Capítulo 38 · CAPÍTULO VII

Cecilia Valdés — Cirilo Villaverde · de Biblioteca CosmoStory

Capítulo 38 de 52 · 5336 palabras

15. ¿En dónde, pues, está ahora mi esperanza?

16. A lo más profundo del sepulcro descenderán mis cosas, ¿crees tú que siquiera allí tendré yo reposo?

JOB. XVII

Declinaba a toda prisa la tarde. Allá, por el rincón más apartado del batey, aún se oía el rudo tambor con que los negros se acompañaban el melancólico canto y el baile salvaje de su país natal.

Acá, por la casa de ingenio, había gran agitación y ruido. Las torres o chimeneas de los hornos para hacer vapor y calentar las pailas del tren Jamaiquino,[50] lanzaban al aire columnas de humo negruzco y espeso.

El bozal del maquinista, recién llegado del granítico Maine, en los Estados Unidos de Norte América, con la alcuza de cuello largo y corvo en la mano, iba del trapiche para la máquina y de ésta para aquél, dando aceite a las juntas y ejes, a fin de moderar la fricción, causa fatal de las pérdidas de fuerza.

Impaciente y desazonado el maestro de azúcar, aguardaba la corriente del guarapo que debía poner a prueba su habilidad en hacer ese dulce con caña molida según un nuevo sistema. Por su parte los negros del cuarto de prima miraban recelosos y azorados los preparativos que se hacían para resolver el problema de hacer azúcar sin necesidad de las ariscas mulas ni de los cachazudos bueyes.

Se ponía el sol, redondo y encendido cual bala roja, por detrás del inmenso palmar del potrero, cuando invadieron la casa de calderas los dueños de la finca, en compañía de su familia, amigos y empleados. Guiaba la procesión el cura de Quiebra Hacha, revestido de la sotana y el bonete de ceremonia. Marchaban a su lado dos caballeros conduciendo cada uno un haz de cañas, atados con cintas de seda blanca y azul, que sujetaban por la punta cuatro señoritas. Llegados delante del trapiche, murmuró el cura una breve oración en latín, roció los cilindros con agua bendita, valiéndose para ello del hisopo de plata, los caballeros colocaron enseguida las cañas en el tablero de alimentación y dio comienzo la primer molienda con máquina de vapor el célebre ingenio de La Tinaja.

Más tarde, o entre dos luces, se sirvió el banquete de tabla en la casa de vivienda. En el intermedio de la comida a los postres vinieron a avisar al médico que su presencia era necesaria en la enfermería. Fue, y volvió al cabo de media hora un si es no es cariacontecido, saliendo a recibirle don Cándido con desusada solicitud para preguntarle:

--¿Novedad, Mateu?

--Novedad y gorda, señor don Cándido, contestó el médico con el mismo laconismo.

--Bien vengas, mal, si vienes sólo, dijo don Cándido revestido de toda su calma. Afuera con el embuchado.

--Acaba Vd. de perder su mejor negro.

--Sea todo por Dios. ¿Cuál?

--Pedro carabalí. Se ha suicidado en el cepo.

--¡Bah! Más ha perdido él que yo. ¿Qué arma ha empleado?

--Ninguna.

--¡Cómo! Entonces ha hecho uso del dogal.

--Menos. En pocas palabras, señor don Cándido, el negro se ha tragado la lengua.

--¡Qué me dice Vd.! ¡Ahora menos lo entiendo!

--Lo entenderá Vd., cuando le diga que este es un caso de asfixia por causa mecánica.

--¡Si creerá Vd., doctor, que yo hablo el griego!

--Diré a Vd., señor don Cándido. Ora haya hecho uso el negro de los dedos, ora de un poderoso esfuerzo de absorción, evidente es que, doblando la punta de la lengua hacia dentro, empujó la glotis sobre la tráquea y quedó ésta obliterada, impidiendo la entrada y salida del aire en los pulmones, o cesando la inspiración y la expiración. He aquí lo que el vulgo llama tragarse la lengua, y que nosotros llamamos asfixia por causa mecánica. Durante mis viajes a la costa del África he tenido ocasión de observar varios casos; pero en mi larga práctica de los ingenios de la Isla, éste es el primero que se me presenta. Tal género de muerte, lo mismo que el del ahogado, debe ser muy doloroso, peor que el de estrangulación en horca, porque no se produce la asfixia instantáneamente, sino por grados, en todo su conocimiento, y después de una agonía atroz. Si hiciéramos la autopsia del cadáver, veríamos que el sistema venoso está ingurgitado de sangre de color negruzco muy oscuro, lo mismo el pulmón y el cerebro.

