo?
--Malanga, ño Juan, ¿no me conose? Abra la puelta.
--¡Abrit le porta! ¡Vota va Deus! ¿y per questa embajat m'ha fet salir del cama? Andat, andat tu camin, Malangue. Jo no abrirat le porta. ¡Qué cinich descaro!
--Abra, ño Juan, pol er amol de su maire. Ahí está un probe moreno jerío.
--¿Ferido dises? Pera el diable que te abra. ¡Mare de Deu! ¡la justicia! ¡Perderat cuant jo tinga! ¡Meus dinés! Bona nit, noy.
--Oiga, oiga, ño Juan. Yo no dentraré. Abra la gatera. Aquí hay mejengue.
--¡Ah! Ese's altre contare. Vinga lo diné.
--Dando y dando, ño Juan. Deme una boteya de bino seco. No mojao. ¿Entiende? Y un baso del que quema.
--Done, done.
--¿Cuánto?
--Un pese fort et mitje.
--Tenga una amariya chiquita.
--Ten la boutelle et ten lo vaso. Et ten el volte. Per caridat te sirve esta vegada, noy.
Con la botella en una mano y el vaso en la otra, que recibió por el ventanillo enrejado, sin pararse a contar el cambio que le dio el tabernero, acudió en socorro del cocinero. Luego que le lavó la herida, es decir, que se la empapó por encima de la camisa, que se la vendó lo mejor que supo y pudo con dos pañuelos, que le dio a beber el aguardiente, le ayudó a levantarse y por la mano le condujo hasta un cuarto de tablas en el interior de una ciudadela o casa de vecindad que había a la puerta inmediata del teatro de Jesús María. Por fortuna, mientras duró esta cómico-trágica escena, no pasó por allí alma viviente, si exceptuarse puede uno que otro gato o perro que, lejos de emprenderla con nuestros personajes, o huyó despavorido, o se retiró ladrando.
¿Pero de dónde nacía la no vista amabilidad que desplegó aquella alma de cántaro, el malvado Malanga, en tan crítica ocasión? Procedía del hecho que, habiendo tocado las monedas de oro en la faltriquera del chaleco de Dionisio, calculó con razón que, ora muriese de la herida, ora sanase, sería él su heredero forzoso, o se valdría de la fuerza o del engaño para heredarle en vida. A este fin primordial llevó Malanga más adelante todavía sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente desconocido. Cediole la cama, consistente de un catre de viento, sucio y desvencijado, sin más ropa ni manta con que cubrir las mataduras; y a la mañana siguiente muy temprano fue hasta la esquina de la calle de la Maloja y la del Campanario Viejo, donde vivía el cirujano romancista Zarza, le despertó, y, quiera que no, le condujo ante el enfermo, encargándole inviolable secreto. Servicios tales se pagan sólo con dinero entre gente honrada y leal. Así lo comprendió Dionisio, quien, tanto por gratitud cuanto por precaución, se apresuró a pagar la deuda, dando al nuevo amigo que se había echado, la mayor parte de la suma que poseía, no fuera que se cobrase de mano poderosa.
Durante la convalecencia de Dionisio, le entretuvo Malanga con la gráfica relación de su arrastrada vida y de sus aventuras. Nada le ocultó: sus trabajos de muchacho; sus raterías de mayorcito; sus puñaladas dadas y recibidas en riñas desiguales; por último, sus maravillosas escapadas de las persecuciones de la justicia. Especialmente refirió, por cierto con feroz complacencia, llevando la cuenta con marcas hechas en el brazo izquierdo, el número de los cangrejos (según llamaba a los taberneros o pulperos, en su mayoría catalanes), que había birado en sus pocos años de vida; esto es, asesinado a sangre fría.
Como hiciese Malanga en estos casos frecuente uso de los vocativos Dionisio y aún Jaruco, prevínole éste no le diera ninguno de estos dictados, exponiéndole las razones que tenía para aquella precaución.
--Llámame paisano, prosiguió. Así me dirigió Vd. la palabra cuando me encontró más muerto que vivo en medio de la calle. Desgraciadamente soy esclavo, amigo mío, y no me hallo aquí con licencia de mis amos. Yo me aproveché de su ausencia en el campo para coger del escaparate de la señora la ropa que Vd. se figuró era de zacateca. Ahí tomé también el dinerito con que nos hemos venido bandeando. Dentro de dos días no queda ni para encenderle una vela a las ánimas del purgatorio. Gana Vd. poco y eso con mucho riesgo. Así, es necesario pensar en salir a la calle y ver cómo se hace por la vida.
--No se aflija er señol, dijo Malanga en confianza, que entuavía tengo yo una prenda con que se puée haseil plata.
--Venga la prenda, repuso Dionisio alegre.
Desenvainó el matón el buido cuchillo, que siempre llevaba consigo debajo de la camisa, escarbató el suelo natural del cuarto hacia un rincón, oculto por el catre, y sacó algo pesado, envuelto en un trapo. Enseguida, teniendo el bulto alto, añadió:
--_Es querei desisde ar señol, que dende el año pasao, entre yo, un paidito ñamao Picapica y un morenito ñamao Cayuco, paranos de mañanita temprano, junto a la plasoleta de Santa Teresa, a un blanquito mu currutaco que en cuanto que le enseñé el jierro me se quedó muelto entre las manos y mos dio toas las prendas que tenía arriba de su cueipo. Misamigos se cogieron la plata y yo me cogí esta prenda. Dispué se la yebé a un platero de la Calsáa pa vel si me la meicaba; ma en cuanto que la miró bien, va y me dise: Esta prenda es robáa, y yo no doy poleya ni un cabo de tabaco. Míe, paisano, cogí piche, y dende ese día la tengo enterráa. Es factible quer señol puea vendesta._
--Daca la prenda dichosa, dijo Dionisio con gran prosopopeya.
