
Maese Pérez el organista — Gustavo Adolfo Bécquer
de Biblioteca CosmoStory
1 capítulos · 5247 palabras
Sinopsis
En Santa Inés todos esperan la misa del gallo para oír al organista ciego, que toca de un modo que la gente sale llorando sin saber muy bien por qué. Ese año maese Pérez está enfermo y se empeña igual en que lo suban al coro. A la Navidad siguiente ocupa el órgano otro, y suena mal. A la tercera, el órgano suena solo, y suena como antes. Gustavo Adolfo Bécquer (España). Obra en dominio público: el texto es el original en español, publicado íntegro y sin alterar por la Biblioteca CosmoStory. Transcripción procedente de Wikisource.
Primeras páginas
n Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición á una demandadera del convento.
Como era natural, después de oirla, aguarde impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir á un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle á la demandera con aire de burla:
—¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
— ¡Toma! me contestó la vieja, en que ese no es el suyo.
—¿No es el suyo? ¿Pues que ha sido de él?
—Se cayó á pedazos de puro viejo, hace una porción de años.
—¿Y el alma del organista?
—No ha vuelto á aparecer desde que colocaron el que ahora le sustituye.
Si á alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta, después de leer esta historia, ya sabe el por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
—¿Véis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquél que baja en este momento de su litera para dar la mano á esa otra señora, que después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ese es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama, había pedido en matrimonio á la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... pero, ¡calle! en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Véis aquél que viene por debajo del arco de San Felipe, á pie, embozado en una capa oscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
¿Reparásteis, al desembozarse para saludar á la imagen, la encomienda que brilla en su pecho?
A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ese es el padre en cuestión; mirad como la gente del pueblo le abre paso y le saluda.
Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. El solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey don Felipe; y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente á resistir á la del Gran Turco...
Mirad, mirad ese grupo de señores graves: esos son los caballeros veinticuatros. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, á quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde, merced á su influjo con los maguates de Madrid... Este no viene á la iglesia más que á oir música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su armario, sino friyéndose en las calderas de Pero Botero... ¡Ay, vecina! Malo... malo... presumo que vamos á tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues por lo que veo, aquí van á andar más de sobra los cintarazos que los Pater Nóster . Mirad, mirad; las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado á las del de Medinasidonia... ¿No os lo dije?
Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... los grupos se disuelven... los ministriles, á quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el átrio... y luego dicen que hay justicia.
Para los pobres...
Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡vecina! vecina! aquí... antes que cierren las puertas. Pero ¡calle! ¿Qué es eso? Aun no han comenzado, cuando lo dejan. ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor obispo.
La Virgen Santísima del Amparo, á quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo á esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos si glos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él, media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, como se acercan ambos á la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... es decir, ¡ellos... ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí, peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez á estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
Pero vamos, vecina, vamos á la iglesia, antes que se ponga de bote en bote... que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuando se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades, puedo decir que le han hecho á maese Pérez proposiciones magníficas, verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle á la catedral... pero él, nada...
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Esta obra es de dominio público y la publica la Biblioteca CosmoStory.
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