--A fe que no había oído en mi vida semejante cosa, dijo Cándido. Vamos a la enfermería.

En esta excursión (no fue otra cosa) acompañaron a don Cándido sus huéspedes y algunos empleados. El Cura y el Capitán del partido meramente por hacerle honor, pues para el primero ya había pasado la ocasión de ejercer su santo ministerio con el suicida; para el segundo, ni antes ni después de la muerte del esclavo habría tenido ocasión de ejercer el suyo, mediante a que dentro de los límites de sus haciendas o dominios era ipso jure señor de horca y cuchillo don Cándido Gamboa.

Dispuso éste retiraran el cadáver del cepo. Horrorosa era su vista, habiendo adquirido ya la rigidez de la muerte. Tendido de espaldas en la tarima, su lecho de agonía, aún apretaba los bordes con los dedos crispados. A consecuencia de las mordidas de los perros, tenía hinchados los brazos, las piernas y el levantado pecho; los ojos casi fuera de sus cuencas e inyectados de sangre, de la cual estaban salpicadas sus ropas en girones.

Contribuía a darle un aspecto feroz el tener la piel de la frente arrollada desde la línea de las cejas hasta el nacimiento de la pasa, y zajadas las mejillas verticalmente desde el párpado inferior hasta la orilla de la quijada, a usanza de la tribu en su país natal. Parte de esa costumbre era el aguzarse los dientes superiores, que dejaba ver a través de los labios entreabiertos, trabados con los de la mandíbula inferior: nueva prueba ésta de la lucha entre la vida y la muerte. No acusaba su semblante más de 27 ó 30 años de edad; de modo que se hallaba entonces en todo el vigor y desarrollo de su juventud.

--¡Lástima de negro!, dijo Cocco.

--Valía lo que pesaba en oro para el trabajo, dijo don Cándido interpretando en su verdadero sentido la exclamación del administrador de Valvanera.

--He ahí la vera efigie de un salvaje africano, dijo el Cura. Dios tenga piedad de su alma.

--Debió haber sido ese negro la pura soberbia, dijo el Capitán Peña con aire sentencioso.

--Y dígalo, dijo Moya satisfecho, porque había allí uno que diera forma a su pensamiento en aquel instante. Más cachorro no ha salío de la Guinea.

--Ha muerto en su ley, dijo el gallego mayordomo de la finca. Dios no le tome en cuenta sus muchos pecados.

--Veamos lo que dice María de Regla, dijo don Cándido sin mirar de lleno a la cara de la enfermera.

Insensiblemente las personas que acababan de hablar se habían situado en torno del cadáver, que entonces alumbraba a medias con la vela de cera amarilla, desde el pie de la tarima, la negra mencionada por don Cándido. Ella, con los ojos bajos, dijo:

--Le contaré a mi señor lo que ha pasado.

La precisión y claridad de las pocas palabras vertidas, junto con el acento argentino y medido de su voz, pregonándola como mujer de talento y de algún trato social, le ganaron desde luego la atención de los circunstantes. Poseía ella ambas cosas en grado notable, relativamente a su falta de escuela y a su condición de esclava desde la cuna. A la natural perspicacia y carácter dulce y simpático, combinados con un exterior agradable y fino, se agregaba el haber servido de doncella a sus primeros amos; teniendo ocasión de rozarse más con éstos y con las personas decentes que visitaban la casa que con las ignorantes de su misma condición, y de aprender, no ya sólo las maneras, sino el modo de decir y de portarse en sociedad la gente blanca y educada. Frisaba en los 36 ó 40 de la edad, como la atestaban sus formas redondeadas y voluptuosas. Dos medias lunas grandes de oro pendían de sus orejas, y para ocultar las pasas, que detestaba, se cubría la cabeza con un pañuelo de algodón, dicho de Bayajá, atado con bastante gracia y coquetería, a guisa de turbante turco. En el momento de que hablamos, su aspecto y tono de voz revelaban mucho disgusto y tristeza.