Pero no bien la tuvo en la mano, exclamó sorprendido:
--¡Yo conozco este reloj, amigo Polanco!
--¿Beldá? dijo Malanga, ¡míe que caso!
Era de oro, y de la argolla pendía, doblada en dos, en vez de cadena o cordón, una cinta moaré azul y encarnado, cuyas extremidades recogía una hebilla, así mismo de oro.
--Conozco este reloj, repitió Dionisio. Señorita, quiero decir, mi señora, se lo regaló al niño Leonardo en octubre del año pasado. Debe tener una marca.
Abierta la contratapa, el ex-cocinero leyó: L. G. S., oct. 24-1830; Leonardo Gamboa y Sandoval, que pasa las Pascuas con su familia en el campo.
--Y ¿qué endivíos son ésos?, preguntó Malanga desconcertado.
--Mis amos, contestó Dionisio. La señora chiquea mucho a su hijo y le hace cada día un regalo.
--Pue me ha de peidoná er señol, agregó el curro apesarado. Yo no sabía que esos endivíos eran conosíos der señol.
--No hay para qué perdonarle, amigo Malanga. Si para hacer uno por la vida tuviera que pararse en melindres, se moriría de hambre. Estoy seguro, prosiguió Dionisio, que a estas horas se hallan mis amos muy descansados en La Habana, y su primer cuidado ha sido pregonarme por el Diario. Me parece que leo el edicto en que se ofrece pagar bien por mi captura. No faltará quien, por ganarse la propina, me siga los pasos, y desde ahora digo, que bien puede amarrarse los calzones el que pretenda echarme garra... Yo no me entrego vivo, tendrán que hacerme picadillo. Tal vez Tondá, que me conoce, se habrá hecho cargo de la comisión... No le arriendo la ganancia. Pero no hay necesidad de comprometer un lance, porque dice el refrán que el que evita la ocasión evita el peligro, y yo estoy resuelto a vivir y ser libre ahora que me he escapado. Yo no nací para ser esclavo toda la vida, señor Malanga. No. Yo me crié en medio de la grandeza y de la abundancia; ni conocí los rigores de la esclavitud mientras estuve con mis primeros amos. Esos sí que eran caballeros. Ahora estoy casado y tengo dos hijos. Digo mal. La mujer hace muchos que me la tienen desterrada allá en las quimbámbulas del silencio, en un ingenio, y ha tenido un mulato con un blanco. Pero yo la quiero y quiero con el alma a mi hija, y debo trabajar para comprarles su libertad y la mía. Con que vaya viendo, amigo Malanga, si conviene que no me llame Dionisio, ni Jaruco, los dos únicos nombres por los cuales soy conocido en esta ciudad. Mientras Tondá no oiga mi nombre, ni me vea la cara, estoy seguro.
--Pa eso que a mí no me vale er que me ñamen Polanco o Malanga, dijo éste con cierta resignación. Lo mismito da. Tóos me conosen pol los dos nombres. Yo soy más conosío en esta suidá que los perros. Y míe er caso, yo tambié estoy pregonao. Mes capé de las uñas de Tondá pol un milagro. Pue, señol, dentré yo una noche der año pasao con dos amigos, argo talde, en la tabelna que está en la esquina de Manrique y la Estreya. Pedimos un poco der que quema, bebinos y salinos de rengue liso, cuando er tabelnero va y me coge pol la camisa pa que le pagáranos la bebía. Míe, paisano, me se subió el diablo: metí mano ar jierro y le di una mojáa na más aquí (pasándose el índice por la garganta) sarva sea la paite. Der viaje sortó un caño de sangre como un toro jerío, y pa que vea er señol, sartó el mostraól y nos corrió atrás hasta la esquina, donde tubo que agarraise, cayó y dejó maicaos los deos con sangre en la paré.[55] Dispué, Tondá se olió que habíanos sido nosotros, y tanto nos buscó hasta que dio con los tres en un velorio, allá pol lo Sitios. Yo salí safando, ma mis dos amigos cayeron en er laso, y entuavía maman cáisel. Dende entonce ando sin sombra, polque Tondá es mú júbilo. ¿No ve? Sargo solo de noche y a pena ni paso pol la tienda.
--¿Qué tienda?
--La tienda der maestro Sosa.
--¿Maestro de qué?
--De sapatos.
--¿Zapatos de hombre?
--De tóo. Yo trabajo ahí cuando no pueo ganai la vía de otra manera. Yo hago sapatos de mujé.
--Y yo también los hago, dijo Dionisio animándosele el semblante. Aprendí a hacerlos con el calesero Pío, de mi casa. No soy un chambón en el oficio. Y me ocurre una idea: que si Vd. tiene la bondad de hablarle al maestro Sosa, quizás me tome, en cuyo caso nos hemos salvado. No podrá sospechar siquiera Tondá, que me he refugiado en una zapatería.
--Güeno, si er señol quié lo yebaré una talde destas, mejol, una mañanita, polque como Tondá anda siempre en cabayo, no sale nunca temprano a la calle.
Efectivamente, Malanga, así que su amigo recobró la salud y se halló en disposición de trabajar, lo condujo a presencia del maestro Gabriel Sosa y se lo recomendó de todas veras, no ya sólo como oficial experto en zapatos de señora, sino como persona distinguida y hombre honrado a carta cabal; que había caído en desgracia y apelaba al oficio para no morirse de hambre. Por donde vino a repetirse aquí el cuento, algo parecido, del león herido a quien recogió un esclavo prófugo en las soledades del África, para que después el animal alimentara al hombre y le protegiera contra las demás fieras, cuando al cabo de muchos años se encontraron los dos en el circo de Roma.