LA IDEA DE SER HOMBRE V15

de Brayan Riascos

1 capítulos · 1407 palabras

Sinopsis

Dos adultos se re encuentran en una sesión de terapia después de una relación de tortura durante los años de colegio. El paciente (la víctima) y el psicólogo (victimario), se ven obligados a recordar la escena de un abuso en el que ambos participaron y enfrentar las secuelas que este produjo en ellos muchos años después.

Primeras páginas

—¿Por qué nunca les dijo a sus padres que sufría acoso, Jendrix?

—¿Para qué? —replica el hombre subiendo la voz—. ¿Para que fueran al colegio a reclamar y me la montaran más?

Tic… tac…, Tic… tac…, Tic… tac…

—Volvamos a lo del pene… Me decía que creía que un pene grande lo volvería más hombre, ¿por qué?

—Por… —exclama, pero guarda silencio enseguida.

— Tranquilo Jendrix, este es un espacio seguro.

—Por las conversaciones de los bullies —finalmente contesta el hombre en voz baja y fija sus ojos en la cicatriz de la mano del doctor—. Ellos siempre andaban hablando de cosas que hacían a los hombres, hombres.

—¿Ah, sí?, ¿Cosas cómo cuáles?

—No sé… como que los hombres no lloran y eso.

—¿Eso?

—Sí, que los hombres eran peludos, ya sabe —sonríe—, pelo en pecho, en la verga. Y que si alguien quería que le saliera pelo, debía echarse conchos de cervezas.

Las mejillas del doctor se hinchan y un resoplido escapa por su nariz.

—¿En serio, hiciste algo de eso?

—Sí… Patético, ¿no?, doc.

—¿Qué más decían los bullies sobre los hombres de verdad, Jendrix?

—Que fumaban —responde y se rasca el dedo índice con la uña—, tomaban, jugaban fútbol…

—¿Fumaste?

El hombre levanta la cabeza. Ambos se miran. Un silencio invade el lugar y el doctor se percata del martilleo del pie del hombre sobre el piso, a un ritmo más veloz que el del péndulo y un volumen más alto que el de la tormenta.

—Perdón… Quise decir, ¿usted fumó, Jendrix?

El hombre niega con la cabeza y el sonido de un trueno interrumpe la conversación. El doctor salta sobre su silla, el hombre se ríe.

—Los bullies también decían que los hombres de verdad botaban leche, ¿me imagina?, yo de 10 años intentando botar leche, doc.

El doctor traga saliva, toma notas. El hombre continúa hablando.

—Jugué fútbol, cambié mi forma de hablar, de vestir, de pensar y nada sirvió para qué los bullies me consideraran un hombre, uno de ellos… Al final —titubea— solo quedaba hacer crecer mi pene y botar leche.

Tic…, tac… Tic…, tac… Tic…, tac…

—Tuve que ir a las salas de internet a buscar cómo hacerlo... Me eché cebo de vela derretido allí, gotas de limón.

La cara del doctor se comprime y, aunque pone la mano sobre su cara para ocultarla, no lo logra, el hombre lo nota.

—Lo peor es que nada de eso sirvió, solo me quedó la paja terapia.

—¿Paja qué?

—Tirar paja.

—¡Ah!

—Buscando en internet encontré videos de hombres haciéndolo.

—¿Y le gustaron? —le cuestiona el doctor y le clava la mirada.

—Me encantaron —responde el hombre sonriendo, mientras transforma su mano en un puño.

—¿Y el pene le creció?

—Esa es la mejor parte —hace más grande la sonrisa—. No.

Tic.. tac.., Tic.. tac.., Tic.. tac..

—¿Por qué no les pidió ayuda a sus profesores, Jendrix?

—No servía de nada hacerlo —aclara el hombre, mientras se pellizca el dedo.

—¿Por qué?

—Un día, en una clase, frente a todos, un profesor —se le entrecorta la voz— me dijo que pensaba que yo era gay.

El doctor al oírlo suelta el esfero y lleva su mano a la pierna de Jendrix, quien mira la cicatriz mientras la sonrisa se le desdibuja. El doctor lo nota, retira la mano y la esconde bajo la libreta. Traga saliva.

—Todos se burlaron, hicieron chistes, chistes crueles... Cuando la clase terminó, fui al café internet, puse un video porno y…

—¿Te das cuenta que de ahí nace tu adicción? —lo corta el doctor con prisa.

Un trueno los interrumpe, el doctor salta y Jendrix, con cierta satisfacción, comenta:

—No se imagina la felicidad que sentía cada vez que llovía y tenía que faltar al colegio

—…

—A veces tenía que quedarme recogiendo agua, a veces se inundaba el barrio. Los pocos días que sí iba al colegio cuando llovía, los bullies casi siempre faltaban… como usted, doc.

—¿Cómo yo qué? —pregunta exaltado.

—Me contó que no le gustaba ir al colegio los días de lluvia, ¿recuerda? —interroga el hombre con las uñas enterradas en su índice.

El doctor no dice nada, solo dibuja y desdibuja rápidamente una sonrisa, mira su libreta, escribe unas cuantas palabras, oprime el botón del esfero un par de veces.

—Jendrix, su caso es muy similar al de muchas víctimas de bullying.

—¿A qué se refiere, doctor?

—Ya sabe, conductas donde un chico es maltratado por otros chicos… Y se refugia en adicciones —vacila un poco dibujando círculos en la libreta— como el porno —levanta la cara y mira al hombre a los ojos—, por ejemplo.

Jendrix lo escucha, sonríe, sus ojos se enrojecen.

—Para superar su adicción es necesario que deje de vivir en el pasado. Usted ya no es ese niño de 10 años, Jendrix. Debe perdonar, olvidar y seguir adelante.

En ese momento una mujer irrumpe dentro del consultorio.

—Doctor, el paciente de las tres llegó.

—Dígale que me espere unos minutos, Andrea —el doctor espera que la mujer se retire—. Hemos avanzado mucho, ¿no crees? Yo pienso que podemos cortar la sesión aquí y seguir la semana que viene.

Tic. tac., tic. tac., tic. tac.

—Un día estaba en el baño del colegio cuando entraron los bullies —narra el hombre con los ojos fijos sobre el doctor—. Eran cuatro. El que más me la montaba me pegó una nalgada. «Miren a quién tenemos aquí… al mariquita labios de chupona», dijo.

—Jendrix, eso lo podemos conversar en la siguiente sesión —indica el doctor y se pone de pie dejando el esfero y la libreta sobre el suelo—. Mi otro paciente ya llegó.

—Creo que su otro paciente puede esperar —afirma Jendrix, deja su silla y se pone de pie frente al doctor a quien toma de las manos, y con una sonrisa, lo sienta nuevamente en la silla; después, levanta la pluma y la libreta del suelo y se las pone al doctor sobre las piernas— ¡Anote! —le dice.

Tic

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