--Le contaré a mi señor lo que ha pasado a mi vista, dijo ella cual si hablara con el muerto y no con su amo. Pedro, desde que le pusieron en el cepo, se negó a comer y hablar. Sólo esta madrugada bebió un poco de sambumbia, que le hice tragar, como quien dice, de por fuerza. El hambre se aguanta, la sed no hay quien la entretenga siquiera, y él, por las mordidas, debía de sentir una sed ardiente. Después, como hacía veinticuatro horas que no pasaba bocado, como había ya perdido mucha sangre y se le habían inflamado las heridas, a pesar de las unturas que ordenó el médico, estaba muy débil, irritado, no podía reconciliar el sueño. Se calmó un poco luego que apagó la sed. Pero no ladraba un perro, no cantaba un gallo, no se oían pasos de gente o de animales en el batey sin que él se moviera, le crujieran los huesos en la tarima y se pusiera a escuchar. Los primeros cuerazos de don Liborio esta mañanita le causaron un sobresalto grandísimo y no tuvo un momento de reposo. A cada cuerazo se estremecía de pies a cabeza, lo mismito que hace el caballo (y perdonen sus mercedes la comparación) cuando le quitan la silla después de un largo viaje.

«Estoy segura, añadió la enfermera con cierta timidez, que más le dolieron los bocabajos a Pedro que a aquéllos a quienes se los dieron. Le entró una especie de furia. Murmuraba en su lengua palabras que yo no entendía. Parecía loco. En esto trajeron a Julián más muerto que vivo, entre cuatro morenos. Pedro lo vio. Era su ahijado de bautismo y se convenció de que estaban castigando a sus compañeros de fuga. Entonces se remató. Estoy persuadida que si hubiera podido, hace añicos el cepo. Le cogí miedo. Trataba de sacar los pies de los agujeros; dejé la cura de Julián y me acerqué cuanto pude a la tarima de Pedro. Le encontré sentado, mirando para todas partes, cual si esperara que vinieran por él a cada rato para darle un bocabajo.

«¿Qué tienes, Pedro?, le pregunté. ¿Qué sientes? ¿qué te duele? ¿qué quieres? Me miró fijamente, dio un gran suspiro y dijo con la garganta, no con la lengua:--Lamo. ¿Llamo?, le pregunté. ¿A quién llamo, al médico? Se quedó callado. Di, Pedro, ¿quieres que mande por el amo? Abrió tamaños ojos, enseñó los dientes y repitió: Lamo, lamo... su mercea, concluyó diciendo María de Regla con mayor timidez, sin levantar la vista para don Cándido.»

Este no hizo más que sonreírse ligeramente y la enfermera prosiguió su gráfica narración.

«Yo le contesté: todavía no, Pedro; todo el mundo duerme en la casa de vivienda; velaré, y así que salga el amo, le avisaré que quieres verlo. Duerme, descansa un rato. Por fortuna en aquella misma hora se oyó alejarse a la gente y Pedro dio un suspiro. No venían por él. Después me pareció inútil avisar al amo. Estaban ocupados con la repartición de las esquifaciones, el bautismo de los bozales... Señorita estaba quitando grillos y perdonando a todos; ¿quién no creería que se había pasado el peligro? Pero en mala hora entró aquí don Liborio a buscar algo que se le había quedado anoche. Venía furioso. Dijo que lo habían botado por culpa de Pedro, pero que no se quedaría riendo el muy cachorro, pues había ordenado el señor don Cándido que le dieran un novenario luego que se pusiera bueno, y que si él no tenía el gusto de dárselo se lo daría el otro Mayoral. No se aparecía el amo y Pedro creyó que estaba bravo y que don Liborio decía verdad. Desde este momento decidió quitarse la vida. Me asomé a la ventana para ver el baile de tambor por un instante, cuando sentí que Pedro se movía; volvía la cara y noté que se andaba en la boca con los dedos. No pensé nada malo, pero hizo un movimiento cual si le entraran náuseas. Corrí a su lado... Acababa de sacarse los dedos de la boca, apretaba los dientes y procuraba agarrarse de la tarima con las dos manos. Entonces le entraron convulsiones. Me dio horror; mandé llamar al médico, y sin saber cómo ni cuándo se me quedó muerto entre los brazos. Así como está ahora le encontró el señor don José (el médico). Muchos he visto morir desde que estoy aquí, pero ningún muerto me ha causado tanto horror.»

--Se explica la negra, dijo Cocco a don Cándido cuando salían de la enfermería.

--No sabe Vd., todas las letras menudas que tiene, repuso don Cándido a media voz. He aquí la causa de su perdición. Si fuese menos bachillera estaría quizás más contenta con su suerte.

--Pues qué, ¿es mujer de aspiraciones?

--¡Que si es! Demasiado. Apresurémonos no sea que perdamos el plus café. Luego Rosa extrañará nuestra demora y no conviene todavía que sepa la muerte del negro.

Conocidamente pasaba don Cándido por el carácter de la enfermera como por sobre ascuas. No era indiferencia la suya, tampoco desdén, menos desprecio: era miedo, puro miedo no fuera que se averiguase la posición en que se hallaba colocado respecto de ésa su humilde esclava. Porque es bueno se diga una vez más, que don Cándido Gamboa y Ruiz, caballero español, rico hacendado de Cuba, fundador de una familia distinguida que llevaría su preclaro nombre quién sabe hasta qué generación, con ínfulas de noble, ya en camino de titular y ganoso de rozarse con la gente encopetada y aristocrática de La Habana, se sentía atado a la enfermera de su ingenio de La Tinaja por lazos que, no por invisibles eran menos fuertes e inquebrantables. María de Regla poseía el único secreto de su vida libertina que le avergonzaba y hacía infeliz en medio de la grandeza y el boato de que ahora se veía rodeado.

El día siguiente armose en La Tinaja divertida cabalgata, compuesta de las señoritas Ilincheta y las dos más jóvenes de Gamboa, escoltadas por el hermano de éstas, por Meneses y por Coceo.

Hacía tiempo hermoso, quiere decir, que las nubes aplomadas que encapotaban el cielo, impedían el brillo del sol en toda su fuerza, mientras el aire seco del norte, que a su paso por el angosto brazo del Golfo no había podido despojarse de los fríos vapores del vecino continente, refrescaba que era una delicia la atmósfera de toda esa costa cubana. Isabel, diestra jinete, orgullosa de su habilidad, amaba el ejercicio a caballo y se hacía la ilusión que dominaría a su sabor el campo desde la silla, respiraría aire más puro y más libre y ensancharía los horizontes de su existencia, cruelmente circunscritos en el ingenio de La Tinaja. Este inesperado desahogo lo demandaban a una su cuerpo, su espíritu y su corazón.

El tropel de las caballerías, esguazando el río, camino de la estancia, hizo levantar a los vocingleros totíes y a las hurañas palomas rabiches que habían bajado a beber o a bañarse a la lengua del agua, abrigadas por las tendidas ramas de los robles.

--¡Qué sombrío! exclamó Isabel. Convida ese charco a bañarse.

--Es muy hondo al pie de la palma sobre la margen derecha, observó Gamboa.

--¿Cómo que hondo? preguntó la joven.

--Tapa a un hombre.

--Entonces se podrá nadar con desembarazo.

--Sí, pero es muy peligroso bañarse allí a causa de los caimanes que suelen ascender el río desde la boca. En ese mismo charco que tanto incita a Isabel, perdió papá un perdiguero que quería mucho. Yo era un chicuelo entonces y le acompañaba en la caza. Le disparó un tiro a un aguaitacaimán y cayó en mitad del charco; tras él se lanzó el perro para traerle a la orilla, pero sin darle alcance se hundió bajo de las aguas cual si le faltaran las fuerzas de repente. Luego apareció en la superficie un borbollón de sangre, por donde conoció papá que le había atrapado un caimán.

Buen efecto producían el arrozal en lo más hondo de un vallecito, irguiendo sus innumerables espigas, todavía verdes, en busca del calor solar y el campo de maíz en las laderas de las colinas, con sus flores de color morado y las barbas rubias de sus mazorcas.

En el platanal inmediato abundaban los racimos amarillos, que por su mucho peso hacían inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de sus anchas y largas hojas, cual láminas de acero.

Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros paseantes repasaron el río por un vado más abajo del anterior, dejando tras sí los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por medio de un dilatadísimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tenía establecido en él su campamento una banda de aquellas aves, especie de cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.

En tan gran número se habían juntado que ennegrecían el racimo de la palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas abandonar el puesto las pisadas de las caballerías o las voces alegres de los jinetes, eso mismo pareció aumentar su algarabía y desfachatez, expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales alcándaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de quienes no tenían alas para llegar hasta ellas.

--No se reirían Vds. de mí, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta. Yo haría descender más que de prisa a algunos de esos bribones.

--Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien aquí aquello de «al mejor cazador se le va una liebre».

--¿Por qué así? preguntó Isabel, que se daba por diestra tiradora.

--Diré a Vd., señorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata cortesía. Porque con el calor del día se le pone la pluma muy resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra fácilmente la munición.

Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado norte, que era la porción más elevada del terreno. Desde una de sus alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia sereno, y allá en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas aves acuáticas rizando la linfa de un manso lago.

Cerraba la guardarraya que recorrían los paseantes, un bosque alteroso que servía de línea divisoria entre el ingenio de La Tinaja y el de La Angosta del otro lado. Según recordaba Leonardo debía de haber una vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual podía llegarse a la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se emplearía en caso de ir por el camino real o de la Playa. La vía naturalmente era muy estrecha y estaría en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de los árboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podían dejar las señoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido, les propuso acometer la ardua empresa.

Había novedad en la propuesta, por lo mismo que se corría peligro; razón de más para que las señoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de plano y aun con entusiasmo. ¿Qué importaba un arañazo más o menos si se prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansión? La intrépida Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre habían devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la sonrisa a sus labios, exclamó:--¿Quién dijo miedo? Adelante. No se diría nunca que por donde pasó un hombre a caballo Isabel se quedó atrás.

Penetraron todos en el sombrío bosque, llenos de alegría. Pero apenas anduvieron corto trecho, uno detrás de otro, abriéndose paso a veces con las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empezó a sentirse un hedor fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta congregación de auras tiñosas, rindiendo con su peso las ramas de los árboles que servían como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de esas asquerosas aves, las más cercanas, a la vista de los caminantes emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y pesadas alas, fueron a posarse algo más lejos. Otras, las más distantes, no sólo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su amenazadora actitud se echó luego de ver: se entretenían en devorar el cadáver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un árbol a orillas de la vereda, e interrumpidas en lo más interesante del festín, manifestaban su indignación de la manera dicha.

En los momentos de acercarse los jóvenes, oscilaba ligeramente el cuerpo. Esta circunstancia engañó de pronto a Leonardo, que llevaba la delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexión de que las auras al abandonarle le habían impreso el movimiento oscilatorio, aun observable, le sacó prontamente del error. Habíanle extraído los ojos y la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazón con sus encorvados picos.

--¡Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le seguía de cerca indicándola, con el brazo tendido, el horrible cadáver contra el cual estuvo él mismo a punto de tropezar.

--¡Ay, Leonardo! exclamó ella horrorizada.

Perdió el color y el habla, y hubiera perdido también el conocimiento y caído de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados más cariñosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el orden de la marcha.

Mientras Leonardo despachaba el guardiero Caimán al bosque para identificar, si era posible, la persona del suicida, Meneses acudió por agua al arroyo inmediato, la trajo y se la hizo beber a Isabel en un vaso rústico, de forma de cartucho, hecho de una yagua recién desprendida de la palma.

Averiguose que el muerto era Pablo, compañero de Pedro, que se quedó en el bosque cuando los otros cinco prófugos, inducidos por Tomasa y con el apoyo de Caimán, resolvieron presentarse a los amos.

La estaba reservado a Isabel, en su breve correría por los campos del ingenio de La Tinaja, encuentro no menos desagradable que el anterior. Dando la vuelta con lento paso por una guardarraya paralela a la que llevaron antes, no a fin de alargar el paseo, sino con el de distraer a Isabel, aun no repuesta del choque, avistaron un cercado de regular tamaño, con puerta de tablas mal unidas y una cruz tosca de madera sobrepuesta en el centro. Parecía indicar su destino este signo de la fe del cristiano; pero ante la ausencia absoluta de monumentos, losas o camellones de sepulturas, ante la lujosa vegetación herbácea del suelo, costaba creer que era el cementerio donde se enterraban los esclavos que morían en el ingenio de La Tinaja. El señor Obispo Espada había concedido su establecimiento en aquellas fincas rurales que por su lejanía de los centros de población o de las parroquias hacía difícil a la salud pública la conducción de los cadáveres.

Sin duda porque todos, o casi todos, sabían el destino del cercado, nadie habló de él. Pasaron de largo y tomaron otra guardarraya en dirección del ingenio. Descendían luego una cuesta suave y prolongada a medida que la subían tres negros a pie. Dos caminaban delante, cada cual con su azadón al hombro. El otro algo más atrás, conducía del diestro un caballo de mal pelaje. A cierta distancia no era fácil conocer, al menos por las señoritas de la cabalgata, el objeto de la procesión ni la naturaleza de la carga.

Descubríanse solamente dos como cilindros o trozos de cepa de plátano, asegurados longitudinalmente en los lados del aparejo común de carga en el país, a guisa de cañones de campaña trasportados a lomos de acémilas. Para Leonardo todo este misterio desapareció desde el momento que pudo ligar la idea de los tres negros que marchaban en esa dirección, preparados para abrir una sepultura.

Pero, ¿quién era el muerto? ¿dónde estaba? Iba de espaldas en lo que puede llamarse la batalla del aparejo encajonado entre las dos cepas de plátano. Por más señas que, sobresaliendo el cuerpo, la cabeza cubierta con un pañuelo a cuadros, batía colgando un lado del pescuezo del caballo, por más despacio que marchaba; al mismo tiempo que le golpeaba las ancas con los calcañales de los pies desnudos.

La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban cañaverales extensos y cerrados. El encuentro se hacía inevitable. En tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto cabía, el nuevo mal rato que se les esperaba, mandó picar el paso so pretexto de que se hacía tarde, y él mismo procuró tomar la derecha de Isabel y divertir su atención hacia el otro lado del campo. Inútil cuidado. Todas las jóvenes, que entonces marchaban de dos en fondo, vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando quien un ¡pobrecito! quien una lágrima silenciosa a la memoria del muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su compasión. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud, como tiernas flores que abrían sus pétalos a los primeros rayos del sol de la vida, bien podían exclamar con el orador latino: homo sum; humani nihil a me alienum puto.[51]

Recibió doña Rosa a los paseantes con vivas muestras de cariño y regocijo. Tomó a Isabel por la mano y dijo hablando en general:

--Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado. Me pareció que les había sucedido algo. Luego, me acaban de decir que ésta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se han divertido mucho.

Isabel se sonrió meramente y se retiró a su cuarto con Adela; pero Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las señoritas se habían portado en el largo paseo.

--Me alegro, me alegro, dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en particular a su hijo, añadió: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel.)

--Nada, que yo sepa, replicó Leonardo.

--Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O tú le has hecho algo?

--¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.

Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro de Pedro.

--Pero ¡hombre! ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por semejantes andurriales?

--¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.

--¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.

--Ella no se ha quejado.

--Sabe mucho Isabel y es demasiado discreta para decir lo que siente, sin ton ni son; pero se conoce que esto no le ha gustado ni un poquito. Y tu padre está creído que cuando te cases con ella vendrán Vds. a menudo a La Tinaja a pasar largas temporadas. El dice que tú tarde que temprano, has de ser el administrador, y parecería muy feo que tu mujer se quedase en La Habana...

--¿Han arreglado ya Vds. el plan?

--¡Cómo! ¡Qué! ¿No te gusta?

--¿El plan o la novia?

--La novia y el plan, hijo.

--La novia me gusta un puñado, no lo puedo negar; pero, ¿es hora de casarme, mamá? El casamiento es cosa seria, tú lo sabes. No ha de hacerse cochiherviti. En cuanto a la administración del ingenio, ¿crees tú que yo deba encerrarme en este desierto, cuando empiezo a gozar?

--No sabes cuánto gusto me da el oírte hablar así, hijo mío. Salomón no se expresaría con más juicio. Eso mismo le decía yo a tu padre anoche. ¿Para qué tanta prisa? Pero él es muy porfiado, testarudo y caprichoso, más que un vizcaíno. Se le ha puesto que te cases el año entrante y eso ha de ser. Tú, sin embargo, no tienes por qué apurarte ni afligirte. Como tú eres quien se casa y no tu padre, se hará el casamiento cuando convenga. Mas si bien se mira, Leonardito, tu padre no deja de tener razón. El me ha hecho sus reflexiones, y... casi, casi que me ha convencido. Porque dice: Mañana es otro día nos morimos nosotros. ¿Qué será de todo esto? ¿Qué de nuestros cuantiosos bienes? ¿qué de tus hermanas si aún no se han casado? Soltero tú no podrás cuidarlas, dirigirlas ni protegerlas. Todo andará manga por hombro, vendrán a menos los bienes cada día, y, sobre todo, se destruirá la casa que tanto trabajo nos ha costado fundar... El cree que en el primer correo de España le viene el título de Conde de La Tinaja o de Casa Gamboa. Ha dejado el nombre a la elección de su agente en Madrid. El título pasará a ti, mejor dicho, tú lo disfrutarás, pues para ti verdaderamente se ha pedido. Entonces, además que sería una vergüenza que trabajaras personalmente, como tu padre ha trabajado toda su vida, ¿qué necesidad, tampoco tendrías tú de ello? Al contrario, si nuestra muerte y el condado te encuentran casado y firmemente establecido, ¿cuán diferente no será tu suerte y la de tus hermanas? ¿Ni con quién pudieras enlazarte mejor que con Isabel que es tan buena y virtuosa? Cada vez me gusta más esa muchacha. Si yo fuera hombre me parece que la enamoraba y me casaba con ella. Por otra parte, hijo mío, ¿quién atendería esto mejor que tú que eres su dueño y que te duele? Mira, cada vez que me acuerdo que por debilidad mía... No tal, por majaderías de tu padre, se dejó tanto tiempo de Mayoral de esta finca a don Liborio, a ese bandolero, cara de hereje, me da cólera de mí misma. ¿Para qué servía ese condenado? Nada más que para enamorar las negras y desollar los negros con el cuero. Se deleitaba en dar bocabajos, según me ha contado la mujer de Moya. Tenía convertido el ingenio en un presidio. Por nada y nada cargaba de grillos al mejor negro después de arrancarle la tira del pellejo. Creo firmemente que si no le boto no me deja uno vivo. El tuvo la culpa de que se huyeran tantos; por él es fácil que se muera de pasmo todavía Julián. Le dio un bocabajo a Tomasa sabiendo que yo le servía de madrina, lo mismo que a los otros que se habían huido con ella. ¡Bárbaro! Estamos de malas. Dios quiera que el año venidero sea mejor para nosotros. Para complemento de desgracias, acaba de recibirse carta de La Habana en que participa don Melitón que desapareció Dionisio desde el día 24, y que ha oído decir lo mataron de una puñalada por el barrio de Jesús María. Descerrajó el escaparate de tu padre y se llevó la casaca, el calzón corto de paño, las medias de seda y los zapatos con hebillas de oro que usaba antes de la Constitución del año 12. ¿Qué se propuso hacer con esa ropa? ¿Venderla? Nadie se la compraría. ¿Has visto qué pícaro? ¡Qué malvado! ¡Y después de esto crea Vd. en la honradez y formalidad de los negros! Dios me perdone, pero el mejor... merece que lo quemen vivo. ¡Cuánta ingratitud contra amos tan buenos!

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